miércoles, 30 de julio de 2014

La quinceañera que llevaba un cutter en el bolsillo

En nuestra cultura hay un odio encarnizado hacia las chicas adolescentes, y no lo soporto.

En el imaginario colectivo, una chica adolescente es una criatura ridícula. Gritona, histérica, poser, que se pone a llorar a la primera de cambio y hace cualquier cosa única y exclusivamente para llamar la atención: tener sexo, desnudarse en las redes sociales, autolesionarse. Pareciera que las chicas adolescentes son estúpidas y superficiales e ignorantes, criaturas privadas por completo de creatividad y de buenas ideas, que repiten las cosas que se les enseñan sin cuestionárselas (a menos que hacerlo las haga verse bien), vanidosas y vacuas, gobernadas por una emotividad exacerbada que las hace inútiles para cualquier cosa que no sea gritar por su celebridad favorita o lloriquear por un fracaso amoroso. Pareciera que las chicas adolescentes son el crisol de todo lo patético e inútil. Haced memoria. ¿Cuántas veces habéis visto, en la vida real, en una película, en internet, a alguien deslegitimar la opinión de otro alguien comparándolo con una niñita tonta? ¿O esgrimir que la fanbase de un grupo de música consta de un montón de crías de quince años como el peor insulto que un músico puede recibir? ¿Burlarse de un producto cultural, sea el que sea, porque es para chicas adolescentes y por ende indigno de interés?

Muy bien. Ahora, ¿cuántas veces habéis visto que se haga lo mismo con los chicos de la misma edad?

Exacto.

Los chicos adolescentes aparecen en nuestra cultura como seres de pleno derecho, con pensamientos complejos y deseos dignos de tener en consideración. Se escriben libros y libros, guiones y guiones desde su punto de vista. Pobre quinceañero solitario a quien nadie comprende, con un alma tan pura y tan profundamente desengañado, exponiendo su compleja visión del mundo, sus más profundos anhelos cruelmente ignorados por un mundo demasiado ignorante y estúpido para él. Y tal vez al final de la historia sea premiado por su originalidad con una chica, un personaje que resulta fascinante y atractivo en la medida en que cumple las fantasías del muchacho en cuestión (una manic pixie dream girl), pero que no tiene iniciativa, ni independencia, ni ambiciones aparte de ser su interés romántico. Alguien escribe un libro sobre este adolescente (y dios, la de libros así que me habré pasado por la cara) y los críticos se asombran ante el crudo retrato de la adolescencia y su sufrimiento. Un libro igual con una protagonista femenina, y sólo lo leerán otras chicas de quince años (chicas desesperadas y sedientas por un mínimo de comprensión) porque el resto del mundo se lo sacudirá de encima con un "huevadas de crías". ¿Cuántos libros para chicas has leído tú, lector? Cosa graciosa, a lo largo de mi formación yo he leído decenas y decenas de libros "de chicos". Los académicos los llaman "clásicos de la literatura".

Otra cosa graciosa: durante la redacción de este artículo, el corrector de Chrome ha sustituido una y otra vez "quinceañero" por "quinceañera". Una quinceañera existe y todos lo saben, como hemos visto más arriba. Un quinceañero, por su parte, sólo es un hombre hecho y derecho, pero un poco más bajito. Obviamente Chrome no ha oído hablar de las puestas de largo latinoamericanas.

Podría pasarme toda la noche dando ejemplos, pero ya es suficiente. Sé muy bien que a las chicas adolescentes se las trata como a mierda, porque yo he sido una. Y he crecido rodeada de ellas. Mis amigas fueron adolescentes conmigo. Tengo una hermana que lo fue hace poco y una prima que aún está peleándose con ello. Si eso no es experiencia suficiente, nada lo será. Culturalmente, a las chicas adolescentes se las considera el detrito de la sociedad occidental.

Y yo me cago en eso de una manera bestial.

Realmente, el motivo principal por el que estoy haciendo esto es por la adolescente que fui. Y por todas las chicas que ahora están en la situación en la que estuve yo. Angustiadas y solas, sintiéndose atrapadas en un cuerpo que actúa solo y que sin embargo parece demasiado pequeño para contener todos sus deseos, sus ideas, sus profundas ansias de vivir; y rodeadas de imbéciles que se ríen de ellas a mandíbula batiente, que les ponen la zancadilla y luego se descojonan cuando se caen, que esgrimen su edad y su género como motivo suficiente para no tomar en serio nada de lo que piensan, de lo que dicen, de lo que puto sienten. Imbéciles que se burlan de las cosas que ellas disfrutan, aman y crean, de todas esas cosas que en un chico serían creatividad desbordante y en ellas son porquería. Imbéciles que se masturban mirándolas con una mano mientras las señalan como putas con la otra. Imbéciles que ni siquiera les conceden el derecho a sentir o a ser vulnerables: si quieres jugar en nuestro juego, tendrás que dejar que te escupamos y te pateemos todo lo que nos dé la gana; a la mínima que digas "ay" te vas a rincón a llorar. ¿No querías jugar? Pues come mierda. La adolescente que fui yo se merecía alguien que la defendiera, y no la tuvo. Le debo por lo menos esto.

Amo a la adolescente que fui, y a todas las chicas adolescentes del mundo. Amo su risa y sus lágrimas. Su ansiedad vital, sus crisis existenciales, y sí, su vulnerabilidad emocional. Pero también su infinita curiosidad, sus ideas brillantes, su inmensa, ignorada creatividad. Amo a las adolescentes que escriben poesía mala en una libreta que no enseñarán ni bajo tortura y caminan por la calle con los cascos puestos, escuchando música y sintiendo que se elevan sobre las cabezas de los demás, andando por el aire. A las que se miran al espejo y se sienten partidas por la mitad, entre el odio acérrimo a sus propios cuerpos que la sociedad les ha inculcado y la fascinación ante la belleza que intuyen en ellas, su unicidad, su potencial, sus sueños: un reflejo dividido entre el monstruo que les han dicho que son y la criatura magnífica que sospechan que pueden ser. A las que corren cada día un kilómetro más, las que se miden con el saco de arena, las que regresan a casa oliendo a óleo y aguarrás, las que corren a la casa de sus amigas con la única intención de poner el hombro, las que se rompen el lomo delante de sus deberes, las que se pelan las clases para mirar las nubes, las que sienten que les pican los ojos ante la perfección matemática del universo, y no por eso dejan de tener quince putos años.

Amo su llanto. Sus decepciones. Esa furia que su entorno desestima como rabietas de niñita engreída y que realmente es un monstruo incendiario, magnífico, terrible, inflamado por todos los dioses, capaz de convertirlas en una fuerza transformadora y un motor de cambio, llevándoselo todo por delante. Amo sus cuerpos palpitantes, en flor y un poco locos, esos cuerpos que todos (los chicos de su edad, los viejos verdes que las rondan, los políticos y las multinacionales) reclaman y quieren poseer, pero que son de ellas, de ellas, de ellas y de nadie más; y rezo a la mañana todos los días porque ellas lo sepan, porque no se dejen engañar, porque siempre sepan que son suyas, suyas para siempre, y que nadie se los puede robar.

Amo su pasión. Su risa. Amo su inabarcable entusiasmo, sus saltos de alegría ante un concierto de su grupo favorito, sus ojos húmedos al final de una película, sus manos dando palmas y su mirada brillante ante esos pequeños instantes de felicidad que se merecen más que cualquier otra cosa. Sus abrazos y sus besos. Amo a las quinceañeras obsesionadas, que coleccionan recortes y revistas y juguetes y lo que sea, y se ahogan en el mar de lo que aman con la fe de un creyente. Amo a las quinceañeras frikis que chillan con un capítulo nuevo, con un cómic nuevo, amo el fanart que dibujan, el fanfiction que escriben, amo el slash que tiran a la cara de los pesos pesados de la comunidad geek, que las acusan de fangirls histéricas que lo estropean todo (porque no quieran los dioses que las mujeres tengan deseos que no los satisfagan). Me pondré delante de ellas lo que haga falta, con una espada llameante y un rugido de leona, me dejaré la piel para que sigan creando, inventando, desafiando, cambiando.

Y amo (ay, cómo amo) las cicatrices de sus antebrazos y sus muslos, los lugares donde han sido besadas por el cutter o la navaja o los alfileres, donde un timbrazo de dolor agudo se ha llevado por unos minutos la ansiedad salvaje que les come el estómago. Sí, esas autolesiones que han tenido que oír al imbécil de turno decir "qué estupidez, ¿por qué haces eso? Da un puñetazo en la pared o algo, no hagas eso". Porque él es un HOMBRE y dar puñetazos a la pared hasta reventarse los nudillos es de HOMBRES, pero hundirse un cutter en la piel es de mujeres y de maricones. Amo esos cortes sangrantes de su alma dolida y de su ego estrangulado, y hostiaré a cualquiera que intente hacerlo pasar por un intento de llamar la atención que no se merece dos miradas. Por supuesto que intentan llamar la atención, idiota; tú también lo harías si todo el mundo te ignorara y se burlara de ti. Amo a estas chicas, y besaré con reverencia cada una de sus cicatrices. Porque nadie lo hizo con las mías. Y tal vez, en ese momento, ese respeto que nadie me dio habría bastado para detener la mano que sostenía la navaja.

Las amo, amo tantas cosas. La manera en la que se tragan los rechazos amorosos (porque no tienen friendzone que reclamar, ellas les deben sexo a los chicos, al revés no funciona). Sus desórdenes alimenticios, su ansiedad, sus ataques de pánico, sus depresiones; todas esas enfermedades a las que nadie presta la atención debida porque se consideran de "niñas consentidas que no valoran lo que tienen", qué casualidad. La forma en que han normalizado de tal manera los mensajes acerca de su debilidad, su falta de valor, su estatus secundario, que ya no oyen esos gritos furiosos, y avanzan de cara al huracán sin parar, porque no saben que están heridas, porque confunden el dolor con la vida real.  Su fragilidad y su arrolladora, titánica fortaleza.

Las amo. Las amo desesperadamente porque se lo merecen, porque han sido vejadas y humilladas y ridiculizadas a diario y yo sé mejor que nadie que se merecen amor. Las amo porque yo pasé mis quince años rodeada de compañeros de clase, de profesores y de treintañeros que querían follarme, y de todos recibí el mismo mensaje: nadie va a escucharte, lo que tú quieras no importa, sólo eres material de pajas. Y era MENTIRA.

MENTIRA.

MENTIRA.

Y hago esto por todas las adolescentes ninguneadas del mundo. Y hago esto por la quinceañera que fui, gritona, llorona, histérica a veces, pero que encerraba a una puta diosa dentro. A la adolescente rechoncha a la que los chicos escupían e ignoraban, cachonda y gruñona e inmadura pero merecedora de todo el respeto y el amor del mundo. No puedo regresar a quitarle el cutter de la mano. Pero puedo convertirme en la persona que la hubiera salvado.

María José, si puedes oírme a través de los pliegues de un tiempo que ya ha pasado,
eres una persona maravillosa.
Y te quiero.
Más que a nada.
Te quiero.

domingo, 20 de julio de 2014

Celos

Ni siquiera los golpes te van a quitar esa ira. Tu propio bolígrafo sangra como sangran las palmas de tus manos al clavarles las uñas y como sangran tus dientes al apretar la mandíbula y como sangra tu estómago cuando se aprieta la cólera. Ningún golpe, ningún grito va a curar el ácido en tus venas ni los cuchillos en el fondo de tu garganta. Nada puede salvarte del puño que te estruja la tráquea hasta hacerla llorar. ¿De dónde sale esta energía negra que no se transmite ni se transforma, sólo crece y crece alimentándose a sí misma hasta ulcerarte por entero? Nada puede contener este pútrido vómito de terror. Nada. Y la ira ni siquiera te concederá la gracia de matarte.

Estoy pasando a máquina los poemas de mis antiguas agendas de la universidad (he dejado las del instituto para después porque requieren una criba más meticulosa), y he encontrado esto.
No os preocupéis, todo acabó bien.

jueves, 26 de junio de 2014

En el silencio de una madrugada


Monstruo,
monstruo,
sólo funcionas así,
monstruo, monstruo,
cadenas,
silencio,
drogas,
un rajado
grito interior.
¿De quién son esas voces?
Oh, ¿de quién?
Vienen a por ti.
Monstruo.
Monstruo.
Que Dios tenga piedad de ti.
Te caerías
si te dieran la oportunidad,
te caerías tan profundo,
un puñetazo en el corazón
y hasta el fondo que irías.
Nadie preguntaría por ti.
Monstruo,
monstruo,
monstruo eres.
Buenas noches, señora,
y hasta la eternidad.

Escribí esto anoche a las tres de la mañana y hasta el culo de diazepam. Empiezo a preocuparme. Creo que necesito un fin en la vida.

jueves, 19 de junio de 2014

Pantano


Padre, padre,
¿me perdonarás algún día
por haber abandonado
tus salones vítreos?
Padre, padre,
mi lugar es el pantano
pero deserté hace tiempo
por este mundo tan seco,
inexplorado;
y me pregunto, padre,
si hay perdón para mí.
Bajo el sol llevo este cuerpo,
esta envoltura de carne,
este traje de piel
como llevan los mortales sus disfraces y artificios,
y es demasiado seca,
salvo por las lágrimas.
Mi piel verdadera es verde y viscosa,
padre,
como el limo de tus estanques.
En la tierra soy un monstruo.
Nadie debe verme
así.
¿Ha valido la pena este viento
que corta como cristal roto?
Padre, padre,
¿podrás perdonarme?
¿Volverán algún día a abrazarme
las aguas glaucas
de tu pantano?

Música: Father father (Susanne Sundfør)

martes, 27 de mayo de 2014

El silencio entre dos balas
















Pero ellos no quieren oírlo.
No quieren oírlo.
No quieren oírlo.
Gastarán saliva,
tiempo, espacio
y sangrarán el sufrimiento ajeno,
harán cualquier cosa,
cualquier cosa
con tal de no saber.
Lo negarán todo.
Y esa noche dormirán tranquilos,
muy tranquilos,
porque no han hecho nada,
porque sólo han dicho su opinión,
y eso es bueno,
oh, tan bueno,
ser ellos es maravilloso.
Qué buena debe de ser la vida
cuando la sangre de tus víctimas
sabe a azúcar y a ego
y puedes untarla en tus tostadas
y rellenar con ella esa almohada
sobre la que esta noche duermen
tranquilos, tan tranquilos.
Porque no quieren saber.
"¡Oh, yo no hice nada!"
con los dientes rojos de sangre,
"¡Oh, yo soy un buen hombre!"
sentados en un trono de miembros humanos.
No, no hiciste nada,
y por eso están muertas.
No quieren saber.
No quieren saber.
No quieren saber.


En memoria de las víctimas de la matanza de Santa Bárbara.
Cuando alguien me dice "friendzone", dejo de sentirme segura con esa persona.

sábado, 24 de mayo de 2014

Verano, invierno

-¿Cómo puedo tener los muslos tan calientes y las rodillas tan frías?
-Los muslos son para hacer el amor. Las rodillas son para hincarlas en el estómago de tus enemigos.

martes, 6 de mayo de 2014

Nana


Duerme, duerme, mi niña, que la sombra viene ya, que ya es de noche.
Duerme. Cierra los ojos. Yo estaré aquí. No puede pasarte nada.
Duerme y nunca mires debajo de la cama. No pasa nada. No pasa nada.
Nunca sabrás que mamá también tiene miedo. Sólo duerme. Duerme, que estás a salvo. Duerme, que la noche viene.
No abras los ojos. Sólo duerme.
Duerme. No mires debajo de la cama.
No mires debajo de la cama, mi niña,
no mires,
no mires,
que ya viene.

viernes, 25 de abril de 2014

Clarimonde


"Te amaba mucho tiempo antes de haberte visto, mi querido Romuald, y te buscaba por todas partes.  Eras mi sueño; te vi en la iglesia, en el fatal momento, y exclamé: "¡Es él!". Te dirigí una mirada que concentraba todo el amor que te había tenido, que te tenía y que debía tenerte en el porvenir; una mirada que hubiese bastado para condenar a un cardenal o hacer arrodillarse a un rey a mis pies en presencia de toda su corte. Tú permaneciste impasible y preferiste a tu Dios… ¡Ah, qué celosa estoy de tu Dios, a quien has amado y amas más que a mí! ¡Qué desgraciada soy! ¡Jamás tendré tu corazón para mí sola, para mí, que he resucitado con un beso tuyo, para Clarimonde, la muerta, que fuerza por ti las puertas de la tumba y viene a consagrarte una vida que ha recogido de las frías cenizas sólo para hacerte dichoso!"

La muerta enamorada, Téophile Gautier

lunes, 21 de abril de 2014

De personas y de monstruos


Una de las cosas más duras que nos toca aprender es que en el mundo real, allá afuera, no hay monstruos.

Los monstruos viven dentro de nosotros; susurran sus horrores a nuestros oídos cuando callamos, y esperan a que nos durmamos para meternos el brazo por el culo y conseguir sacar lo peor de nosotros. No hay más monstruo que la maldad y la desidia infinitas de que son capaces los seres humanos, y eso es algo que la mayor parte de la gente, por activa o por pasiva, tiene asumido: prueba de ello es el gran éxito que tienen hoy en día las historias (libros, películas, series) en que el lado del bien y el del mal ya no están perfectamente delimitados, historias donde se abunda en la abyección a la que puede llegar una persona hasta entonces perfectamente buena cuando es arrastrada por las circunstancias. Hasta ahí, bien.

Sin embargo, la misma gente que alaba hasta el infinito estas historias por su realismo suele tener dificultades para reconocer otra realidad, hermana de ésta, que en mi experiencia resulta muy dolorosa de asumir: que, dado que en la vida real no existen monstruos, las cosas horribles que ocurren en el mundo las hacen personas que son buenas en algún grado.

"Tengo un amigo que es de España 2000. Es súper buen tío, sólo que… bueno…" Sólo que odia a los inmigrantes y al colectivo LGTB y se lo pasa genial humillándolos y luchando para que el gobierno les niegue derechos básicos. Un pequeño fallo de carácter. "Pero luego tiene amigos que son de México, ¿sabes? Y se porta muy bien con ellos". Y estos amigos comprenden que, obviamente, el fascista en cuestión es una buena persona. Vamos, ¡ha estado con ellos en la misma mesa y no les ha reventado la cabeza con un bate!

Y lo más incómodo de este caso es que probablemente, en varios aspectos de su vida, sean, en efecto, buenas personas. Muchas veces nos cruzamos con información sobre Hitler, la cara del Mal por antonomasia en la cultura occidental: que era vegetariano, que estaba muy enamorado de Eva Braun, que era encantador con los niños. Y la gente flipa. "¿Has visto? ¿Has visto?" Hay una dislocación terrible en esta imagen: ¿cómo ese engendro del mal que todos odiamos podía ser tan bueno en la vida privada? Se hacen muchas bromas sobre esto; todos hemos dicho alguna vez lo de "un día voy a matar a alguien y saldrán mis vecinos en la tele diciendo que era muy bueno y que siempre saludaba". Se hacen bromas, pero raramente se hace uno cargo de lo que ello implica.

Si en este mundo no existen los monstruos, entonces, las personas que cometen los peores crímenes son iguales a nosotros. No pertenecen a una depravada especie aparte, no hay una muralla infranqueable que nos separe a nosotros, la "buena gente", de esos degenerados. Los violadores tienen mamá y papá, los asesinos son los mejores amigos del mundo, los genocidas se enamoran. Son personas. Y para muchos de nosotros, esto resulta insoportable; ¿cómo creer que pertenecemos a la misma especie, al mismo grupo que esos engendros? ¿Cómo pensar que podrían ser nuestros amigos, nuestros hijos, nuestra pareja, que podríamos ser nosotros?

Ah, pero el caso es que lo somos. La capacidad de sentir amor, la ternura, la bondad desinteresada no siempre excluyen la crueldad y la malicia. Y nadie está a salvo de ello. Una sociedad que tilda la maldad de "locura" (estigmatizando, de paso, a los enfermos mentales), que desestima a los perpetradores como "monstruos" y se atrinchera en la falsa seguridad de que "su" gente (ellos mismos) jamás haría tal cosa, contribuye al silencio y a la pervivencia de la violencia de cualquier tipo, pues no la reconoce cuando la ve en el rostro de sus seres queridos, y la deja medrar sin una segunda mirada. "¿Mi niño? Mi niño no mataría una mosca". Nunca, JAMÁS hay que olvidar que podríamos ser nosotros; nunca jamás hemos de dejar de ser críticos, con nuestro comportamiento, con el de aquellos que amamos, pues nadie está mágicamente exento de dañar y destruir, y una buena intención no sirve para devolver una vida robada.

Los monstruos de que nos advirtieron en la niñez están dentro de nosotros. Pero sólo saldrán a matar si nos negamos a luchar contra ellos.

jueves, 3 de abril de 2014

Desolation row


"Me llamo Magdalena Guillem Ortiz, y tengo cincuenta y dos años. Soy ingeniera de caminos, canales y puertos. Desde que era pequeñita me gustaba jugar con el Lego y con el Scalextric, así que mis padres se alegraron de que siguiera mis sueños cuando elegí mi carrera. Mi abuela Cándida, por su parte, me dijo "¿pero ahí dejan entrar a las señoritas?". Mi santa abuela. Menos mal que no vivió para ver esto.

Fui una niña del milenio, así que los presagios del Apocalipsis me han seguido desde que nací. Las películas, las series, los periódicos, todos hablaban de que se que acababa el mundo: la polución, el calentamiento global, la recesión económica, la guerra en Siria, en China o en todas partes. Crecí escuchándole a los periodistas y a los escritores que mi generación estaba jodida, que éramos unos egocéntricos y unos desencantados de la vida que estaban todo el día en internet, y que así no había quien echara p'alante. Lo que son las cosas, la mayoría de esos carcamales que se pasaban la vida sentados sobre sus reales culos echando pestes de nosotros murieron devorados hace tiempo, incapaces de correr para salvar la vida, y nos ha tocado a los "desencantaos" hacernos cargo de defender los restos del mundo que ellos estaban tan complacidos de haber creado. Ja.

Porque sí, al final, el Apocalipsis acabó llegando.

Pero la cosa es que no ha resultado ser muy entretenido."


Un día de estos voy a aprender a escribir guión cinematográfico y os vais a cagar todos.
Y leo esta historia con la voz de Concha Velasco.

domingo, 30 de marzo de 2014

Crone


Mamá, aquella vez
levantaste la cabeza
y tragaste casualmente
    -era uno de esos maravillosos momentos
     en que no estabas pensando
     "me van a ver
     van a decir
     qué vergüenza"-
y yo vi
el encaje de tendones
en tu garganta
acariciada por los soles
de cincuenta amados años.
Nunca te he visto tan guapa
como aquel día, mamá,
en que no tenías miedo
ni rechazo
ni prejuicio,
tan sólo ese cuerpo
que parió a estas manos,
tu garganta envejecida
por medio siglo de recuerdos espléndidos.
Ojalá, mamá, lo supieras.
Ojalá pudieras verte con mis ojos.
Ojalá supieras que cada vez
que te ahogas en colágeno y dietas,
cada vez que permites al espejo y a la báscula
que te hagan llorar
cuarteas la superficie luminosa
de tu auténtica belleza,
aquella que tus hijas siempre han conocido
y que jamás dejarán de ver.
Nunca has sido más hermosa
que en ese momento en que has sido
sin miedo a ser,
madre con la piel marcada
con una sabiduría invulnerable
al odio y al desánimo.
Cada año en ti
es hermoso, mamá.
Ojalá lo supieras.

martes, 25 de marzo de 2014

Tú eres el adulto aquí


"'Oh, es que era tan sexy, ¡si lo estaba pidiendo! Oh, sólo era técnicamente una niña, se comportaba como una mujer'. ¡Qué fácil es echarle la culpa a una niña, ¿no?! Sólo porque una niña sepa imitar a una mujer, no significa que esté preparada para hacer las cosas que una mujer hace. Vamos, ¡tú eres el adulto aquí! Si una niña está experimentando y dice algo coqueto, la ignoras. No la animas a seguir".

(Ellen Page en "Hard Candy")

viernes, 21 de marzo de 2014

Stronger than you'll ever know


Soy más de lo que tú puedes ver, más, mucho más. Tú ves sólo una mujer, una personita, un corazón que late, un paquetito de piel. Pero oh no, oh no,

ESTOY HECHA DE RAYOS SOLARES, ESTOY PARIDA EN LA LUZ, MI ALMA ES UN ALARIDO, SOY INFINITA.

En mí palpitan los siglos y vibran las campanas del amanecer, en mi núcleo arden todas las noches, soy inmortal, soy eterna. Mi espíritu es una llamarada azul hecha de gotas de universo, y a través de mí cantan todas las almas, todos los sueños. La esencia profunda de mi yo es una cuerda tendida al infinito, mares y mares de estrellas. Soy más de lo que tú puedes ver, más, más, mucho más. Hoy me has humillado y te has reído de mí, porque no sabes escuchar en el eco de mi voz el grito de la Vida y el rugir del Tiempo. Pero ah, ¿quién eres tú, mezquino hombrecillo, para venderme barata? Nadie, no eres nadie.

Y yo, yo soy infinita.

domingo, 2 de marzo de 2014

Las formas del corazón


La estructura de una lengua no se cuestiona. Es como es.

Una no se pregunta por qué se sigue conservando la hache en castellano cuando es muda. Una no exige una explicación a por qué en francés las consonantes a final de palabra no se pronuncian, si no que se suben por el fondo de la garganta hacia la nariz. Una no critica el hecho de que en inglés el sonido de las vocales varíe de manera aleatoria. Y no es tampoco procedente criticar la coexistencia de la be y la uve, o la abundancia de reglas de acentuación, o el sofisticado laberinto de las conjugaciones verbales. Mesarse los cabellos ante la complejidad de la praxis lingüística y exigir una versión simplificada de su sistema no es, a mi entender, la manera adecuada de aproximarse a una lengua.

Las lenguas son como las personas: se las ha de aceptar como son, regalarlas, aportarles más y más, no exigirles que se automutilen para complacernos. Las lenguas están hechas para ser habladas, escritas, cantadas, enriquecidas, leídas y jugadas: están hechas para ser amadas. Las lenguas son seres por derecho propio, con sus propios ritmos y transformaciones, con sus evoluciones, su historia, su voz y su respirar, y sus formas, su ortografía, su gramática son un universo en el que no hay que apresurarse a meter los dedos. Son sus incongruencias y sus excentricidades las que componen su riqueza y las hacen únicas. Cada lengua es un encaje de presente y pasado, de páginas arrancadas, de libros incompletos, de órdenes gritadas y de nanas susurradas a través de los siglos, de errores que se convierten en norma, de sonidos fantasma y de curiosidad por el futuro, y toda ella existe en un delicado equilibrio que es a la vez más fuerte que todas nuestras opiniones sobre la eficacia de sus normas. Cada lengua que hablamos es más vieja de lo que nosotros jamás seremos, y no tenemos derecho a juzgarla.

Las lenguas no se cuestionan

Las lenguas se aman.

domingo, 23 de febrero de 2014

Romance de la luna-ballena

La luna es una ballena,
blanca, blanca y serena.

La luna es una beluga
rechoncha y risueña
que nada por las noches
en un piélago de estrellas;
la luna es una beluga
oronda cual pandereta.
Su barriga es una rosa
blanca, blanca y abierta,
y con su fulgor marino
baña toda la tierra;
la luna nada en el cielo
y baila con los cometas
y en el suelo yo acompaño
a la sombra de sus aletas.
A la luna la oigo que canta
cuando aún estoy despierta:
una copla de mar oscuro,
nana de madre ballena.
La luna es una beluga
redonda como una perla
y vela mi sueño dormido
en las noches como ésta
donde miro y miro al cielo
y mi alma se da vueltas
pensando en la luna-beluga,
pensando en madre ballena.

La luna es una ballena,
blanca, blanca y serena.


Acababa de leer el Romancero Gitano de García Lorca, y las cosas pasaron. Poco a poco la rima va volviendo a mi vida.