
Éramos demasiados. Éramos demasiados y había demasiado poco espacio, demasiada poca paciencia, demasiado ego. Éramos una manada, éramos un millón de millones, cada uno a lo suyo. Éramos una masa de células egoístas creciendo sin control: un cáncer.
Ya no queríamos ser como "ellos". Aunque no sabíamos quiénes eran ellos. Simplemente no queríamos serlo. Llegamos a pensar que éramos especiales, diferentes y únicos. Que nadie nos entendería jamás, y por ello quien no fuera capaz de comprender nuestra radical singularidad no merecía existir junto a nosotros. Cadáveres hinchados de ego, pudriéndonos en nuestros propios miasmas sin darnos cuenta. Iris Murdoch dijo que a cada uno le gusta el olor de su propia mierda. Pues bien, tenía razón, pero ¿qué importaba esa vieja muerta de Alzheimer? ¿Qué coño sabía ella? No tenía nada que enseñarnos porque no sabía quiénes éramos. Y los demás, oh, los demás sí se iban a enterar de quiénes éramos. Ya iban a ver.
Qué especiales éramos, y qué diferentes, y qué listos. Nadie se había vestido como nosotros, nadie se divertía con lo que nos divertíamos nosotros, a nadie se le habían ocurrido las brillantes ideas nuestras. Pandilla de mocosos o adultos pretendiendo serlo, ególatras, arrogantes, enfermos de anorexia, depresión, ansiedad y soberbia. Teníamos suficiente tiempo libre para sufrir y automutilarnos, para reír sardónicamente y agredir a los demás, y eso era bueno, estaba bien, muy bien, porque así les mostraríamos quiénes éramos, ningún imbécil se quedaría sin saberlo. Ahí estábamos, éramos únicos. Yo, yo, yo.
Y se hizo la multitud de yoes. Y esa multitud invadió lentamente el mundo que habíamos creado, inflándose sin prisa, empujándose unos a otros y estallando peleas por un espacio propio y personal en el que ser uno mismo. Si había que serlo a costa de los demás, se sería. Si hubiéramos prestado atención por la noche, cuando todo dormía, habríamos oído el leve rumor de las costuras a punto de reventar. Pero bah, éramos demasiado especiales. Preocuparnos por eso habría sido traicionarnos: lo único que importaba éramos nosotros, a lo demás le podían dar por culo. Bárbaros. Cerdos. Así continuamos alimentando la histeria, el odio, esa personalidad mórbida. Y pasó lo que tenía que pasar.
Qué era exactamente es algo que no sé. No lo sé, incluso ahora que ya ha pasado. Sólo sé el estallido. La sangre. El fuego. Los gritos que se convirtieron finalmente en lamentos. Y finalmente el silencio. Oh, el silencio.
No sé qué pasó. Sólo sé que todo se fue a la mierda, que pudimos impedirlo, pero fuimos demasiado arrogantes para hacerlo. Y ahora aquí seguimos, solos. Nadie sabe que existimos. Y todo cuanto fuimos da igual, no hay nadie para verlo. Sólo hay silencio.
Dios, cuánto silencio...