
Esta es la historia de una niña y su ángel de la guarda. El nombre de ella era vulgar, como cualquier otro nombre de niña. Pero para él, era el nombre del amor y de la luz. El nombre de él era luminoso, excelso y complejo, imposible de pronunciar por gargantas humanas. Ella simplemente le llamaba "Ángel".
El ángel veló cada instante de la vida de la niña. Gozaba al oír su pura risa y al verla jugando y aprendiendo cada día. Nada lo llenaba más que su sonrisa, sus manitas curiosas tirándole de la túnica y pinchándole las alas.
-Ángel, ¿me quieres?
-Más que a nada en el mundo.
Y el ángel no sabía si blasfemaba o no, olvidando a su dios por esa niña cualquiera, de mejillas de manzana y ojos brillantes como luceros. Su hermosa niña cualquiera.
El ángel estuvo ahí en cada secreto develado del mundo de los adultos. En cada invención, en cada idea, en cada pelota pateada. Estuvo presente en las dificultades y en los caprichos. En los dolores y en las risas. La niña, su niña, crecía y se hacía compleja y fragante como una orquídea ante sus ojos. Y el ángel, pobre de él, se olvidaba de dios y de sus obligaciones cada vez que ella le hacía una pregunta, le tiraba de la túnica, le tocaba las alas, le acariciaba el pelo.
-Ángel, ¿me quieres?
-Más que a nada en el mundo.
La amaba como el dios que le creó le amaba a él, y tal vez más, oh blasfemia, tal vez más.
La amaba y la siguió amando cada día de su vida. Incluso cuando dejó de jugar, y sus mejillas de manzana se convirtieron en afilados cuchillos blancos. Incluso cuando dejó de tocarle las alas y de acariciarle los cabellos. Incluso cuando sustituyó las risas por un taimado silencio y las pelotas por los poemas tristes. Incluso cuando sus ojos, siempre brillantes como estrellas, se velaron en una negra soledad. Incluso entonces.
Era su ángel de la guarda. Era Ángel. Y con cada segundo de su vida la amaba, incluso ahora, cuando ella lo miraba con expresión torva desde el alféizar de la ventana, los ojos duros, mientras él se revolvía incómodo. La seguía amando aun dolorida y sola.
-Ángel, ¿me quieres?
-Más que a nada en el mundo.
Y la niña, que era ya una muchacha, levantó los pies y atrancó un tacón en cada borde del alféizar, abriendo las piernas y mostrándole una oscuridad insospechada bajo su minifalda.
-Entonces fóllame, cabrón.
Me siento guarra esta noche. Cojones que sí.