martes, 28 de febrero de 2012
Ha fucking ha
Ja ja. Me parto.
jueves, 16 de febrero de 2012
Epifanía
Despierta, princesa de los hielos,despierta muy lentamente
para no quebrar tu cristalino equilibrio.
Despierta, levanta la mirada
al cielo de una canción esperanzada
que licúe tu corazón
en una gota de auroras boreales.
Despierta, mi amor,
al tierno abrazo de la primavera que vendrá,
despierta tan delicadamente
como tus alas de hada;
alza tus pies del suelo
y erígete sobre las torres del viento
coronada de estrellas.
Despierta, princesa del Polo
al arpa de tu garganta,
a los ritmos nuevos de tus palabras,
al rumor hosco de un maremoto
a punto de estallar en lágrimas
en tu vientre.
Pues aún no está todo perdido
y tras los tiempos de carestía y tristeza
florecen los mares de tu piel.
Despierta, pluma invernal,
y elévate en el aire helado
lejos del fragor de la envidia,
lejos del cuchillo de los celos,
liviana y pura como el viento del norte.
Despierta, contenida toda belleza
en tus labios azules,
despierta cerrando los ojos
pues lo que has de ver
lo verán tu carne y tu alma,
las caricias de un universo blanco y azul,
los vientos y cuerdas del soplo de los glaciares
quietos,
muy quietos.
Despierta, princesa de la noche,
despierta durmiendo
y sueña los dedos del aire
pulsando las cuerdas de los cielos;
despierta, princesa de luna,
con trémulos músculos abandonados
al cuerpo de las olas
en una cópula dulce e infinita.
Los cometas son la estela de tu aliento.
Despierta, princesa de los hielos,
antes de que la marea rugiente de la vida
lo arrastre todo en un estrépito de cristales.
Despierta, princesa,
pues este instante exquisito
es una perla de eternidad.
Exámenes off. Felis Catus on ^^
domingo, 5 de febrero de 2012
Go study, suckers
Aquí estamos, estudiando en la sala de lectura para el examen de mañana, sumidos en el desfase. El tío sentado delante de mí está agonizando. Literalmente. Puedo ver su expresión de "¿qué he hecho yo para merecer esto?" desde aquí, mientras libra una sangrienta batalla conta el sueño. A veces baraja un manojo de marcadores con términos arqueológicos escritos. Definitivamente vive al límite.
La chica sentada delante de mí se ha mantenido eficientemente despierta hasta ahora sobre unos prolijos apuntes, pero está empezando a pestañear nerviosamente mientas arquea las cejas. Mala señal. Ya van tres veces que se suelta y se vuelve a recoger el pelo. Me pregunto desde qué hora está aquí.
La cansina de clase se pasea por la sala pegando hebra con la gente en voz baja. El primer chico se ha inclinado sobre la mesa con la cabeza entre las manos, una postura que puede significar "estoy totalmente sumergido en las problemáticas de periodización del mundo tartésico" o bien "señor, aparta de mí este cáliz". Desde la ventana se ve otra ventana y una estantería llena de recipientes de cristal; no sé si es una cafetería o un laboratorio.
Al fondo de la sala, Néstor (y es el único) estudia profesionalmente, como es usual. Y yo, que acabo de tomarme un café con leche, estoy aquí recogiendo impresiones irrelevantes en lugar de repasar para el examen de mañana. Otro día más en la facultad.
Escrito el miércoles uno de febrero, entre la una y las dos de la tarde, en la sala de lectura.
viernes, 30 de diciembre de 2011
El pez y el dragón (prólogo)
sábado, 17 de diciembre de 2011
What if...? (Emilie Autumn)

Here you sit on your high-backed chair,
wonder how the view is from there;
I wouldn't know, 'cause I like to sit
upon the floor, yes upon the floor.
If you like we could play a game:
let's pretend that we are the same,
but you will have to look much closer
than you do, closer than you do.
And I'm far too tired to stay here anymore,
and I don't care what you think anyway
'cause I think you were wrong about me,
yeah, what if you were? What if you were?
And what if I'm a snowstorm burning?
What if I'm a world unturning?
What if I'm an ocean, far too shallow, much too deep?
What if I'm the kindest demon?
(something you may not believe in)
What if I'm a siren singing gentlemen to sleep?
I know you've got it figured out:
tell me what I am all about
and I just might learn a thing or two,
hundred about you, maybe about you.
I'm the end of your telescope,
I don't change just to suit your vision
'cause I am bound by a fraying rope
around my hands, tied around my hands.
And you close your eyes when I say I'm breaking free
and put your hands over both your ears
because you cannot stand to believe I'm not
the perfect girl you thought;
well, what have I got to lose?
And what if I'm a weeping willow,
laughing tears upon my pillow?
What if I'm a socialite who wants to be alone?
What if I'm a toothless leopard?
What if I'm a sheepless shepherd?
What if I'm an angel without wings to take me home?
You don't know me,
never will, never will.
I'm outside your picture frame
and the glass is breaking now.
You can't see me,
never will, never will.
If you're never gonna see...
What if I'm a crowded desert,
too much pain with little pleasure?
What if I'm the nicest place you never want to go?
What if I don't know who I am?
Will that keep us both from trying
to find out?, and when you have,
be sure to let me know.
What if I'm a snowstorm burning?
What if I'm a world unturning?
What if I'm an ocean, far too shallow, much too deep?
What if I'm the kindest demon?
(something you may not believe in)
What if I'm a siren singing gentlemen to sleep...?
Sleep...
Sleep...
Las canciones son criaturas descalzas y discretas, que te encuentran cuando estás enamorado, furioso o triste, y te enseñan a hablar en un lenguaje nuevo y a decir cosas que no sabías que sabías. Y a pesar de que la letra cuenta una historia muy diferente, siento sin ningún género de dudas que es la mía. Hace unos meses, la canción tendría que haber sido Shamandalie. Pero hoy, sólo puede ser ésta. Ésta. Ya basta.
viernes, 16 de diciembre de 2011
martes, 6 de diciembre de 2011
Un hada, una jarra, un libro de geografía
¡Y ay, tenía la piel chispeante y dorada, y la cabellera blanca como la espuma!
Pero llegó un parroquiano sediento, y se bebió al hada con la cerveza.
Así son las hadas de taberna, breves como la inspiración de una musa.
Mirad lo que he encontrado, entre arabescos erráticos, florecillas, monigotes y amargas lamentaciones de aburrimiento, en los márgenes de mi libro de Geografía Humana del curso pasado. Debía de estar sufriendo. Y hoy, llega el momento de dejar de hacerse el longuis y ponerse en serio; un año más, los exámenes están al caer. No muráis.
viernes, 11 de noviembre de 2011
Una verdad estúpida
Una chica con más escote y más maquillaje que yo se acuesta con UN chico, y es una guarra.
Allá abajo alguien se está descojonando.
sábado, 5 de noviembre de 2011
Felis Catus (Parte VIII)

Partes I, II, III, IV, V, VI y VII
-Podrías quedarte esta noche.
-¿Cómo? ¿A dormir? –pregunté, enredándome sin querer en la camiseta que estaba intentando pasarme por la cabeza. Bajé los brazos y dejé la labor de vestirme para otro momento; ya me había acostumbrado a hacer las cosas mucho más despacio para no quedar en ridículo delante de San.
-Claro que a dormir. Podríamos dormir juntos –en ese momento me saltó al regazo Ki, una japonesa de cola corta con pelaje calicó, y me miró acusadora, amusgando las orejas. En cualquier otro momento, yo habría entendido “juntos” por San y yo. En esas circunstancias, sin embargo, las cosas me quedaron mucho más claras: seríamos San, yo y los gatos.
Y a pesar del miedo anormal que aquellos animales podían llegar a provocarme, me quedé. Porque San nunca pedía ni ordenaba, pero yo siempre la obedecía. Llamé a casa y le dije a mi madre que me quedaba a dormir con Javi. No sé si me creyó, sólo recuerdo su permiso. Ni siquiera avisé a Javi para que me cubriera esa noche. No se me pasó por la cabeza. Sólo podía pensar en San, en la cama de San, en los brazos de San. Tres veces San.
Recuerdo con una claridad incómoda la cena de esa noche, San, Paula y yo sentados a la mesa con mantel de hule en la cavernosa cocina, sumidos en el olor a cebolla del piso inferior, bajo la blancura quirúrgica de dos tubos fluorescentes. Un silencio brutal. Y el tictac de un reloj de pared, que parecía esforzarse por adoptar el ritmo de mi corazón asustado. Tac. Tac. Tac. Tac. Tac. Tac…
-¿No quieres más, Isaac? –preguntó Paula de pronto, con una voz especialmente sibilina, y salté un palmo por encima de mi silla. Me atraganté con el pescado, y algo, una espina quizás, se me clavó entre la encía y una de las muelas. Empecé a toser como un descosido, más fuerte cuanto más intentaba parar, avergonzado por el espectáculo. San me miró sonriente un rato antes de alargar el brazo para darme unas palmaditas en la espalda.
-Tranquilo, Isaac, tranquilo. No te vayas a morir –dijo dulcemente.
-Eso, no te mueras –asintió Paula.
Las miré entre arcadas, primero a San, luego a Paula. Sus voces habían sido conciliadoras, casi cariñosas, pero sus miradas no. Había algo obsceno en el gesto de esos ojos, mientras bromeaban como si tal cosa sobre mi muerte. Pedí perdón muy bajito y me tragué completo el contenido de mi vaso, tratando de aliviar el escozor; funcionó con mi garganta, pero no con mi sentido común. Intenté terminarme la cena, aunque ya había perdido el apetito (¿lo había sentido en algún momento?), dolorosamente consciente de las miradas de madre e hija sobre mí, y de los susurros casi inaudibles de los gatos, que rondaban por las zonas en penumbra de la entrada y la trastienda. Me sentía encajonado entre dos bloques de oscuridad, falsamente protegido por unos fluorescentes que pronto se apagarían, dejándome a merced de las criaturas que pululaban en la sombra, esperándome. El reloj seguía avanzando, tac, tac, y yo masticaba sin ganas, y Paula y San seguían mirándome, con su vaga sonrisa idéntica en los labios, como si compartieran un chiste, como si esperaran.
En determinado momento, algo me rozó la pierna bajo la mesa; un gato, o el pie de San, no lo sé. Me hizo falta todo mi autocontrol para no volver a saltar, pero un estremecimiento me trepó por la espina dorsal y se me puso la carne de gallina, como si cientos de agujitas se abrieran paso por mi piel. Miré a San, con un gesto que debe de haber sido el de un pirado. Ella se rió.
-Qué mono eres –dijo, la voz dulce, los ojos de piedra-. Vamos arriba.
-Hay que recoger –protesté trémulo. No me movía tanto el deseo de ser educado con la madre de San como el rechazo que me provocaba la idea de salir del área iluminada y tener que subir al segundo piso en la oscuridad.
-No os preocupéis por eso –intervino Paula, monocorde-. Hoy recogeré yo. Seguro que vosotros tenéis cosas importantes de las que hablar, niños.
Privado de opción a rechistar, me dejé agarrar del brazo por San, que me remolcó hacia la cortina de lana que separaba la cocina de la trastienda, con un peso muerto en el estómago que no venía del pescado asado de la cena. Antes de cruzar, me volví hacia Paula, no sé por qué: seguía sentada sin haberse movido ni un milímetro de su silla, con ambas manos apoyadas sobre la mesa, y me miraba con los ojos grandes, muy grandes, y una sonrisa larga, larga, que parecía deslizarse hacia una de sus mandíbulas conforme su cabeza se ladeaba, se ladeaba, se ladeaba. Me guiñó un ojo, y ese guiño me provocó el efecto de un grito en el oído cuando se está durmiendo. Por un momento, había visto moverse un tercer párpado sobre su ojo oscuro, oscuro y adornado por una corona verde. Después, San me arrastró a la trastienda y la oscuridad me cegó.
La luz del alumbrado público entraba rosácea por las persianas caladas de la carnicería, alargando las sombras hasta nuestros pies. La puerta a la antesala de las cámaras frigoríficas estaba abierta, y en la negrura alcancé a distinguir una enorme pieza de carne curada colgando de un gancho, como un cuerpo torturado retorciendo sus extremidades en suplicio. Quise pegarme a San, pero no la encontré; había desaparecido en la oscuridad, rumbo a las escaleras.
-¿San? –llamé, y mi voz sonó estúpidamente temblorosa.
-Estoy aquí. Va, date prisa –la oí, cinco pasos por delante de mí, en lo que debía de ser el pie de la escalera. Avancé dubitativo, alargando los brazos, caminando tan despacio como podía por temor a tropezarme con algún gato. Tras lo que pareció una eternidad, la punta de mi pie golpeó con el primer escalón.
-¿San? –volví a preguntar, demasiado asustado como para sentirme ridículo.
-¿Subes o no? –esta vez su voz sonaba ahogada y lejana, como si estuviera ya en el piso de arriba, sin mí.
-¿Por qué no me has esperado?
Silencio.
-¿San?
Me pareció oír un roce más allá de las escaleras. San, seguramente. O un gato. O…
“Haz el favor, Isaac” me dije a mí mismo. “¿Qué tienes, tres años?” Mi mano sudorosa se agarró con ansia al pasamanos, y obligué a mis piernas entumecidas a subir el primer escalón. Luego el segundo.
-Va, San, no hagas el tonto –me oí decir, tratando de poner el mismo tono que usábamos Javi, Alonso y yo cuando estábamos asustados pero no pensábamos admitirlo. Ah, pero Javi y Alonso no están aquí, dijo una voz insidiosa en mi cabeza. Estás tú solito. Puedes tratar de hacerte el guay, pero estás cagado de miedo.
Otro escalón. De repente sonó un chasquido ahogado a través del tabique, y la luz que pasaba por la cortina de lana se apagó. Una oscuridad súbita y total me bañó. Sentí en la espalda un hormigueo casi doloroso.
-¿Paula? –pregunté, esperanzado. Silencio.
El corazón empezó a dolerme contra las costillas en su frenético redoble. Otro escalón, y algo que pareció un susurro cerca de mis rodillas. Me congelé por un segundo. “Putos gatos” quise decir, pero tenía los labios tan adormecidos como las piernas; en mi boca seca, la lengua se me adhería al paladar. Otro escalón.
-¡San! –mi voz salió aguda. ¿Cuántos escalones tenía esa puta escalera? Empecé a acelerar sin darme cuenta. ¿Ese ruido provenía de mi respiración, o lo había hecho la casa? Algo me rozó las piernas y me tropecé, clavándome el borde de un peldaño debajo de la rodilla. Lágrimas de dolor y desesperación me picaron en los ojos. Traté de enderezarme, aunque los pies casi no me sostenían.
Un siseo sonó a mi espalda. Demasiado alto para provenir de un gato. Demasiado alto. Demasiado alto para un gato, me dije, no ha sido un gato, no ha sido un gato justo cuando el siseo se repitió junto a mi oreja, en mi oreja se repitió, una respiración húmeda y caliente.
-¡¡SAN!! –grité, abalanzándome sobre los escalones que quedaban, al cuerno con el saber estar y con el disimular, y antes de que me diera cuenta me había arrojado directo a los brazos de San, que me esperaba de pie al final de la escalera. Tardé unos segundos en recuperarme, y fue la voz burlona de San la que me trajo de vuelta.
-¿Qué pasa, Isaac? ¿Te da miedo la oscuridad? No lo sabía –dijo suavemente, con una risa que parecía un cascabel, acariciándome profundo el pelo y rascándome la cabeza, como haría con un niño. La aparté con más brusquedad de lo que pretendía, debido a un espasmo nervioso.
-¡No! –exclamé, sintiendo en el estómago un nudo de indignación-. Algo me tocado en la escalera. Algo me ha respirado…
-¿Un gato?
-¡No! ¡Algo!
La sonrisa de San se hizo ostensiblemente más larga.
-¿Entonces qué? ¿Un monstruo?
Quise replicar, pero de repente me di cuenta de lo ridículo de mi posición: ¿iba a ponerme allí, en el último escalón, a discutir sobre si había criaturas sobrenaturales en la escalera de una chica que no paraba de acariciarme el pecho y el vientre en la oscuridad, indicándome que lo que le interesaba de mí obviamente no era lo que creía haber notado en la escalera? Ahora que estaba cerca de San, con sus brazos rodeándome, sus dedos acariciándome y sus uñas rascándome la cabeza, el pánico que había sentido en la escalera se convertía en lo que era, una alucinación sufrida por un pobre crío incapaz de controlarse. Relajé los músculos que sin darme cuenta había tensado.
-No, no. Sería un gato, tienes razón. Es que me ha asustado, nada más –susurré, dejándome caer más profundo en su abrazo.
-¿Mi pobre Isaac tiene miedo de mis gatos? –siseó San en mi oído, su aliento cálido y húmedo, despertando con vividez recuerdos que acababa de decidir que olvidaría justo antes de lamer el lóbulo de la oreja y provocar una catástrofe allende mi cintura-. ¿Me tienes miedo a mí también? –me mordió.
-A… a veces… -balbucí, mientras sus manos me amasaban las nalgas y se deslizaban debajo de mi ropa, como lentos latigazos.
-¿A veces? –dijo San, subiendo el volumen de pronto, y oí en el fondo de su voz una ronquera grave con notas agudas al final, chirriante. Un maullido. Me mordió la boca, tal vez fuera un beso-. ¿A veces tienes miedo de mí, Isaac? –su voz sonaba extrañamente distorsionada mientras resbalaba por mi cuerpo y descendía hacia el suelo, como la ropa que cae-. ¿Miedo de mí, Isaac? –puso las rodillas en el suelo, llevándose de camino mis pantalones. Cerré los ojos y caí en una negra inconsciencia.
¡Tachán! Este capítulo, casi al completo, no estaba escrito la última vez que actualicé, y el crédito se lo debo íntegramente a Charlotte, que supo darme los ánimos que todo autor necesita, así como a Jota, que lleva sufriendo por conocer el final desde febrero XD. Gracias a los dos! Y que sepáis que ya he escrito tres páginas más. El final no queda lejos...
domingo, 16 de octubre de 2011
América
América, América,
digo tu nombre y te despliegas entera,
país a país,
selva, mar y sierra,
con una libertad que normalmente te niegan.
¿Cómo no pude perderme en tu mirada estando contigo?
¿Por qué he tenido que alejarme
para ver tu innúmera belleza,
como un charco de piedra
que gotea de norte a sur?
América, eres el mar rabioso
que muerde la costa en un alarido de espuma
y eriza la piel con su virulencia;
América, eres el grito de sirena
de las gaviotas.
Laberinto de secuoyas centinela
es América,
ardiente vegetación y humus perfumado
es América.
Las anchas praderas,
que son la mano de Dios,
se tienden al cielo orladas de lagos
y se visten de nube en invierno.
El espinazo de la Tierra
hiende con sus vértebras agudas
el velo impalpable del firmamento.
América, eres hija
de la quena y el tambor
y has amado a África,
a Europa, a Asia;
las besaste a todas
¡y qué acopio de delicias guardan tus labios!
América es la exquisitez promiscua
de la gloria y la miseria:
ahí donde Hernán y Malinche se besaron
sobre un maguey truncado
América es hija del amor y la barbarie.
Y ah,
¡cuánto has sufrido!
Ríos profundos como latigazos
te cruzan la espalda.
Y ah,
¡cuán rica eres!
Posees el oro del maíz
y la flor violeta de los Andes.
¡América!
El brote y la piedra,
la fruta y la sal,
la plata y la nieve.
América es pulpa jugosa
de una fruta en verano:
América es comino y papa,
ají, carambola, camucamu y lima,
América es camote y yuca,
América es mango y frijoles,
rocoto, chocolate, café, panela,
guayaba, chirimoya y piña
es América.
Cuchillas al cielo y carne humana,
hoz y telar,
púa y mazo,
eso es América.
Generoso pecho deshecho en rosarios,
continente y mar estrellado de islas,
América:
donde los toros de Pucará
flanquean la cruz del Nazareno.
Tú arrancaste tu corazón para los dioses.
América, eres americana,
y eres europea, africana y asiática,
y aun hoy eres nativa y española,
senegalesa, china, congoleña,
británica, italiana y japonesa;
América, eres americana.
Tierra prometida,
tierra ensangrentada,
¿cuándo te verás por tus propios ojos?
Tu rostro es cobrizo,
negro,
blanco
y ámbar;
tu voz es música de charango y marimba,
aullido de lobos y coyotes,
mar rompiente, quijada y cajón.
América.
¡América!
¿Cómo no pude perderme en tu mirada
estando contigo?
sábado, 1 de octubre de 2011
Felis Catus (Parte VII)

Partes I, II, III, IV, V y VI
Terminó el invierno, y florecieron los naranjos. El intenso olor del azahar, llevado por el viento tibio de Poniente, inundaba la ciudad por entero, pero parecía detenerse siempre a las puertas de la casa de San, que seguía oscura y fría como en el otoño en que nos conocimos. A veces incluso temblaba, aunque mi piel ardiera y sudara. Tenía fiebre, ahora ya no había duda.
Creo que era ya abril cuando me di cuenta de que llevaba meses sin cortarme el pelo. No habría reparado en ello si San no me lo hubiera señalado. “Qué largo lo tienes” dijo malintencionada, rascándome la cabeza con sus uñas puntiagudas, y he de admitir que me sorprendí. Siempre me había tomado muchas molestias para mantener mi pelo, castaño y desabrido como todo en mí, lo más corto y cómodo posible. Y sin embargo, no guardaba un solo recuerdo reciente en el que me viera a mí mismo preocupándome por la longitud de mi cabello. Así se lo dije, aunque creo que hablaba más para mí mismo.
-Me absorbes el tiempo –le dije al cabo.
-También otras cosas –dijo, con una sonrisa pérfida, y me tendió de espaldas en la cama buscando mi vientre con su lengua. Ya no pude pensar más. Pero San tenía razón. No sólo me absorbía el tiempo. También estaba absorbiéndome la vida.
Más o menos por esa época Javi empezó a llamar mucho menos para quedar con Alonso y conmigo, con lo cual, ante la disyuntiva de vernos a solas o no vernos, acabamos optando tácitamente por esto último. La relación con Alonso se había enfriado definitivamente, así que tampoco notamos muchas diferencias, pero algo en el fondo de mí sabía que debería haberme preocupado más que fuera por Javier, mi otro amigo, con quien tanto había compartido y al que de repente yo dejaba desaparecer entre la niebla sin saber qué le pasaba. Habría ido tras él, le habría llamado, y de hecho me lo propuse un par de veces. Todo inútil. A la hora de la verdad, no podía pensar más que en San. San, San, San.
-San.
Ella estaba sentada en el alféizar de su ventana, mirando quedamente por el espacio que dejaba la cortina al ondear. La escasa brisa primaveral que entraba por una rendija del vidrio hacía ondear también su cabello, y su perfil se recortaba contra el blanco luminoso como un medallón. Era perfecta. San.
-San.
-¿Hmmm?
Se desperezó lenta, voluptuosamente, y bostezó mostrándome las puntas de sus caninos. Sus dedos se tensaron sobre su regazo, extendiéndose lo más separados posible para luego volver a plegarse, arañando su falda con las uñas.
-¿San significa algo, aparte de ser diminutivo de Santa?
No me miró inmediatamente. Se frotó con lentitud los ojos con el dorso de la mano; los ojos, la frente, el flequillo, la nariz, la boca. Creo que en ese momento la vi lamerse la mano, como cualquiera de sus gatos, pero en realidad no estoy seguro de lo que vi. Me miró fijamente y el anillo verde brilló en sus ojos desde el contraluz.
-San significa tres en japonés. Yo soy tres –y debe de haber sido su idea de bromear, porque me dirigió una de sus largas, largas sonrisas sin labios. San. Tres. Tres veces tres. La santísima trinidad.
San, San, San.
Una noche, ya no recuerdo cuándo, mis padres me abordaron a la hora de la cena. No habían desistido de entablar conversación conmigo a pesar de mi taimado silencio, pero mi memoria no guardaba, y no guarda, registro alguno de una sola palabra que ellos hubieran dicho. Sólo recuerdo esa vez, y ninguna más.
-Oye, ¿sabes que he estado hablando con tu tía Pilar? Carlos se va el año que viene a estudiar a Londres –Carlos era mi primo-. Debe de ser guay, ¿no?
Debo de haber gruñido algún asentimiento.
-¿No te gustaría irte a estudiar fuera, como él?
Otro gruñido. Tal vez encogiera los hombros indicando indiferencia. Algo, muy en el fondo de mí, se sentía culpable por la distancia con la que estaba tratando, no sólo a mis padres, si no a mis amigos (si es que me quedaba alguno). No fui consciente hasta más tarde de que lo que sentía era vergüenza, una vaga e indefinida vergüenza, como si estuviese haciendo algo malo negándome a examinar mi conciencia. Quería guardarme todo para San, y al mismo tiempo quería guardar todo lo de San en algún lugar recóndito, donde los asuntos vulgares de mi existencia no pudieran irrumpir. Ni siquiera las palabras cariñosas de mis padres tratando de sacarme de mi mutismo. Estaban a años luz de aquella chica que era una diosa y un demonio, que era una tríada y un monstruo, que me había dado el paraíso y podría haberme arrancado el corazón sin mover yo un dedo.
Callado, seguí comiendo.
Vale, ahora es cuando la cosa se pone interesante, porque es más o menos por aquí por donde me quedé. Se aceptan sugerencias, apremios y latigazos. ¡A jugar!
lunes, 19 de septiembre de 2011
Dómina inaprehendida
Nuda Veritas, remake del original de Gustav Klimt, por Essenceof Decadence
Y de repente,
en un pequeño vértigo,
soy consciente de todo aquello
que ocultamos y elegimos.
Nunca nadie podrá decir la Verdad,
nunca podremos contar nada
como realmente fue.
Tejido de mentiras las ciencias y las artes,
incapaz y débil el ser humano,
gloriosa Verdad inaprensible,
O Veritas Invicta!
jueves, 15 de septiembre de 2011
A cubierto!
Como coger pataletas, comer tiza para que me dé fiebre y agarrarme a las piernas de mamá para que no me lleven.
¡La facultad ha vuelto! >.<
Y con éste van cuatro. Nyarg.
martes, 30 de agosto de 2011
Felis Catus (Parte VI)
Partes I, II, III, IV y V
A principios de febrero de ese tercero de Secundaria cumplí quince años. Tuve suerte, puesto que el aniversario cayó entre semana y pude retrasar la celebración con los amigos al sábado siguiente: Alonso había vuelto a hablarme, pero estaba más frío y arisco que de costumbre, y Javi contemplaba con tristeza la distancia que se había abierto entre nosotros. Sé que no fui el primer chico que se separó de sus amigos al echarse novia, pero al recordar ese tiempo una parte de mí echa de menos a mis amigos del instituto. San apareció en mi vida y la ocupó por completo, me exprimía una y otra vez de energía y sólo me dejaba tiempo y ganas para seguir pensando en ella.
Ya ni siquiera hablaba con mis padres, salvo algún cruce de palabras durante las comidas. Ellos seguían preocupados por mí, trataban de averiguar qué me pasaba, intentaron llamar mi atención de mi formas diferentes: me sacaban de casa, llamaban a mis amigos, me proponían que viajara, que hiciera algún intercambio, que me matriculara en alguna actividad. Pero a mí no me interesaba nada, nada que no fueran los labios de San, el cuerpo de San, la voz de San. San, San, San.
La tarde de mi cumpleaños fui a la casa de la esquina a la hora de siempre. Paula me recibió con una extraña sonrisa, casi sin labios, muy parecida a la de San. “Feliz cumpleaños” me dijo, y su felicitación fue acompañada por un coro de lastimeros maullidos que hizo eco por toda la trastienda. Los pelos de la nuca se me erizaron. Avancé a tientas por al estancia, sintiendo la presencia hostil de los gatos más fuerte que nunca. Varias veces estuve a punto de pisarle la cola a alguna gata que se atravesaba en mi camino, arrastrando las patas traseras al caminar y bufándome con ira.
-Pasa de ellas –dijo Paula-. Están en celo.
Los maullidos se multiplicaron con cada peldaño que subía, y yo iba abrazándome el cuerpo inconscientemente, deseando estar en cualquier parte menos allí. Era como un coro de fantasmas, fantasmas llorosos con terribles historias que contar. Quise cerrar los ojos, cerrar los oídos, alejarme de aquella pesadilla; quise por un momento salir corriendo de esa maldita casa y no parar hasta estar bien, bien lejos. En el rellano, uno de los gatos saltó junto a mis pies y me dio uno de los peores sustos de mi vida antes de desaparecer en la oscuridad. Me pareció que era Tora, “tigre”, uno a rayas naranjas y pardas. Lo maldije de todas las formas que sabía. Cuando llegué al piso superior, mi piel estaba mojada con sudor frío.
San estaba, como siempre, de pie en mitad de su habitación, con su desgastada ropa cubierta del pelo de sus animales. No me quitó los ojos de encima mientras entraba en el cuarto; en el salón, por lo menos seis pares de ojos de pupila vertical y fosforescencia verde hicieron otro tanto hasta que se cerré la puerta tras de mí.
-Cómo están tus gatos hoy, ¿eh? –dije, intentando que la voz no me temblara.
-Es el celo. Los vuelve locos. Llevan todo el día apareándose.
Lo dijo con tono casual. La miré mientras dejaba la chaqueta en la silla del ordenador.
-¿Y tú les dejas?
-¿Aparearse? Claro –siguió una pausa-. ¿Lo hacemos nosotros también?
-¿Cómo?
Me quedé rígido. Ella seguía mirándome.
-Tengo un regalo de cumpleaños para ti –dijo, y empezó a desnudarse.
Había acariciado, besado y lamido mil veces el sexo de San, pero era la primera vez que la veía desnuda. Cuando se hubo quitado la última prenda, se sentó en el lecho y recostó la espalda sobre las almohadas. La contemplé. El tono de su piel era leonado como la cerveza, o más bien como el ginger ale (admito que no probé de verdad el alcohol hasta un par de años más tarde). Tenía los miembros largos, las caderas estrechas y los pechos, como yo los había sentido: pequeños y redondos. Su largo pelo le caía sobre los hombros y acariciaba sus pezones castaños, tan negro como el vello de su pubis. San. San. San.
-Quítate la ropa –dijo-. Quiero verte.
La obedecí, sintiéndome torpe y ridículo, tirando mi ropa desmañadamente por el suelo. Cuando acabé, sus inmensos ojos estaban fijos en mi cuerpo y exploraban cada uno de sus rincones como habría hecho su suave lengua. Me sonrojé, pero al mismo tiempo mi miembro empezó a endurecerse, captando la atención de San. Me sentí avergonzado de mi cuerpo redondeado y sin gracia, escaso de vello, donde las formas viriles aún estaban insinuándose. Nunca sería tan hermoso como lo era San para mí. Inmerso en esos pensamientos, oí su voz desde muy lejos.
-Isaac. Ven.
Me deslicé en la cama junto a ella y me abrazó; sentí contra mi piel su piel lustrosa, cuerpo contra cuerpo, y mis huesos se derritieron de gozo. Sus manos se posaron sobre mi vientre y empezaron a acariciarme, pellizcarme, hostigarme a más no poder; parecía, en vez de dos manos, tener diez. San se retorcía como un junco sobre mi cuerpo, buscándome las cosquillas, picoteándome los pezones, tirándome del pelo; su lengua se multiplicaba sobre mí (creced y multiplicaos, esa fue la orden), en mis orejas, dentro de mi boca, en mi cuello, en mi glande, estaba en todas partes, como sus gatos. Por un momento perdí el sentido. Me hizo falta abrazarla con mucha fuerza para escapar de su asedio y poder tocarla.
Tuve por primera vez sus pezones en mi boca, rugosos y palpitantes sobre mi lengua. Su cuerpo desnudo era una completa maravilla, lo recorrí entero con la boca, succionándolo, dejando un rastro húmedo de saliva y marcas rojas sobre la piel. San gemía suavemente, ronroneaba, maullaba de placer. Nunca me había sumergido en su vulva hirviente y empapada con tanto ansia como ese día. Sin embargo, cuando San parecía al borde del orgasmo, me apartó con suavidad. La miré confuso, con la barbilla y la nariz aún mojados con sus fluidos.
-Quiero que me montes –dijo San, con un tono de voz ronco y grave que yo nunca le había oído. Inclinó la cabeza, y por un momento la luz que entraba a través de las cortinas dibujó una corona verde fosforescente en sus iris castaños. Mi corazón dio un vuelco.
Le costó desenrollar el preservativo alrededor de mi pene, más duro e hinchado de lo que yo pensé que podría estarlo. Después, San me volvió la grupa, situándose sobre manos y rodillas sobre la cama. La contemplé por un instante: allí estaba, donde la línea de las nalgas se ensombrecía en vello entre los muslos. Extendí un brazo y acaricié uno de sus glúteos ambarinos, deslizando los dedos hacia la humedad de su sexo; San había inclinado la parte superior del cuerpo y se sostenía sólo con una mano, masturbándose suavemente con la otra. Ronroneaba. ¿O era alguna de las gatas que pululaban por la habitación, nerviosas por el celo?
-Isaac –gruñó.
Me acerqué a ella, el sexo erguido como una lanza, apuntando al lugar al que sin duda pertenecía.
-Isaac.
Puse las manos en sus caderas. La cabeza del glande rozó la entrada de su vagina.
-Isaa-a-a-ac -maulló San, y todos los gatos de la casa maullaron a coro con ella. La penetré violentamente.
San se curvó hacia delante y exhaló un ronco y largo gemido que acabó convirtiéndose en un sonido sibilante, ahogando mi propia exclamación de placer. Aún siseando, se volvió hacia mí. Las paredes de su vagina presionaban mi sexo, palpitantes. San me miró, con su sonrisa alargada y sin labios, y vi sus afilados caninos asomándose fuera de la boca. San me miró, y vi claramente el brillo verde de sus ojos. Di un golpe con la cadera que hizo un ruido seco contra sus nalgas.
No aguanté mucho. Apenas había dado unas cuantas embestidas cuando San se puso rígida y gritó. Chilló, rugió, maulló herida por el orgasmo, clavando las uñas de la mano en que se apoyaba sobre el colchón. Bastó para que yo me corriera sin más. En el punto más alto del placer, caí sobre su espalda y la mordí en la nuca, sin cuidado, sin pensar, como el gato a la gata. Nos derrumbamos como muertos sobre la cama, vientre contra espalda.
Jadeaba. No veía nada; todo a mi alrededor era rojo y brillante como la sangre. Sangre…
Había sangre en la nuca de San; minúsculas gotitas en las marcas que le había hecho con mis dientes. Ella advirtió mi mirada culpable, y sonrió por encima de su hombro.
-No pasa nada –dijo-. No pasa nada.
Permaneció dándome la espalda largo rato, los dos aún imbricados, empapados en el mismo sudor. Mi nariz estaba hundida en su pelo. Mis latidos resonaban dentro de su pecho, como un mismo corazón.
-Te quiero, San.
Ella se volvió sobre el colchón, lentamente. Volvió a sonreír. Sin labios.
-¿Eso crees?
Volvió a hacerme el amor más veces esa tarde. Los gatos maullaron sin cesar, rondándonos, olisqueándonos, apareándose a nuestro alrededor mientras San acababa con los restos de mi virginidad. Aquella noche, en la ducha, descubrí que tenía la espalda cubierta de arañazos.
Como podéis observar, le he añadido a esta entrada la etiqueta de "erótico". ¿Debería hacerlo con todas las partes del relato, o sólo con las subidas de tono? ¿Qué opináis?
