sábado, 28 de mayo de 2011

Felis Catus (parte IV)


Partes I, II y III

San empezó a acompañarme a casa a partir de ese día, siempre desde el punto en el que yo me separaba de mis amigos. También se acercaba a veces a mí durante el recreo, con su invariable bocadillo de atún, e intercambiábamos un par de palabras. Javi y Alonso cada vez alucinaban más y trataban de sonsacarme datos como fuera, pero yo estaba alelado y apenas oía lo que decían. De un tiempo a esa parte, todo tenía que ver con San: los ojos de San mirándome, los dedos de San rozando los míos mientras andábamos, la ropa de San cubierta de pelos de gato. San estaba en todas partes y yo me descubría agitado y febril, erizado como un gato, con la sonrisa alargada de San martilleando en mi mente. Un día, mientras me masturbaba en la ducha, con la mente en blanco, el rostro felino de San apareció ante mis ojos y tuve un orgasmo tan violento que el semen casi me salpicó la barbilla. Después me sentí avergonzado como nunca, pero ya no había marcha atrás. San estaba en todas partes, y yo estaba condenado.

San me cogió la mano el último día de clase antes de las vacaciones de Navidad, camino a casa. Creí que se me paraba el corazón. Su mano era más pequeña que la mía, y las uñas sobresalían un poco de la línea de la yema. Me arañó al sujetarme, y las líneas que sus uñas dejaron ardieron como el fuego sobre mi piel.

-¿Me das tu teléfono? –dijo de repente.

-¿Mi teléfono?

-Para poder llamarte a casa. En vacaciones no nos veremos en clase. Así podrás venir a mi casa, ¿te acuerdas? Tengo gatos.

La verdad era que no había vuelto a sacar el tema desde aquella primera vez, y yo no lo recordaba. Le escribí mi teléfono en un trocito de papel de libreta. Al cogerlo me acarició suavemente la mano, y no pude evitar acercarme a ella.

-San –dije suavemente.

-¿Sí?

-Prométeme que me llamarás.

-Te lo prometo.

-San.

-¿Sí?

-San…

Se acercó tanto a mí que nuestras narices se rozaron. Desplegó los labios, y por un instante pensé que iba a besarme. Luego noté su lengua, fina y muy, muy suave, lamiendo la comisura de mi boca y jugueteando en la línea que había entre mis labios. Después me sonrió, con esa sonrisa suya sin labios, y se marchó como siempre, con brusquedad, dejándome con una erección incipiente y un conato de infarto.

Siempre había pensado que la poesía amorosa y las canciones románticas eran horteradas. Supongo que como a mí, a muchos otros niños les ha tocado tragarse sus opiniones al llegar a la adolescencia. Ahora, maldita sea, entendía demasiado bien las palabras “robar el corazón” que tanto repetían aquellos versos. San se había robado el mío, y estaba por robarme a mí también.

Me aterrorizaba que San no me llamara. Pasé los dos días de Navidad colgando de un hilo y maldiciéndome. ¿Por qué coño no le pedí su teléfono yo a ella? Podría haberla llamado, no habría tenido que esperar… Al día siguiente de Navidad, finalmente ocurrió: sonó el teléfono y yo me obligué a disimular, esperando a que mi madre lo cogiera, cuando lo que deseaba era salir disparado y arrebatarle el auricular. Mi madre apareció en mi habitación con una media sonrisa y el teléfono en la mano. “San, para ti”, dijo, como esperando a que le diera más detalles. Yo simplemente cogí el aparato con manos temblorosas y esperé a que se fuera.

-¿San?

-Hola. ¿Te gustaría venir a mi casa esta tarde? Podemos jugar.

Siempre tan brusca. Era como si no le hubieran enseñado a tratar con la gente de pequeña. A mí ya no me importaba.

-Sí. Sí que quiero.

-Bien, pásate sobre las cinco y media. ¿Sabes dónde es, verdad?

A las cinco y veinte me encontré a mí mismo tocando el timbre de una puerta lateral de la casa, demasiado febril como para sentir vergüenza de mí mismo. Esperé durante unos segundos que me parecieron eternos; luego, la puerta crujió, oí sonar tres cerraduras, y finalmente se abrió la hoja y vi aparecer a la mujer de nariz aguileña, la madre de San. Me miró de hito en hito, y por un instante ambas se parecieron muchísimo.

-¿Eres Isaac?

-Sí.

-Pasa. Está arriba.

Entré. Me encontré en una especie de amplio recibidor sin ventanas, con las paredes cubiertas de azulejos azul claro. En la pared a mi izquierda distinguí las puertas de un armario en la penumbra, y al fondo una pared de cristal esmerilado, con una puerta entreabierta, que separaba otro recinto. Me pareció entrever una mesa de mármol y un par de máquinas muy grandes. A mi derecha, unas gruesas cortinas de lana daban acceso a una cocina familiar, que parecía totalmente fuera de lugar. Olía intensamente a cebolla.

Di un paso en la oscuridad y tropecé con algo. Miré a mis pies. Dos ojos de un verde fosforescente se encendieron en la oscuridad, y sentí un roce suave contra las piernas.

-Pirata, ¿eres tú? –dijo la madre de San-. No molestes a los invitados. Anda, fuera – empujó al gato con el pie y yo seguí andando, cohibido, y poco a poco notando porciones de la penumbra que se movían perezosamente, bostezando, maullando y encendiendo unos ojos brillantes como linternas verdes. Me pareció oír un bufido admonitorio, y de repente sentí miedo, un miedo desconfiado y frío que no se parecía en nada al que alguna vez hubiera sentido por San. ¿Qué hacía yo en esa casa lúgubre y fétida, llena de gatos?

-Adelante, pasa, está arriba –repitió la madre de San, empujándome por el hombro a través del recibidor. Noté más roces de los gatos en las piernas, más miradas verdes clavadas en mí, ruidos de advertencia. Atravesé la cocina tieso como una tabla y me encontré con una suerte de salita de estar que la separaba de la carnicería y las cámaras frigoríficas. Toda la luz que entraba provenía de la tienda abierta; no había una sola lámpara encendida.

-Arriba la tienes –dijo una vez más la madre, mirándome de una forma extraña por encima de su orgullosa nariz. Me señalaba una puerta que se abría a unas escaleras, justo al lado del pequeño sofá de la salita. Subí despavorido, y a mitad de camino casi me caí al descubrir a un gato, a rayas grises, sentado muy recto en el rellano y observándome fijamente con unas pupilas dilatadas que, de alguna manera, me recordaron a San.

Para mi sorpresa, la casa del piso superior era luminosa y bonita, y estaba perfumada con incienso. Atravesé un pasillo del cual partían los baños y la terraza, donde tres o cuatro gatos tomaban el sol, y desemboqué en un salón comedor decorado con velas y libros antiguos. Una de las dos puertas que salían de él estaba abierta; detrás, de pie en medio de su habitación, estaba San.

De repente el horror que me había provocado aquella casa oscura y llena de gatos fue cosa del pasado.

-Hola –dijo San, seria-. Pasa.

Caminé dubitativo y entré en su dormitorio. Ahí estaba la ventana con las cortinas blancas, y aún otra, situada justo encima de la puerta lateral por la que había entrado. El cabecero de la cama, de hierro forjado pintado de blanco, tocaba el centro de la pared que quedaba a mi izquierda. San se sentó tranquilamente sobre el colchón en cuanto franqueé el umbral.

-Cierra la puerta.

-¿Cerrar la puerta? –nunca antes había ido a la casa de una chica, pero me dio la impresión de que cerrar la puerta estando juntos sería un poco excesivo.

-Sí. Cierra la puerta. No pasa nada.

La obedecí, callado, y al terminar vi que ponía su mano sobre el colchón, junto a ella, invitándome a sentarme. Me senté.

La habitación estaba pintada de índigo. El armario, de puertas torneadas, también era blanco. Había un escritorio con un ordenador y varias estanterías con libros. Y gatos por todas partes: en los libros, en fotos, en dibujos y cuadros sobre la pared, en figurillas de barro. Dos gatos de verdad, uno gris y blanco y otro negro de pecho blanco y pelo largo, descansaban perezosos sobre el tapete que cubría el suelo frente a la cama.

-Éste es Fantasma y ésta Sanguis.

-¿Sanguis?

-Sanguis es sangre en latín. La llamamos así porque tiene un temperamento sanguíneo.

-¿Sanguíneo?

-Quiere decir que se enfada con facilidad.

Cuando estaba con San siempre me sentía así, tan aturdido que a veces sólo podía repetir como un tonto lo que ella decía. Traté de parecer más avispado.

-¿Y Fantasma?

-Es de los más sigilosos. Nunca lo oyes venir.

-Será bueno robando comida –traté de ser gracioso.

-Roba muchas cosas –dijo San, y me miró. Le sostuve la mirada, con el corazón en la garganta. ¿Cómo puñetas se las arreglaría para no pestañear? Tragué saliva, me atraganté, tosí disimuladamente y desvié la vista. Demonios.

-Bueno –dije, cuando el ataque de tos remitió. Ella no había hecho un solo sonido en todo ese tiempo-, dijiste que viniera para jugar. ¿Qué juegas?

-Juegos… -susurró San.

-¿Juegas al Warcraft? Mis amigos y yo últimamente estamos muy enganchados al Lineage. ¿Lo conoces?

-No me refería a eso –dijo San, y súbitamente me puso una mano en la rodilla. Warcraft, Lineage y demás juegos online se fueron al carajo. Todo lo que existía en el mundo éramos San, yo y su mano sobre mi rodilla.

-¿A… a qué quieres jugar, entonces?

-Quiero jugar contigo –susurró San, muy cerca de mi nariz. Incluso la piel del bigote que no tenía pareció erizarse cuando sentí sus labios acercándose a los míos. La sangre me retumbaba en los oídos, creí que iba a explotar de un momento a otro. Una vez más, su suave lengua emergió de entre sus labios para acariciar los míos, y sentí que me fundía entero. Después se abrió paso entre mis labios, y los suyos se unieron. Me estaba besando, alcancé a pensar estúpidamente antes de sentir su lengua cosquilleando mi paladar; entonces todos mis pensamientos se disolvieron en su saliva.

En aquel momento todo yo era mi boca, pegada a la suya; mis labios que se unían y desunían a los suyos con un susurro casi imperceptible, picoteados por sus dientecitos puntiagudos; mi lengua enredada en la suya sin saber muy bien lo que estaba haciendo. En algún momento ella se sentó a horcajadas sobre mí, y entonces noté mi sexo endurecido contra los pantalones; ella también lo estaría notando. Me separé, avergonzado, y ella me miró con esa sonrisa suya tan rara, sin labios.

-¿Qué pasa? –preguntó, ladina, juguetona.

-Es que… es que…

-No pasa nada. Es normal. A todos nos pasa igual –me dijo suavemente al oído, acariciándome el pecho. Yo ya no podía hablar-. No te preocupes. No pasa nada –su voz era seda, su lengua humedecía el lóbulo de mi oreja y sus dientes lo mordisqueaban y su mano empezaba a bajar y sus dedos buscaban más allá de mi cintura…

Me estremecí de pies a cabeza cuando su mano se cerró en torno a mi sexo, piel contra piel. Estaba más excitado que en toda mi vida. Se me escapó un pequeño gemido cuando empezó a moverla arriba y abajo, haciendo la piel del prepucio danzar sobre el glande. Me sentí morir de placer. Nunca hubiera imaginado que sensaciones así existieran. La otra mano de San cogió la mía, la derecha, y la colocó sobre su pecho, sin dejar de acariciarme. Noté el seno pequeño, elástico y firme, del tamaño exacto del hueco de mi mano, a través de la tela de la blusa. No llevaba sujetador, pero yo no lo hubiera adivinado. Tratando de descubrir qué hacer con la escasa consciencia que me quedaba, apreté suavemente aquel pecho, y noté la punzada del pezón erecto contra la palma. Lo apreté entre los dedos en un estremecimiento de placer, y San suspiró profundamente.

-¿Lo ves? –me dijo. Se bajó de mi regazo y se recostó de costado en la cama; yo la imité, y quedamos frente a frente. Tomó mi mano de nuevo y esta vez la llevó debajo de su falda de punto, entre sus piernas-. Mira –dijo en un susurro, y bajo su guía mis dedos pasaron por debajo de la línea de su ropa interior y hallaron una zona cubierta de vello suave, tras la cual se abría una grieta carnosa y muy húmeda.

-¿Lo ves? –repitió San, entrecortada-. Yo también lo estoy. A todos nos pasa –exploré su sexo con los dedos, oyendo sus suspiros, y noté una pequeña protuberancia. Debía de ser aquel misterioso clítoris del que había oído hablar alguna vez en el colegio, porque San tembló cuando la toqué-. Sí, acaríciame ahí. Por favor, Isaac…

Por alguna razón me excitó lo indecible que dijera mi nombre. Jugué con ella suavemente, temiendo hacerle daño, y San empezó a rodar hacia el placer al ritmo que yo seguía. Se transformó en agua: agua que culebreaba por la cama en éxtasis y se derramaba por su sexo hacia mis dedos. En algún momento me desabrochó los pantalones y volvió a acariciar mi pene como antes. El placer fue tan intenso que se me contrajo el estómago, y noté en la base de la espalda un calor que se fue extendiendo a todo mi cuerpo.

-San –jadeé.

-Isaac.

-San. San, San, San…

Me corrí con su nombre en los labios y los ojos húmedos como su sexo; ella se corrió encogida contra mi vientre, llamándome mientras mi eyaculación ponía perdidas las sábanas y le manchaba las rodillas. En aquel momento a ninguno de los dos le importó. Recuperamos el aliento acurrucados el uno contra el otro.

-San –susurré, y su nombre después del orgasmo era más erótico y más íntimo que nada en el mundo.

-¿Sí?

-¿Habías hecho esto antes?

-¿Por qué?

-Por saberlo.

-¿Tú qué crees?

Me miró fijamente, con aquellos ojos de gato, enormes y abiertos. No supe qué contestar. Nunca lo supe. Después de un rato, ella se levantó para limpiarse y yo decidí hacer otro tanto, sintiéndome súbitamente avergonzado. Su madre estaba en la casa, ¿y si nos había oído?

Cuando me incorporé sobre la cama, vi que Sanguis y Fantasma estaban sentados muy rectos sobre el tapete, mirándome fijamente, tan fijamente como su ama. En sus ojos redondos y fosfóricos vi reflejados mi placer y el de San, y una extraña comprensión, como si nos hubieran espiado sabiendo perfectamente lo que hacían. Fue entonces cuando volví a sentir miedo.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Reflejo del amor

Constantemente uno aprieta las cosas. Las aprieta, no se me ocurre otra palabra para definirlo.

Uno aprieta las tuercas. Aprieta los puños. Aprieta los dientes, los músculos, los párpados. Aprieta las vendas de los nudillos. Aprieta las ballenas del corset, aprieta los movimientos, las poses, aprieta la goma de la máscara, las ideas. Para vivir, para seguir, para luchar, hay que apretar, y no desvanecerse nunca.

Para no ser, hay que soltar. Soltar las manos. Aflojar el cuerpo. Dejar ir la consciencia más allá de los prietos confines razonables. Para no ser, para ser, hay que abandonarse con lágrimas en los ojos. Sólo cuando ya no estamos aferrados y ya no tememos que nada nos haga daño, desaparece el dolor. Y entonces, la belleza, la luz y la vida nos traspasarán con un rayo palpitante de amor. Nuestras fibras, sueltas, desanudadas, ligeras, lo dejarán pasar, sin dolor, sin sangre, sin herida.

Nuestra mera existencia es el espejo donde Dios se mira.

martes, 10 de mayo de 2011

Felis Catus (parte III)


Partes I y II

Al día siguiente, Santa y yo nos cruzamos en clase al ir a buscar nuestro asiento. Nos miramos fugazmente, y los dos murmuramos un “hola”. Me senté en silencio, ajeno a las risas de mis amigos. ¡Me había saludado! ¿Eso significaba que le gustaba, o sólo que era educada? Por un momento lamenté no haber prestado atención a Alonso, Ricardo y otros compañeros cuando hablaban de chicas. Bah, no, eso ni hablar. Me había saludado porque ahora éramos conocidos. “¿Qué te pasa, Isaac? ¿Estás tonto?”. No pude, sin embargo, sustraerme a la tentación de girar la cabeza para ver qué hacía. Ahí estaba Santa, mirándome fijamente con sus ojos marrones y enormes y su sonrisa sibilina. Y ahí estaba, cómo no, mi corazón jodiendo la marrana y poniéndose a latir como un loco.

Me giré espantado, acezando, y noté calor en las mejillas. Maldije interiormente todo lo maldecible cuando Alonso, coreado por Javi, entonó un cántico que rezaba “¡S’ha puesto colorao! ¡S’ha puesto colorao!” Quise matarlos ahí mismo, pero antes de que concretara mis planes de venganza, oí una risa clara y bajita, proveniente de la ventana. Santa se estaba riendo. Por un momento nuestros ojos se cruzaron, y vi en los suyos un brillo travieso que no estaba allí antes. Por primera vez fui consciente de lo mucho que Santa Medrano había crecido desde primaria.

Mis amigos estuvieron molestándome el resto del día por mi sonrojo en clase, como era de esperar. Lo estuvieron haciendo durante todo el camino a casa, ya por la tarde, hasta que nos separamos. Lo que no era ya tanto de esperar era que Santa Medrano me estuviera esperando en la siguiente esquina, aún con su mochila del colegio y sus ojos enormemente abiertos, como siempre. Me quedé tieso en el sitio.

-¿Te acompaño? –dijo simplemente.

Mi primer impulso fue gritar “¡No!”

-Eh… sí. Si quieres.

Se puso a mi lado y caminamos a la par un buen rato, en silencio. Yo casi no podía respirar de lo alborotado que tenía el pulso. Cuando el silencio llegaba a un límite incómodo, la oí hablar:

-Entonces te llamas Isaac.

-Sí –dije estúpidamente.

-Isaac fue un tío con muchos problemas.

-¿Cómo?

Me contó la historia. Yo recordaba vagamente haberla oído alguna vez en la catequesis, antes de hacer la Primera Comunión, pero fue casi como si la oyera por primera vez.

-No te pega mucho el nombre –dijo al terminar-. No pareces muy atormentado.

-Ah –nunca había oído a alguien de mi edad usar la palabra “atormentado”.

Siguió otro largo silencio. Ya estábamos cerca de mi casa. De repente caí en la cuenta de que hacía rato que habíamos pasado de largo la suya.

-Y tú te llamas… Santa, ¿eh? –dije, por decir algo.

-Sí, pero quiero que me llames San –respondió con inesperado ímpetu, encarándose conmigo. Me miró de hito en hito, con aquellos ojos suyos enormes que parecían nunca pestañear, y un escalofrío me bajó por la espalda.

-¿Por qué? –pregunté, con un hilo de voz.

-Porque a mí Santa tampoco me pega. Quiero que me llames San –repitió, imperiosa.

-San –dije, dejando deslizar su nombre por mi boca una primera e inolvidable vez. Sentí al decirlo un curioso cosquilleo en los lados de la lengua, que se fue extendiendo paulatinamente por mi barbilla, mi garganta y el resto de mi cuerpo. Se me puso la carne de gallina-. San –dije otra vez, en un susurro, casi una súplica. De repente su cara estaba muy cerca de la mía. Tenía la nariz pequeña y redonda, a diferencia de su madre, y a esa distancia podía distinguir un brillo verdoso formando una corona en sus iris marrones. Sus pestañas, en las que nunca había reparado, eran largas, oscuras y espesas, curvadas hacia arriba. No era tan fea, Santa Medrano, ahora que había pasado a ser San. En realidad, era bastante bonita. Muy bonita.

De súbito, San se separó de mí.

-¿Te gustaría venir a mi casa? Tengo gatos –dijo, como si el anterior momento nunca hubiera sucedido. Me quedé cojudo.

-¿Eh?

-Que si te gustaría venir a mi casa un día. A jugar.

-Eh… s-sí…

-Qué bien. Tengo que irme. Nos vemos mañana –y en una exhalación se dio la vuelta y desapareció calle abajo, dejándome parado como un capullo en mitad de la calle.

Caminé sonámbulo los metros que me separaban de mi casa, subí las escaleras, entré en el apartamento, me metí en mi habitación y pasé tumbado en la cama el resto de la tarde. No tenía ganas de jugar con la consola, ni de usar el ordenador, ni de leer o ver la televisión. No hice los deberes, ni siquiera salí a pasear, como era usual. La escena que acababa de vivir colmaba cada centímetro de mí; me sentía lleno de una sustancia espesa e intensa que podría derramar si me movía mucho y que mi cuerpo ansiaba absorber con fruición. Todavía no sabía si Santa (San, San, era San) me gustaba o me daba miedo, pero sabía que necesitaba volver a verla con urgencia, y sabía también que pensar en ella me descolocaba el pulso y erizaba hasta el último vello de mi cuerpo, incluso en lugares en los que aún no me había salido. Me ocurriría siempre con ella, y aún hoy, que ya no está, a veces me sigue ocurriendo.

Aquella noche soñé con San. Cuando desperté a la mañana siguiente, tenía una erección de caballo.

martes, 19 de abril de 2011

Felis Catus (parte II)


Parte I aquí

Santa Medrano siguió mirándome de cuando en cuando el resto de la semana, y luego el resto del mes, y todas las veces me agitaba como si me hubieran pegado un susto de muerte. Creo que salté una vez o dos. Al final, incluso Javi y Alonso se dieron cuenta de sus inspecciones y empezaron a gastarme bromas al respecto, cosa que no me hacía ni puta gracia.

-Tío, tío, ya te está mirando tu novia –se burlaba Alonso, y Javi lo celebraba con risitas por lo bajo.

-Vete a la mierda –gruñía yo.

Me encontré teniendo menos hambre de lo normal, como si viviera con el estómago permanentemente encogido por la tensión. Mis padres se preocuparon. Hasta entonces siempre había tenido buen apetito (daba cuenta de bocadillos hechos con media barra de pan cada mediodía en el colegio y solían comer y cenar con tres platos) y mi súbita languidez les pareció un síntoma inequívoco de algún transtorno adolescente. Mi madre me preguntaba una y otra vez cuánto pesaba y me repetía con voz cariñosa lo guapo y perfecto que era, nada comparado a aquellos chicos tan delgados que veía en la televisión. Cada vez que me metía en el baño, sus ojos me seguían ansiosos, como si temiera que fuera a vomitar. Mi padre rondaba por mi habitación y trató de sonsacarme si tenía malos rollos con mis compañeros o si había alguna chica de por medio. Sí que la había, por supuesto, aunque no en el modo que él se imaginaba. Podría haberle dicho que sí y acabar con todo, pero sabía que si les decía algo sobre una chica no me dejarían en paz hasta saber más de ella, y no me apetecía nada andar inventándome novias ficticias. Así que seguí negando que tuviera ningún problema, y creo que adelgacé un par de kilos.

A finales de octubre, cuando ya había pasado la gota fría y el otoño se había instalado cómodamente, empecé a dejarme la chaqueta puesta en clase, pues la mirada esporádica de Santa Medrano pasándome por la nuca bastaba para darme escalofríos. Varios profesores me preguntaron si tenía fiebre. “Tío, ve y díselo” me aconsejaba Javi. “Mándala a la mierda, dile que se vaya a tomar por culo y que deje de mirarte. Pégale un susto, a ver si le gusta”. Era más fácil de decir que de hacer. Era ella la que me asustaba a mí. ¿Qué, en todo el mundo, podía asustar a una chica como esa?

Era ya noviembre el día en que Ricardo Ferrer se levantó en clase de física y química a escribir en la pizarra en chándal, sin darse cuenta de que iba medio empalmado. Al principio no pasó nada, pero pronto oí desde mi izquierda unas traviesas risitas procedentes de Bea Bascuñana y Andrea Roig, que miraban disimuladamente la entrepierna de Ricardo y se retorcían de risa en sus asientos, entre turbadas y excitadas. Así que a las chicas también les había dado por hacer esas gilipolleces. Solté un bufido desdeñoso, y noté que, a mi espalda, alguien emitía exactamente el mismo sonido. Volví la cabeza.

Santa Medrano miraba a Bea y Andrea con el mismo desprecio con el que hacía unos segundos las miraba yo. Al percatarse de mi atención, volvió sus ojos hacia mí, y por un momento, sin que yo pudiera evitarlo, nos miramos. Me quedé petrificado, con el corazón al galope, como siempre me ocurría, y vi que sus labios volvían a curvarse en aquella extraña sonrisa casi sin labios. Aparté la mirada violentamente y me concentré tanto como pude en Ricardo (germánico para “rey valiente”), que seguía tratando de resolver un problema de formulación ajeno a la sensación que estaba causando su hinchada bragueta. Alonso soltó una risita. “Tu novia está igual que tú, ahí mirando mal a la gente” dijo. Esa vez no tuve fuerzas para cagarme en él. En eso tenía razón. Yo también miraba a los compañeros cachondos como si fueran gilipollas. ¿Y si yo estaba igual de pirado que Santa Medrano? ¿Y si era por eso por lo que ella me miraba?

Aquella tarde salí de clase, más que tenso, desanimado. Mientras andaba por el pasillo arrastrando los pies, rumiando mi desgracia, sonó un llamado que, en un principio, no juzgué para mí.

-Martínez.

-¿Qué hacemos esta tarde? –preguntaba Alonso.

-¿Nos viciamos al Warcraft? –sugirió Javi.

-Martínez.

-Pensé que hoy íbamos a ir al parque –dije yo.

-Bueno, si quieres…

-Isaac.

Recién entonces me detuve y me volví a ver quién me llamaba. Horror: era Santa Medrano, acercándose a mí con su curvado flequillo y su ropa cubierta de pelos de gato. Debo de haberme quedado blanco. Javi y Alonso, a mis flancos, también se detuvieron.

-¿Qué? –pregunté, con una voz más chirriante de lo que pretendía-. ¿Qué? –repetí estúpidamente.

-El estuche –dijo ella simplemente, alcanzándome mi estuche de lápices. No tenía una voz ronca y macabra, ni tampoco aguda e irritante, como cabría esperar, si no bastante normal. No la había reconocido porque nunca se la oía hablar en clase, o al menos yo no lo recordaba.

-Adiós –dijo Santa, antes de que yo alcanzara a decir nada, y enfiló el pasillo, desapareciendo luego escaleras abajo. Alonso, Javi y yo nos quedamos en nuestro sitio como tres tontos.

-Tío, cualquiera dice “gracias” por lo menos –dijo Alonso tras una pausa.

-Cállate –espeté yo, aún chocado.

-¡Eso es que le molas, tío! –exclamó Javi, y él y Alonso entonaron un “Uuuuuuhhhh” a dúo.

Estuvieron el resto del camino a casa puteándome. Yo iba callado, dándoles de vez en cuando un empujón si se pasaban mucho. La verdad es que no estaba enfadado. ¿Sería verdad, al final, lo que decían mis amigos, que yo le molaba a Santa Medrano? La rara de clase seguía despertándome una repulsión primitiva, pero ahora notaba mezclada con ella algo de curiosidad, y otra cosa que no había sentido nunca: halago. De todos los chicos de clase, que se peinaban con esmero y se pavoneaban de sus hinchazones con pantalones ajustados, ¿sería posible que esa chica, por muy rara que fuera, se hubiera fijado en mí? No sabía qué podía significar eso. Cuando Alonso, Javi y yo nos separamos y yo seguí caminando solo hasta casa, seguía pensando en Santa. Por primera vez, el miedo había remitido un poco.

martes, 12 de abril de 2011

Muerte de gris


-No seas así. La vida no es blanca ni negra, es gris. Piensa en eso.

-¿Gris? ¡¿GRIS?! ¿Me tomas el pelo? ¿A eso es a lo que uno ha de aspirar? ¿A una vida gris?

-No quería decir eso. Lo que significa en realidad...

-Sé muy bien lo que quieres decir. Pero te diré una cosa: el punto medio no existe, no es más que una entelequia de los filósofos para tener algo en lo que ocupar la vida. Uno puede aspirar a tener paz, a tener equilibrio, ¿pero llegar al punto medio? Jamás. No es que la vida no sea ni blanca ni negra, es que es ambas. Y aún más: es de todos los colores del espectro, y aun de otros que cualquiera diría que no existen, pero están ahí. ¿Gris? Le rajaría la barriga a ese gris que tanto estimas para ver el rojo de la sangre teñir la vida, llámame loca, llámame fanática, llámame radical. Los seres humanos no podemos evitar amar y odiar. Podemos calmar nuestros impulsos, podemos sublimarlos, pero no podemos hacerlos desaparecer, y te diré otra cosa, moriremos si lo hacemos. Maldito sea tu gris. Piensa tú en eso.

-Estás loca.

-No. Estoy viva.

martes, 5 de abril de 2011

Felis Catus (parte I)


Me llamo Isaac. Mi nombre proviene de la Biblia, de uno de los hijos de Abraham y patriarca del pueblo de Israel. El desdichado fue engendrado por una madre anciana y estuvo a punto de ser sacrificado de niño, según dicen porque Yahvé exigió a su padre la vida del crío como prueba de fe para luego retractarse en el último instante; siendo viejo, su hijo Jacob lo engañó para recibir una bendición que no le correspondía. No sabría decir si era una familia peculiar o bastante normal. Sé que Isaac significa “hará reír”, pero nunca me he considerado particularmente gracioso. Obviamente mis padres eligieron mi nombre sólo porque les gustaba su sonido y no pensando en el atribulado patriarca judío. Una lástima. Muchas veces he deseado que en mi cultura se aplicara esa tradición de algunos pueblos precolombinos según la cual se tiene un nombre de niño, elegido por los padres, y otro de adulto, elegido por uno mismo y sus allegados según las propias características. Nombres como “nadé muy lejos” o “montaña que camina” dan idea cabal de la persona que uno tiene delante; Isaac, en cambio, no es más que un hijo de vecino cualquiera.

En realidad, durante mi infancia y primera adolescencia nunca me planteé la importancia de los nombres. El nombre propio era como el olor: te seguía a todas partes y te distinguía ante los demás, aunque normalmente uno no reparara demasiado en él. No pensé en la relevancia de la elección de un nombre, la arcaica ceremonia que oculta, hasta que conocí a San.

San, San, San. Su nombre aún hace que se me erice el vello de los brazos, cuando estoy a solas y mi lengua lo pronuncia sin sonido, encerrada en mi boca como un beso. No puedo evitar recordar a Nabokov: en el colegio era Medrano, para su madre era Santa, pero conmigo fue siempre San. San. San y sus gatos. San y su ropa llena de pelos. San y su largo cabello negro, el cuerpo de San, las manos de San, la oscura y aterradora casa de San. San, San, San. Su nombre se escurre entre mis labios, resbala sobre mi lengua, es suave como el pelaje de un gato recién cepillado, extraño como los ojos verdes de un gato brillando en la oscuridad. Ella conocía la importancia de los nombres. Todos y cada uno de los animales que pululaban en su casa tenían el suyo, y juro que cada uno de ellos era tan perfecto para su portador como si hubiera nacido con él. A día de hoy no sé si ella los escogía o sólo los adivinaba. No siempre tenían que designar algo concreto, pero siempre eran los adecuados, no puedo explicar cómo. Pero ni todos ellos juntos eran tan turbadores como el de San. San, San, San.

Incluso hoy, cuando océanos de tiempo y de agua me han separado del chico que fui y me han convertido en un hombre, a veces mi teléfono suena y creo estar a punto de escuchar su voz. Incluso hoy, que he abrazado a tantas mujeres distintas, exijo siempre el nombre antes de besar unos labios. Averiguo sus significados. Los colecciono. Libros y libros sobre etimología de los nombres descansan en los anaqueles de mi pequeña biblioteca. Nombrar a alguien es tocar su alma, y dicen los aborígenes australianos que una vez alguien ha muerto ya no se puede pronunciar su nombre jamás. Hace casi treinta años que vi a San por última vez y no sé qué fue de ella. Pero aún en esta ciudad tan lejana y en esta vida tan diferente, donde la mayor parte del tiempo creo que la he olvidado, a veces me sorprendo a mí mismo diciendo su nombre, convencido de que no ha muerto. Y nada más nombrarla, San reaparece en los rincones de mi mente y de mi casa, con su sonrisa alargada de gato mirándome desde la penumbra, mostrando que aún vive, que vivirá siempre, y su nombre suena como una campana en mi profundo silencio.

San, San, San.


En el otoño de 2005 yo tenía catorce años y acababa de empezar tercero de Secundaria. Era un muchacho desmañado y no muy alto, que aún conservaba las formas suaves de la pubertad temprana. Hacía muy poco que había cambiado el chándal por los vaqueros, y no acababa de encontrarme cómodo en mi nueva situación. Algunos de mis compañeros ya habían mudado del todo la voz y empezaban a exhibir orgullosos una sombra de bigote bajo la nariz; salían por las tardes a pasear por el pueblo, bien engominados y repeinados, exhalando un tufo distintivo a perfume y sonriéndole ufanos a las chicas. Yo me hubiera sentido ridículo en tal trance. Siempre había sido bastante tímido y aún conservaba las reservas de la niñez ante el sexo opuesto; sentía el picor de un deseo vago, urgente, que aliviaba como podía, pero era incapaz de relacionar esa satisfacción fisiológica al cuerpo de una chica. Me parecía algo tan impropio que a veces me sonrojaba sólo de pensarlo.

Nunca fui muy sociable, pero para aquel entonces tenía al menos un par de amigos, con los que salía de vez en cuando a pasear, jugaba a la consola y compartía los caramelos: recuerdo a Alonso (derivado de Alfonso, germánico para “listo para el combate”, aunque él no era muy peleón que digamos), alto y escuálido, con grandes dientes y una risa grave con la que celebraba los chistes verdes; y a Javier (“casa nueva” en euskera), moreno y regordete, de cejas pobladas e inocente como un crío. Me relacionaba con ellos lo suficiente como para no ser un niño solitario, supongo, aunque nunca tuve demasiados amigos y las chicas estaban completamente fuera de cuadro. Me gustaba salir a caminar, con mis amigos tal vez, aunque muchas veces iba solo. Llegué a conocer mi pueblo de palmo a palmo, y a colarme por lugares donde sólo deambulaban los gatos. Solía pensar en mis cosas, darle vueltas a pequeños asuntos o tararear canciones. Realmente no me importaba estar solo. Me gustaba. No sé si eso me convertía en un niño solitario.

Así que ese otoño, cuando entré en mi nueva clase por primera vez, no estaba pensando, como otros de mis compañeros, en las chicas con que nos tocaría compartirla. Por los pasillos había oído comentarios excitados (“la Laura, tío, qué buena se ha puesto”, “joder qué tetas les han salido a algunas”), pero no entendía a qué tanto alboroto, y a veces me daba la impresión de que los autores de tales apreciaciones tampoco lo entendían muy bien. Todos teníamos la sensación de que sentir atracción hacia las formas femeninas, hablar de ellas, valorarlas y celebrarlas ruidosamente era una especie de ceremonia de entrada a la adolescencia, pero a mí, a pesar de que los escotes me llamaban vagamente la atención, no me resultaba demasiado impactante todavía el hecho de que las chicas tuvieran pechos. Cuando me asignaron el salón de clase, me las arreglé para sentarme junto a Alonso y Javi, y me sentí contento con ello.

La profesora tutora de ese año se llamaba Encarna. Otro nombre de reminiscencias religiosas, aunque éste un poco más cristiano y más abstracto que el mío: Encarnación. Esos nombres femeninos siempre me han espantado: Encarnación, Inmaculada, Dolores, Martirio; todos ellos evocan en mí rancias imágenes de sacrificio y sublimación que me huelen, de alguna manera, a carne cruda. Encarna, otra vez alejada de las evocaciones de su nombre, era relativamente joven y muy enérgica. Nos hizo callar con voz tonante varias veces antes de proceder a pasar lista, y unas cuantas más mientras duró la revista.

-Isaac Martínez –dijo en voz alta, y yo levanté la mano. Me volví de inmediato a charlar con Alonso y Javi, cuando el silencio aún era más o menos aceptable, pero tras otros dos Martínez un nombre de la lista acaparó toda la atención de la clase.

-Santa Medrano –dijo Encarna seriamente, y un murmullo recorrió al alumnado.

-¡PE-luda! –exclamó de pronto una voz en el fondo del aula, y la chanza fue celebrada con una carcajada general y algunos chillidos alborotadores.

-¡A CALLAR! –gritó Encarna sin amilanarse.

-¿Está en nuestra clase? –me susurró Alonso-. ¿La peluda?

-Está ahí –dijo Javi, señalando sin disimulo. Me volteé a mirar. Estaba sentada junto a la ventana.

A pesar de mi timidez y mi natural poco dado al desorden, tener amigos fijos e intervenir lo justo en clase me habían servido casi siempre para librarme del acoso pasando por un tío más o menos normal. Santa Medrano, por el contrario, era una rarita en toda regla y lo había sido desde que íbamos a preescolar. No se le conocía ningún amigo y yo al menos nunca la había visto hablando con nadie. Siempre llevaba ropa un tanto amplia para su tamaño y lo suficientemente poco infantil para resultar equívoca: amplios jerseys de punto, gruesas faldas de vuelo hasta la rodilla, guardapolvos, botas de lluvia y blusas cuyas mangas le tapaban los dedos. Todas sus prendas, invariablemente, estaban siempre cubiertas de pelos de gato de arriba abajo, de ahí su mote. Su pelo era negro, largo hasta la cintura, y el anticuado flequillo estaba cortado muy recto sobre unos ojos enormes y oscuros que parecían siempre ausentes. Yo sabía que vivía no muy lejos del colegio, en una gran casa esquinera con una carnicería, propiedad de su familia, en la planta baja; había pasado por delante un millón de veces durante mis largos paseos, pero eso era todo lo que sabía de ella. Habíamos compartido clase un par de veces en primaria, pero desde entonces no había vuelto a coincidir con ella. Viéndola allí, sentada mirando por la ventana, ajena a las burlas con que la clase había recibido su nombre, me pareció que no había cambiado nada desde sexto. Seguía igual de atontada.

-¡Santa Medrano Ruix! –bramó Encarna, y Santa, con un sobresalto, pareció reparar finalmente en que se le llamaba y levantó un brazo con expresión bovina. Las risas y burlas se redoblaron, pero una vez Encarna constató su asistencia y procedió a los gritos de rigor para aquietar el escándalo, Santa Medrano volvió a mirar por la ventana con los labios separados y los ojos perdidos. Sí, no había cambiado ni un ápice. Pirada como siempre. Estaba a punto de volverme para seguir hablando con Javi y Alonso, cuando de repente Santa giró la cabeza y me miró.

Me asusté mucho. Me asusté más de lo que sería normal asustarse al ser sorprendido mirando a alguien. Luego no pude explicármelo, pero cuando Santa volvió bruscamente la cabeza y me miró con sus ojos pardos enormemente abiertos, mi corazón saltó y mi estómago se encogió sobre sí mismo, tanto como si de repente ella hubiera aparecido a mi espalda gritando. Fue sólo un segundo, un segundo que se me hizo larguísimo, pero pude distinguir perfectamente la sombra de una sonrisa en su alargada boca, tan apretada que apenas se veían los labios. Luego, simplemente apartó la mirada y volvió a buscar asuntos más acordes a su interés a través de la ventana.

Me volví al frente, junto a mis amigos, pero tardé aún un momento en recuperar el aliento y el hilo de la conversación. Seguí la charla de Alonso y Javi y los gritos regulares de Encarna con cierto éxito, pero durante el resto de ese primer día no pude evitar ser consciente en todo momento de la presencia de Santa Medrano a mis espaldas. ¿Por qué me había turbado tanto? No hacía más que preguntármelo, pero no había ninguna respuesta disponible, sólo conseguía irritarme conmigo mismo por mi estupidez. La rarita del colegio mira a Isaac e Isaac se pone como un loco. Joder, es una tía rara, no una psicópata, me dije, aunque no la conocía lo suficiente como para trazar la línea entre ambos términos. Cuando nos dejaron irnos a casa, más temprano de lo normal, recogí mi mochila y seguí a mis amigos, obligándome a no mirar atrás. La cosa fue bien hasta que llegué a la puerta; una vez allí, como la mujer de Lot (otra figura bíblica) no me resistí a volverme. Y durante un fugaz instante, antes de que la masa de estudiantes me arrastrara al pasillo, vi los ojos enormes y almendrados de Santa Medrano, fijos en mí como en una pesadilla. No me convertí en estatua de sal, pero me faltó poco. Javi y Alonso no entendieron por qué les metí tanta prisa en llegar a casa.

Aquella tarde, mi paseo de siempre me llevó sin darme cuenta hasta la casa de Santa Medrano. Me enfurecí como un chiquillo al reparar en dónde estaba, y tuve que contenerme para no darle una patada a una señal de Stop en plena calle. Disgustado, miré a la casa, que se alzaba sobre la acera opuesta. La persiana metálica de la carnicería de la planta baja estaba levantada, y a través de las puertas de vidrio vi a varios clientes, la mayoría señoras mayores, esperando su turno. Detrás del expositor donde se alineaban cortes de carne, embutidos, patés y alguna que otra conserva casera, estaba la dependienta de siempre, que suponía sería la madre de Santa. Tenía una nariz aguileña que no se parecía en nada a la de su hija; pero, ahora lo veía, el pelo, aunque más corto, era igual de negro, y los ojos grandes y ojerosos eran también similares. Miré más arriba, y vi dos ventanas muy amplias, cubiertas por airosas cortinas blancas que se agitaban lánguidamente de vez en cuando. ¿Sería alguna de ellas la de su dormitorio? ¿Estaría ella mirándome a través de las cortinas, con sus ojos muy abiertos y su extraña sonrisa? La idea de ser observado me volvió a disparar el corazón e hizo que se me humedecieran las manos. De repente, Santa Medrano, la marginada del colegio, me daba un miedo espantoso. Salí de ahí lo más rápido que pude sin parecer que huía, y volví directamente a casa. Procuré no pensar en ella en toda la tarde; sin embargo, cada vez que su imagen, fugazmente, se colaba en mi consciencia, mi corazón latía con fuerza, y mi estómago se contraía con una ansiedad que hasta entonces desconocía.


Post Scriptum: Aaaaahhh, qué difícil es decidir por dónde partir los relatos para subirlos al blog... Habéis de saber que he empezado a subir este cuento porque no está terminado, y pensé que tal vez debería añadir un "factor de vergüenza" para cumplir el plazo. Así que ya podéis perseguirme con la fusta, los diodos de electroshock y las antorchas encendidas para que lo termine de una fucking vez.

lunes, 14 de marzo de 2011

Noche de sábado


-Así que, ¿qué tal el fin de semana?

-Oh, estupendo. El sábado por la noche vagué un buen rato hasta dar en un pub oscuro del extrarradio. Allí pasé buena parte de la noche jugando al billar con un demonio extraviado y medio griposo, jugándome con él mi alma. Acabó ganándome (el maldito hacía unas carambolas endiabladas... sin pretender la ironía), pero a la hora de cobrar las prendas no quiso mi alma. "¿Me tomas el pelo?" me dijo. "¿Qué quieres que haga yo con un alma tan limpia? Anda, invítame a un calimocho y estamos en paz". Así que le compré una jarra de vino barato y cocacola al buen engendro demoníaco. Al volver de la barra iba rumiando lo que él me había dicho sobre el estado de mi alma, así que me decidí y tras dejar la jarra sobre la mesa de billar fui directa hacia un vampiro que no me quitaba los ojos de encima en toda la noche, y me lo llevé al baño, dispuesta a añadir a mi alma alguna que otra mancha. Cuando volví a mi sitio un rato más tarde, con el cuello adornado por un curioso chupetón (había dos heridas de perforación paralelas justo en medio de la moradura), la jarra del calimocho estaba vacía sobre el borde de la mesa de billar y el demonio se había largado, llevándose mi bolso. Lo curioso es que no había nada de valor en él; la cartera, el móvil y las llaves los llevaba yo encima cuando me acerqué a conocer mejor a mi amigo el hematófago. Lo único que había dejado en el bolso, aparte de un par de kleenex usados, era una azalea seca. No sé, tal vez en el infierno no les dejan tener flores.

-O sea que bien, ¿no?

-Sí, se podría decir.


Ah, sí, blog nuevo: http://viviendoenrar.blogspot.com/
Sean bienvenidos.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Kiss?


Mi dentista es el demonio
y me deja los dientes
tan afilados como tu rencor.
¿Un beso, tesoro?
¿Una felación?
La boca no es el único sitio donde tengo dientes.

martes, 8 de marzo de 2011

viernes, 4 de febrero de 2011

Hay un lugar en América

Llevo ya un par de días aquí. Tengo la curiosa sensación de haber vuelto a casa, o tal vez de haber creado aquí una casa. Es difícil de decir.

Hay un lugar en América, lejos del Caribe y de todos los estereotipos de América Latina. Aquí no hay playas blancas con mar tibio y azul, sobre cuyas arenas pasean gentes mulatas con el ritmo de la salsa en las caderas. No justamente aquí, al menos.

Aquí casi siempre está nublado, y en verano, al atardecer, la luz del sol se cuela a través de la neblina y tiñe la luz de color ladrillo. El sol siempre se acuesta en el mar. Y el mar, mal llamado Pacífico, es un ente helado y embravecido, del color del cemento, que muerde una y otra vez la orilla con olas de cuatro metros. Su estruendo sacude hasta el alma.

Aquí nunca llueve. La humedad que flota en el aire puede encrespar hasta al más tieso, pero nunca llueve: sólo en invierno cae de vez en cuando una leve llovizna que con las justas llega a humedecer los contornos. El polvo de las montañas se adhiere a las plantas, los edificios y los objetos, y bajo la bruma, todo es pardo-gris.

Las gentes de aquí tienen la cara ancha y cobriza y el pelo duro y negro. Las gentes de aquí tienen la piel color del chocolate, los labios gruesos y el pelo negro y rizado. Las gentes de aquí tienen la tez ambarina y los ojos rasgados. Las gentes de aquí tienen la piel blanca y los ojos claros. Las gentes de aquí tienen todas las gradaciones de colores y formas que hay entre medias.

Aquí una fiesta es una fiesta. Hay música, bebidas y risas, pero sobre todo baile. La menor provocación es suficiente para patear los zapatos y arrancarse con un festejo o una marinera: entonces los esclavos angoleños, los inmigrantes serranos y los señores criollos bailan al mismo son.

La comida es tan deliciosa como siempre recuerdo, llena de añoranza. La fruta de verano es carnosa, jugosa y encendida de color, llena de pulpa, de sabor intenso y dulce. Los postres, complejos y delicados, conservan entre sus capas de manjarblanco y merengue los susurros castos de los conventos de clausura y la chacota alegre de la cocina de las matronas. El omnipresente ají y el rocoto siguen tiñendo de fuego los platos e incendiando las lenguas, invitando a la cerveza, el pan y la risa. Y la casa de mi abuela, vive dios, sigue oliendo a velas perfumadas, gelatina y perejil.

Y el olor del mar... ese olor de hembra brava, sigue siendo el mismo. El mar que ha recibido a mis ancestros y ha acunado mi sueño tantas noches con su susurro.

Sigue siendo el mismo. Todo sigue aquí.

domingo, 23 de enero de 2011

Because the night


Durante el día, Dios y Satanás luchan en el cielo por la supremacía. Y todo cuanto existe se estremece con la vibración de su batalla inmortal. Podréis verlos, si os fijáis bien: mirad el cielo y veréis sus estelas entrelazadas como dos serpientes entre las nubes. Si sois lo suficientemente atentos, sentiréis el suelo polvoriento latiendo a cada estocada. Todo procede de esta batalla: la luz del sol, el fuego y las palabras. Nada podría detenerlos, porque el movimiento es su destino.

Pero por la noche, los dos combatientes se estrellan contra la tierra y se hacen el amor desesperadamente. El denso rumor del silencio es el aliento de sus abrazos. Y en ese momento las parejas copulan, las mujeres se quedan embarazadas y las flores nocturnas se abren y exhalan su perfume del Otromundo. Durante las horas de profundo azul, Dios y Satanás se aman sobre el asfalto y de su unión procede aquello que no se ve: el lado oscuro del sol, el gajo oculto de la luna.

Porque el día es para la batalla.

Pero la noche pertenece a los amantes.


Música: Because the night (versión de Cascada... aunque algunos podrían matarme por ello, lo sé)

martes, 11 de enero de 2011

Cosas bonitas

-Me voy a morir -balbuceó, clavándome las uñas en el brazo.
-No te vas a morir. Te he permitido todas las canalladas del mundo desde que éramos niños, pero esta de morirte no. Te lo prohíbo.
Sonrió sin fuerzas.
-Ya era hora de que me dijeras alguna cosa bonita (...)


Mario Vargas Llosa, en Travesuras de la niña mala.

jueves, 6 de enero de 2011

Encuentro en el Ben & Jerry's


















Ayer me encontré a Dios. Estaba detrás de la nevera en una heladería, desincrustando pacientemente una cubeta de helado con una espátula de metal. ¿Que cómo sé que era Dios? Muy fácil, me sirvió un helado de tres bolas cuando yo sólo había pedido dos, y me cobró sólo las dos, todo eso con una sonrisa radiante. Y cuando me marchaba, vino corriendo detrás de mí y me dijo "¡Espera! Te has dejado diez céntimos". Me los dio, aún sonriendo, y se volvió a la heladería. Yo me marché dejándole en aquel Ben & Jerry's, preguntándome si el resto de clientes aquel día serían conscientes de que el mismísimo Dios era quien les sonreía desde detrás de la nevera, desincrustando pacientemente una cubeta de helado con una espátula de metal.


Cuento creado en treinta segundos entre Jota y yo, a raíz de un "No hay ni Dios" "¿Cómo que no? Está ahí detrás de la nevera". Intepretadlo como queráis. Yo estoy de exámenes T.T

domingo, 19 de diciembre de 2010

Wasting the Dawn


























Cuando desperté, sentí que todo mi cuerpo se quejaba como si hubiera recibido una paliza. Y no era del todo imposible que eso pudiera haber pasado, ya que no recordaba nada de la noche anterior. No al menos a partir del tercer cubata. El resto eran imágenes, una sensación constante: el ambiente lleno de humo, la lengua seca, sabor a cerveza y a vómito en la boca, polvo blanco sobre la tapa del inodoro, charcos en el suelo, golpes que no dolían, manos por todas partes, sangre en la nariz porque un puto grumo me había cortado. Sensaciones. Un estado permanente de gilipollez. Algo así recordaba.

El suelo estaba frío, y yo seguía teniendo la lengua muy seca. Incluso mis labios se habían pegado. Traté de moverme. ¿En qué posición estaba? Ni siquiera estaba segura de si había luz o seguía estando oscuro; probablemente mis ojos lo veían, pero mi cerebro no podía entenderlo. Me estiré, descubriendo que estaba tumbada de lado, exactamente sobre mi brazo derecho, tan entumecido que no lo notaba en absoluto. Aquello iba a doler como el infierno cuando la sangre volviera. Forcejeé para sacarlo de debajo de mí, pero mi cuerpo pesaba como el plomo y era torpe como la gelatina. Sentí náuseas. Al final caí sobre mi espalda, liberando mi brazo, pero mi cabeza rebotó contra el suelo y la migraña constante que llevaba sintiendo desde que desperté llamó mi atención con un latigazo de dolor. Gemí. Dolor. Dolor por todas partes. En la cabeza, en la garganta, en el estómago, en la espalda, en las piernas y entre ellas. Noté un trallazo desgarrador entre las nalgas y maldije. De puta madre. Otra vez.
Las náuseas eran cada vez más fuertes. Si seguían así y yo seguía boca arriba, sin moverme, en nada estaría ahogándome en mi propio vómito. La indiferencia con la que acogí el pensamiento no me sorprendió. Decenas de veces me había encontrado en la misma situación, y nada había pasado. El hecho de que esta vez pudiera ser distinto o no era irrelevante. Morir, no morir… bah. Tuve una arcada justo cuando intentaba bufar y noté que la saliva me salpicaba la cara. Como si me importara. Como si a alguien en el puto mundo le pudiera importar. Una menos, ¿qué más daba? No nacemos para nada, así que es tontería morir por algo. Muerta al menos no me dolería tanto la cabeza…
Oí un silbido. Cerca de mí había una puerta, y acababa de abrirse. Eso significaba que había luz, porque sin mover los ojos podía ver la parte de debajo de la hoja y unos zapatos que se movían junto a ella. Había alguien. Pero mi cerebro no computaba la diferencia. Cerré los ojos y dejé que las náuseas y los mareos me arrastraran a un lugar donde no había puertas, zapatos que se movían, ni muerte, ni nada, sólo una asquerosa sensación de agonía. Funcionó bastante bien. Al menos hasta que ese alguien decidió molestarme agachándose a mi lado. Percibir la cercanía de otro ser bastó para agravar el malestar. Mi estómago dio un salto y decidió no volver a bajar.
En el momento en que el vómito me subió por la garganta, acompañado de convulsiones, noté una mano en la mandíbula y otra en los riñones, haciéndome girar con decisión hasta volver a colocarme de lado. No me ahogué. Sólo seguí convulsionándome hasta que toda la mierda de mi estómago estuvo justo a mi lado, sobre el suelo. La palabra veneno apareció en mi cabeza. Las manos volvieron a asirme y me arrastraron lejos de toda aquella inmundicia, y volví a ver el techo; había algo blando bajo mis hombros, levantándome la cabeza. Pude ver las paredes de la habitación vacía, y la puerta. Y a un hombre que estaba allí.
Lo primero que vi de él fue su pelo largo y liso, muy oscuro, tapándole la cara inclinada. Estaba examinando una mancha de sangre en mis pantalones, como asegurándose de que no venía de ninguna herida. Yo no sabía si era de mi nariz, de mi regla o de un jodido aborto, sólo quería que dejara de tocarme.
-Ugh.
Levantó la cabeza. La luz del fluorescente del techo reflejó en el blanco de su piel. Me dolieron los ojos, y también la cabeza. Gemí y traté de levantar un brazo para taparme, pero ninguno respondió. Sólo una convulsión en los dedos. El hombre me miraba fijamente. Tenía unas ojeras violetas y estaba rematadamente delgado. Se estaría muriendo de hambre, me dije. Me miraba con hambre. Pero también con compasión. Estaba muy tranquilo.
-¿Cómo te encuentras, ma chérie?
Su voz era muy suave. Algo se movió en mi mano: la suya, acariciándome los dedos. La piel me picó con un escalofrío. Demasiado intenso. Mi mano saltó sin control otra vez, intentando alejarse de él. Volví la cabeza. Ahora no quería estar con nadie, fuera quien fuera. La voz y el contacto de un ser humano bastaban para ponerme enferma.
-Eh…
-Está bien, está bien. No te muevas. Pronto estarás mejor
Gruñí, tratando infructuosamente de encontrar las palabras para mandarlo a la mierda, y golpeé el suelo con la mano.
-Oh, no. No te esfuerces. Tranquila, preciosa.
Encima. Busqué dentro de mí un “los cojones”, busqué también un “lárgate”, busqué un “déjame en paz” y un “no te pases conmigo”. Pero apenas conseguí producir un sonido que pretendía ser despectivo.
-Ya recuperas las facultades –dijo, sonriendo levemente. Tenía los labios finos y pálidos. Volvió a acariciarme la mano, y la sujetó con suavidad cuando intenté sacudirla de nuevo-. No quiero hacerte daño. Todo lo contrario. Si no, no estaría aquí, hablando contigo.
Su mano subió por mi antebrazo y masajeó mi hombro tenso. La tenía muy fría, pero fue un alivio cuando la apoyó en mi frente. De repente sentí menos rechazo hacia su presencia. Se me escapó un gemidito de dolor.
-Shhh, todo pasará… no sufras –de repente sus dos manos sujetaban mis mejillas y me besaba la frente, acariciándome la cara con el pelo largo-. Pronto todo dejará de dolerte.
Noté sus manos frotándome las piernas entumecidas, y su pelo, sorprendentemente sedoso, escurriéndose por mi cara y mi pecho hasta cubrir mi estómago. Cerré los ojos, tratando de hacer que el mareo remitiera, y noté sus labios fríos dibujando sobre mi vientre un lento beso. Sus manos subieron hasta mis caderas y bajó la cabeza. Sentí la presión de sus labios entre mis piernas, justo sobre mi sexo dolorido.
-Ah, no, eso no –dije, o más bien creo que dije, pues aún tenía la lengua floja y probablemente sólo emitía balbuceos incomprensibles-. Eso no… otra vez no… ahora no…
Me miró fijamente. Yo aún estaba lo suficientemente drogada como para no apartar la vista, y vi cómo depositaba un último beso entre mis piernas, lamiendo la mancha de sangre, demorándose en la caricia, con una dulzura extraña. Otro escalofrío.
-Perdóname, ma belle. No quisiera causarte pesar. Sé que sientes mucho dolor -me apartó el pelo de la cara con un gesto tierno que me recordó a mi madre. Lo cual era curioso porque hacía siglos que no me acordaba de la vieja-. ¿Empiezas a sentirte mejor?
Gruñido. Significaba “no”. Las brumas de mi cabeza empezaban a disiparse, pero la sangre estaba volviendo a bombear en mi brazo derecho, y notaba como si mil agujas estuvieran perforándome la carne. Como si pudiera saber lo que me pasaba, el desconocido me levantó el brazo con mucha delicadeza, lo apoyó sobre sus rodillas y empezó a friccionarlo con sus manos frías, tratando de restablecer la circulación. A pesar del dolor, resultaba agradable. ¿Cuánto hacía que alguien no me tocaba así? Cerré los ojos. No sabía quién puñetas era ese hombre, ni qué hacía ahí, ni por qué estaba tan preocupado por mí; por no saber, no sabía ni cómo había llegado yo a ese sitio. Pero no me importaba. Él podría ser un violador o un psicópata, claro, y yo podría acabar en un contenedor con un tajo de oreja a oreja, en el mejor de los casos. Pero no me importaba. ¿Qué podía hacerme? ¿Violarme? Uh, qué miedo. ¿Matarme? Tanto mejor. Lo único que quería en ese momento era cerrar los ojos y que siguiera acariciándome, pasando la mano arriba y abajo por mi antebrazo, constelado de cortes de navaja.
Caricia. Qué palabra tan extraña en un momento como ese. Las caricias eran escasas en mi vida. Me acordé de todas las veces en las que mi madre intentó tocarme con cariño, pasarme la mano por el pelo, apoyarla en mi hombro, y la rechacé con violencia. Me asqueaba su contacto, por alguna razón su abnegación y su amor incondicional me resultaban insoportables. Sentí pena por ella, de repente. Nunca fui capaz de explicarle lo furiosa que estaba, lo mucho que me odiaba a mí misma, la profunda desconfianza que me inspiraba el resto del mundo. Ella se había ido pensando que la odiaba. Y no, no la odiaba. Sólo me avergonzaba de lo mucho que me quería.
Abrí brevemente los ojos cuando noté que el desconocido estaba cantando en voz muy baja. Era una canción en francés, la típica chanson de letra infinitamente triste que no se sabe si está cantada o recitada. Volví a acordarme de mi madre. Mi madre y sus malditos discos de Jacques Brel, y las larguísimas tardes que se pasaba sentada en el suelo frente al tocadiscos, coreando una y otra vez las deprimentes letras, ásperas por el vinilo viejo. Conseguía que me desesperara. Y sin embargo, ahora, en la boca del desconocido, aquella canción tenía el sonido del hogar largamente perdido, y me hacía sentir reconfortada y menos sola. Lo que era deprimente y triste allí no era la canción, si no yo.

Moi je t’offrirai
des perles de pluie
venues de pays
où il ne pleut pas.
Mi pobre madre. No tenía la culpa de haber parido un engendro. Probablemente en las noches en las que yo me largaba para no aparecer en unos días ella se sentaba frente al tocadiscos a escuchar una y otra vez las mismas tristes canciones, tratando de olvidar que yo estaba perdida ahí fuera, intentando matarme. Y mientras, yo estaba tirada en la nada, empastillándome hasta las cejas para olvidar que ella se estaba muriendo. Al final iba a resultar que no éramos tan distintas.
Acordarme de esa forma de mi madre me sorprendió más que mi indiferencia ante la muerte. Me di cuenta de que, por primera vez en muchos años, estaba sintiendo compasión por alguien que no era yo. Mientras, el desconocido seguía cantando.
Je creuserai la terre
jusqu’après ma mort
pour couvrir ton corps
d’or et de lumière…


Un dedo frío se posó de pronto sobre mis párpados y abrí los ojos con un estremecimiento. El hombre seguía mirándome intensamente, como si me conociera bien.
-Estás llorando, ma chérie.
-¿Qué voy a estar llorando?
Pero era verdad, y él parecía saber que yo lo sabía, porque no me contradijo. La puta resaca. Siempre fui una borracha llorona, todas las personas con las que alguna vez bebí me lo habían dicho. Y en momentos como ese, después de una noche que no recordaba, con todo el cuerpo dolorido, hasta el culo de mierda y sola, me sentía especialmente vulnerable, y me daba por llorar. Lloraba sin sollozos, sin armar ningún escándalo, aunque no había nadie ahí para oírlo. Me avergonzaba de esos momentos de debilidad, de echar de menos a mi madre y de sentirme culpable por haberla abandonado. A ella y a todos los amigos que alguna vez tuve, a una vida que pude tener, a todas las personas que pudieron haberme querido.
Y sin embargo, aquel desconocido, cuyo nombre no sabía y cuya procedencia ignoraba, estaba ahí a mi lado, acariciándome el brazo y secándome las lágrimas, mirándome con algo que, ahora podía ver con claridad, no era compasión, si no cariño. Tal vez me había pasado toda mi vida confundiendo ambas cosas, y huyendo de todos los que habían tratado de amarme, creyendo ver desprecio donde sólo había un ofrecimiento de amistad.
El hombre del pelo largo seguía frotándome el brazo.
-Estás muy fría, ma petite. ¿No quieres taparte?
Negué con la cabeza y aparté la mirada. Necesitaba saberlo.
-¿Por qué? –pregunté con un hilo de voz.
El me sonrió con tanta ternura que se me encogió el estómago.
-Porque estás sola, amor mío, tan sola como yo lo estoy. Porque yo estoy muy solo, y llevo estándolo tanto tiempo que no podrías imaginarlo. Pero hoy te he encontrado. Yo también he cruzado la tierra después de mi muerte, sólo para cubrir tu cuerpo de oro y luz. Ahora lo veo. No llores más, ma reine, todo pasará…
-Cállate ya –se me quebró la voz-. No tienes ni puta idea.
-La tengo. Sé que allá afuera no hay nadie para ti. Nadie a quien puedas acudir. Y créeme, yo tampoco tengo a nadie. Todos a los que alguna vez amé están muertos. Sólo me quedas tú. Tal vez… -me acarició la cara-. Tal vez quieras… venir conmigo. Empezar otra vida.
-No te burles. No sé ni quién eres.
-Puede que yo tampoco sepa quién eres tú, pero eso no importa gran cosa. Ahora mismo, en este mismo momento, los dos estamos infinitamente solos. No hay nadie a quien le importemos en el mundo, nadie que se pregunte por nosotros o que dé un céntimo por lo que nos pueda pasar. Pero estamos juntos y nos tenemos el uno al otro, aquí y ahora. Yo he venido a buscarte y tú me has recibido. Por eso te quiero.
-Gilipolleces.
-Te quiero, y tú también me quieres, petite. Yo no voy a abandonarte, por mucho que intentes que me marche. Voy a quedarme contigo, para siempre.
Se inclinó hacia mí, volviendo a rozar mi cara con su cabello largo y suave, y me levantó del suelo, sentándome en su regazo y rodeándome con sus brazos. El dolor seguía dominando cada centímetro de mi cuerpo, pero cuando apoyé mi cabeza en su hombro sentí un abandono brutal que borró todo lo demás. Confiaba en él. Qué sensación más curiosa. En ese momento no existía la noche anterior, ni ninguna de las noches anteriores, ni todos los errores que había cometido. Lo único que existía y que deseaba era su abrazo, su voz cantando en mi oído y sus manos acariciándome la espalda. Empecé a llorar un poco más fuerte y él respondió besándome; la sien, la oreja, la frente, las mejillas, deteniéndose en mi nariz para lamer el reguero de sangre seca que me había hecho la raya. Me rozó los labios con el pulgar y yo me derrumbé en su pecho. Mi corazón latía tan acelerado que no podía oír el suyo.
-¿Cómo te llamas? –pregunté en un susurro.
-Jacques.
-¿Como Brel?
-Sí.
Qué ironía.
-Ne me quitte pas, Jacques –le pedí con un hilo de voz.
-Je ne te quitterai jamais, ma reine…
Me dejé mecer, con los ojos cerrados, durante un tiempo que me pareció muy largo y muy corto a la vez. Después, Jacques habló de nuevo.
-No queda mucho para que amanezca. Pronto tendré que marcharme. Ma petite, dime. ¿Vendrás conmigo?
Guardé silencio durante un momento, un momento en el que hice recuento de mis últimos años y me di cuenta de que apenas los recordaba. No eran más que una nebulosa en la que no había vivido de verdad, sólo me había arrastrado de día en día. Jacques tenía razón, no tenía a nadie más que a él. Y tal vez fuera verdad, tal vez él tampoco tuviera a nadie más que a mí. ¿Adónde iba a ir, si no?
Asentí lentamente contra su pecho. Noté su aliento metálico en un suspiro de alivio.
-Entonces, ¿vendrás conmigo? ¿Estarás conmigo para siempre? –su voz era trémula. Estaba feliz. ¿Cuándo había sido la última vez en que había hecho a alguien feliz? Una eternidad…
Asentí de nuevo. No quería seguir hablando. Le abracé más fuerte y sentí la piel fría de su rostro contra mi cuello. Luego, sus besos delicados, que hicieron que se me erizara el vello de la nuca, y sus manos en mis caderas. Y luego, algo me perforó violentamente la arteria carótida.
Mis miembros cedieron y me derrumbé entre los brazos de Jacques, sintiendo literalmente que la vida se me escapaba por la herida del cuello. El mundo se oscurecía. Yo me dormía… el suelo volvía a estar bajo mi espalda, pero entre los velos negros que me nublaban la vista vi los ojos brillantes de Jacques, su rostro ahora coloreado por un rubor vital, y sus dientes tintos de sangre. De mi sangre. Supe que me estaba muriendo.
Jacques se acercó a mí y me besó en la boca por primera vez. Paladeé el sabor de sus labios ensangrentados. Era lo más delicioso que había probado nunca. Era comprensible que él lo quisiera. Entonces, me recogió la cabeza en el hueco de su codo y me ofreció su garganta, aquella donde yo había encontrado consuelo y de donde volvía a ofrecérmelo una vez más.
-Hazlo, ma petite. Bésame.
Y lo hice.


Música:
-Wasting the Dawn (The 69 Eyes)
-Ne me quitte pas (versión de Natacha Atlas)