jueves, 14 de junio de 2012

Shut the fuck up

Cuando tienes quince años y eres virgen, las voces dicen "no tienes que hacer nada que no quieras, tu cuerpo es tuyo". Y también dicen "da igual lo que hagan tus amigas, tienes derecho a decir no". Y dicen "si él te amenaza con dejarte si no accedes, no te quiere", y "nadie puede obligarte, la decisión es tuya".

Cuando ya has perdido la virginidad y has crecido, las mismas voces te dicen "¡Egoísta! ¿Cómo puedes quitarle a tu marido la ilusión de un hijo?" y "tú no eres quién para decidir si quieres tenerlo o no" y "ya verás cuando crezcas cómo querrás tener uno". Y también "no digas tonterías, todas las mujeres lo hacen". Y también "si él quiere tenerlo, lo tendrás". Y a nadie le importa.

Pues tengo algo que deciros: mi cuerpo sigue siendo mío, da igual cuántas malditas pollas haya acogido, da igual con quién elija compartir mi vida, da igual mi plan de futuro. Este cuerpo es mío y de nadie más, y sólo yo puedo decidir sobre él. Mis pechos me pertenecen, mi vagina y mi útero también, y si lo tratasteis como un vaso de pureza cuando estaba sin estrenar, y si lo alabasteis como un receptáculo sagrado ante la posibilidad de un embarazo, lo seguiréis tratando con respeto ahora que yo elijo. Porque sólo yo puedo hacerlo. Porque yo soy mía.

lunes, 4 de junio de 2012

Silueta

Tú, despojada de todo; sólo entonces existes. Tú, núcleo mágico, gota incandescente revestida de perfumes y abalorios, mas tu sola palabra basta. Tú eres tanto como puede serse, yo acallo mi voz a un susurro de plata que apenas dibuje tus formas. Tú hablas por ti misma. Tú, viva sin mí. Tú.

domingo, 22 de abril de 2012

Carta de amor


A ti, amor de mi vida, te debo lo que soy.

Tú has sido siempre la única constante en un mundo de cambios y el cambio siempre fecundo en el mundo más estéril. Tú has sido mi recuerdo más antiguo, mi maestro, mi amigo, el rumor interminable de las olas en la noche. Aun cuando no conocía las palabras para entenderte, fuiste lo último que veía antes de dormir, el primero a mi lado al despertarme. Tú, siempre tú, tomando mi mano curiosa y lanzándome a los cielos en busca de alas y de sueños. Tú, siempre tú, nadie como tú.

No hay nada ni nadie en este mundo a quien pueda amar más que a ti, pues tú lo eres todo: el fragor de las guerras y la luna sobre los campos, el aguijón de las lágrimas, el dolor de la vida que pasa y una interminable caravana de belleza y risas. Tú, amor mío, eres el intenso abismo del mar, el cielo estrellado de secretos, cada palabra sobre los labios de cada humano en esta tierra que me has regalado. El mundo no sería el mismo sin ti; sin ti el mundo sería un remedo del mundo, una añoranza seca de aquello que podría haber sido, un árbol sin hojas que voltear.

Mi corazón, amado, te pertenece, pues está deshojado en las páginas de tu historia, late en la tinta de tus amaneceres. La mujer que soy ha crecido al amparo de tus palabras: tú me enseñaste que dentro de mí había mucho más de lo que creía, me enseñaste a luchar, a cantar, a entender. Por ti he sido una guerrera corriendo con la espada en ristre contra la sinrazón y la desidia; por ti he sido druidesa abriendo las brumas del Otromundo, doncella despechada llorando bajo las primeras nieves, madre nutricia con los pechos preñados de papel blanco, planta voraz y mar embravecido, artista maldita, huracán, torbellino. Por ti he sido todo cuanto puedo llegar a ser y por ti cada día se abren mil puertas nuevas en la línea del horizonte. Sobre tus hombros he atisbado por encima de la alambrada gris y he visto un universo de gloria infinita.

Tú, mi amor, eres el amigo que jamás traiciona, el maestro que no castiga, eres el corazón abierto en hojas de luz del que se desprende todo cuanto ha existido. Robaré todas las horas de mi sueño y de mis notas si con ello puedo atravesar las noches contigo, tu aliento legendario en mis labios y tus manos pálidas aferrando las mías, mi corazón latiendo al ritmo que tú le marques. De todos los amores de mi vida eres tú quien sé que siempre estará allí donde yo vuelva la mirada, al alcance de mis dedos y en los filos de mi alma; tú eres, innúmero tesoro, el único amante al que no rogaré que se quede. Sé que tú nunca te irás.

Tú, la risa, la rosa, la sangre y la vida; tú, el horror, la palabra, el algoritmo y la estrella; tú, el philum, la corona, la campana y la miseria. Tú, mi flor más amada. Tú eres el núcleo de todo lo que puede ser; tú eres la razón por la que el mundo es. Te debo tanto, amor mío. He nacido en ti.

Te quiero.


Feliz 23 de abril.

domingo, 8 de abril de 2012

En la cafetería de Mae


[...]

A su lado, hombrecillos panzones con trajes claros y sombreros panamá; hombres limpios, rosados, de ojos confusos y preocupados, ojos inquietos. Preocupados porque las fórmulas no dan resultado; ansiosos de seguridad y, sin embargo, sintiendo que ésta está desapareciendo de la tierra. En sus solapas, insignias de lugares donde se alojan y de clubs, sitios donde pueden ir y, mediante la suma de un número de hombrecillos preocupados, asegurarse a sí mismos de que los negocios son algo noble y no el curioso robo ritual que saben que es; que los hombres de negocios son inteligentes a pesar de las pruebas patentes de su estupidez; que son amables y caritativos a pesar de los principios por los que se rigen los negocios rentables; que sus vidas son ricas en lugar de las aburridas y sosas rutinas que conocen; y que llegará el tiempo en que dejarán de tener miedo.

En "Las uvas de la ira", de John Steinbeck.

sábado, 10 de marzo de 2012

Felis Catus (Parte IX)


Partes I, II, III, IV, V, VI, VII y VIII
 
Los recuerdos de esa noche son ráfagas inconexas de oscuridad teñida a veces por los visos ámbar de las farolas de la calle: las arrugas del cobertor, el suelo de terrazo de la habitación, un pecho de San con el pezón erecto como una pica. No recuerdo haber tomado decisiones, haber pensado, elegido, demorado una sola de las cosas que hice; estaba como borracho, lánguido, estúpido, convertido en un cuerpo laxo zarandeado una y otra vez por un animal engarrado y rabioso. No he podido contar los orgasmos que tuve esa noche porque he sido incapaz de reconstruir cronológicamente todo lo que pasó; a veces me da la impresión que algo ocurrió dos veces, otras que recuerdo la misma cosa desde dos perspectivas distintas, si eso fuese posible. Sólo sé que esa noche descubrí que hay orgasmos que duelen, como si abrieran las venas y rajaran la carne de un sexo demasiado prieto, como si el cuerpo fuera incapaz de tolerar un placer tan fuerte, tan violento, tan perverso. Porque la sensación de que lo que hacíamos estaba mal aguijoneaba el placer, lo multiplicaba; esa consciencia de estar haciendo algo en los límites de lo abyecto era lo que me hacía gritar de gozo y de sufrimiento, mientras San me tapaba la boca con la mano y me fustigaba con su sexo llevando los últimos espasmos al borde de un agudo dolor. Recuerdo vagamente sus uñas enterradas en mi espalda, arrastrando rastros pegajosos por mi piel; recuerdo el olor metálico en el aire, el pelo de San golpeándome la cara con saña, metiéndose en mis ojos, mis dedos tirando de él con rabia mientras embestía su grupa o su boca; recuerdo mis manos agarradas al cabecero metálico, atadas tal vez, mi cabeza golpeándolo con un ritmo constante; la estructura de la cama gimiendo, las manos de San aferrándome la garganta mientras me corría, cortándome el aire; recuerdo sus rodillas clavadas a los lados de mi cara, su sexo asfixiándome; recuerdo a San gimiendo bajo mi cuerpo, maullando y mirándome con sus enormes ojos, fijos, la corona verde brillando más fuerte que nunca y una leve sonrisa que jugueteaba en sus labios mientras yo sentía la respiración otra vez detrás de mi oreja…

Debo de haberme dormido en algún momento, porque el único recuerdo más o menos claro que guardo de esa noche comienza conmigo despertándome en la cama de San, con la boca seca y una sed desesperada. Tenía el corazón al galope, como si me hubieran despertado con violencia, pero no sabía por qué. Miré a mi derecha; iluminada por la luz que se colaba por la persiana estaba San dormida, dándome la espalda, con la sábana subida hasta las costillas y el pelo negro derramándose sobre sus omóplatos. La miré largo rato, parpadeando, inquieto por algo; sólo ahora, tras haberle dado vueltas a aquella noche durante años, he pensado que tal vez percibí, sin ser consciente, que su respiración no hacía el más mínimo ruido. No resoplaba, que yo recuerde, su costado ni siquiera se movía. Como si aún durmiendo, su cuerpo estuviera alerta. Esperando.


Rodeé la cama, desnudo, y traté de abrir la puerta haciendo el menor ruido posible. Antes de salir de la habitación para buscar agua, me volví a mirar a San. Estaba vuelta hacia mí, pero estaba oscuro, y la poca luz que entraba golpeaba su espalda: el contorno sólido de su cuerpo era una sombra que ocultaba su cara. Allí, totalmente silenciosa, tan quieta que parecía rígida, podría haber estado despierta, escrutándome sin parpadear con sus ojos fosfóricos. Pero yo no podría saberlo, y no lo sabré nunca. Me di la vuelta, sintiéndome observado, y salí.


Caminé muy despacio por el salón en penumbra. Al salir al rellano, de donde partían las puertas a los baños y la terraza, quedé bañado en la luz amarillenta que entraba por el cristal esmerilado de la ventana de la escalera, cuyo perfil aparecía ahora arqueado y torvo ante mí, sumiéndose en la oscuridad. Lo más lógico en ese momento hubiera sido ir a uno de los baños, beber agua del grifo, tal vez orinar, y luego volver a la habitación. Pero, por alguna razón, una razón que a día de hoy no he encontrado y que he desistido de buscar, decidí que tendría que bajar a la cocina para conseguir un vaso de agua. Al fin y al cabo era en la cocina donde estaban los vasos. Algo así debí de haber pensado. Creo que aún estaba aturdido por la orgía de horas antes. O tal vez hubo algo que me impelió a bajar las escaleras. No lo sé.


Fui descendiendo un peldaño a la vez, notando el frío del terrazo en los pies descalzos y la sed oprimiéndome la garganta. De vez en cuando, un susurro o una sombra móvil me indicaban la presencia de un gato errante, vagando mientras yo me hundía cada vez más en la oscuridad. Al llegar al recodo antes del último tramo, levanté la vista, tal vez queriendo calcular mi osadía, y vi a un gato, uno solo, sentado muy recto en el vano de la ventana. Mirándome. Sus orejas estaban erguidas, su cola enroscada sobre las patas, y me miraba fijamente. No podía verle los ojos, como tampoco había podido ver los de San, pero sé que me miraba, con una inteligencia que me hizo bajar agujas de hielo por la espalda. El gato no se movió en todo el tiempo que tardé en llegar hasta el piso inferior, cuando le perdí de vista. Sé que seguía ahí.


No pude encontrar el interruptor que daba luz a la cocina, así que atravesé a tientas la cortina de lana, que me rozó los pies como si fuera un gato (¿o había un gato?) y tuve que bastarme con la poca luz que la atravesaba desde la calle para ubicarme. Encontré un vaso en el escurridor y lo llené directamente del grifo. Me bebí dos seguidos, ansioso, con los riñones apoyados en el borde de la pila y los ojos cerrados, tan aliviado que por un instante se me erizó la piel de los brazos. Estaba por la mitad del tercero cuando abrí los ojos y vi la cortina hincharse por el empuje de un cuerpo humano.


El vaso cayó a mis pies y se hizo añicos con un estrépito que debería haber despertado a toda la casa. Me aplasté contra el fregadero, mojado y con el corazón en la garganta. La cortina se aflojó, volvió a su posición habitual balanceándose, y luego se hinchó de vuelta. El viento. Traté de dominar el temblor que había invadido todo mi cuerpo. El viento agitando la cortina. Eso. Respiré hondo, aún rígido por el susto, mientras la cortina se inflaba y desinflaba rítmicamente. Justo cuando iba a bajar la mirada al suelo para medir el destrozo y decidir cómo arreglarlo, algo bufó en mi oído.


Un grito de miedo y furia se estrelló contra mis dientes y salió en forma de gruñido al volverme hacia el fregadero y ver a duras penas la silueta de un gato saltando sobre el banco de la cocina, huyendo del puñetazo que le habría dado de haber estado a mi alcance. “Gato de mierda”, mascullé, verdaderamente harto, mientras el animal, cualquiera que fuese, seguía bufándome desde la oscuridad. Me agaché a recoger los cristales rotos a tientas, con una sarta de maldiciones a flor de labios. Bufido. Bufido. Bufido. El sonido se volvió rítmico y vago, como si viniera de mucho más lejos. Por debajo de las patas de la mesa, vi la cortina volviendo a hincharse, al mismo tiempo que sonaba la exhalación, lenta y profunda, como si durmiese. Algo estaba respirando.


La idea irrumpió en mi mente y me obligó a enderezar la espalda de golpe con alarma. Algo estaba respirando. No era el gato de antes, bufando. Por debajo del zumbido de la nevera, muy leve, podía oír el resoplido de una respiración pausada que reverberaba por toda la planta baja. Tal vez el latido desbocado de mi corazón la había ahogado hasta entonces, pero estuve seguro que llevaba sonando todo el tiempo. Ahí abajo había algo.


<<-¿Un gato?


-¡No! ¡Algo!


-¿Entonces qué? ¿Un monstruo?>>


La conversación con San, que me había hecho sentir ridículo sólo unas horas atrás, volvió a mi cabeza y trajo de vuelta el pánico irracional que me había perseguido mientras subía las escaleras. Una piedra descendió por mi garganta mientras miraba la cortina, incapaz de apartar los ojos de su vaivén cadencioso, provocado (¿provocado?) por esa respiración monstruosa que resonaba una y otra vez en la cocina. Había algo ahí, conmigo, y estaba en la trastienda de la carnicería, donde yo acababa de estar. Me había visto. Tal vez yo lo había despertado. Por un momento la razón aleteó en mi cabeza. “¿Despertar? ¿Y si Paula está durmiendo en el piso de abajo? No la viste subir, ¿no?” Esa idea no explicaba el por qué del movimiento de las cortinas al ritmo de una respiración humana, pero me aferré a ella todo lo que pude, tratando de controlar el impulso de salir disparado hacia la puerta y correr, desnudo y descalzo, hasta mi casa.


Meeeeeeeeeooooowww.
El respingo me hizo pisar los cristales rotos, cortándome. Gemí, dividido entre el dolor y el miedo, y vi a un gato, tal vez el mismo que me había bufado, sentado en el vano de la ventana que daba a la sala de máquinas, recortado como una silueta de cartón negro contra el cristal. Mirándome. Otro maullido, ronco, otro gato caminaba hacia el banco de la cocina, su cara en sombra fija en mí. Alcé la mirada y vi, presa del pánico, que por lo menos ocho gatos más se habían reunido en el recibidor, revolviéndose como peludos gusanos del infierno, sus ojos fosfóricos vueltos hacia mí, maullando gravemente y bufando. Otro saltó desde una tronera; uno se subió a la mesa, en mi dirección, y un tercero salió de entre sus patas, lanzándome un zarpazo que me habría arañado la pierna si no me hubiera apartado de un salto, cojeando y sangrando.

Di contra la pared de la cocina, a un metro de la cortina que se seguía moviendo, hinchando y deshinchando. El recibidor y la cocina estaban ahora plagados de gatos, más de los que yo había contado jamás que hubieran en la casa, o tal vez era la oscuridad multiplicándolos, como madre suya que era. “No, no, no” decía mi lengua dentro de mi boca, sin emitir sonido, mientras los felinos seguían avanzando lentamente hacia mí, siseando y contrayendo los belfos sobre unos colmillos pequeños y afilados. Sentí dolorosamente la vulnerabilidad de mi cuerpo desnudo ante los dientes y las garras desplegadas de aquellas bestias que, ahora lo sabía, querían despedazarme y siempre lo habían querido. Estaba muerto.


Traté de deslizarme hacia la cortina, buscando inconscientemente la única vía de escape posible. El gato más cercano ya estaba a un metro escaso de mí cuando noté la cortina hincharse contra mi espalda, el susurro de la respiración cerca a través del tejido, hiriéndome la nuca. Hurté el cuerpo en un impulso desesperado por alejarme de aquello que suspiraba en la trastienda. Craso error: fui a ofrecer mi pantorrilla directamente a las fauces del primer gato, que se decidió a saltar y hundirme los colmillos en la carne fina de la espinilla.


El alarido que llevaba tiempo pugnando en mi garganta se liberó, desgarrado, desgarrador, una mancha de sangre me cegó los ojos y por un momento no oí nada, un rumor sordo de miedo me había llenado los oídos. Después, mi cuerpo impactó contra el suelo.


Me mordí la lengua. El dolor y el frío me hicieron regresar rápidamente a donde estaba, en casa de San, en la oscuridad, en el suelo de la trastienda, a merced de aquello que respiraba. Notaba en la cara algo que no era viento, un aliento cálido y húmedo que iba y venía, un aliento que ya conocía, pues me había perseguido en la escalera, ahora lo sabía. Antes había sido más rápido y había creído escapar, pero realmente sólo había corrido más profundamente en su trampa. Ahora ya no podía salir. Intenté moverme, pero el dolor y el pánico me habían pegado al suelo.


Impotente, con los ojos llorosos, levanté la vista sin poder evitarlo, miré hacia la fuente de aquella respiración, el pequeño pasillo que daba a las cámaras frigoríficas. Ahí estaban, como siempre, la desgastada mesa de cortar, la enorme hacha de carnicero clavada en la madera; los garfios para colgar las presas pendían del techo, y se agitaban suavemente en el aire, tintineando unas con otras, componiendo una melodía macabra, expectante. Ya venía. Ya venía aquello. Lo podía sentir arrastrándose por el pasillo de las cámaras, respirando cada vez más roncamente, el movimiento de un cuerpo sólido, torpe. El estertor gutural de un gato que no era un gato, el chirrido de unas uñas contra el terrazo, y yo lloraba, lloraba de horror en el suelo, esperando al final, sabiendo que nunca debí haberme metido allí, que jamás debí haber creído a San, que ella me había atraído hacia aquello, que lo había sabido todo el tiempo; que el padre de San nunca había aparecido, que yo no era el primero, que tenía miedo desde el principio por algo y que la sombra deforme aparecía sobre la pared del pasillo y la criatura aspiraba ansiosa, oliéndome, buscándome, relamiéndose por anticipado porque yo no me podía mover y estaba muerto y me devoraría, y yo lloraba y decía no, por favor, no y ya venía, ya venía aquello y se asomó al marco de la puerta y me miró, y yo lo vi. Y grité.



Volví en mí con un estremecimiento febril, sentado al borde de la cama de San, mirando a la ventana, con la boca seca y el corazón percutiéndome el pecho, exactamente como había despertado un momento antes. Tenía los puños crispados sobre las rodillas y las mandíbulas apretadas. Tardé un rato en volver a respirar, y cuando recordé cómo hacerlo el aire entró tan violentamente que me atraganté con la espesa saliva y tosí convulsivamente. Me puse la mano en la frente; estaba húmeda de sudor, un sudor pegajoso y helado. Había leído mil veces la expresión “sudor frío”, pero sólo ahora entendía su significado. Esperé a que mis pulmones se tranquilizaran antes de volverme hacia el otro lado de la cama.


San seguía (¿seguía?) acostada sobre su costado derecho, el pelo negro desparramado sobre su espalda marfileña. Ni un suspiro, ni un movimiento, nada. Parpadeé, aún confuso, aún aterrado.


-¿San? –susurré, sin saber si me daba más miedo que siguiera durmiendo o que se despertara. Esperé-. ¿San?
Estuve a punto de llamarla una tercera vez, pero me contuve. Tuve la certeza irracional de que eso la habría despertado definitivamente, y no sabía si realmente quería que eso pasara. Me volví hacia mí mismo.

¿Había tenido una pesadilla? Había tenido una pesadilla. Una pesadilla horrible, aterradora como sólo lo son las situaciones oníricas, donde todo es posible. Esos malditos gatos, esa horrible casa. Y San… no me atreví a volver a mirarla. ¿Había tenido San algo que ver en todo eso? Ahora que los vapores eróticos se habían disipado totalmente por el horror, podía sentir claramente que el miedo que San me daba al principio, cuando aún no la conocía, no se había ido en ningún momento, sólo se había incorporado a la avasalladora avalancha de mi deseo recién descubierto. Aún estaba allí, latente, una débil voz de alarma ante esa criatura voraz y oscura que siempre parecía tener hambre de mí. Querer devorarme. Apreté los ojos con fuerza y sacudí la cabeza, tratando de alejar a patadas esa idea de mi cabeza. Una pesadilla, me repetía como drogado, una pesadilla, pero mi estómago seguía anudado de miedo.


Escuché entonces un susurro, y mi cabeza se volvió como la de una gacela al percibir al depredador. Al otro lado de la puerta entreabierta (¿no estaba cerrada?), en las sombras del salón, un gato solo, sentado, me miraba. Otra vez noté las agujas bajándome desde detrás de la oreja hasta los riñones.


“Sólo es un gato” me obligué a decirme, aunque mi entendimiento estaba tan embotado como mi lengua. Sólo es un gato asqueroso, me dije, pero por si acaso me levanté para cerrar la puerta de la habitación y dejarlo fuera. Me puse de pie. Y entonces varios trallazos de dolor me atravesaron el cuerpo. En la cabeza, en las costillas, en la cadera. Y en el pie. Trémulo, bajé la mirada mientras lo levantaba, deseando no ver lo que sabía que vería. Sangre, había sangre en el suelo y en la planta de mi pie, donde pude contar hasta tres cortes, relucientes a la poca luz que se colaba tras las cortinas. Volví a levantar la mirada, mientras la sangre que circulaba en mis venas se helaba desde la cabeza hasta los pies. Seguía de espaldas a la puerta de la habitación. Seguía teniendo los puños apretados, tan fuerte que se me habían entumecido las manos. Había algo entre mis dedos. Sabía que no quería saber lo que era, sabía que no era bueno, pero me obligué a abrir los puños. Dos marañas de pelo cayeron al suelo. En la penumbra, los pelos eran largos y oscuros, como los de San. Pero no eran de San. Y eran finos y suaves, como de gato. Pero no eran de gato. No eran de gato.


Tembloroso, derrotado, dejé que mis rodillas se doblaran y volví a sentarme en el borde de la cama. Y me eché a llorar.


Fue la madrugada más larga de mi vida. Me quedé allí sentado, cuando paré de llorar, sin moverme apenas, sin apenas respirar, aguantando el frío y la sed, resistiendo el impulso de volverme hacia la puerta de la habitación y descubrir otra vez a los gatos observándome, a San mirándome. Notaba cómo se me engarrotaban los músculos del cuello, de la espalda, de las piernas, pero me negaba a moverme. Así pasé las larguísimas horas que le restaban a la noche, con la mente inundada por el negro-ámbar de la penumbra a modo de dique contra los horrores que pululaban en el piso de abajo. En cuanto la primera luz de la mañana atravesó las cortinas, me levanté en silencio, me vestí con las manos rígidas y recogí mis cosas, dispuesto a salir de aquella casa infernal para no volver jamás. Antes de salir de la habitación, sin embargo, cedí a un último impulso y me volví a mirar a San, como había hecho la noche anterior, antes de que todo se tornara una pesadilla.


Ahora había luz en el cuarto, y pude ver que dormía. Por lo menos sus ojos estaban cerrados. Tenía los codos doblados y sus manos descansaban junto a su rostro, sobre la almohada; un mechón de su largo pelo le caía sobre la frente. Ahí, de día, con luz, y dormida, se veía hermosa, inocente, delicada, y las manos me ardieron una última vez deseando tocarla, olvidar todo lo ocurrido, achacarlo a una pesadilla y poder tocarla una vez más. Pero yo bien sabía que bajo esos párpados aterciopelados y esas largas pestañas, en sus ojos oscuros, brillaba una corona verde, una fosforescencia demencial capaz de absorberme la voluntad y arrastrarme, definitivamente, al pasillo de las cámaras y al horror que allí se escondía. Tomando mi primera decisión propia en meses, apreté los ojos y me volví, y salí de su habitación y de su vida para siempre. No se movió en absoluto, pero me pareció ver por el rabillo del ojo, con un escalofrío, que una tenue sonrisa se dibujaba en su boca dormida. Una sonrisa sin labios.

Caray, sí que ha pasado tiempo desde la última vez. Más de lo que me hubiera gustado, lo admito ^^U, pero aquí lo tenéis. Probablemente sólo quede el epílogo, así que ya podéis respirar. Y yo también XD

martes, 28 de febrero de 2012

Ha fucking ha

Por lo que he podido colegir, en internet el 98% de las veces "feminazi" significa "mujer que se siente herida por los chistes sobre abuso sexual y violencia doméstica".

Ja ja. Me parto.

jueves, 16 de febrero de 2012

Epifanía

Despierta, princesa de los hielos,
despierta muy lentamente
para no quebrar tu cristalino equilibrio.
Despierta, levanta la mirada
al cielo de una canción esperanzada
que licúe tu corazón
en una gota de auroras boreales.
Despierta, mi amor,
al tierno abrazo de la primavera que vendrá,
despierta tan delicadamente
como tus alas de hada;
alza tus pies del suelo
y erígete sobre las torres del viento
coronada de estrellas.
Despierta, princesa del Polo
al arpa de tu garganta,
a los ritmos nuevos de tus palabras,
al rumor hosco de un maremoto
a punto de estallar en lágrimas
en tu vientre.
Pues aún no está todo perdido
y tras los tiempos de carestía y tristeza
florecen los mares de tu piel.
Despierta, pluma invernal,
y elévate en el aire helado
lejos del fragor de la envidia,
lejos del cuchillo de los celos,
liviana y pura como el viento del norte.
Despierta, contenida toda belleza
en tus labios azules,
despierta cerrando los ojos
pues lo que has de ver
lo verán tu carne y tu alma,
las caricias de un universo blanco y azul,
los vientos y cuerdas del soplo de los glaciares
quietos,
muy quietos.
Despierta, princesa de la noche,
despierta durmiendo
y sueña los dedos del aire
pulsando las cuerdas de los cielos;
despierta, princesa de luna,
con trémulos músculos abandonados
al cuerpo de las olas
en una cópula dulce e infinita.
Los cometas son la estela de tu aliento.
Despierta, princesa de los hielos,
antes de que la marea rugiente de la vida
lo arrastre todo en un estrépito de cristales.
Despierta, princesa,
pues este instante exquisito
es una perla de eternidad.

Exámenes off. Felis Catus on ^^

domingo, 5 de febrero de 2012

Go study, suckers


Aquí estamos, estudiando en la sala de lectura para el examen de mañana, sumidos en el desfase. El tío sentado delante de mí está agonizando. Literalmente. Puedo ver su expresión de "¿qué he hecho yo para merecer esto?" desde aquí, mientras libra una sangrienta batalla conta el sueño. A veces baraja un manojo de marcadores con términos arqueológicos escritos. Definitivamente vive al límite.
La chica sentada delante de mí se ha mantenido eficientemente despierta hasta ahora sobre unos prolijos apuntes, pero está empezando a pestañear nerviosamente mientas arquea las cejas. Mala señal. Ya van tres veces que se suelta y se vuelve a recoger el pelo. Me pregunto desde qué hora está aquí.
La cansina de clase se pasea por la sala pegando hebra con la gente en voz baja. El primer chico se ha inclinado sobre la mesa con la cabeza entre las manos, una postura que puede significar "estoy totalmente sumergido en las problemáticas de periodización del mundo tartésico" o bien "señor, aparta de mí este cáliz". Desde la ventana se ve otra ventana y una estantería llena de recipientes de cristal; no sé si es una cafetería o un laboratorio.
Al fondo de la sala, Néstor (y es el único) estudia profesionalmente, como es usual. Y yo, que acabo de tomarme un café con leche, estoy aquí recogiendo impresiones irrelevantes en lugar de repasar para el examen de mañana. Otro día más en la facultad.

Escrito el miércoles uno de febrero, entre la una y las dos de la tarde, en la sala de lectura.

viernes, 30 de diciembre de 2011

El pez y el dragón (prólogo)

¿Frío o calor? No es lo mismo ninguno que los dos. La ambivalencia tiene tinta en la piel.

sábado, 17 de diciembre de 2011

What if...? (Emilie Autumn)


Here you sit on your high-backed chair,
wonder how the view is from there;
I wouldn't know, 'cause I like to sit
upon the floor, yes upon the floor.
If you like we could play a game:
let's pretend that we are the same,
but you will have to look much closer
than you do, closer than you do.

And I'm far too tired to stay here anymore,
and I don't care what you think anyway
'cause I think you were wrong about me,
yeah, what if you were? What if you were?

And what if I'm a snowstorm burning?
What if I'm a world unturning?
What if I'm an ocean, far too shallow, much too deep?
What if I'm the kindest demon?
(something you may not believe in)
What if I'm a siren singing gentlemen to sleep?

I know you've got it figured out:
tell me what I am all about
and I just might learn a thing or two,
hundred about you, maybe about you.
I'm the end of your telescope,
I don't change just to suit your vision
'cause I am bound by a fraying rope
around my hands, tied around my hands.

And you close your eyes when I say I'm breaking free
and put your hands over both your ears
because you cannot stand to believe I'm not
the perfect girl you thought;
well, what have I got to lose?

And what if I'm a weeping willow,
laughing tears upon my pillow?
What if I'm a socialite who wants to be alone?
What if I'm a toothless leopard?
What if I'm a sheepless shepherd?
What if I'm an angel without wings to take me home?

You don't know me,
never will, never will.
I'm outside your picture frame
and the glass is breaking now.
You can't see me,
never will, never will.
If you're never gonna see...

What if I'm a crowded desert,
too much pain with little pleasure?
What if I'm the nicest place you never want to go?
What if I don't know who I am?
Will that keep us both from trying
to find out?, and when you have,
be sure to let me know.

What if I'm a snowstorm burning?
What if I'm a world unturning?
What if I'm an ocean, far too shallow, much too deep?
What if I'm the kindest demon?
(something you may not believe in)
What if I'm a siren singing gentlemen to sleep...?

Sleep...

Sleep...


Las canciones son criaturas descalzas y discretas, que te encuentran cuando estás enamorado, furioso o triste, y te enseñan a hablar en un lenguaje nuevo y a decir cosas que no sabías que sabías. Y a pesar de que la letra cuenta una historia muy diferente, siento sin ningún género de dudas que es la mía. Hace unos meses, la canción tendría que haber sido Shamandalie. Pero hoy, sólo puede ser ésta. Ésta. Ya basta.

martes, 6 de diciembre de 2011

Un hada, una jarra, un libro de geografía

Había una vez un hada que vivía en una jarra de cerveza.
¡Y ay, tenía la piel chispeante y dorada, y la cabellera blanca como la espuma!
Pero llegó un parroquiano sediento, y se bebió al hada con la cerveza.
Así son las hadas de taberna, breves como la inspiración de una musa.

Mirad lo que he encontrado, entre arabescos erráticos, florecillas, monigotes y amargas lamentaciones de aburrimiento, en los márgenes de mi libro de Geografía Humana del curso pasado. Debía de estar sufriendo. Y hoy, llega el momento de dejar de hacerse el longuis y ponerse en serio; un año más, los exámenes están al caer. No muráis.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Una verdad estúpida

Una doña Nadie como yo se acuesta con un puñado de desconocidos, y sigue siendo una doña Nadie.
Una chica con más escote y más maquillaje que yo se acuesta con UN chico, y es una guarra.

Allá abajo alguien se está descojonando.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Felis Catus (Parte VIII)


Partes I, II, III, IV, V, VI y VII

A finales de curso, San sugirió que me quedara a dormir con ella. No me lo pidió, por supuesto, ella nunca pedía nada, pero tampoco me lo ordenó. San no daba órdenes, ni siquiera en los momentos más encabritados en los que tenía miedo de que su sexo exigente me absorbiera por entero. San siempre decía las cosas como por casualidad. Todo lo que San decía parecía por casualidad, una casualidad que a veces mostraba visos de algo mucho más retorcido agazapado detrás. Sin embargo, no podría jurarlo. Era, y es, difícil saber con San.

-Podrías quedarte esta noche.

-¿Cómo? ¿A dormir? –pregunté, enredándome sin querer en la camiseta que estaba intentando pasarme por la cabeza. Bajé los brazos y dejé la labor de vestirme para otro momento; ya me había acostumbrado a hacer las cosas mucho más despacio para no quedar en ridículo delante de San.

-Claro que a dormir. Podríamos dormir juntos –en ese momento me saltó al regazo Ki, una japonesa de cola corta con pelaje calicó, y me miró acusadora, amusgando las orejas. En cualquier otro momento, yo habría entendido “juntos” por San y yo. En esas circunstancias, sin embargo, las cosas me quedaron mucho más claras: seríamos San, yo y los gatos.

Y a pesar del miedo anormal que aquellos animales podían llegar a provocarme, me quedé. Porque San nunca pedía ni ordenaba, pero yo siempre la obedecía. Llamé a casa y le dije a mi madre que me quedaba a dormir con Javi. No sé si me creyó, sólo recuerdo su permiso. Ni siquiera avisé a Javi para que me cubriera esa noche. No se me pasó por la cabeza. Sólo podía pensar en San, en la cama de San, en los brazos de San. Tres veces San.


Recuerdo con una claridad incómoda la cena de esa noche, San, Paula y yo sentados a la mesa con mantel de hule en la cavernosa cocina, sumidos en el olor a cebolla del piso inferior, bajo la blancura quirúrgica de dos tubos fluorescentes. Un silencio brutal. Y el tictac de un reloj de pared, que parecía esforzarse por adoptar el ritmo de mi corazón asustado. Tac. Tac. Tac. Tac. Tac. Tac…

-¿No quieres más, Isaac? –preguntó Paula de pronto, con una voz especialmente sibilina, y salté un palmo por encima de mi silla. Me atraganté con el pescado, y algo, una espina quizás, se me clavó entre la encía y una de las muelas. Empecé a toser como un descosido, más fuerte cuanto más intentaba parar, avergonzado por el espectáculo. San me miró sonriente un rato antes de alargar el brazo para darme unas palmaditas en la espalda.

-Tranquilo, Isaac, tranquilo. No te vayas a morir –dijo dulcemente.

-Eso, no te mueras –asintió Paula.

Las miré entre arcadas, primero a San, luego a Paula. Sus voces habían sido conciliadoras, casi cariñosas, pero sus miradas no. Había algo obsceno en el gesto de esos ojos, mientras bromeaban como si tal cosa sobre mi muerte. Pedí perdón muy bajito y me tragué completo el contenido de mi vaso, tratando de aliviar el escozor; funcionó con mi garganta, pero no con mi sentido común. Intenté terminarme la cena, aunque ya había perdido el apetito (¿lo había sentido en algún momento?), dolorosamente consciente de las miradas de madre e hija sobre mí, y de los susurros casi inaudibles de los gatos, que rondaban por las zonas en penumbra de la entrada y la trastienda. Me sentía encajonado entre dos bloques de oscuridad, falsamente protegido por unos fluorescentes que pronto se apagarían, dejándome a merced de las criaturas que pululaban en la sombra, esperándome. El reloj seguía avanzando, tac, tac, y yo masticaba sin ganas, y Paula y San seguían mirándome, con su vaga sonrisa idéntica en los labios, como si compartieran un chiste, como si esperaran.

En determinado momento, algo me rozó la pierna bajo la mesa; un gato, o el pie de San, no lo sé. Me hizo falta todo mi autocontrol para no volver a saltar, pero un estremecimiento me trepó por la espina dorsal y se me puso la carne de gallina, como si cientos de agujitas se abrieran paso por mi piel. Miré a San, con un gesto que debe de haber sido el de un pirado. Ella se rió.

-Qué mono eres –dijo, la voz dulce, los ojos de piedra-. Vamos arriba.

-Hay que recoger –protesté trémulo. No me movía tanto el deseo de ser educado con la madre de San como el rechazo que me provocaba la idea de salir del área iluminada y tener que subir al segundo piso en la oscuridad.

-No os preocupéis por eso –intervino Paula, monocorde-. Hoy recogeré yo. Seguro que vosotros tenéis cosas importantes de las que hablar, niños.

Privado de opción a rechistar, me dejé agarrar del brazo por San, que me remolcó hacia la cortina de lana que separaba la cocina de la trastienda, con un peso muerto en el estómago que no venía del pescado asado de la cena. Antes de cruzar, me volví hacia Paula, no sé por qué: seguía sentada sin haberse movido ni un milímetro de su silla, con ambas manos apoyadas sobre la mesa, y me miraba con los ojos grandes, muy grandes, y una sonrisa larga, larga, que parecía deslizarse hacia una de sus mandíbulas conforme su cabeza se ladeaba, se ladeaba, se ladeaba. Me guiñó un ojo, y ese guiño me provocó el efecto de un grito en el oído cuando se está durmiendo. Por un momento, había visto moverse un tercer párpado sobre su ojo oscuro, oscuro y adornado por una corona verde. Después, San me arrastró a la trastienda y la oscuridad me cegó.

La luz del alumbrado público entraba rosácea por las persianas caladas de la carnicería, alargando las sombras hasta nuestros pies. La puerta a la antesala de las cámaras frigoríficas estaba abierta, y en la negrura alcancé a distinguir una enorme pieza de carne curada colgando de un gancho, como un cuerpo torturado retorciendo sus extremidades en suplicio. Quise pegarme a San, pero no la encontré; había desaparecido en la oscuridad, rumbo a las escaleras.

-¿San? –llamé, y mi voz sonó estúpidamente temblorosa.

-Estoy aquí. Va, date prisa –la oí, cinco pasos por delante de mí, en lo que debía de ser el pie de la escalera. Avancé dubitativo, alargando los brazos, caminando tan despacio como podía por temor a tropezarme con algún gato. Tras lo que pareció una eternidad, la punta de mi pie golpeó con el primer escalón.

-¿San? –volví a preguntar, demasiado asustado como para sentirme ridículo.

-¿Subes o no? –esta vez su voz sonaba ahogada y lejana, como si estuviera ya en el piso de arriba, sin mí.

-¿Por qué no me has esperado?

Silencio.

-¿San?

Me pareció oír un roce más allá de las escaleras. San, seguramente. O un gato. O…

“Haz el favor, Isaac” me dije a mí mismo. “¿Qué tienes, tres años?” Mi mano sudorosa se agarró con ansia al pasamanos, y obligué a mis piernas entumecidas a subir el primer escalón. Luego el segundo.

-Va, San, no hagas el tonto –me oí decir, tratando de poner el mismo tono que usábamos Javi, Alonso y yo cuando estábamos asustados pero no pensábamos admitirlo. Ah, pero Javi y Alonso no están aquí, dijo una voz insidiosa en mi cabeza. Estás tú solito. Puedes tratar de hacerte el guay, pero estás cagado de miedo.

Otro escalón. De repente sonó un chasquido ahogado a través del tabique, y la luz que pasaba por la cortina de lana se apagó. Una oscuridad súbita y total me bañó. Sentí en la espalda un hormigueo casi doloroso.

-¿Paula? –pregunté, esperanzado. Silencio.

El corazón empezó a dolerme contra las costillas en su frenético redoble. Otro escalón, y algo que pareció un susurro cerca de mis rodillas. Me congelé por un segundo. “Putos gatos” quise decir, pero tenía los labios tan adormecidos como las piernas; en mi boca seca, la lengua se me adhería al paladar. Otro escalón.

-¡San! –mi voz salió aguda. ¿Cuántos escalones tenía esa puta escalera? Empecé a acelerar sin darme cuenta. ¿Ese ruido provenía de mi respiración, o lo había hecho la casa? Algo me rozó las piernas y me tropecé, clavándome el borde de un peldaño debajo de la rodilla. Lágrimas de dolor y desesperación me picaron en los ojos. Traté de enderezarme, aunque los pies casi no me sostenían.

Un siseo sonó a mi espalda. Demasiado alto para provenir de un gato. Demasiado alto. Demasiado alto para un gato, me dije, no ha sido un gato, no ha sido un gato justo cuando el siseo se repitió junto a mi oreja, en mi oreja se repitió, una respiración húmeda y caliente.

-¡¡SAN!! –grité, abalanzándome sobre los escalones que quedaban, al cuerno con el saber estar y con el disimular, y antes de que me diera cuenta me había arrojado directo a los brazos de San, que me esperaba de pie al final de la escalera. Tardé unos segundos en recuperarme, y fue la voz burlona de San la que me trajo de vuelta.

-¿Qué pasa, Isaac? ¿Te da miedo la oscuridad? No lo sabía –dijo suavemente, con una risa que parecía un cascabel, acariciándome profundo el pelo y rascándome la cabeza, como haría con un niño. La aparté con más brusquedad de lo que pretendía, debido a un espasmo nervioso.

-¡No! –exclamé, sintiendo en el estómago un nudo de indignación-. Algo me tocado en la escalera. Algo me ha respirado…

-¿Un gato?

-¡No! ¡Algo!

La sonrisa de San se hizo ostensiblemente más larga.

-¿Entonces qué? ¿Un monstruo?

Quise replicar, pero de repente me di cuenta de lo ridículo de mi posición: ¿iba a ponerme allí, en el último escalón, a discutir sobre si había criaturas sobrenaturales en la escalera de una chica que no paraba de acariciarme el pecho y el vientre en la oscuridad, indicándome que lo que le interesaba de mí obviamente no era lo que creía haber notado en la escalera? Ahora que estaba cerca de San, con sus brazos rodeándome, sus dedos acariciándome y sus uñas rascándome la cabeza, el pánico que había sentido en la escalera se convertía en lo que era, una alucinación sufrida por un pobre crío incapaz de controlarse. Relajé los músculos que sin darme cuenta había tensado.

-No, no. Sería un gato, tienes razón. Es que me ha asustado, nada más –susurré, dejándome caer más profundo en su abrazo.

-¿Mi pobre Isaac tiene miedo de mis gatos? –siseó San en mi oído, su aliento cálido y húmedo, despertando con vividez recuerdos que acababa de decidir que olvidaría justo antes de lamer el lóbulo de la oreja y provocar una catástrofe allende mi cintura-. ¿Me tienes miedo a mí también? –me mordió.

-A… a veces… -balbucí, mientras sus manos me amasaban las nalgas y se deslizaban debajo de mi ropa, como lentos latigazos.

-¿A veces? –dijo San, subiendo el volumen de pronto, y oí en el fondo de su voz una ronquera grave con notas agudas al final, chirriante. Un maullido. Me mordió la boca, tal vez fuera un beso-. ¿A veces tienes miedo de mí, Isaac? –su voz sonaba extrañamente distorsionada mientras resbalaba por mi cuerpo y descendía hacia el suelo, como la ropa que cae-. ¿Miedo de mí, Isaac? –puso las rodillas en el suelo, llevándose de camino mis pantalones. Cerré los ojos y caí en una negra inconsciencia.


¡Tachán! Este capítulo, casi al completo, no estaba escrito la última vez que actualicé, y el crédito se lo debo íntegramente a Charlotte, que supo darme los ánimos que todo autor necesita, así como a Jota, que lleva sufriendo por conocer el final desde febrero XD. Gracias a los dos! Y que sepáis que ya he escrito tres páginas más. El final no queda lejos...