viernes, 23 de enero de 2015

La flagelante

¿Alguna vez has sentido
como si todo en el mundo se apoyara en tus hombros?
Como si toda la maldad,
toda la ignorancia,
toda la desidia,
toda la crueldad,
todo el horror de este perro mundo
descansase sobre tu espalda.
Oh, un dolor
         (Domine! Domine!)
que no puedo exorcizar,
que no parece querer irse.
Por eso camino
descalza y llorosa,
vestida de esparto
y con cenizas en la frente,
por eso ofrezco
a la noche silente
estos miembros torturados,
este gélido cilicio.
Llévate, llévate el dolor,
señor,
dame la paz.
Te daré la sangre de mis venas,
por favor dame la paz.
"Beguina, beguina,
benzodiazepina";
doblan las campanas
y la procesión de los difuntos
va cantando tu nombre.
Cuántos corazones, tan rotos.
Pero, ay, es que cuando muerde la navaja
algo aquí al fondo grita "¡Vienen!"
y la angustia corre a esconderse…
¿Cuántas noches más, dios mío?
¿Cuántas más
cruces de sangre,
rosarios de cuentas rojas,
cuántos?
Aparta de ti este cáliz:
lo he llenado con mis venas.

jueves, 15 de enero de 2015

…mas polvo enamorado

Blai lleva siendo el guardián del cementerio más de cuarenta años, y para ser honestos no podría ser más feliz.
Hay otros trabajos en el mundo, pero este es el suyo, y le encanta. No es que sea un morboso, Dios lo libre, o que disfrute viendo el sufrimiento que casi siempre acompaña a la muerte. Nada de eso. Es que Blai es un hombre tranquilo, y pocos sitios hay en este mundo más tranquilos que un cementerio. El padre de Blai era el enterrador, y ya lo llevaba a veces a trabajar cuando tenía trece o catorce años ("para que te hagas fuerte y sepas ganarte el pan como un hombre", le decía medio en broma medio en serio, mientras Blai trataba de recuperar el resuello después de izar un ataúd particularmente pesado). Aún recuerda de aquellos días el profundo, reverente silencio de aquel camposanto tan pequeño y tan viejo, en aquel pueblo tan herido por la guerra. El tiempo ha pasado, y el pueblo pequeño se ha convertido en una ciudad, modesta pero animada; sin embargo, el silencio que se respira tras las tapias del cementerio sigue siendo el mismo desde que Blai llegó, y Blai reza porque siga así.
Además, si uno se sobrepone al rechazo aprendido que mucha gente le tiene a estar cerca de los muertos, un cementerio es un lugar objetivamente bonito, razona Blai. El sol brilla, los pájaros cantan, hay bancos para sentarse, rincones con sombra, césped en el suelo y flores por doquier; está todo lleno de nichos y lápidas, sí, pero ¿qué tiene eso de malo? Desde su puesto en la caseta de la entrada, durante años y años, Blai ha contemplado el paso de las estaciones, los ciclos ineludibles de la vida, y ha aprendido a aceptar la muerte con una paz de espíritu de la que está orgulloso. Todos nos morimos, eso está claro. Además, desde aquí, piensa Blai, ha conocido un lado de este pueblo que raramente se ve más allá de los muros de la necrópolis. Poniéndolos cerca de la muerte es donde vemos el lado más honesto y menos conocido de los vivos.
Están los matrimonios devotos, normalmente en una franja de entre cuarenta y sesenta años, que acuden con cierta regularidad (no demasiada) y que suelen pasearse sin mayor gravedad, a veces cogidos de la mano, tal vez visitando a unos progenitores cuya ausencia ya no les pesa pero cuyo recuerdo aún respetan. Los padres desconsolados de aquel chico que se mató hace unos años, cuya desolación siempre tendrá mucho de triste, eterna sorpresa. Las viudas ancianas, que aún guardan un luto arcaico y que aparecen como un reloj todos los domingos por la mañana, rezando el rosario entre murmullos. El señor mayor que acude cada quince de febrero y cada cuatro de septiembre a saludar a la hermanita que perdió cuando niño. Están incluso esas dos adolescentes góticas que aparecen de vez en cuando, se pasean charlando en voz baja y se sientan en los bancos cerca de los panteones grandes. Blai al principio desconfiaba de ellas, lo admite; es un hombre mayor, al fin y al cabo, y estas cosas modernas lo descolocan. ¿Y si les daba por hacer, yo qué sé, rituales satánicos o cosas de esas? Nunca se sabe. Pero los meses pasaron, y Blai acabó por darse cuenta de que sólo les gusta el ambiente del cementerio, y que van allí para estar tranquilas. Quién le iba a decir, ríe Blai para sí, que al final iba a acabar teniendo algo en común con dos quinceañeras con pintalabios negro y botas de bombero.
Salvo en el día de Todos los Santos, cuando el pueblo en pleno viene a acordarse de sus muertos, las cosas están tranquilas, muy tranquilas, y Blai ha acabado por aprenderse de memoria la cara, la voz y los ademanes de los visitantes regulares de ese cementerio que es tan suyo como su propia casa. La mayoría de ellos no tienen nombre (le hablan a veces, pero preguntar cómo se llaman no viene a cuento), pero tienen tanta entidad como vecinos cercanos o miembros de su familia extensa, y Blai los reconoce como tales sin necesidad de nombre.
Hay pocas excepciones. Una de ellas es el chiquito tímido que se llama Ángel.
Blai sabe que Ángel es su nombre porque una vez lo oyó hablando por el móvil desde la caseta. No le hizo falta asomarse, porque hacía tiempo que había registrado su voz. "Mamá, soy Ángel… nada, es que he visto que me has llamado. No, ahora estoy en la calle, pero puedo pasar de vuelta a casa. Sí… sí, no hay ningún problema. Ya nos vemos. Hasta luego". Así que el chico se llama Ángel, y no hay más que hablar. Tiene entre dieciséis y dieciocho años, le parece, pero Blai ya está mayor, y hoy en día los jóvenes crecen más despacio que antes (en su época a los catorce años ya eras un hombre hecho y derecho, piensa Blai acordándose de su padre); igual tiene ya veinte, pero va por la vida con cara de bebé.
Ángel es delicado de rasgos y casi siempre camina encorvado; Blai se pregunta si sus padres no se lo corregirán antes de que acabe con ciática o alguna cosa de esas. Tiene las pestañas muy largas, al igual que los dedos y las piernas, y siempre viste de colores pálidos, un poco formal para su edad, pero no demasiado. Viene un par de tardes a la semana desde hace como un año y pico, puede que dos; raramente falla. A Blai se le antoja que es un chiquillo triste. No sabe por qué; a fin de cuentas, realmente no lo conoce, y siempre que entra le da las buenas tardes con una cordial sonrisa. Pero es una sonrisa triste, insiste Blai para sí. Las sonrisas pueden ser tristes, y esa lo es. No sabe si será los hombros caídos, o el flequillo que siempre le baila encima de los ojos, o esos mismos ojos que miran porfiadamente al suelo, salvo cuando se le habla. O la misma manera de sonreír. O su vocecita suave. O Dios sabe qué. Blai no lo tiene claro, y sabe que tampoco es asunto suyo; sólo siente un cariño vago (tal vez compasión) por el chavalín, que parece que siempre anda cargando todas las penas del mundo a la espalda, pobrecico mío.
En una cosa tiene razón Blai: Ángel está siempre un poco triste. No es nada grave, pero lo está; suele pasar a su edad. Lo que Blai no sabe es que eso es en buena medida porque Ángel se ha enamorado de uno de los muertos del cementerio.
El muerto en cuestión se llama (se llamaba) Joaquín Boscà Rico, y murió en 1978, a los diecinueve años. Ángel no sabe qué fue lo que acabó prematuramente con su vida, y nunca lo sabrá, pero siente el pesar de esa muerte como una espina en el costado. No sabe nada, de hecho, del hombre al que ama, salvo su nombre, los breves años de su paso por la vida, y cómo era su rostro antes de morir: ha mirado hasta la saciedad esa fotografía de porcelana que adorna el nicho, el peinado anticuado de su melena castaña, sus gafas de ancha montura, su mirada risueña y profunda, dolorosamente tierna, anunciando un cariño que ya nadie recibirá. Eso es todo lo que tiene Ángel, y es todo lo que jamás tendrá; por eso Ángel está triste. Pero tiene diecisiete años, y está enamorado, y para él eso es todo lo que importa.
Conoció a Joaquín un día de Todos los Santos, acompañando a su madre a limpiar la tumba de la tía abuela Milagros. A Ángel no le había hecho nada de gracia, para qué engañarse; era un día de fiesta, y prefería mil veces pasarse la mañana viendo series online a tener que andar a los codazos en un cementerio lleno de bote en bote sólo para pasarle un trapo húmedo a la lápida de una señora a la que no recordaba. "Es tu tía, Ángel" dijo su madre con su voz de estar juzgándolo indigno, y Ángel se puso los zapatos gruñendo y la acompañó. Fue allí, entre cientos de personas vestidas de oscuro y abigarradas en las avenidas del cementerio, una danza de abrigos de otoño y flores, que Ángel vio a Joaquín por primera vez. Qué fue lo que vio en aquella tumba, en aquella foto, en aquel nombre tallado sobre mármol, que no hubiera en los demás nichos (ni en otras personas vivas, ya que nos ponemos en ese plan), Ángel no lo sabe. Tal vez fue el hecho de que Joaquín estaba solo. El resto de visitantes bullía arriba y abajo entre los muertos, limpiando polvo, renovando flores, presentando sus respetos, pero a Joaquín nadie le hacía caso. Su muerte no era tan antigua como para que su familia y su recuerdo se hubieran extinguido, pero no había nadie con él; sólo dos flores hechas de alambre y cuentas, quemadas por el sol de muchos años de soledad, que nadie había tocado ni tocaría. Entre la pequeña maceta del nicho y la placa de mármol había una telaraña, abandonada hacía ya tiempo.
Ángel se separó de su madre un momento, dejándola frotando la lápida de tía Milagros con bastante ánimo, y se acercó a aquella tumba solitaria, que se le antojaba como un interno huérfano en día de visita. Joaquín lo miró desde el pequeño óvalo de porcelana. Ángel le devolvió la mirada a su vez. "¿Dónde está tu familia?" preguntó desde dentro de su cabeza. Joaquín lo siguió mirando, sonriendo, sonriendo, y muy solo. Ángel sorteó a los familiares atareados como si no los viera y puso la mano sobre el mármol blanco, veteado de polvo, donde el artista fúnebre había grabado una cruz. Por qué hizo eso, tampoco lo sabía. Tal vez es que Ángel era joven e impresionable, y también se sentía muy solo a veces, sin ningún motivo aparente. Sus ojos dejaron de ver por un momento, volviéndose hacia percepciones más íntimas, y tuvo por un momento una certeza extraña, inexplicable, casi física: la certeza de que en algún momento Joaquín había existido, había estado presente, había tenido cuerpo, voz, aliento, que había podido ser tocado. Casi lo sintió a su lado, un fantasma corpóreo, tan intensamente real que Ángel se mareó un poco. ¿Por qué todo esto? Ángel ya ha dejado claro que no lo sabe.
-¡Ángel! -llamó su madre al terminar, y Ángel dio un salto y acudió al trote, turbado y con la carne de gallina. Su madre no le preguntó sobre lo que había estado haciendo. Sobre la lápida polvorienta de Joaquín quedaron las marcas de los dedos de Ángel.
Y Ángel regresó, sin tratar siquiera de explicarse las motivaciones detrás de su visita. Empezó paseando por el cementerio, vagamente, maravillándose de no haber descubierto hasta ese momento lo agradable del silencio de aquel lugar, catalogando las diferentes tumbas por fecha de defunción, pero acabó de nuevo delante del nicho de Joaquín, una vez y la siguiente y la siguiente. Se encontró sonriendo. Al acercarse a aquella lápida solitaria, donde aún se marcaban las yemas de sus dedos, volvía a sentir la idea de Joaquín, un muchacho real, con el pelo desordenado y aquella sudadera horrorosa, con sus gafas y su sonrisa inmensa, inabarcable, ya inalcanzable para siempre. "Has existido" se decía Ángel, ausente, y si desenfocaba la vista casi podía sentir esa realidad, el timbre de una voz, el calor de una carne. Y le picaban los ojos por aquel muerto tan solo, tan cercano.
Un mes después del primer encuentro, Ángel trajo un trapo y limpió a conciencia el polvo de la lápida, sin prisa, indiferente a los otros visitantes, al frío del atardecer de diciembre, a la oscuridad que lo encontraba rodeado de muertos. Después de navidad, sintiéndose un poco tonto, trajo flores de pascua de una floristería cercana y las puso en la maceta, junto a las flores de cuentas que la familia de Joaquín había olvidado hacía décadas. Se rió un poco. "Si mi madre supiera en qué me gasto el dinero de la paga" susurró, apoyando la frente contra la lápida recién abrillantada de Joaquín, y se lo imaginó riéndose a su vez, concurriendo con él en lo bizarro de la situación. No había estado tan en paz en toda su vida. Mientras se balanceaba imperceptiblemente, con la frente aún sobre el mármol, tuvo la certeza de que Joaquín estaba detrás de él, de pie, poniendo una mano en uno de sus hombros y apoyando la cabeza en el otro. Ángel tuvo un pequeño escalofrío al sentir su aliento en el cuello. Lo que son las cosas, se dijo; en la vida había estado así de próximo a otro ser humano, y la primera vez tenía que pasarle con un muerto.
Ángel le dijo "te quiero" a Joaquín una mañana ventosa de febrero. Asegurándose de que nadie rondaba por ahí, se apoyó contra la lápida y besó el mármol blanco, con una ternura de la que no sabía que era capaz. Algo se contrajo y se expandió en su vientre, haciendo que le temblaran las manos, y el te quiero se multiplicó vertiginosamente en su boca, en su garganta y en su pecho, y entendió por qué los que aman quieren gritarlo a los cuatro vientos, y entendió por qué se dice que el amor te vuelve estúpido. Que se lo dijeran a él. Blai lo vio salir más tarde, con los ojos enrojecidos y una sonrisa palpitante, y le dijo hasta luego como era lo habitual. Pobre chavalín, se dijo Blai, notando su aflicción, aunque a años luz de descubrir su origen. Pobrecito.
A veces, mientras Blai riega los jardines o barre las hojas secas, Ángel habla con Joaquín. Le habla de cualquier cosa, de todo aquello que necesita poner en palabras, y utiliza el tono suave y dulce de los amantes. Y siente, con la certeza del primer día, la realidad de Joaquín escuchándolo, contestándole con una voz que ya no existe pero que puede sentir dentro de su cabeza, de su sangre y de su médula como un hecho innegable. A veces se aprieta contra la lápida con los brazos en cruz, el corazón desesperado contra hueso y mármol, y jadea y gime y se aguanta las ganas de llorar, porque Joaquín está muerto y lleva muerte desde antes de que él naciera y Ángel está solo, pero al mismo tiempo puede sentir a Joaquín contra él, el pelo contra sus mejillas, el pecho contra su pecho y sus brazos rodeándolo tan fuerte, tan fuerte, y sabe que está aquí, joder, que está aquí, y que lo ama, y la certeza de ese amor le revienta la columna y le parte los huesos.
A veces, cuando el cementerio está particularmente vacío y Blai se queda en la caseta, escuchando alguna retransmisión deportiva o simplemente guardando la entrada, Ángel hace el amor con Joaquín, mordiéndose la lengua y agarrándose a su propia carne como se agarra uno a la vida, temeroso de quedar roto en pedazos, de que este amor acabe por romperlo, pero incapaz de parar. Cuando se masturba con la espalda contra el nicho y los ojos semicerrados por si aparece alguien y acaba en el cuartelillo (y demonios, ¿cómo le va a explicar eso a mamá?), la noción de Joaquín se hace más fuerte, más sólida, alimentada de placer y de locura, y Ángel siente la boca ahogada en un beso carnívoro, el cuello herido con labios y dientes, las manos hundiéndose en su cuerpo, tocándolo, fustigándolo, metiéndose hasta el fondo de su yo y dejándolo vacío de sí, lleno de él. Su sexo llora las lágrimas que él se traga, y cuando se sienta en el suelo del cementerio a limpiarse las manos temblorosas, herido por un amor trágico y precioso que tiene y no puede tener, Joaquín está con él, meciéndolo y consolándolo y susurrando palabras tiernas en su oído, y Ángel tiene la certeza de la sonrisa de Joaquín, ahora inmortal, grabada en el fondo de su corazón.
Ángel sabe que está bien jodido. Pero lo cierto es que Ángel tiene diecisiete años y está enamorado, y en esa situación cualquiera está bastante jodido.
Y una tarde como la de hoy, airosa y despejada, en que la calma del cementerio le resulta particularmente gloriosa, Blai sale de la caseta para avisar de que va a cerrar ya, y se cruza con Ángel, cabizbajo y con las manos en los bolsillos, y nota enseguida que el pobre muchacho ha estado llorando. Blai tiene por norma no meterse en la vida de los visitantes del cementerio (no es asunto suyo, eso está claro), pero el chavalín lleva viniendo ya mucho tiempo, y a Blai le da mucha, mucha penita que esté tan triste. Así que cuando Ángel repara en su presencia y se frota los ojos, avergonzado, Blai desempolva su actitud más casual y pregunta (con una voz que espera suene amable):
-¿Todo bien, chaval? ¿Te pasa algo?
Ángel lo mira y parpadea, y traga pesadamente. Transcurren unos segundos; no pasa nada, Blai no tiene prisa. Y luego, de manera inesperada, Ángel sonríe, con tantas ganas que le salen arruguitas en torno a los ojos. Blai aún está preocupado, pero se relaja un poco. Aunque no lo conozca, se preocupa por el muchacho.
-No es nada -dice Ángel, el rostro lloroso y brillante-. Es que estoy enamorado.
Y Blai suelta el aire, aliviado, comprendiendo por fin, y ríe con ganas, asintiendo en simpatía.
-Aaaaaay, el amor. El amor es complicado, ¿eh, chaval?
Ángel le sonríe agradecido y hace que sí con la cabeza, y se despide rumbo al portón, con esos pasitos lentos que lo hacen tan característico. Blai aún se ríe un poco más, con las manos en la cintura, y negando con la cabeza.
-Anda que -dice para sí-. Venir al cementerio a pensar en el amor. Animalet.

Y recordando por qué le gusta tanto su trabajo, Blai sale a cerrar.

Estoy empezando a pensar que igual tengo una fijación un poco rara con la necrofilia.

martes, 30 de diciembre de 2014

Dejad mi cuerpo aquí

Dejad mi cuerpo aquí;
luché mi batalla,
la batalla me ganó.
Mi corazón se rompió
con un ronco aleluya,
mis miembros fueron cayendo
en una sinfonía crepuscular,
réquiem callado, un coro dulce
y helado
sobre la peligrosa belleza
de este silencio asesino.
Hoy perdimos a otra
    (lo siento tanto, mi niña,
                   lo siento tanto)
y yo ya venía triste.
Puedo ver al Monstruo Oscuro reptar
por los confines de mi visión,
puedo sentir sus manos indiferentes
y su aliento sordo en mi espalda.
Viene a por mí;
dejad mi cuerpo aquí.
Cariño, diles que te quise.
Que en el vidrio de mis ojos
alguna vez se miró el universo.
Y que ninguna otra jamás
tenga que dibujar con tiza
su último lecho;
que ninguna vuelva a pintar rosas
en el suelo
con su último aliento.
Dios, qué frío.
Dejad mi cuerpo aquí.

                          30/12/14
                          DEP Leelah Alcorn

lunes, 24 de noviembre de 2014

La muerta viva


Morí hace un par de meses;
nadie se ha molestado en notificármelo,
pero yo lo sé.
Una sabe esas cosas.
Lo noto en el aliento estancado en la boca,
lo noto en la putrefacción de los dientes.
Lo noto en las manos heladas,
en el silencio del pecho,
en el rumor de gusanos en el estómago y los miembros.
Estoy muerta.
Los demás fingen que no se han dado cuenta
y siguen hablando 
        (siempre hablan)
pero yo lo sé.
No pueden mentirme.
Todo este tiempo ha sido un gran error.
Y lo cierto es que los vivos
       -maleducados ellos-
no dejan a los muertos
ni estar muertos en paz.
Yo morí hace un par de meses
y quisiera irme de aquí.

Hoy he tenido un día horrible.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Carta de una veinteañera desconsolada

¡¿Joven?!

¿Joven para qué, puede saberse?

¿Por qué somos jóvenes? ¿Porque nuestros hombres aún no se han quedado calvos? ¿Porque aún no hemos parido? ¿Porque seguimos estudiando y estudiando, estudiando con una compulsión desesperanzada? ¿Eh? ¿Es porque no tenemos casa, ni trabajo, ni pagamos facturas? ¿Eh? ¿EH?

¿Jóvenes? ¿Jóvenes para qué? ¿Crees acaso que no estamos desesperados por una casa, un trabajo, unas putas facturas que por lo menos justifiquen, muestren, registren que tenemos algo propio, que nuestra vida existe, que somos un poco más que nada? (porque este puto mundo no reconoce más evidencia que el dinero, y nosotros ya estábamos atrapados en la partida antes de saber si queríamos jugar). ¿De qué, de qué nos sirve ser jóvenes? ¿Crees que nos llena de gozo no poder salir de las aulas (porque la alternativa es peor), estudiar año tras año para nada? ¿Crees que somos frívolos y despreocupados? Por dios, ¿en el culo de quién has tenido metida la cabeza todos estos años? No sabes nada. No sabes nada.

¿Jóvenes? ¿Jóvenes de qué, si estamos más amargados y más solos de lo que jamás lo estuvieron aquellos que nos criaron prometiéndonos la luna? ¿Jóvenes para qué, que vamos dando tumbos de secretaría en secretaría arrastrando un cabreo el doble de grande que nosotros? Jóvenes de qué, que estamos atragantados de papeles y desmotivados y agotados y ya no suplicamos ni "una oportunidad, por favor" porque ya no creemos que tal cosa exista. Jóvenes. Ja. Trata de ser joven cuando tienes úlceras en los dedos y arrugas en el corazón. ¿Jóvenes? ¡¿Jóvenes?! ¿Qué sabes tú de ser joven, en primer lugar? ¿Es sólo lo que recuerdas de tu tiempo, una Arcadia feliz tan lavada por los años que ya no ves el sufrimiento, tan rellena de laureles y de suerte que no te cabe en la cabeza el profundo vacío de nuestro futuro? Siento robar tu corona de papel albal (porque no, no es de plata, no es de platino, es de puto film de aluminio, cállate), pero no sabes una mierda.

Deja de hablar de nosotros. Deja de hablar, de opinar, de lloriquear sobre lo que leemos, lo que decimos, lo que usamos, lo que deseamos y lo que amamos, deja de criticar desde tu polvoriento sillón nuestra ira y nuestros asideros en este hoy sin nada. Deja de codiciar nuestra edad como si se tratara de una panacea para tu amargura, porque es un insulto a nuestra desesperanza y a los sueños que no serán; deja de hablar porque no entiendes que ansiamos tu estable aburrimiento con una sed humillada, aunque sea un poco, porque al menos viene sin miedo, sin miedo. Deja de hablar de nosotros, porque no tienes permiso. Cállate.

¿Jóvenes, jóvenes de qué, si puede saberse? ¿Crees que nos emborrachamos todos los fines de semana? ¿Con qué puto dinero, en primer lugar? ¿Crees que nos creemos invencibles? ¿Cómo, si nos repiten todos los días que nos derrotaron antes de avisarnos de que íbamos a la guerra? ¿Jóvenes cómo, si nos han chupado la sangre, la savia, la esencia, la esperanza? Jóvenes cómo, si nos han abandonado al tedio y al asco y a la nada. De qué sirve esta juventud, me pregunto, cuando es tan humillada, tan seca, tan burlada, tan sola.

Jóvenes.

Jóvenes para qué.

***

La próxima primavera (y la primavera ha pasado a no ser más que una oscura metáfora) cumplo veinticinco años. A esa edad, mi madre ya tenía una casa propia, un trabajo relacionado con unos estudios que había disfrutado mucho, un marido del brazo y a mí en el útero: todo lo que siempre había querido. Yo tengo más títulos académicos de los que ella tuvo entonces, y eso es todo. Bachillerato, licenciatura, máster, idiomas: papel mojado, y una mochila vacía. Sin triunfo. Sin cambio.

¿Acaso puedes detectar el fracaso
si es todo lo que siempre has conocido?

martes, 28 de octubre de 2014

El fantasma del mar

Viejo cementerio
cerca del mar;
tumbas costradas de sal.

Bajo el sol blanco,
cruz de metal:
en las arenas vengo a descansar.

Sombras azules,
calor glacial,
a mediodía salen a penar.

Al mar lejano
se oye llorar;
la muerte anda por el palmeral.

Pasos de pulpo,
andar sepulcral,
cementerio, ¿a quién te vas a llevar?

Llanto marinero,
copla de salar:
en la arena los muertos, muertos están.

En los nichos viejos
se pela la cal
y los ahogados no saben cantar.

Ladran los perros
en el arenal,
a mediodía nos vienen a llevar.

Larga y horrible
la mano del mar,
la tumba aguarda a quienes morirán.

Hueso mondo,
agonía solar,
los pasos de los muertos por el terral.

Viejo cementerio
cerca del mar,
sol de plomo y la muerte
vendrá.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Irat i tendre, bel·ligerant

Tot canviarà.
Ho canviarem nosaltres:
tot canviarà.
I canviarem amb ell,
siga com siga,
però canviarà
i canviarem:
si callem
haurem perdut.
Sigam fortes,
sigam ingovernables,
correm fins als arrels
del dolor, de la ferida,
d'aquesta sang que han fet rajar
els inics
del nostre futur.
No ens deixarem caure.
Mai, mai caure,
mai callar;
tractaran fins i tot d'arrencar-nos
la llengua de la boca,
la flor del pit;
però tot canviarà.
Nosaltres canviarem.
El crit de les nostres venes
no por ésser silenciat,
l'esclafit de les nostres goles
no el podran robar;
les nostres mans lluiten.
les nostres mans treballen,
les nostres mans brutes
de fang, de suor, de sang
mai s'aturaran,
i nosaltres tampoc.
Els nostres ossos en flames
fonamentaran els passos d'aquells
que encara no han nascut;
quan els nostres noms s'hagen oblidat
encara bategarà la muntanya
que acarona el cel,
el crit dels nostres llavis
serà una torre, una foguera, una abraçada,
un poema en la llibreta d'una xica
que un dia potellarà corones
i estimbarà imperis.
Tot canviarà.
Nosaltres canviarem.
I serà com un ball
        (ja ho deia Vicent)
serà com un ball
ardent de preguntes,
bullent de fúria,
fotut i bell,
l'esperit.
No podran amb nosaltres.
I serem paraules en el temps
i alarit de tabals,
serem tot el que hem de ser
i molt més,
molt més que serem.
Res no pot aturar-nos;
la transformació bombeja
als nostres cors.
Tot canviarà.
Ho canviarem.

En los últimos meses han pasado muchas cosas. He empezado a estudiar de nuevo (y el máster da tanto o más asco que la universidad, qué demonios). He llegado a términos con mi sexualidad. Y además, he afianzado mi amor por los idiomas y he acabado comprendiendo que incluso el hecho de hablar comporta un posicionamiento político y cultural, y de que yo soy parte de ello, me guste o no. Las lenguas son la médula de las civilizaciones, y aunque nunca dejaré de ser extranjera a cierto nivel, extiendo un compromiso (es lo mínimo que puedo hacer) hacia el lugar que ha sido, mal que mal, mi hogar durante tantos años. Valencia se merece que se le hable en su propio idioma.

viernes, 3 de octubre de 2014

Una tetera, dos tazas

Crédito de la fotografía: someotherwhere en deviantArt

-He estado pensando en pasarme al té, ¿sabes? El café no me gusta.
Mireia se volvió desde el aparador con ademán confuso y miró a su amiga, sentada a la mesa de la cocina. El verano de 2008 estaba a punto de comenzar, y el sol entraba a raudales por el tragaluz que daba a la azotea, encendiendo un nimbo blanco sobre el lustroso pelo de Romina. Mireia levantó una mano, como pidiendo tiempo muerto.
-Espera, espera. ¿Desde cuándo tomas tú café, para empezar?
Romina se revolvió incómoda en su asiento.
-Bueno, se acerca el Selectivo y tal… pensé que como había que estudiar tanto, me vendría bien. Como todo el mundo lo hace…
-¿Y qué pasa, tú también querías ser popular? -se burló Mireia.
-¡Tenía curiosidad! -se explicó Romina, ofendida-. Pero creo que va a ser que no. Me he tomado un par de expresos esta semana, pero me dan… bueno, no me sientan bien -balbució.
-Vamos, que te has ido de la pata abajo, ¿no?
-¡Déjame en paz! -exclamó Romina, visiblemente avergonzada. Mireia volvió a su trabajo de buscar vasos en el aparador, aún riéndose.
-Creo que mi madre tenía una cajita de té por alguna parte, si quieres.
Cuando la madre de Mireia entró en la cocina, encontró a las dos adolescentes sentadas a la mesa, bebiendo de dos vasos de duralex en los que infusionaban sendas bolsitas de té barato, aromatizado con vainilla y caramelo. Al contemplar la estampa, se le dibujó en la cara una sonrisa irónica que a Romina le recordó terriblemente a la de Mireia.
-Anda, mira a las dos señoritas de alta alcurnia, bebiendo té.
-¡Está bueno! -exclamó Mireia, encantada. Romina asintió con la cabeza, sonriendo.
-A ver si vuestras notas son igual de buenas.
Mireia le sacó la lengua a la espalda de su madre mientras salía de la cocina, y Romina se atragantó con el té.

Al otoño siguiente, Mireia se dejó caer en la cantina de la facultad donde estudiaba Romina para tomar un té juntas. Romina le había contado que, en el país donde había nacido, había costumbre de tomar té todas las tardes, lo que conllevaba una oferta mucho más amplia y asequible. Mireia tomó un sorbo de su té negro de bolsita y gruñó algo acerca de lo difícil que era tomarse una taza en condiciones en aquel país de cafeinómanos.
-¿Cómo está yendo la carrera?
-Bien. Pero la gente es un poco rancia -bromeó Romina en voz baja-. ¿Y el módulo?
-Bah -dijo Mireia, sin mostrar ninguna emoción fuerte al respecto-. Pero la gente es simpática. Y hay varias chicas guapísimas.
-Vamos, que estás estudiando mucho.
Ambas sorbieron su té en silencio, perdidas en sus recuerdos.

-¿Me la vas a presentar algún día? -preguntó Romina desde la cama de Mireia unos meses más tarde. Mireia, examinando frente a su espejo de pie su aspecto con el conjunto que había elegido, frunció los labios, dudosa. Se arregló los volantes de la falda y los botones de la blusa floreada antes de contestar.
-¿A Sandra? Supongo. Aún es pronto. No me ha dicho nada de conocer a la familia ni nada. No quiero asustarla -se pasó las manos por la magnífica trenza negra que le colgaba sobre un hombro, alisando mechones rebeldes imaginarios. Romina se mordió el labio con envidia-. Bueno, ¿qué pinta tengo?
-De miembro de la Sección Femenina.
-Vete a la mierda -Mireia aderezó el insulto lanzándole una diadema acolchada, aunque sin intención de darle. Romina se agachó y sacó de su mochila un termo de aluminio. Le dio un sorbo melancólico, peleando con toda su alma por no comparar por enésima vez la gracia innata de su amiga con su natural robusto y desgarbado.
-Pero bueno, ¿qué es eso? -inquirió Mireia mientras se calzaba.
-Un termo de té.
-¿Te has comprado un termo? Pero ¿para qué?
-Pues para poder tomar té fuera de casa, ¿para qué si no? -explicó Romina.
-Estás enganchada al dichoso té.
-Qué va.
-Claro que sí -dijo Mireia, sonriendo con malicia-. Siempre has sido un poco compulsiva.
-No es verdad.
-¿Ah, no? ¿Quién se comió seis huevos Kinder cuando estaba en quinto de primaria sólo porque quería tener todos los muñequitos de Pokémon?
-¡¿Y quién se comió los otros seis?! -saltó Romina.
-Mireia -contestó tranquilamente la madre de la susodicha, que pasaba frente a la puerta de la habitación con una cesta de ropa lavada. Las risas de las dos muchachas la acompañaron pasillo arriba hasta el cuarto de la plancha.

En el invierno de 2011, poco después de navidad, Romina recibió una llamada de móvil a las dos de la mañana. A la tarde siguiente salió de la cocina con una tetera en la mano para encontrarse con un bulto lloroso invadiendo su sofá. Sirvió dos tazas de Tie Kuan Yin y se sentó junto al bulto, preparada para escuchar. No era la primera vez.
-Lo siento mucho -susurró Romina.
-Soy una imbécil, tía -se oyó la voz de Mireia desde el fondo del bulto-. Me merezco lo que me pasa.
-Sabes que no -dijo Romina, armándose de paciencia-. Anda, abre la manita.
Con algo de reluctancia, Mireia se enderezó en el sofá y recibió la taza. Bebió con timidez.
-Oh -boqueó, con la voz aún áspera por el llanto-. Qué rico.
Una sonrisa de alivio cruzó la cara morena de Romina.

A las cuatro y media de la madrugada siguiente, Romina se encontró andando por una de las  principales calles de ocio de Valencia, con una borrachera importante y una Mireia semiinconsciente agarrada a su espalda como un koala. Daba gracias en silencio por ser de espinazo fuerte, pero estaba empezando a sudar. Respirar, todo estaba en respirar. Mientras tanto, Mireia balbuceaba.
-La muy cerda nunca movió un dedo por mí. ¡Nunca! En la vida me preguntó cómo estaba ni qué quería. Y no te creas que cogió alguna vez un solo metro para venir a conocer a mis padres. Ni uno. Sólo pensaba en ella. Es una egocéntrica, eso es lo que es -hubo una pausa que duró varios metros. Respirar. Hay que respirar-. Oye, ¿pasa algo si te vomito encima?
-Si me vomitas encima te rajo en canal, ¿me has oído? -gruñó.
-Vale.
Pausa.
-Pfff, ¿no matarías ahora por un vaso de bubble tea?
Romina puso los ojos en blanco, pero tuvo que sonreír a su pesar.
-Sí.
-¿De qué?
-De chai con leche y perlas de tapioca.
-No me gusta la tapioca.
-Pues te jodes. Más para mí -en aquel momento se cruzaron con un animado grupo de universitarios, que observaron con curiosidad a la muchacha de los tacones de aguja que se balanceaba sobre la espalda de una heavy con gafas.
-¡¿Y VOSOTROS QUÉ COÑO MIRÁIS?! -berreó Mireia.
-No le hagáis caso a mi amiga. Está un poco sensible.

En la primavera de 2014, el día de su cumpleaños, Romina recibió un paquete en su habitación del Lucy Cavendish College. Entusiasmada, apartó el portátil y los libros del escritorio donde esbozaba su tesis, y arrancó el papel, revelando un paquete de té ("Esencia de Valencia" rezaba la etiqueta) y una foto enmarcada de Mireia abrazándola el día de su graduación. Sonrió al ver las ridículas sonrisas de ambas, y cómo Mireia se había puesto la beca azul celeste de Romina a modo de peluca. Sobre el cristal había pegado un post-it con una escueta nota manuscrita. "A ver si vuelves pronto. PERRA".
Romina se preparó una taza con la tetera eléctrica de su habitación (glorioso invento aquel) y se tomó un respiro para bebérsela en el alféizar de la ventana, mirando la lluvia caer sobre los oscuros tejados de Cambridge. Allá en casa, en Valencia, los naranjos estarían floreciendo, perfumando la ciudad, y el sol calentaría las calles. Pensó en las mañanas de domingo pasadas en la azotea de Mireia, echadas sobre una toalla, hablando de todo y de nada y recordando trastadas de tiempos pasados, buscándole formas a las nubes que viajaban por el cielo azul. Romina saboreó un sorbo de aquel té Sencha, perfumado a naranjas y flores y sol, y lloró quedamente, acompañando al cielo gris de Inglaterra.

Una noche de 2019, una mujer llamada Cristina entró en la consulta de urgencias de un hospital valenciano con dos vasos de corcho llenos de un té malísimo. Mireia estaba sentada en la camilla, con un brazo entablillado en alto, mientras Romina, sentada a su lado, negaba con la cabeza.
-¿Por qué te has metido en la pelea, Mire? Ya era bastante malo que vinieran a por mí, pero que encima te llevaras tú la peor parte...
-Me importa un pito. No voy a dejar que te traten así, y menos que te levanten la mano. Punto y final. Se van a acordar el resto de su vida de esta noche.
-¿Valía la pena que te dejaras la mano así?
-PIENSO REVENTARME LA OTRA MANO EN LA CARA DEL PRÓXIMO ANORMAL QUE TE LLAME "SUDACA", ¿ME HAS OÍDO?
La médica encargada del caso dio un saltito de susto. Las dos amigas guardaron silencio, cada una absorta en su propio mundo interior, sin reparar en Cristina, que miraba la escena aún sujetando los vasos. Al cabo, Romina carraspeó y habló con voz extraña.
-Oye, ¿sabes que te quiero mucho?
Cristina vio a Mireia sonreír para sí, un ligero rubor coloreándole las mejillas. Luego le dio un golpecito en el brazo a Romina con la mano buena.
-No me seas cursi, tía.
Cristina dio un paso adelante para hacerse notar.
-Les he traído té a las dos heroínas de la noche -anunció, haciéndolas reír.
-Anda que -le comentó Romina, mientras recibía agradecida su vaso-. Menuda pieza te has buscado.
Ambas se miraron y sonrieron, unidas por un sentimiento común.

-Estoy segura de que la mayoría de bebedores de té del mundo pensaría que esto es una aberración -dijo Mireia dudosa, una tarde cálida de abril de 2021.
-¡Qué va, los rusos lo hacen! -replicó Romina con entusiasmo, vertiendo un generoso chorro de ron en las tazas donde humeaba su última reserva de té de navidad.
-¿Los rusos? ¿En serio?
-…bueno, creo.
-Esto va a acabar mal. Lo presiento.
-¡Bebe y calla!
Mireia maldijo en silencio a los rusos, o a quienes carajo fueran, varias horas más tarde, cuando se encontró a sí misma en un bar de drag queens, ataviada con un sombrero ridículo, y Romina gritó a pleno pulmón "¡Eh, que esta es la novia! ¡Se casa el sábado!", atrayendo sobre ellas la atención de todo el enfiestado personal, que pronto las cubría de bromas y purpurina. "Te voy a matar" le dijo Mireia moviendo los labios mientras la arrastraban al escenario. Romina sólo sonrió con malicia y alzó su copa en su dirección en un brindis silencioso.

Varios años más tarde, uno de los mellizos de Mireia y Cristina rompió sin querer la tetera favorita de Mireia, una delicada creación de porcelana floreada que Romina le había traído de Cambridge. Mireia se mordió el puño, Cristina corrió a llevarse al niño antes de que las cosas se pusieran feas, y Romina estuvo riéndose de su amiga el resto de la semana. Una noche, meses después, la pareja salió y dejó a los niños en casa de Romina.
-Mirad -les dijo, mostrándoles la alacena donde guardaba su juego de té-. Estos son los juguetes de la tía Romina. Son muy bonitos y se pueden mirar todo lo que queráis, pero si os pillo tocándolos, os mato, ¿vale? -y les sonrió de oreja a oreja.
Los mellizos, que tenían cuatro años en aquel entonces, se miraron asustados.

Una tarde de otoño de 2038, Luis, uno de los mellizos, apareció en la puerta de Romina con semblante desolado. Ésta lo recibió con una taza bien dulce de Lapsang Souchong en la que deslizó un chorrito de ron, haciéndole prometer al adolescente que no le diría nada a Mireia y a Cris. Se tomaron el té mientras Luis hablaba sin parar, mirando insistentemente el fondo de su taza, como buscando respuestas para su angustia.
-¿Por qué no le has dicho nada a tus madres? -le preguntó Romina al cabo, pasándose la mano por la nuca.
-Porque se reirían de mí.
Romina sonrió con dulzura.
-Ya verás cómo no.

Un domingo de primavera, Romina estaba sentada en una silla de mimbre en la azotea de la casa de Mireia y Cristina, disfrutando del tibio viento de Poniente que jugaba con su pelo gris. Mireia entró con una bandeja de té bien surtida y se sentó a su lado, dejando los bártulos en una mesita.
-¿Cómo fue todo en aquella… ponencia tuya, o lo que fuera?
-¿Las jornadas? Bien. Sólo que un doctorando pomposo que hasta hace dos días tenía que pedir permiso para ir a mear se cachondeó de mí en la cena. Dijo que era extraño que los fósiles fueran estudiados por otros fósiles. Se creía que no lo oiría. El muy cretino.
-¿Le dijiste algo?
-No. Pero no te creas que esto se va a quedar así. Ese mocoso no sabe con quién se ha metido -y Romina frunció el ceño en ademán vengativo.
-Es un niñato estúpido. Olvídate de él.
-¡De eso nada! No he llegado hasta aquí para aguantarle groserías a ese currutaco. Se va a enterar.
-Ay, Romina, siempre fuiste un poco obsesiva -bromeó Mireia con malicia.
-Ya está otra vez la vieja esta -gruñó Romina, con una media sonrisa.
-Eh, ¿quién se bebió un litro de oolong la primera vez que le refutaron una teoría?
-¡¿Y quién se bebió el otro?!
-Mireia -replicó Cristina, que pasaba junto a la puerta de la terraza rumbo al lavabo.

Las risas de las dos mujeres se elevaron hacia el cielo despejado de Valencia.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Regreso a Avalón


Al final, todos volveremos a Avalón.

No importa qué tan lejos nos haya llevado nuestro camino, tarde o temprano surcaremos las aguas del lago de vuelta a nuestro hogar, entre cortinas de niebla y más allá. Nuestro corazón aún recuerda las palabras de poder para abrir el cofre de las brumas. Avalón, Avalón, isla sagrada, hogar.

Todos somos huérfanos de Avalón, y añoramos con la voz rasgada de nuestra médula el hogar perdido. Algún día esa nostalgia, inscrita en el lugar donde nace la sangre, nos guiará de vuelta a casa. A Avalón.

Al final, todos volveremos a Avalón.

El amor es una rueda, dice la voz de la Madre; el amor es eterno. El amor fecunda y transforma y recarga y renueva: así es como se mueve el mundo, así es como giran las estaciones y se levantan las hogueras. Paso a paso los dolientes hacemos el camino de regreso, los pies descalzos lastimados y el corazón cargado de lágrimas, siguiendo el sendero de candiles que sube el promontorio de la isla, cantando lamentos de añoranza y deseo. Sobre la cumbre del Tor la Madre finalmente nos acogerá en sus brazos. Para siempre.

Al final, todos volveremos a Avalón.

En nuestros suspiros ha quedado atrapado para siempre el aliento de los manzanos. En el brillo de nuestras lágrimas la plata del lago. Avalón nos dejó en este mundo. A Avalón hemos de regresar algún día. Incluso en los momentos de más agrio quebranto, el eco de nuestra alma trae el dulce resonar de los cánticos y las campanas; y cerramos por un momento los ojos hinchados de llanto y sonreímos a través de la pena, pues a pesar de este sufrimiento el hogar aguarda, algún día. Avalón siempre aguarda.

Al final, todos volveremos a Avalón.

Y será el peregrinaje final al santuario bajo la montaña un viaje a las entrañas de nuestro propio corazón. La sangre y la leche; la Madre cuida de nosotros, la Madre vela por nosotros, la Madre está en nosotros. Madre, Madre, no nos olvides, pues sin ti no somos más que gritos en el viento.

Al final, todos volveremos a Avalón.

Y ese día la bruma se cerrará a nuestras espaldas, y seremos salvos para siempre del dolor y la amargura de la tierra, caminando bajo las estrellas, desnudos de cuidado, en el Mundo entre los Mundos. En el abrazo de la Madre. Para siempre. En la gloria de la Madre. Por siempre. Pues la Madre es el amor, y el amor es el señor de todo.

Algún día, todos volveremos a Avalón.

Y Avalón nos estará esperando.


Música: The English ladye and the knight (Loreena McKennitt)

martes, 9 de septiembre de 2014

Camino a casa


Me pesan los ojos
pero me patea el corazón:
parece que fuera a reventar
como un bolígrafo en un cambio de presión.
Algún día me volará el pecho
y dejará una mancha de tinta
como un lirio.
Qué dicotomía tan histérica;
ya no sé si podría entenderme sin ella.
Qué pena de mí.
Qué gracia.
Cuantísima energía,
cuánto agotamiento,
no sé qué hacer con ellos.
A las cuatro de la mañana soy invencible,
a las cuatro de la tarde me estoy muriendo.
Qué le voy a hacer.
Es el único vicio que tengo.
Tengo que parar.
Majo, tienes que parar.
Porque el mundo sigue
y a ti la ansiedad te tira de los pies
y no sabes qué vas a hacer
contigo.
         [Aquí es donde canto:
          "¡Quita esos ojos húmedos
          de los míos sonrientes!;
          te creía más
          hace un segundo"].
Oh, por dios.
Tienes veinticuatro años,
coño.
En vez de tuntuntún
mi corazón hace lalalá.
Quién iba a decir que al final
acabaría peleándome conmigo misma
(de nuevo),
sólo que esta vez es en serio
porque ya no hay años para pensárselo,
sólo un vasto
y profundo desconcierto.
¿Qué va a ser de mí?
A saber.

Habrá que intentarlo.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Cosa de adultos


-Era una discusión muy seria, así que hice lo que cualquier mujer adulta haría.

-¿Sí? ¿El qué?

-Bajarle los pantalones y salir corriendo.


Que nadie haga preguntas porque no hay respuestas para esto.

sábado, 30 de agosto de 2014

Acerca de la educación y sus vicios


Pero la mandaste callar, y ella aprendió que sus palabras no valen. La castigaste por hablar, te reíste con la comisura de la boca, y ella aprendió que la humillación es todo cuanto espera a quien trata de hablar por sí misma. La deslegitimaste por su aspecto (pues ¿quién no lo haría?) y ella aprendió que su ropa y su maquillaje cuentan mucho más que sus ideas.

¿Crees que no lo recordará cuando crezca? ¿Crees que tu desprecio no ha dejado una muesca profunda en su autoestima, crees que la vergüenza no ha metido un alfiler amargo en una flor que aún no se había abierto? Nunca más volverá a estar intacta. No has sido el único, ni lo serás. Algo era importante para ella, una voluntad y un cambio estaban a punto de nacer, y tú reventaste ese vaso contra el suelo. Y como a ti no te duele, no te arde, no te hunde, no te pesa, nunca lo sabrás. Pero algún día ella no sabrá decir que no,  y tú querrás echarle la culpa.

Pero fuiste tú.

No, no es fácil.

Pero fuiste tú.

viernes, 22 de agosto de 2014

Parálisis del sueño


Una lee tantas y tantas veces escenas de este tipo en los libros, que acaba haciéndose una idea equivocada de cómo funcionan estas cosas. En los libros, el protagonista siempre se despierta en una explosión de horror, incorporándose en la cama de golpe, oyendo un grito terrible que sólo a mitad de camino se da cuenta de que es suyo. Respiración acelerada, pulso disparado, sudor frío perlando la cara. Todo muy cinematográfico.

Las cosas no son así. Las cosas casi nunca son así.

Y ya no es sólo porque raramente una se incorpora en la cama, o en el sofá, o donde sea que haya tenido la mala idea de dormirse; no es sólo porque el cuerpo traidor apenas y se mueve en momentos así, atrapando a una mente que patalea desesperada en un cepo pesado como el hueso. No es sólo por el calor, ese calor insidioso, sordo, resbaladizo, que incendia la cabeza y derrite la piel; no es sólo por esa sed criminal que abrasa una garganta absolutamente incapaz de pedir ayuda. Ya ni siquiera, demonios, es por ese despertar viscoso y convulso que te arroja desde una pesadilla callada como la muerte a una boca de par en par que sin embargo no grita. Que no puede gritar. Y te atragantas con tu propio pánico y el dolor de cuerpo y un alivio temeroso que nunca llega demasiado pronto, y que nunca dura para siempre.

No.

Si todo esto es tan distinto a cómo nos lo cuentan los libros y las películas; si está una tan poco preparada para esto; si es esto tan aterrador y tan desesperante, es por la quietud.

Las manos que en el sueño arañan histéricas y en la realidad se niegan a mover los dedos. El grito desgarrador que al otro lado no es más que un suspiro que ni siquiera hace ruido. Los chillidos de socorro que hacen eco en la mente y afuera se encuentran con una boca cerrada. El cuerpo que se niega a despertar mientras poco a poco se va quedando sin aire…

Eso, eso es lo peor de todo.

El silencio.

La parálisis.

No es un dramático salto entre el sueño y la vigilia; eso sería movimiento, actividad; sería vida. Despertar de una de estas pesadillas no es despertar. Es escapar arrastrándose con el borde de las uñas de un horror gelatinoso, reptante, cada vez más grande; y sé que la muerte aguarda el día en que ya no pueda arrastrarme más. Es sólo cuestión de tiempo. Hace mucho tiempo que sé que esa es la manera que ha elegido la muerte para llevarme.


Pero no me encontrará.

Ya lo he decidido.


He sufrido episodios más o menos frecuentes de parálisis del sueño desde la infancia tardía. Es uno de los horrores más grandes a los que me he enfrentado; es inocua, pero no vale de nada saberlo cuando estás teniendo una crisis y sientes que te asfixias contra tu propia almohada porque tu cuerpo se niega a hacerte caso y levantarte. Así que sí, es material de relato de terror. Algún día ampliaré este concepto y escribiré un cuento más largo. Hasta entonces, sólo queda rezar porque esta noche no toque.

miércoles, 30 de julio de 2014

La quinceañera que llevaba un cutter en el bolsillo

En nuestra cultura hay un odio encarnizado hacia las chicas adolescentes, y no lo soporto.

En el imaginario colectivo, una chica adolescente es una criatura ridícula. Gritona, histérica, poser, que se pone a llorar a la primera de cambio y hace cualquier cosa única y exclusivamente para llamar la atención: tener sexo, desnudarse en las redes sociales, autolesionarse. Pareciera que las chicas adolescentes son estúpidas y superficiales e ignorantes, criaturas privadas por completo de creatividad y de buenas ideas, que repiten las cosas que se les enseñan sin cuestionárselas (a menos que hacerlo las haga verse bien), vanidosas y vacuas, gobernadas por una emotividad exacerbada que las hace inútiles para cualquier cosa que no sea gritar por su celebridad favorita o lloriquear por un fracaso amoroso. Pareciera que las chicas adolescentes son el crisol de todo lo patético e inútil. Haced memoria. ¿Cuántas veces habéis visto, en la vida real, en una película, en internet, a alguien deslegitimar la opinión de otro alguien comparándolo con una niñita tonta? ¿O esgrimir que la fanbase de un grupo de música consta de un montón de crías de quince años como el peor insulto que un músico puede recibir? ¿Burlarse de un producto cultural, sea el que sea, porque es para chicas adolescentes y por ende indigno de interés?

Muy bien. Ahora, ¿cuántas veces habéis visto que se haga lo mismo con los chicos de la misma edad?

Exacto.

Los chicos adolescentes aparecen en nuestra cultura como seres de pleno derecho, con pensamientos complejos y deseos dignos de tener en consideración. Se escriben libros y libros, guiones y guiones desde su punto de vista. Pobre quinceañero solitario a quien nadie comprende, con un alma tan pura y tan profundamente desengañado, exponiendo su compleja visión del mundo, sus más profundos anhelos cruelmente ignorados por un mundo demasiado ignorante y estúpido para él. Y tal vez al final de la historia sea premiado por su originalidad con una chica, un personaje que resulta fascinante y atractivo en la medida en que cumple las fantasías del muchacho en cuestión (una manic pixie dream girl), pero que no tiene iniciativa, ni independencia, ni ambiciones aparte de ser su interés romántico. Alguien escribe un libro sobre este adolescente (y dios, la de libros así que me habré pasado por la cara) y los críticos se asombran ante el crudo retrato de la adolescencia y su sufrimiento. Un libro igual con una protagonista femenina, y sólo lo leerán otras chicas de quince años (chicas desesperadas y sedientas por un mínimo de comprensión) porque el resto del mundo se lo sacudirá de encima con un "huevadas de crías". ¿Cuántos libros para chicas has leído tú, lector? Cosa graciosa, a lo largo de mi formación yo he leído decenas y decenas de libros "de chicos". Los académicos los llaman "clásicos de la literatura".

Otra cosa graciosa: durante la redacción de este artículo, el corrector de Chrome ha sustituido una y otra vez "quinceañero" por "quinceañera". Una quinceañera existe y todos lo saben, como hemos visto más arriba. Un quinceañero, por su parte, sólo es un hombre hecho y derecho, pero un poco más bajito. Obviamente Chrome no ha oído hablar de las puestas de largo latinoamericanas.

Podría pasarme toda la noche dando ejemplos, pero ya es suficiente. Sé muy bien que a las chicas adolescentes se las trata como a mierda, porque yo he sido una. Y he crecido rodeada de ellas. Mis amigas fueron adolescentes conmigo. Tengo una hermana que lo fue hace poco y una prima que aún está peleándose con ello. Si eso no es experiencia suficiente, nada lo será. Culturalmente, a las chicas adolescentes se las considera el detrito de la sociedad occidental.

Y yo me cago en eso de una manera bestial.

Realmente, el motivo principal por el que estoy haciendo esto es por la adolescente que fui. Y por todas las chicas que ahora están en la situación en la que estuve yo. Angustiadas y solas, sintiéndose atrapadas en un cuerpo que actúa solo y que sin embargo parece demasiado pequeño para contener todos sus deseos, sus ideas, sus profundas ansias de vivir; y rodeadas de imbéciles que se ríen de ellas a mandíbula batiente, que les ponen la zancadilla y luego se descojonan cuando se caen, que esgrimen su edad y su género como motivo suficiente para no tomar en serio nada de lo que piensan, de lo que dicen, de lo que puto sienten. Imbéciles que se burlan de las cosas que ellas disfrutan, aman y crean, de todas esas cosas que en un chico serían creatividad desbordante y en ellas son porquería. Imbéciles que se masturban mirándolas con una mano mientras las señalan como putas con la otra. Imbéciles que ni siquiera les conceden el derecho a sentir o a ser vulnerables: si quieres jugar en nuestro juego, tendrás que dejar que te escupamos y te pateemos todo lo que nos dé la gana; a la mínima que digas "ay" te vas a rincón a llorar. ¿No querías jugar? Pues come mierda. La adolescente que fui yo se merecía alguien que la defendiera, y no la tuvo. Le debo por lo menos esto.

Amo a la adolescente que fui, y a todas las chicas adolescentes del mundo. Amo su risa y sus lágrimas. Su ansiedad vital, sus crisis existenciales, y sí, su vulnerabilidad emocional. Pero también su infinita curiosidad, sus ideas brillantes, su inmensa, ignorada creatividad. Amo a las adolescentes que escriben poesía mala en una libreta que no enseñarán ni bajo tortura y caminan por la calle con los cascos puestos, escuchando música y sintiendo que se elevan sobre las cabezas de los demás, andando por el aire. A las que se miran al espejo y se sienten partidas por la mitad, entre el odio acérrimo a sus propios cuerpos que la sociedad les ha inculcado y la fascinación ante la belleza que intuyen en ellas, su unicidad, su potencial, sus sueños: un reflejo dividido entre el monstruo que les han dicho que son y la criatura magnífica que sospechan que pueden ser. A las que corren cada día un kilómetro más, las que se miden con el saco de arena, las que regresan a casa oliendo a óleo y aguarrás, las que corren a la casa de sus amigas con la única intención de poner el hombro, las que se rompen el lomo delante de sus deberes, las que se pelan las clases para mirar las nubes, las que sienten que les pican los ojos ante la perfección matemática del universo, y no por eso dejan de tener quince putos años.

Amo su llanto. Sus decepciones. Esa furia que su entorno desestima como rabietas de niñita engreída y que realmente es un monstruo incendiario, magnífico, terrible, inflamado por todos los dioses, capaz de convertirlas en una fuerza transformadora y un motor de cambio, llevándoselo todo por delante. Amo sus cuerpos palpitantes, en flor y un poco locos, esos cuerpos que todos (los chicos de su edad, los viejos verdes que las rondan, los políticos y las multinacionales) reclaman y quieren poseer, pero que son de ellas, de ellas, de ellas y de nadie más; y rezo a la mañana todos los días porque ellas lo sepan, porque no se dejen engañar, porque siempre sepan que son suyas, suyas para siempre, y que nadie se los puede robar.

Amo su pasión. Su risa. Amo su inabarcable entusiasmo, sus saltos de alegría ante un concierto de su grupo favorito, sus ojos húmedos al final de una película, sus manos dando palmas y su mirada brillante ante esos pequeños instantes de felicidad que se merecen más que cualquier otra cosa. Sus abrazos y sus besos. Amo a las quinceañeras obsesionadas, que coleccionan recortes y revistas y juguetes y lo que sea, y se ahogan en el mar de lo que aman con la fe de un creyente. Amo a las quinceañeras frikis que chillan con un capítulo nuevo, con un cómic nuevo, amo el fanart que dibujan, el fanfiction que escriben, amo el slash que tiran a la cara de los pesos pesados de la comunidad geek, que las acusan de fangirls histéricas que lo estropean todo (porque no quieran los dioses que las mujeres tengan deseos que no los satisfagan). Me pondré delante de ellas lo que haga falta, con una espada llameante y un rugido de leona, me dejaré la piel para que sigan creando, inventando, desafiando, cambiando.

Y amo (ay, cómo amo) las cicatrices de sus antebrazos y sus muslos, los lugares donde han sido besadas por el cutter o la navaja o los alfileres, donde un timbrazo de dolor agudo se ha llevado por unos minutos la ansiedad salvaje que les come el estómago. Sí, esas autolesiones que han tenido que oír al imbécil de turno decir "qué estupidez, ¿por qué haces eso? Da un puñetazo en la pared o algo, no hagas eso". Porque él es un HOMBRE y dar puñetazos a la pared hasta reventarse los nudillos es de HOMBRES, pero hundirse un cutter en la piel es de mujeres y de maricones. Amo esos cortes sangrantes de su alma dolida y de su ego estrangulado, y hostiaré a cualquiera que intente hacerlo pasar por un intento de llamar la atención que no se merece dos miradas. Por supuesto que intentan llamar la atención, idiota; tú también lo harías si todo el mundo te ignorara y se burlara de ti. Amo a estas chicas, y besaré con reverencia cada una de sus cicatrices. Porque nadie lo hizo con las mías. Y tal vez, en ese momento, ese respeto que nadie me dio habría bastado para detener la mano que sostenía la navaja.

Las amo, amo tantas cosas. La manera en la que se tragan los rechazos amorosos (porque no tienen friendzone que reclamar, ellas les deben sexo a los chicos, al revés no funciona). Sus desórdenes alimenticios, su ansiedad, sus ataques de pánico, sus depresiones; todas esas enfermedades a las que nadie presta la atención debida porque se consideran de "niñas consentidas que no valoran lo que tienen", qué casualidad. La forma en que han normalizado de tal manera los mensajes acerca de su debilidad, su falta de valor, su estatus secundario, que ya no oyen esos gritos furiosos, y avanzan de cara al huracán sin parar, porque no saben que están heridas, porque confunden el dolor con la vida real.  Su fragilidad y su arrolladora, titánica fortaleza.

Las amo. Las amo desesperadamente porque se lo merecen, porque han sido vejadas y humilladas y ridiculizadas a diario y yo sé mejor que nadie que se merecen amor. Las amo porque yo pasé mis quince años rodeada de compañeros de clase, de profesores y de treintañeros que querían follarme, y de todos recibí el mismo mensaje: nadie va a escucharte, lo que tú quieras no importa, sólo eres material de pajas. Y era MENTIRA.

MENTIRA.

MENTIRA.

Y hago esto por todas las adolescentes ninguneadas del mundo. Y hago esto por la quinceañera que fui, gritona, llorona, histérica a veces, pero que encerraba a una puta diosa dentro. A la adolescente rechoncha a la que los chicos escupían e ignoraban, cachonda y gruñona e inmadura pero merecedora de todo el respeto y el amor del mundo. No puedo regresar a quitarle el cutter de la mano. Pero puedo convertirme en la persona que la hubiera salvado.

María José, si puedes oírme a través de los pliegues de un tiempo que ya ha pasado,
eres una persona maravillosa.
Y te quiero.
Más que a nada.
Te quiero.

domingo, 20 de julio de 2014

Celos

Ni siquiera los golpes te van a quitar esa ira. Tu propio bolígrafo sangra como sangran las palmas de tus manos al clavarles las uñas y como sangran tus dientes al apretar la mandíbula y como sangra tu estómago cuando se aprieta la cólera. Ningún golpe, ningún grito va a curar el ácido en tus venas ni los cuchillos en el fondo de tu garganta. Nada puede salvarte del puño que te estruja la tráquea hasta hacerla llorar. ¿De dónde sale esta energía negra que no se transmite ni se transforma, sólo crece y crece alimentándose a sí misma hasta ulcerarte por entero? Nada puede contener este pútrido vómito de terror. Nada. Y la ira ni siquiera te concederá la gracia de matarte.

Estoy pasando a máquina los poemas de mis antiguas agendas de la universidad (he dejado las del instituto para después porque requieren una criba más meticulosa), y he encontrado esto.
No os preocupéis, todo acabó bien.