domingo, 30 de marzo de 2014
Crone
Mamá, aquella vez
levantaste la cabeza
y tragaste casualmente
-era uno de esos maravillosos momentos
en que no estabas pensando
"me van a ver
van a decir
qué vergüenza"-
y yo vi
el encaje de tendones
en tu garganta
acariciada por los soles
de cincuenta amados años.
Nunca te he visto tan guapa
como aquel día, mamá,
en que no tenías miedo
ni rechazo
ni prejuicio,
tan sólo ese cuerpo
que parió a estas manos,
tu garganta envejecida
por medio siglo de recuerdos espléndidos.
Ojalá, mamá, lo supieras.
Ojalá pudieras verte con mis ojos.
Ojalá supieras que cada vez
que te ahogas en colágeno y dietas,
cada vez que permites al espejo y a la báscula
que te hagan llorar
cuarteas la superficie luminosa
de tu auténtica belleza,
aquella que tus hijas siempre han conocido
y que jamás dejarán de ver.
Nunca has sido más hermosa
que en ese momento en que has sido
sin miedo a ser,
madre con la piel marcada
con una sabiduría invulnerable
al odio y al desánimo.
Cada año en ti
es hermoso, mamá.
Ojalá lo supieras.
martes, 25 de marzo de 2014
Tú eres el adulto aquí
"'Oh, es que era tan sexy, ¡si lo estaba pidiendo! Oh, sólo era técnicamente una niña, se comportaba como una mujer'. ¡Qué fácil es echarle la culpa a una niña, ¿no?! Sólo porque una niña sepa imitar a una mujer, no significa que esté preparada para hacer las cosas que una mujer hace. Vamos, ¡tú eres el adulto aquí! Si una niña está experimentando y dice algo coqueto, la ignoras. No la animas a seguir".
(Ellen Page en "Hard Candy")
viernes, 21 de marzo de 2014
Stronger than you'll ever know
Soy más de lo que tú puedes ver, más, mucho más. Tú ves sólo una mujer, una personita, un corazón que late, un paquetito de piel. Pero oh no, oh no,
ESTOY HECHA DE RAYOS SOLARES, ESTOY PARIDA EN LA LUZ, MI ALMA ES UN ALARIDO, SOY INFINITA.
En mí palpitan los siglos y vibran las campanas del amanecer, en mi núcleo arden todas las noches, soy inmortal, soy eterna. Mi espíritu es una llamarada azul hecha de gotas de universo, y a través de mí cantan todas las almas, todos los sueños. La esencia profunda de mi yo es una cuerda tendida al infinito, mares y mares de estrellas. Soy más de lo que tú puedes ver, más, más, mucho más. Hoy me has humillado y te has reído de mí, porque no sabes escuchar en el eco de mi voz el grito de la Vida y el rugir del Tiempo. Pero ah, ¿quién eres tú, mezquino hombrecillo, para venderme barata? Nadie, no eres nadie.
Y yo, yo soy infinita.
domingo, 2 de marzo de 2014
Las formas del corazón
La estructura de una lengua no se cuestiona. Es como es.
Una no se pregunta por qué se sigue conservando la hache en castellano cuando es muda. Una no exige una explicación a por qué en francés las consonantes a final de palabra no se pronuncian, si no que se suben por el fondo de la garganta hacia la nariz. Una no critica el hecho de que en inglés el sonido de las vocales varíe de manera aleatoria. Y no es tampoco procedente criticar la coexistencia de la be y la uve, o la abundancia de reglas de acentuación, o el sofisticado laberinto de las conjugaciones verbales. Mesarse los cabellos ante la complejidad de la praxis lingüística y exigir una versión simplificada de su sistema no es, a mi entender, la manera adecuada de aproximarse a una lengua.
Las lenguas son como las personas: se las ha de aceptar como son, regalarlas, aportarles más y más, no exigirles que se automutilen para complacernos. Las lenguas están hechas para ser habladas, escritas, cantadas, enriquecidas, leídas y jugadas: están hechas para ser amadas. Las lenguas son seres por derecho propio, con sus propios ritmos y transformaciones, con sus evoluciones, su historia, su voz y su respirar, y sus formas, su ortografía, su gramática son un universo en el que no hay que apresurarse a meter los dedos. Son sus incongruencias y sus excentricidades las que componen su riqueza y las hacen únicas. Cada lengua es un encaje de presente y pasado, de páginas arrancadas, de libros incompletos, de órdenes gritadas y de nanas susurradas a través de los siglos, de errores que se convierten en norma, de sonidos fantasma y de curiosidad por el futuro, y toda ella existe en un delicado equilibrio que es a la vez más fuerte que todas nuestras opiniones sobre la eficacia de sus normas. Cada lengua que hablamos es más vieja de lo que nosotros jamás seremos, y no tenemos derecho a juzgarla.
Las lenguas no se cuestionan
Las lenguas se aman.
domingo, 23 de febrero de 2014
Romance de la luna-ballena
La luna es una ballena,
blanca, blanca y serena.
La luna es una beluga
rechoncha y risueña
que nada por las noches
en un piélago de estrellas;
la luna es una beluga
oronda cual pandereta.
Su barriga es una rosa
blanca, blanca y abierta,
y con su fulgor marino
baña toda la tierra;
la luna nada en el cielo
y baila con los cometas
y en el suelo yo acompaño
a la sombra de sus aletas.
A la luna la oigo que canta
cuando aún estoy despierta:
una copla de mar oscuro,
nana de madre ballena.
La luna es una beluga
redonda como una perla
y vela mi sueño dormido
en las noches como ésta
donde miro y miro al cielo
y mi alma se da vueltas
pensando en la luna-beluga,
pensando en madre ballena.
La luna es una ballena,
blanca, blanca y serena.
Acababa de leer el Romancero Gitano de García Lorca, y las cosas pasaron. Poco a poco la rima va volviendo a mi vida.
Acababa de leer el Romancero Gitano de García Lorca, y las cosas pasaron. Poco a poco la rima va volviendo a mi vida.
domingo, 16 de febrero de 2014
Eloí Eloí (parte IV)
El sol y la luna corrieron y corrieron sobre el desierto varias veces, persiguiéndose y persiguiéndose en un baile sin fin. En la pila de piedra del patio, Mamá cantaba que la luna muy picarona se fue a visitar al sol, pero el sol sale de día y la luna no lo encontró. La Abuela se balanceaba en su mecedora, Papá y Carmelo cargaban a la mula y emprendían larguísimos viajes para comprar la misma lana y vender el mismo queso. Irene y Consuelo tejían y entretenían a Luisito y a Mateo contándoles cuentos, y el sol y la luna pegaban, pegaban, pegaban sobre el desierto, sobre los montes y sobre las arenas, sobre la azul cordillera a lo lejos, y eran el mismo sol y la misma luna de cada día desde la Creación del mundo, pero María los sentía aumentar, crecer, volverse blancos y furiosos como el metal en la fragua del señor Gonzalo el herrero. Y bajo sus pies la tierra y la arena se volvían también blancas e hirvientes, mondas, secas, muertas, como si el sol y la luna estuvieran quemándolas y disecándolas como harían con los huesos de un coyote abandonados sobre las dunas. A veces, cuando se quedaba quieta, como hipnotizada, sobre el sendero del patio, con la batea de ropa para lavar o la ristra de cebollas para colgar, la invadía la terrible certeza de que ese ardor estéril se le subía por las piernas, invadiéndole el cuerpo y el alma, volviéndoselos quebradizos como la arcilla reseca, y que pronto se quebraría y desmigajaría y sus pedacitos se los llevaría el viento lejos, lejos en el desierto, y que nadie lloraría su muerte, porque ¿qué se perdería con ella, salvo su obediencia y su silencio?
Seguía bajando con regularidad al sótano a recoger frijoles o ajos, y en las noches cuando no podía dormir, que cada vez eran más. Siempre hablaba con el demonio, dirigiéndole más que fuera un par de palabras, para que supiera que estaba ahí, sin saber la soledad de quién estaba intentando consolar. El demonio, por su parte, no volvió a suplicar por su libertad. De alguna manera, en la tristeza de su tono, María sentía que se había resignado a una existencia condenada dentro del pozo, muerto de frío y de pena. Aquello la soliviantaba, le daba ganas de volver a sacar el tema, de obligarlo a rogar de nuevo por su liberación; no soportaba la idea de olvidarlo. Pero ah, se decía a sí misma, humillada, tampoco soportaba pensar en hacerse responsable ya no sólo de la libertad de aquella criatura, si no de la suya propia. Cobarde, cobarde, se repetía entre dientes siempre, cuando volvía a enfilar las escaleras, hacia el mundo blanco y agostado de arriba.
Una noche María se despertó muerta de miedo, como si acabara de ver en sus sueños algo aterrador, aunque no conseguía recordar si así había sido. Tenía la espalda mojada de un sudor que se comunicaba al colchón de pancas de choclo, pero se moría de frío. La frazada de lana estaba en el suelo, y se moría de frío. Un frío húmedo, asfixiante como el del pozo. Sin saber por qué, se tentó el pecho y el cuello, buscándose el pulso, y no pudo encontrarlo. "¿Es que he muerto, acaso?" sollozó en la oscuridad. "¿Es que ya estoy muerta?"
Recuperó la frazada y se aovilló en la cama, llorando en silencio. Irene ni siquiera se movió.
-Papá ha hecho bromas hoy, en la comida -le comentó a la criatura varias noches después-. Ha conocido a Mauro, el sobrino del señor Gonzalo, el herrero. Dice que es un buen hombre para mí. Para casarme. Dice que ya es tiempo.
-¿Qué tan en broma lo decía? -preguntó el demonio, su voz tan carente de inflexiones como la de María.
-Menos de lo que me gustaría -dijo ella, apretando fuerte su taza de chocolate, deseando que el calor se le pasara a los dedos-. Ya viene. Lo que tú decías. Ya ha empezado.
-Empezó mucho antes de que tú nacieras. Ya lo sabes.
-Ya lo sé.
Los dos callaron. El demonio estaba apoyado en el lado del pozo más próximo a María; ella no podía verlo, pero lo sentía allí. Cerca.
-Lo siento mucho -dijo el demonio al cabo.
-Yo más -susurró María, sorbiendo el chocolate, ansiando que estuviera demasiado amargo, demasiado dulce, que le quemara la lengua, lo que fuera. No ocurrió-. ¿Sabes? A veces siento que estoy como ardiendo, quemándome por adentro, pero al mismo tiempo tengo frío. Frío es todo lo que tengo.
-Te entiendo -dijo el demonio. Y María se dio cuenta, con una triste falta de sorpresa, que era la primera vez que alguien usaba esa frase con ella. Y le creyó con toda su alma.
Apuró el chocolate y agarró su taza para irse, con los dedos entumecidos. Cuando puso el pie en el primer escalón, la voz oscura la llamó desde el pozo.
-María.
-¿Sí?
María miraba a la sima, y tenía la certeza de que la criatura miraba hacia ella, a través de la tierra, a través de los barrotes. Apretó el pasamanos, deseando y temiendo a la vez que hablara, que le dijera algo, lo que fuera. Pero el silencio del demonio era el de una persona desconsolada que ha decidido que no tiene sentido hablar.
-María. María. Dulce María.
Y sus palabras le quemaron la lengua, la garganta, el estómago y el corazón.
Una mañana clara, despejada como casi todas en aquel desierto blanquecino, el ranchito de la familia de María se pegó fuego. No había nadie allí, aparte del demonio y de la propia María; la Abuela había amanecido muy enferma, con vómitos y convulsiones, y Papá la había montado en la mula para llevarla a casa del doctor Márquez sin perder tiempo enviando mensajeros. Consuelo los acompañó, a pie. Mamá había uncido a los dos bueyes a la carreta familiar, pues era día de mercado, escoltada por Carmelo e Irene. Les tocó llevarse a Luisito y a Mateo, porque tuvieron una pataleta. María se quedó en el porche, sola, envuelta en su ruana, viéndolos desaparecer en el horizonte y dándose cuenta por primera vez que en su familia raramente nadie iba solo a ninguna parte. Nadie había entendido por qué quería quedarse, les parecía peligroso, pero la urgencia de la Abuela enferma y el día de mercado pudieron más. Le dejaron encargado que limpiara, hilara y preparara la cena de aquella noche y las tortillas para el día siguiente, y que ordeñara a las cabras, y que desgranara la canasta de choclos que habían traído el día anterior. María asintió, tan servicial como siempre.
Se sentó a la ventana de la cocina, tejiendo tranquilamente, mientras el sol ganaba las montañas y espantaba las sombras azules de la noche, imaginándose a su familia caminando, alejándose, pasando por el pozo de los viajeros, por la calavera de perro que había en la encrucijada, y luego por la ermita a san Martín, que Papá y Mamá siempre tocaban con reverencia antes de santiguarse. Cuando el sol empezó a desplegar su fulgor por el cielo, bañando el desierto con su luz plateada, María se levantó, abandonando su labor sobre la silla, agarró una botella del aguardiente que destilaba Papá, encendió un cabo de vela en las brasas de la cocina y bajó paseando al patio. Sin apurarse, descorchó la botella, encajó el cabo de vela en la boca cuidando de no salpicarse de cera derretida, se detuvo a una distancia prudencial del muro oeste del ranchito y lanzó la botella con todas sus fuerzas contra los listones de madera de la pared. Una impresionante llamarada se apoderó del muro.
A toda prisa, antes de que se extendieran las llamas cortándole la salida, María bajó al sótano armada con un farol y un balde de agua. Allá abajo, en la cavernosa oscuridad, las crepitaciones de la madera y el adobe siendo lamidos por las llamas llegaban como roncos ecos de una realidad distinta.
-¿Qué has hecho? -susurró con incredulidad la criatura en el pozo. Se habría dicho que estaba asustada.
-Liberarte -espetó María. Ya le costaba bastante mantener a raya la culpabilidad por haberle dado salmuera caliente a la Abuela, y haberle prendido fuego a la casa, dejando a su familia sin nada, como para hablar de ello-. Liberarme -que los ayudaran el señor Gonzalo y su maravilloso hijo. Para eso estaban, ¿no era cierto?-. ¿No dijiste que tenías frío?
-Has incendiado la casa -jadeó la criatura.
-He acabado con todo. Ya está.
-¿Es que piensas morir aquí, entre las llamas?
-No -dijo María, sacándose la ruana para extenderla por el suelo. Siguió hablando mientras procedía a empaparla con el agua del balde-. No pienso morir. Ya les gustaría a ellos, pobre santita mártir, pobre virgencita María, inmolada como santa Bárbara en su torre. No pienso morir. Por eso he incendiado la casa. Me voy. Y tú también te vas.
El demonio guardó silencio durante un rato, tal vez ponderando sus nuevas posibilidades, tal vez sólo asombrado.
-Qué fiera te has vuelto -dijo al cabo, sencillamente.
-Si pateas y matas de hambre a un perro, al final te muerde -espetó María, poniéndose la ruana mojada sobre los hombros. Empezaba a oler a humo allá abajo. El ranchito gruñía y crepitaba. Pronto las llamas tomarían todo el perímetro de la casa, creciendo altas hacia el segundo piso y hacia el cielo. No le quedaba mucho tiempo-. Ve. Eres libre. Corre, vuela, lo que sea. Yo también me voy. Sólo he bajado para darte las gracias.
-Gracias ¿por qué?
-Por maldecirme. Embrujarme. Decirme la verdad -y por primera vez María le sonrió al pozo, sabiendo que de alguna manera el demonio percibiría su sonrisa-. Para el atardecer de hoy estaré lejos de aquí, rumbo a otro lugar. A otra vida.
-¿Y no tienes miedo? -preguntó la criatura, y María se acordó de una de sus primeras conversaciones, hacía muchas lunas y una vida entera.
-No -esta vez era completamente cierto-. No, ya no tengo miedo. Y eso todo gracias a ti.
Por un momento quiso decir más, quiso hablar de sentimientos para los que no tenía palabras, explicar sensaciones e ideas para las que nadie la había preparado. Pero el ranchito crujió desde arriba, lamido por las llamas, y María se echó la ruana empapada sobre la cabeza y subió las escaleras del sótano por última vez.
El fuego ya se había adueñado de todo el lado oeste de la casa. María atravesó la cocina y el recibidor apretándose la lana mojada de la ruana contra la boca y la nariz, casi a ciegas a través del humo, y se arrojó a través del porche al mundo exterior, bañado por la blancura cegadora del sol. Corrió por el patio hasta la leñera, donde había escondido su sombrero de ala ancha, ropa de repuesto y algunos víveres para el camino. Se colgó el equipaje a la espalda con un aguayo, se remetió la navaja con cacha de madera de Papá en el cinturón, comprobó que el dinero que había robado siguiera cosido dentro del forro, y se caló el sombrero sobre las trenzas. Caminó sin prisa hacia la tranquera de la valla que delimitaba la propiedad, como si todo aquello que había conocido en sus casi dieciséis años no ardiera furiosamente a sus espaldas. Cuando franqueó el perímetro del patio, se volvió y alzó la vista hacia su obra.
Pronto los habitantes de los ranchos y aldeas cercanos verían levantarse en el horizonte la inmensa columna de humo negro, un heraldo de la desgracia. Rió por la nariz. La familia más cercana, la del señor Gonzalo, vivía a media jornada de allí; para cuando llegaran, no quedaría nada en pie. Nada.
Una de las ventanas del piso superior explotó por el calor, un ruido cristalino que a María le sonó casi como música. Las llamas rugían con una voracidad atronadora, engulléndolo todo a su paso; ya el humo era tan denso y tan alto que ocultaba casi por completo el infierno en que se había convertido la casa donde María nació. Desde debajo del ala de su sombrero, María contempló intensamente el incendio, buscando en su interior algo, una brizna de tristeza, un atisbo de pérdida. Nada. Lamentaba haberle quemado la casa a su familia, pero eso no había detenido su mano antes, y no oprimía su corazón ahora. María suspiró. Probablemente al final iría al infierno de todas formas. No. No. El infierno estaba aquí, y ella acababa de prenderle fuego.
De repente un chillido aterrador perforó la mañana, una onda expansiva que reventó los restos del tejado y lanzó a María al suelo con las manos en las orejas, gritando a su vez. La carcasa incandescente del ranchito se derrumbó con estruendo; de sus entrañas surgieron dos alas, desplegándose como una flor que se abre en la mañana, y una criatura de fuego, negra y roja y dorada, se elevó contra el humo oscuro y el cielo pálido con un alarido de triunfo. María, derribada en el suelo y cubierta de carbonilla, se agarró el sombrero como quien aferra la vida, incapaz de apartar los ojos de aquel ser que parecía un hombre pero no lo era, con un corazón translúcido que ardía a través del pecho como un farol y unos ojos candentes como brasas que la miraron, sólo un instante, antes de alzar el vuelo. La miraron, y por el tiempo que dura un latido María lo supo todo, lo entendió todo, lo tuvo todo.
Mas después la criatura volvió la espalda, y con un solo aleteo se alejó de allí, aventando los rescoldos de la inmensa pira, como si todo hubiera sido un sueño. María permaneció un momento en el suelo, boquiabierta, sin darse cuenta de que había tragado una cantidad considerable de ceniza, con el corazón aún desbocado por la visión del demonio abriendo las alas y huyendo. María se levantó torpemente, recogiéndose la pollera negra de hollín, y corrió por un instante tras la estela de la criatura, olvidada de todo lo demás.
-¡Espera! -gritó al cielo, extendiendo los brazos-. ¡Espera!
Pronto se detuvo. Su corazón seguía pateándole el pecho; los latidos eran tan violentos que casi dolían. María se dobló en mitad del camino, las manos en las rodillas, y sintió en los ojos el picor de las lágrimas, cayendo negras sobre la arena. El corazón se le iba a salir. Su corazón latía. No estaba muerta. No estaba muerta.
-Gracias -susurró sin voz-. Nunca lo olvidaré.
Volvió a su punto de partida sin prisa. Se limpió la cara con una esquina de la ruana húmeda, y luego la extendió sobre el bulto del aguayo, donde el sol no tardaría en secarla. Después enfiló por el camino del desierto, sin pararse a pensar, sin una segunda mirada al charco de brasas que había sido su casa durante casi dieciséis años. Nunca volvería a mirar atrás. Nunca volvería a atisbar la inmensidad del desierto desde su ventana, la luna sobre el techo, preguntándose cómo era un mundo que jamás conocería. Hoy caminaba, y seguiría caminando mientras le dieran los pies. Era libre.
Y el demonio también. María sonrió bajo el sombrero, presa de una ternura desconocida para ella. ¿La recordaría él también? ¿La recordaría eternamente, en su vida sin final, guardaría siempre un rincón en su corazón incandescente para la persona que lo liberó? ¿La recordaría, como ella a él?
Sonaron unos pasos a su espalda en la arena, y oyó una voz oscura y dulce, que creyó que se había ido para siempre.
-María…
Y con esto hemos terminado, criaturas. No olvidéis comentarme lo que os ha parecido (que sé que estáis ahí. Sí, te estoy mirando a ti. No te escondas).
lunes, 3 de febrero de 2014
"A mí me gusta el humor negro, si a ti no te gusta no mires, pero no me censures".
Oh. Oh, cuánto lo siento. ¿Acaso te incomodé con mi exigencia de respeto? ¿Te molestan mis lágrimas y mi humillación? ¿Por ventura mi puto estrés post traumático ha perturbado en medida alguna tu sacrosanto derecho a echarte unas risas a costa de otros?
Mil perdones. Mil excusas. La próxima vez iré a sentirme como una mierda a otro rincón para que no tengas que recordar que eres una persona horrible, para que ni siquiera tengas que replantearte tu vida y tus privilegios; la próxima vez me callaré para que no sepas que no, no eres un un buen tío.
OH DIOS, TE VAS A IR A LA MIERDA. TE VAS A IR TANTO A LA MIERDA QUE VAS A TRASCENDER LA MIERDA Y VAS A CONOCER LOS MÁS RECÓNDITOS INTERSTICIOS DEL PROPIO CONCEPTO DE LA MIERDA. TE VAS A IR TANTO A LA PUTA MIERDA QUE ACABARÁS POR HACER LA VUELTA COMPLETA Y A DARTE CUENTA DE QUE LA MIERDA ERES TÚ.
Buenas noches, Valencia.
Serenata de invierno
Hay algunas cosas doradas en este mundo, que parecen pertenecer al mismo, misterioso campo semántico.
Las manzanas asadas, la canela, la mantequilla derretida, el caramelo, el té negro, el azúcar moreno, el clavo de olor, la sidra caliente, el ron.
En los días helados como éste, los sabores dorados que guarda la memoria son una cinta color ocaso que calienta el alma y las manos que sostienen al corazón.
jueves, 23 de enero de 2014
Eloí Eloí (parte III)
Parte I
Parte II
-Si no eres un demonio, ¿qué eres? –insistió una noche, una de tantas, sentaba al borde del pozo. Aún no se atrevía a asomarse a mirar.
-Me han puesto muchos nombres –replicó perezosamente el demonio desde las profundidades húmedas de la tierra. María casi podía imaginarse la corporeidad nunca vista de la criatura, revolviéndose lánguidamente en la oscuridad, dando vueltas por las paredes empedradas de su prisión-. Ninguno de ellos me sirve ya. Ni te serviría a ti.
-¿Por qué no?
-Porque vengo de un lugar distinto. De un mundo distinto, si te place. Los nombres aquí y allí no son lo mismo, no sirven para lo mismo. Ni siquiera sé con certeza si hay un aquí y allí, la verdad.
-¿No sabes de dónde vienes? –María empezaba a acostumbrarse a las respuestas confusas de la criatura, que circunnavegaba los temas en lugar de ir directamente a lo que quería decir. Tal vez la pobre no conocía otra manera de hablar.
-Sé de dónde vengo. Y hubo un tiempo en que supe quién era, qué era. Ahora ya no. Ahora lo sé todo, y no sé nada.
-Mi familia está segura de que eres un demonio.
-Desde luego –en la oscuridad se notó una sonrisa cansada.
-Por algo lo habrán pensado.
-Ya te lo dije, algunas personas se asustan de lo que no entienden.
-Sí, ya me has dejado muy claro que mi familia es de ese tipo de personas. Y tienes razón. Pero no son tontos. No confundirían a un hombre cualquiera con un demonio, no traería a un pastor o a un viajero perdido con una soga al cuello para encerrarlo bajo la casa. Y –María hizo una pausa, jugando con la orla de su pollera- un pastor o un viajero perdido no habría sobrevivido a quince años encerrado bajo tierra sin agua ni comida.
-No, en efecto.
-Lo que quiero decir es –otra pausa, esta vez para ordenar las ideas que daban saltos en su cabeza; no estaba acostumbrada a conversar en esos términos- que hay algo en ti… que tú eres algo. No eres un hombre. No eres…
-¿Humano?
-No.
-Pensé que eso ya lo sabías.
-Claro que siempre lo he sabido. Pero oírte hablar… platicar contigo, hace que todo sea más difícil. Antes había un demonio debajo de la casa, y punto. Ahora me da por preguntarme quién eres y por qué te trajeron aquí, por qué sigues aquí. Por qué te dejaste prender. Seas lo que seas, si te tomaron por un demonio, es porque había algo en ti diferente a cualquier otro. Algo que sorprendiera… que diera miedo. Algo que los empujara a echarte la soga al cuello y tirarte a este pozo, lejos del mundo.
-No he dicho nunca que no sea un demonio –exhaló la criatura, y María se envaró. De repente notaba con claridad el frío del sótano, la humedad calándole la piel. Algo se agitó suavemente en el fondo de la sima, y un escalofrío le partió la espalda.
-No –dijo quedamente-. No.
-Mírame, María –la voz aterciopelada de la criatura era de repente imperiosa-. Ven a mirarme.
-No.
-Asómate y mírame, descubre eso que tanto quieres saber.
-No.
-Corre hacia el desierto. Sube al techo. Levanta la sábana.
-No…
-¡MÍRAME! –y de repente algo que parecían manos aferraron la reja y el peso de un cuerpo disparado golpeó el metal, y a la luz del farolito titilaron unos ojos dorados, unas pupilas verticales, candelas desencarnadas en un mar de oscuridad. La respiración del engendro le subió por las piernas, helada, deseante-. Libérame, María. Libérame.
-¡No! –María abandonó el sótano a la carrera y cruzó todo el ranchito al galope, arrojándose sobre los tablones del porche bajo la luz gris del amanecer lejano, llorando, de horror, de angustia, de compasión. Sentada allí, abrazándose las rodillas como una momia precolombina, la encontró Mamá al salir el sol, cuando bajó al patio a buscar agua.
Durante semanas María estuvo enferma. O al menos eso dijeron Papá y Mamá. La niña andaba afiebrada, paseándose por la casa con ojos vidriosos y alucinados, las manos temblorosas y las rodillas de lana. Apenas probaba bocado en las comidas, y se había puesto a llorar varias veces sin motivo alguno. “Nos tiene contentos la escuincla esta” refunfuñó Mamá una mañana mientras revolvía el chocolate en el fogón y María, envuelta en una manta, miraba temblando por la ventana de la cocina. En ese momento la Abuela tuvo uno de sus raros momentos de lucidez.
-Es la edad, Magdalena. ¿No te acuerdas de cuando tú eras así? Loca, loquita estabas.
-Calle, madre -dijo Mamá, y a María le pareció que lo decía con turbación. La Abuela sonrió con su boca desdentada y empezó a mecerse en su silla, cantando en voz bajita una canción triste cuyas palabras parecían escapársele de entre los labios arrugados como garbanzos de las manos. "Canta y camina, canta y camina, caminante" parecía decir, y "Cristo ten piedad, ten piedad de nosotros".
La mirada de María se volvió sin su permiso hacia la puerta del sótano.
No fue hasta la noche en que María se encontró a sí misma tendida sobre los tablones del suelo de su cuarto, tratando de adivinar en los suspiros y crujidos del ranchito la respiración que bullía bajo la casa, que acabó dándose cuenta de que llevaba deseando volver desde la noche en que huyó. María nunca había sabido que hubieran cosas en el mundo que pudieran dar miedo y atraerla a la vez; hasta entonces, ambas sensaciones había sido excluyentes. Furiosa consigo misma, furiosa con el mundo, furiosa con la criatura que moraba en las entrañas de su casa y se atrevía a aterrorizarla y fascinarla, María bajó hasta la maldita puerta del sótano y encendió el farolito con las manos entumecidas, sintiendo ganas de llorar, aunque no sabía por qué. Abrió; abajo seguía estando tan frío y húmedo como siempre, y el aire estaba denso, de expectación, de oscuridad y de un rumor extraño, bajo, trémulo. El demonio cantaba, y por primera vez María distinguía las palabras, enhebrando un idioma que jamás había oído, una canción castigada por una atávica tristeza. "Elohim Elohim, lama sabachtani…?"
-Basta -se quebró la voz de María en la penumbra.
-Has vuelto. De nuevo.
-Basta -suplicó de nuevo María, odiándose.
-Siempre supe que volverías. Aunque admito que tuve miedo -y la voz de la criatura era queda, vulnerable. ¿Cómo se atrevía?-. Pensé…
-¡Cállate! -gritó María todo lo alto que se atrevía, dejándose caer derrotada en el suelo, lejos del pozo-. Para. Lo que sea que me hayas hecho, para. Por favor.
-¿Por favor…? -hubo una pausa en la que María se imaginó claramente a la criatura parpadeando confusa-. ¿Qué se supone que te he hecho, María?
-Nada. Todo -María se mesó los cabellos, dándose cuenta por primera vez de lo desesperada que se sentía-. Embrujarme, maldecirme, decirme la verdad. Como lo llames.
-¿Maldecirte? ¿Decirte la verdad? -el demonio se tomó su tiempo para reír quedamente, con placer-. ¿Decirte la verdad sobre qué?
-Sobre mí -dijo María, al borde del llanto. El corazón le pateaba el pecho y al aire le costaba encontrar el camino arriba y abajo de su garganta. Nunca había estado tan aterrada en toda su vida-. Tenías razón. Yo no… yo no quiero…
-¿Sí?
-No quiero estar aquí -admitió María, las primeras lágrimas redoblando sobre su camisa de dormir, tensa sobre sus piernas cruzadas-. No quiero esta casa. No quiero esto. No quiero ir al mercado los lunes, no quiero cargar la burra, no quiero cocinar para mis hermanos. No quiero… no quiero esta familia -confesó destrozada, tendiéndose de costado sobre la tierra apisonada, incapaz de mantener recta la columna-. Dios me perdone. Oh Dios, oh Dios mío, odio esta casa, odio esta vida, a veces odio a mi familia. Quiero irme lejos. A veces quiero correr tanto y tan duro que creo que me voy a poner a gritar. Quiero creerte. Carajo, quiero creerte a ti antes que a mi padre y a mi madre -las palabras de María se disolvieron en un llanto salivado, condenado-. Voy a ir al infierno… voy a ir al infierno…
-Ya estás en él -dijo de súbito el demonio, y María se sorprendió tanto que el llanto se le cortó por un momento. Alzó la mirada gelatinosa hacia el pozo, como haría alguien al buscar la mirada de un amigo-. Ambos lo estamos.
-¿Cómo?
-Ya estás en el infierno, María. Y yo también -el demonio escupía con rabia, calculando cada sílaba para imprimirle toda la desilusión que pudiera-. ¿Cómo llamas si no a esta cárcel?
-Pero…
-Yo lo tuve todo, María. Todo. Oh, la gloria, la gracia, para ti no son más que palabras. Para mí eran hechos, verdades, realidades tan palpables como el pan que comes y la ropa que vistes. Envuelto en luz, con alas coronadas de sol. Sin deseos… -con la cara aún pegajosa de lágrimas, María se incorporó a medias y se arrastró hacia el pozo, sin ser consciente de lo que hacía-. Sin miedo a perder. Yo lo fui todo, y lo perdí, y fui arrojado a este abismo, a esta sima, a este mundo triste aferrado por el miedo y marcado por la muerte. Todos cuantos me amaron me dieron la espalda -la voz de la criatura vagaba, arriba y abajo, una cordillera ronca y oscura dibujada contra el ámbar del crepúsculo, perdido en sus propios recuerdos. María contenía la respiración-. Yo, que sentí el amor supremo, que pude haber tenido la eternidad. Fallé, y estoy aquí, y llevo todos estos años castigado por haber soñado, por haber deseado, por haberme atrevido a hacer la pregunta que iba a merecer el silencio y la cachetada. Aquí me ves, tumbado en lo más abyecto del suelo por preguntar. Y tú…
-Yo, ¿qué? -preguntó María con un hilo de voz. Sus manos heladas se aferraban casi al borde de la sima.
-Tú llevas tu propia eternidad encerrada en otro tipo de pozo, sin oportunidad de escapar.
Los ojos de María vagaron por un momento. Ahora que había pasado el pánico y el llanto, las palabras del demonio empezaban a resultar claras y directas, como nunca lo habían sido. El cuerpo, el rancho, el pozo.
-Tú sabes lo que viene -prosiguió el demonio-. Día tras día de lo mismo. Desgrana el choclo, pela las vainitas, cuela el café, cose los rotos, barre el porche, carga la mula, alimenta a la Abuela, sí Mamá, no Mamá, hasta el fin de tus días. Y luego tal vez Papá y Mamá te encuentren un esposo, y te dirán que qué suerte, que tendrás un hombre y una casa para ti sola, y entonces te irás a un ranchito igual a este, en un pedazo de desierto igual a este, a parir y a parir hasta que te cedan las entrañas, desgrana el choclo, pela las vainitas, cuela el café, cose los rotos…
-¡Para! -chilló María, aterrada-. Para por favor. No sigas. No puedo.
-El infierno -sentenció la criatura, ahora tan cerca de la reja que María podía sentir el lento girar del demonio en el pozo, casi al alcance de su mano-. Estamos en el infierno. Los dos.
Siguió el silencio. María acezaba, apoyada sobre un muslo y las dos manos para poder asomarse a la boca de la sima. Notaba la frente y las axilas húmedas de un sudor frío. Allá, no demasiado lejos en la oscuridad, chispeaban dos candelas doradas. Un aliento húmedo, que olía a musgo y a fósforo, se elevó en volutas por entre los barrotes y le besó las dos mejillas.
-Daría lo que fuera -admitió el demonio, muy lentamente-, lo que fuera, por poder salir.
-¿Por qué no puedes salir? -preguntó María, articulando por fin la pregunta que llevaba meses rondándole la mente-. Demonio, o ángel, o lo que seas, un pozo y una reja no deberían ser barrera para ti. ¿Por qué no sales?
-Porque tengo frío -dijo la criatura, como si eso lo explicara todo-. Porque estoy débil, elohim, qué débil estoy. Ya lo estaba antes de caer en las manos de tu padre y tus hermanos; débil y desorientado. Pero todos estos años no han hecho más que agravar ese estado. El frío de este sótano se me mete por la garganta y me inunda el pecho, me ahoga, me congela, me paraliza. Añoro el calor del sol, la caricia de la llama… -sonó un triste susurro-. Languidezco aquí, alejado de todo cuanto amo, y veo con el rabillo del ojo la corona de ámbar que se dibuja en la boca del pozo cuando bajas con tu farolito, y aspiro, jadeo, anhelo con una sed asesina ese calor que se me niega. Estoy débil, muy débil, y no puedo salir.
-¿Por eso me llamaste? -preguntó María en un susurro.
-Llevo quince años llamando, María. Tú fuiste la única que me escuchó.
Aquella extremidad oscura que parecía una mano se agarró a los barrotes, lentamente, con una desesperanza de siglos. Por un instante fugaz, María alargó la mano hacia ella, como hacía con Luisito cuando se caía y lloraba. Pero la retiró a tiempo.
-No puedo liberarte -dijo, y se puso de pie, sacudiéndose el camisón-. No me pidas que asuma esa responsabilidad.
-Por favor, María…
-No puedo -repitió María, sintiendo cómo le pesaba cada palabra-. No puedo.
-Por favor. María, María, dulce María.
-No. No puedo. ¡No puedo! -y se marchó del sótano, tapándose los ojos con el antebrazo para enjugar unas minúsculas lágrimas que le picaban en las comisuras de los ojos.
Subió a su cuarto con el farol apagado, pero en lugar de meterse en la cama con Irene se sentó en el arcón de la ropa blanca, junto a la ventana, a mirar la luna y a esperar el sol. La Virgen, otra noche sin dormir.
miércoles, 15 de enero de 2014
Romance por un ausente
Una vez conocí a una señora
(yo digo señora,
pero yo era chiquita entonces,
tal vez fuera joven)
que tenía los ojos muy tristes.
Esa señora era mi vecina
y había algo en ella
infinitamente triste
pero sus ojos eran dulces
y siempre me saludaba
"¿cómo estás, bonita?"
al subir las escaleras
(ella vivía en el ático).
Me intrigaba esta señora,
con sus párpados caídos
y su andar de lado a lado
como si cargara en la espalda
un peso grandísimo.
Siempre quise saber
por qué estaba tan triste.
Pero yo era chiquita entonces
y los mayores nunca contestaban mis preguntas,
sólo cuchicheaban sobre mi cabeza
que sí
que qué pena
qué pena tan grande.
Y así me fui enterando
poquito a poco
que la vecina de arriba,
la señora de los ojos tan tristes
había querido a mucha gente
que se había marchado:
que no tenía padres ni hermanos
y que sus amigos estaban muy lejos;
que estaba sola, muy sola
y por eso estaba tan triste.
Lo lamenté mucho por la señora
porque es terrible estar tan sola
y a veces le sonreía
cuando me decía "¿cómo estás, bonita?"
y me acariciaba el pelo con una mano huesuda
y muy leve
y muy dulce
y muy triste.
Pobre la señora,
pobrecita.
Un día la vecina del ático
se enamoró.
No le dijo nada a nadie
y casi nadie vio al señor
de quien se había enamorado;
era una sombra en el hueco de la escalera
que la visitaba de noche
y se iba de madrugada.
Y la gente cuchicheaba, cuchicheaba.
Yo me quise alegrar por la vecina
del ático
que siempre era tan buena conmigo,
pero siempre estaba tan triste
que me temí algo malo.
Después de un tiempo
el novio de la señora triste
se mató en un accidente
y todo el mundo suspiró de pena
y ella se encerró el ático
y no quiso ver a nadie;
ya no pasaba a mi lado
ni me llamaba bonita.
Pasaron dos semanas
y una noche sonaron voces
en el rellano del ático
y una puerta que se abría a patadas
y gente que ladraba
y alguien que lloraba.
La señora triste desapareció
y el ático se quedó vacío.
Los dueños no pudieron venderlo
y los niños del barrio
jugaban a colarse dentro
a ver quién era más valiente.
Los adultos decían cosas
sobre la policía que había venido
y telediarios y periódicos
"qué horror, qué barbaridad"
y me mandaban callar;
yo escuchaba bajo la mesa
y desde el rincón oscuro del pasillo.
Poco después nos mudamos
y el recuerdo de la señora triste
se quedó en su ático vacío
como un fantasma.
Mis padres nunca hablan de ello.
Yo no se lo he contado a nadie,
pero hubo mucha gente que dijo
después de la noche de la redada
que la señora del ático
había dormido dos semanas
junto al cadáver de su novio
y cuando vio que no podía conservarlo más
empezó a comérselo
para quedarse con él.
Aquí creo que nadie lo sabe.
El suyo es un recuerdo oscuro.
Yo lo pienso y siento pena
mucha pena
por esa señora triste
que vivía en el ático.
Sí, ya. Yo tampoco sé qué coño.
(yo digo señora,
pero yo era chiquita entonces,
tal vez fuera joven)
que tenía los ojos muy tristes.
Esa señora era mi vecina
y había algo en ella
infinitamente triste
pero sus ojos eran dulces
y siempre me saludaba
"¿cómo estás, bonita?"
al subir las escaleras
(ella vivía en el ático).
Me intrigaba esta señora,
con sus párpados caídos
y su andar de lado a lado
como si cargara en la espalda
un peso grandísimo.
Siempre quise saber
por qué estaba tan triste.
Pero yo era chiquita entonces
y los mayores nunca contestaban mis preguntas,
sólo cuchicheaban sobre mi cabeza
que sí
que qué pena
qué pena tan grande.
Y así me fui enterando
poquito a poco
que la vecina de arriba,
la señora de los ojos tan tristes
había querido a mucha gente
que se había marchado:
que no tenía padres ni hermanos
y que sus amigos estaban muy lejos;
que estaba sola, muy sola
y por eso estaba tan triste.
Lo lamenté mucho por la señora
porque es terrible estar tan sola
y a veces le sonreía
cuando me decía "¿cómo estás, bonita?"
y me acariciaba el pelo con una mano huesuda
y muy leve
y muy dulce
y muy triste.
Pobre la señora,
pobrecita.
Un día la vecina del ático
se enamoró.
No le dijo nada a nadie
y casi nadie vio al señor
de quien se había enamorado;
era una sombra en el hueco de la escalera
que la visitaba de noche
y se iba de madrugada.
Y la gente cuchicheaba, cuchicheaba.
Yo me quise alegrar por la vecina
del ático
que siempre era tan buena conmigo,
pero siempre estaba tan triste
que me temí algo malo.
Después de un tiempo
el novio de la señora triste
se mató en un accidente
y todo el mundo suspiró de pena
y ella se encerró el ático
y no quiso ver a nadie;
ya no pasaba a mi lado
ni me llamaba bonita.
Pasaron dos semanas
y una noche sonaron voces
en el rellano del ático
y una puerta que se abría a patadas
y gente que ladraba
y alguien que lloraba.
La señora triste desapareció
y el ático se quedó vacío.
Los dueños no pudieron venderlo
y los niños del barrio
jugaban a colarse dentro
a ver quién era más valiente.
Los adultos decían cosas
sobre la policía que había venido
y telediarios y periódicos
"qué horror, qué barbaridad"
y me mandaban callar;
yo escuchaba bajo la mesa
y desde el rincón oscuro del pasillo.
Poco después nos mudamos
y el recuerdo de la señora triste
se quedó en su ático vacío
como un fantasma.
Mis padres nunca hablan de ello.
Yo no se lo he contado a nadie,
pero hubo mucha gente que dijo
después de la noche de la redada
que la señora del ático
había dormido dos semanas
junto al cadáver de su novio
y cuando vio que no podía conservarlo más
empezó a comérselo
para quedarse con él.
Aquí creo que nadie lo sabe.
El suyo es un recuerdo oscuro.
Yo lo pienso y siento pena
mucha pena
por esa señora triste
que vivía en el ático.
Sí, ya. Yo tampoco sé qué coño.
viernes, 27 de diciembre de 2013
Eloí Eloí (parte II)
Nunca pudo, por ende, preguntar a su familia si a ellos el demonio también les intentaba hablar. Porque María estaba segura, aun sin poder ponerlo en palabras, de que la criatura que moraba en la sima oscura bajo la casa trataba de llamar su atención de manera particular. Cantaba con aquella voz tan dulce y tan triste hasta que conseguía que María se asomara un poquito por el borde del foso, sólo un poquito. Hacía preguntas al aire, sin esperar respuesta; preguntas acerca de cosas que sólo María podía saber, acerca de cosas que ella sólo había pensado, o sentido. Cosas que jamás le diría a nadie. “¿Te has aburrido mucho en la comida de hoy, María?” “¿Hablaba tu hermana Irene en sueños anoche, María? ¿Qué decía? ¿Qué decía, María?” Su nombre, siempre repetía su nombre, en un susurro vibrante, oscuro, espeso como el chocolate derretido. Y María corría, corría escaleras arriba, donde podía ser otra vez la mujer crecida que su familia esperaba que fuera y no una niñita partida entre el miedo atroz al monstruo del sótano y la mortal curiosidad por la voz preciosa que susurraba su nombre. A veces en la noche, cuando la luna era un plato blanquiazul tiñendo de plata las peladas arenas del desierto, a través del silbido del viento entre las grietas del rancho, María creía escuchar la voz del demonio, llamándola desde el corazón de la tierra. María, María, ven a mí, María.
-María.
-Ya cállate –le espetó un día sin darse cuenta. Hacía ya unos meses que había pasado el día de sus quince años. Se apartó con irritación una trenza de la cara al volverse para mirar al foso. Quince años.
Desde las profundidades de la prisión de tierra, el engendro soltó una risita.
-¿Me tienes miedo, María?
-No –dijo ella, y era casi verdad. Sólo una estúpida no habría tenido un poquito de miedo en presencia de un demonio, por muy confinado en su pozo que estuviera; pero después de tantos años y de tantos corretearla su voz por el sótano, como un perro habría correteado a un perrito de la pradera, María empezaba a acostumbrarse a su presencia. No tanto a la curiosidad que le despertaba.
-¿No? Serías la primera –dijo el demonio, y parecía complacido. Sonaba como si sonriera. “¿Los demonios sonríen?” se encontró preguntándose María.
-¿Y?
-Tú no eres como tus hermanos. Ni como tu padre –susurró el demonio.
-¿Por qué no?
-Tú quieres saber. Intentas disimularlo, pero quieres saber.
-¿Saber qué? –de repente María se dio cuenta de que se había acercado más que nunca al borde del enrejado, y podía sentir cómo el hálito frío y húmedo le trepaba por las piernas bajo la pollera, como la lengua de un perro. Se le erizó el pelo. Algo en el fondo de aquella sima se movía-. Me voy –dijo con brusquedad, agarró el candil y el frasco de melaza que había ido a buscar y se encaminó decidida hacia las escaleras.
Desde las profundidades del pozo se volvió a oír una risita.
-Adiós, adiós, niña María.
Unas noches más tarde, María se escurrió fuera de la cama que compartía con su hermana Irene cuando se aseguró de que toda la casa dormía. Sacó el farolito y las alpargatas del arcón, pero tuvo el buen tino de no encender la luz ni calzarse hasta no hallarse en la cavernosa cocina, en el piso inferior del ranchito. Mientras bajaba con decisión las escaleras que se zambullían en el sótano, notaba un zumbido persistente en los oídos; un zumbido que encontraba su eco en la tensión vibrante de sus músculos y sus vísceras.
Se sentó junto al pozo. Dejó el farolito en el suelo como un desafío.
-Has vuelto –dijo la voz desde la sima.
-¿Qué querías decir con lo de que yo quiero saber?
-Has vuelto –el demonio parecía sorprendido. Complacido, pero sorprendido.
-Oye. Contesta a mi pregunta primero.
Por primera vez, el demonio guardó silencio. María esperó implacable, con las piernas cruzadas, rechinando los dientes.
-¿Cuál pregunta era esa?
-No te hagas el imbécil –escupió María, tratando de mantener su voz estable-. Me has estado llamando desde hace años, cada vez que bajo aquí, todo el tiempo jode y jode con María esto y María lo otro. Querías hablar, y he bajado a hablar.
Otra risita. ¿Era esa su idea de bromear? María no sabía si eso la irritaba o la tranquilizaba.
-Has bajado porque sentías curiosidad. Porque quieres saber. Por eso he dicho lo que he dicho.
-¿Saber qué?
-¡Todo, María! –soltó el demonio de pronto, haciendo que la muchacha saltara hacia atrás con el corazón al galope-. Tú quieres saber, quieres saberlo todo. Yo lo sé. Sé cómo miras la luna desde tu ventana cuando no puedes dormir, preguntándote adónde va cuando sale el sol, qué tan grande se verá desde las montañas que baña con su luz. Sé que no puedes dormir a diario, haciéndote preguntas que no te atreves a hacerle a nadie porque temes que Papá y Mamá te manden a callar –María tragó saliva, sintiendo de pronto el frío del sótano calándole los huesos-. Sé que no puedes mirar a Mateíto sin pensar en el viajero que durmió aquí la noche que lo engendraron. Preguntándote cómo fue lo que pasó entre él y Consuelo. Qué hicieron y cómo lo hicieron.
-Basta.
-Sé que a veces te sientas en el porche a desgranar arverjitas y miras a lo lejos, y se te encoge el estómago porque sientes un impulso casi irresistible de tirar la batea y salir corriendo por el camino del desierto, correr, correr, correr con los pelos al aire y gritar y gritar hasta que se te vaya la voz. Sé que te dan escalofríos y se te enchina la piel cuando te viene esa sensación.
-Papá y Mamá no me dejan salir de la casa sola –balbució María estúpidamente.
-Así es. Y no lo soportas, María, porque quieres saber. Quieres saber de una buena vez cómo es ese desierto que se extiende más allá de la ruta que va al mercado, cómo se ve la luna desde las cumbres de los cerros, cómo es eso exactamente que hizo Consuelo cuando se metió en el jergón del viajero –el demonio hizo una pausa, para relamerse, para dejar sus palabras hacer efecto, para respirar, María no lo sabía-. Quieres saber, y por eso estás aquí. Son muchos años de preguntas sin respuesta.
-Crees que lo sabes todo de mí –replicó María, recuperando su aplomo.
-Lo sé todo de ti. Lo sé todo sobre todo. Así es como soy –explicó el demonio con calma, la voz grave y ronroneante.
-No sé ni por qué te estoy escuchando. Eres un demonio. Intentas confundirme.
-Eso dicen.
-¿Qué dicen?
-Que soy un demonio.
-¿Y no es verdad? –María se sentía obligada a ser desagradable con la criatura. Sentía que así se protegía de ella, que no infringía tanto las normas de no escucharla.
-¿Tú qué crees?
-Me voy –decidió María por segunda vez esa semana, agarró el farolito y se encaminó a la escalera. A su espalda sonó un suspiro, demasiado suave para ser de exasperación. Después, la voz profunda del demonio empezó a cantar, lenta, triste, una tonada que permanecía en la cabeza de María a la mañana siguiente, cuando salió de la cama.
-No eres un demonio, entonces –preguntó María la siguiente vez, mientras tejía a dos palillos. Si iba a contravenir las órdenes paternas y a arriesgarse a una tunda con la escoba y a la condenación de su alma por andar coloquiando a medianoche con un engendro diabólico, por lo menos iba a aprovechar para adelantar algo de trabajo.
-Ya te lo he dicho, eso es lo que dicen.
-No te estoy preguntando qué dice la gente. Te estoy preguntando la verdad.
-¡La verdad…! –la criatura parecía divertida con ese concepto-. No existe tal cosa, María.
-¿Siempre hablas con adivinanzas?
-No son adivinanzas.
-¿Eres un demonio, o no? –repitió María, dejando la media a medio tejer sobre su regazo para apoyar las manos sobre sus piernas cruzadas-. Mira, en una cosa te doy la razón: me he pasado toda mi vida queriendo hacer preguntas que no puedo hacer, porque me contestan con silencios, con malas caras y con cachetadas. Si tú, seas lo que seas, tampoco piensas contestarlas, me rindo y me voy. ¿Estamos?
Siguió un silencio largo, mas no tedioso. María se sorprendió pendiente de la respiración del demonio en el pozo, acompasando la suya propia al ritmo que marcaba la criatura, las tenues inhalaciones de alguien derrotado por la tristeza.
-Hay personas –dijo el demonio al cabo- que se asustan de lo que no entienden.
María siguió tejiendo en la oscuridad, sin hacer más preguntas. Tenía la sensación de que aquella última frase poseía más significados ocultos de lo que parecía a simple vista, pero éstos se le escapaban una y otra vez, como los puntos de la aguja en una trama demasiado tensa. La luz del farolito tremolaba dentro de su fanal de vidrio, creando una campana de luz ambarina como el caramelo, cálida como la canela, denegando el frío húmedo que campaba en las sombras. María y el demonio, o lo que fuera, seguían respirando al unísono.
-Estás muy solo, ¿verdad?
-Tanto como tú.
Aquella noche no hablaron más.
Conforme pasaban los días, María se encontraba pasando más y más tiempo en el patio delantero de la casa, o en el porche, con cualquier excusa. Papá y Mamá no la dejaba franquear la cerca de tablones que delimitaba la propiedad sin compañía, una regla que hasta entonces se le había hecho fastidiosa, pero no insoportable. Ahora, sin embargo, María se descubría contemplando la lejanía con una fruición desconocida, ansiando el cielo pálido, el camino que se perdía en el desierto, las brumosas montañas, más de lo que jamás imaginó. El salto en el estómago y la carne de gallina de la que había hablado el demonio cada vez eran más fuertes, como si sus quince años estuvieran gritando dentro de su cuerpo, un cuerpo que se le aparecía como la sima oscura en la que la criatura bajo la casa vivía atrapada. Estaba malhumorada y saltona, gritaba a sus hermanos menores y se ganaba que los mayores la golpearan en la nuca por malcriada. A veces le echaba la culpa al demonio por meterle ideas en la cabeza, segura de que aquello era parte de su malvado plan para destruirla. Otras veces se le ocurría que lo único que había hecho él era poner en palabras algo que María llevaba sabiendo toda su vida. Que quería saber. Que quería más.
viernes, 20 de diciembre de 2013
La historia inacabada
¿Cuántas,
cuántas puertas cerradas,
cuántas habitaciones abandonadas?
¿Cuántas labores se hielan
a mitad de puntada?
¿Cuántos archivos viejos,
cuántas historias silenciadas,
cuándo por última vez vieron
la luz de la alborada
las grises cortinas
de la última morada?
Cuántos Cristos durmientes,
cuántas velas apagadas,
morimos, morimos,
cuanto fuimos será nada.
cuántas puertas cerradas,
cuántas habitaciones abandonadas?
¿Cuántas labores se hielan
a mitad de puntada?
¿Cuántos archivos viejos,
cuántas historias silenciadas,
cuándo por última vez vieron
la luz de la alborada
las grises cortinas
de la última morada?
Cuántos Cristos durmientes,
cuántas velas apagadas,
morimos, morimos,
cuanto fuimos será nada.
lunes, 16 de diciembre de 2013
Eloí Eloí (parte I)
Desde que tenía memoria, María había sabido que había un demonio encerrado bajo el suelo de su casa.
La familia de María vivía en un ranchito de barro y adobe en mitad de un desierto inmenso. Sobre sus cabezas, la bóveda del cielo era siempre de un azul muy pálido, herido por el sol blanco que cada día caminaba de horizonte a horizonte sobre la tierra yerma. Al este se veía el espinazo desdibujado de una cordillera, alrededor de cuyas cumbres danzaban buitres y jirones de niebla; al sur, al norte y al oeste el desierto seguía en línea recta, como tirada por un albañil, sólo interrumpiéndose de vez en cuando con algunos montes y dunas menores, cañones y quebradas con rincones umbríos donde las escasas lluvias conseguían hacer retoñar la hierba de vez en cuando. Ahí era donde el padre de María y sus hermanos mayores llevaban a las cabras de la familia a pastar. Ahí era donde, en una de sus excursiones, habían atrapado al demonio y lo habían llevado a la rastra hasta la casa.
El padre de María nunca le contó directamente cómo había ocurrido, aunque ella había oído la explicación entre susurros que le dio a su madre en la penumbra de la cocina, y los alardeos juveniles de sus hermanos. En el sótano del ranchito, donde se guardaban los sacos de frejoles y las ristras de choclos secos, el padre y los hermanos de María habían excavado un profundo pozo en la tierra viva, donde habían arrojado al demonio para luego cerrar la boca con una reja. El desgraciado no se resistía, oyó María decir a su hermano Carmelo, sólo miraba y miraba, como si todo le diera igual.
Desde entonces había habido un demonio bajo el suelo de la casa de María. Los niños tenían prohibidísimo bajar al sótano, bajo terribles penas que con las justas conseguían espantarles la curiosidad. Una vez, cuando tenía siete años, María y su hermano menor, Luisito, se habían aventurado por la escalera de madera que bajaba a las entrañas de la casa, armados sólo con una vela que no conseguía penetrar la densa oscuridad del subsuelo. El aire era húmedo y frío allá abajo, y extrañas corrientes de aire hacían bailar la llama de la vela. Sólo se atrevieron a bajar hasta el quinto escalón; después Luisito lloriqueó que no quería seguir, que le daba miedo, y María lo escoltó de vuelta hacia la luz, agradeciendo en silencio la excusa para no cumplir la travesura. Antes de cerrar la puerta, empero, no pudo resistirse a voltearse y mirar una última vez. Allá abajo, dentro de la negrura densa como el café, alguien respiraba.
María creció con el escalofrío de esa respiración en la espalda. Cada vez que pasaba frente a la puerta del sótano, los ojos de su mente, que no los de su cabeza, se volvían en otra dirección. El demonio bajo la casa era algo de lo que casi nunca se hablaba, aunque todos en aquella casa sabían, vivían, respiraban su presencia en los efluvios fríos que subían del corazón de la tierra. De vez en cuando, el párroco del pueblo más cercano se acercaba en su mula, en un viaje que le costaba el día entero, y bendecía la casa, llenando los alrededores de la fosa del sótano de agua bendita y derramando lo que le quedaba sobre los escalones. Eso, decía, mantendría confinada a la bestia, engendro del mismo Diablo, y luego otorgaba dones y dispensas a la valerosa y virtuosa familia que campeonaba contra el mal en su propia casa. Otras veces, algún viajero cansado hacía un alto en el ranchito y Papá y Mamá le permitían dormir junto a la lumbre, y antes de apagar las candelas Papá y Carmelo lo bajaban al sótano para que viera al monstruo. Una vez uno de los viajeros, un joven que había venido de muy lejos, se quedó tan impresionado con el demonio en la fosa que Consuelo, la hermana mayor de María, tuvo que cuidarlo toda la noche. El viajero se fue a la mañana siguiente, y nueve meses más tarde Consuelo tuvo un niño, Mateo. Papá y Mamá no dijeron nada sobre la criaturita, se limitaron a darle de comer, como habían hecho con sus cinco hijos y con la desdentada Abuela. Una boca más, una boca menos. Dios proveerá.
Una mañana, cuando María contaba trece años, Mamá le dio una olla y le pidió que bajara al sótano y la llenara de arroz, por favor. La respuesta a los ojos despavoridos de María fue un “¿Qué me miras? Algún día ibas a tener que bajar, ¿no? Y súbete también una ristra de ají amarillo”. María partió con la espalda tiesa.
-Y María.
-¿Sí, Mamá?
-No lo escuches.
Eso fue todo, y María bajó, sabiendo que algo en la casa había cambiado, que ya no era una de “los chiquillos”, si no una adulta. Bajó con un farolito, que iluminaba las paredes y el techo de tierra con una luz rojiza como la canela, y se encontró cara a cara con el pozo enrejado del demonio. “No, no mires”. Mientras localizaba el saco de arroz y hundía dentro la olla para llenarla, escuchó esa respiración que había marcado su infancia y que le recordaba, sin discusión, que no estaba sola, que había un demonio debajo de la casa. “No lo escuches, María. No lo escuches”. Procurando que no le temblaran las manos, eligió una ristra de ajíes, curvos como puñales vegetales, y se encaminó a la escalera sorteando el pozo, empleando todo su autocontrol en no echar a correr. Ya no era una niña, era una mujer. Sus hermanos habían bajado de toda la vida, ahora ella también. A su espalda, la respiración se había hecho más pesada, más densa, y María casi la sentía correrle por la columna.
-María… -susurró la voz desde el pozo. María emprendió la carrera escaleras arriba.
Cuando llegó a la cocina, con el corazón pateándole el pecho, Mamá apenas la obsequió con una mirada de desinterés.
-¿Y? –preguntó, y María comprendió.
-Nada –dijo. Y así fue como empezó a vivir realmente con el demonio.
Al principio, María intentaba enredar a alguno de sus hermanos mayores para que la acompañaran al sótano cada vez que necesitaba bajar. Bastaron un par de miradas y bufidos de desprecio para que se le metiera entre las cejas que aquello era un rito de paso, y que nadie en la casa estaba para andar bajándola al sótano del bracito. Así que apretó los dientes y bajó, bajó, bajó a la penumbra rojiza del sótano, a su aire frío y húmedo como un soplido, a la respiración del ser que dormitaba en el pozo. A veces, las primeras veces, María había escuchado su nombre entre susurros, y se las había arreglado para bloquear en su mente las voces que se preguntaban cómo era que el demonio sabía su nombre. Una vez, sin embargo, le pareció que la voz profunda que brotaba del subsuelo entonaba una canción. María se detuvo de golpe, con el farolito en una mano y una canasta de pallares en la otra. Aquella voz cantaba, muy bajito, una canción cuya letra no podía dilucidar desde allá arriba, pero que sonaba triste y dulce, con notas largas y trémulas, como los salmos del padre Mauricio. Sin darse cuenta de lo que hacía, María dio un par de pasos hacia el foso, y por primera vez en toda su vida se asomó al enrejado en la boca de la sima, pero desde muy atrás. Dentro todo era negro, negro, negro como la boca del infierno. Pero la voz que reverberaba desde abajo era hermosa.
Dividida como estaba entre la fascinación y el temor, María no se dio cuenta de que la canción se había apagado hacía rato, hasta la voz volvió a subir desde el pozo.
-¿Te ha gustado, María? –dijo aquella voz grave, cavernosa, traviesa. María ahogó una maldición entre los dientes y salió a escape, dejando un reguero de pallares en el suelo.
Aquel día, mientras comían en la abarrotada mesa de la cocina, María se atrevió a hablar.
-Cuando ustedes bajan al sótano, ¿escuchan cantar al demonio?
La mirada que le dirigió Papá le dio a entender dos cosas. Una, que sí, todos habían oído cantar al demonio. Y la otra, que no se hablaba de ese tema, nunca. Así que María calló.
Otro cuento más, mis estimadas zarigüellas. Lo he acabado esta mañana y me he animado a subirlo; no obstante, espero que, ya que es largo y hay que subirlo por partes, me dé tiempo a corregir el final, porque todavía no me convence.
Y recordad que los comentarios son HAMOR ^^
miércoles, 11 de diciembre de 2013
A veces me corro en protesta
A veces me corro en protesta.
Al fin y al cabo, el índice
es el dedo de señalar.
"Escúchame" dice cuando apunta al cielo.
"Cállate" dice cuando te apunta al pecho.
"Conciénciate" dice cuando señala la injusticia.
"¡Oh, dios, sí!" digo cuando estamos a solas
mi índice y yo.
Y cada vez que algún imbécil
quiere hacer un comentario "informado"
sobre mi complejidad psico-sexual,
sobre el terrible trabajo que le supongo,
sobre que a veces me basta con la intimidad
y no con el orgasmo,
mi dedo índice apunta al centro de mi universo
y una tormenta solar borra toda su mierda.
A veces el mundo es un asco
y entonces
me corro en protesta.
Cinco minutos,
un dos tres
y ¡pum! salgo a la calle
con las mejillas adornadas
por el colorete de un placer que es sólo mío
y una media luna en los labios,
que le jodan a esta ignorancia,
que aprendan o se larguen,
yo me corro cuando quiero,
que me agarren si pueden.
Una estupidez
y me hago un dedo en el baño,
una falta de respeto
y me hago un dedo en el baño,
una opinión castradora
y me hago un dedo en el baño,
un insulto en la calle
y me hago un dedo en el baño... del bar.
Con el índice señalo,
con el corazón insulto
y con ambos acaricio
la última respuesta.
¿Tu sandez? ¿Tu misoginia?
Yo me corro en protesta.
Adivina quién gana.
jueves, 21 de noviembre de 2013
Carencias en la educación y puñetazos en la boca
Mi entorno está lleno de pseudo-progresistas. Niñatos blancos heteros que, cuando toca exigir laicismo en la educación, criticar religiones en general, exigir dimisiones o tocar a rebato por acciones fascistas, se desgañitan vivos. Pero en cuanto hablas de desigualdad de género, de derechos LGTB, de la cultura de la violación, del racismo institucionalizado, de todos esos putos privilegios que se les caen por las orejas por el mero hecho de ser hombres, heterosexuales y blancos y vivir en el puñetero primer mundo, te mandan a la mierda a una velocidad de vértigo. "¿Día del orgullo gay? ¿Para qué? Ni que estuviéramos en el franquismo" "Pffff, el día de la mujer trabajadora; si ya podéis votar y trabajar, ¿qué más queréis?" "Tío, yo no soy racista, pero los gitanos son así, que no se integran".
Una persona no tiene la culpa de haber nacido en un ambiente privilegiado, ni de tener las cosas fáciles.
Sí que la tiene cuando da sus privilegios por hechos y les dice a otros grupos menos afortunados lo que deberían necesitar/querer/sentir/exigir.
Y desde luego también la tiene cuando se comporta como un capullo insensible.
Ya vale.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












