lunes, 3 de febrero de 2014

"A mí me gusta el humor negro, si a ti no te gusta no mires, pero no me censures".

Oh. Oh, cuánto lo siento. ¿Acaso te incomodé con mi exigencia de respeto? ¿Te molestan mis lágrimas y mi humillación? ¿Por ventura mi puto estrés post traumático ha perturbado en medida alguna tu sacrosanto derecho a echarte unas risas a costa de otros?

Mil perdones. Mil excusas. La próxima vez iré a sentirme como una mierda a otro rincón para que no tengas que recordar que eres una persona horrible, para que ni siquiera tengas que replantearte tu vida y tus privilegios; la próxima vez me callaré para que no sepas que no, no eres un un buen tío.

OH DIOS, TE VAS A IR A LA MIERDA. TE VAS A IR TANTO A LA MIERDA QUE VAS A TRASCENDER LA MIERDA Y VAS A CONOCER LOS MÁS RECÓNDITOS INTERSTICIOS DEL PROPIO CONCEPTO DE LA MIERDA. TE VAS A IR TANTO A LA PUTA MIERDA QUE ACABARÁS POR HACER LA VUELTA COMPLETA Y A DARTE CUENTA DE QUE LA MIERDA ERES TÚ.

Buenas noches, Valencia.

Serenata de invierno


Hay algunas cosas doradas en este mundo, que parecen pertenecer al mismo, misterioso campo semántico.

Las manzanas asadas, la canela, la mantequilla derretida, el caramelo, el té negro, el azúcar moreno, el clavo de olor, la sidra caliente, el ron.

En los días helados como éste, los sabores dorados que guarda la memoria son una cinta color ocaso que calienta el alma y las manos que sostienen al corazón.

jueves, 23 de enero de 2014

Eloí Eloí (parte III)



Parte I

Parte II

-Si no eres un demonio, ¿qué eres? –insistió una noche, una de tantas, sentaba al borde del pozo. Aún no se atrevía a asomarse a mirar.
-Me han puesto muchos nombres –replicó perezosamente el demonio desde las profundidades húmedas de la tierra. María casi podía imaginarse la corporeidad nunca vista de la criatura, revolviéndose lánguidamente en la oscuridad, dando vueltas por las paredes empedradas de su prisión-. Ninguno de ellos me sirve ya. Ni te serviría a ti.
-¿Por qué no?
-Porque vengo de un lugar distinto. De un mundo distinto, si te place. Los nombres aquí y allí no son lo mismo, no sirven para lo mismo. Ni siquiera sé con certeza si hay un aquí y allí, la verdad.
-¿No sabes de dónde vienes? –María empezaba a acostumbrarse a las respuestas confusas de la criatura, que circunnavegaba los temas en lugar de ir directamente a lo que quería decir. Tal vez la pobre no conocía otra manera de hablar.
-Sé de dónde vengo. Y hubo un tiempo en que supe quién era, qué era. Ahora ya no. Ahora lo sé todo, y no sé nada.
-Mi familia está segura de que eres un demonio.
-Desde luego –en la oscuridad se notó una sonrisa cansada.
-Por algo lo habrán pensado.
-Ya te lo dije, algunas personas se asustan de lo que no entienden.
-Sí, ya me has dejado muy claro que mi familia es de ese tipo de personas. Y tienes razón. Pero no son tontos. No confundirían a un hombre cualquiera con un demonio, no traería a un pastor o a un viajero perdido con una soga al cuello para encerrarlo bajo la casa. Y –María hizo una pausa, jugando con la orla de su pollera- un pastor o un viajero perdido no habría sobrevivido a quince años encerrado bajo tierra sin agua ni comida.
-No, en efecto.
-Lo que quiero decir es –otra pausa, esta vez para ordenar las ideas que daban saltos en su cabeza; no estaba acostumbrada a conversar en esos términos- que hay algo en ti… que tú eres algo. No eres un hombre. No eres…
-¿Humano?
-No.
-Pensé que eso ya lo sabías.
-Claro que siempre lo he sabido. Pero oírte hablar… platicar contigo, hace que todo sea más difícil. Antes había un demonio debajo de la casa, y punto. Ahora me da por preguntarme quién eres y por qué te trajeron aquí, por qué sigues aquí. Por qué te dejaste prender. Seas lo que seas, si te tomaron por un demonio, es porque había algo en ti diferente a cualquier otro.  Algo que sorprendiera… que diera miedo. Algo que los empujara a echarte la soga al cuello y tirarte a este pozo, lejos del mundo.
-No he dicho nunca que no sea un demonio –exhaló la criatura, y María se envaró. De repente notaba con claridad el frío del sótano, la humedad calándole la piel. Algo se agitó suavemente en el fondo de la sima, y un escalofrío le partió la espalda.
-No –dijo quedamente-. No.
-Mírame, María –la voz aterciopelada de la criatura era de repente imperiosa-. Ven a mirarme.
-No.
-Asómate y mírame, descubre eso que tanto quieres saber.
-No.
-Corre hacia el desierto. Sube al techo. Levanta la sábana.
-No…
-¡MÍRAME! –y de repente algo que parecían manos aferraron la reja y el peso de un cuerpo disparado golpeó el metal, y a la luz del farolito titilaron unos ojos dorados, unas pupilas verticales, candelas desencarnadas en un mar de oscuridad. La respiración del engendro le subió por las piernas, helada, deseante-. Libérame, María. Libérame.
-¡No! –María abandonó el sótano a la carrera y cruzó todo el ranchito al galope, arrojándose sobre los tablones del porche bajo la luz gris del amanecer lejano, llorando, de horror, de angustia, de compasión. Sentada allí, abrazándose las rodillas como una momia precolombina, la encontró Mamá al salir el sol, cuando bajó al patio a buscar agua.

Durante semanas María estuvo enferma. O al menos eso dijeron Papá y Mamá. La niña andaba afiebrada, paseándose por la casa con ojos vidriosos y alucinados, las manos temblorosas y las rodillas de lana. Apenas probaba bocado en las comidas, y se había puesto a llorar varias veces sin motivo alguno. “Nos tiene contentos la escuincla esta” refunfuñó Mamá una mañana mientras revolvía el chocolate en el fogón y María, envuelta en una manta, miraba temblando por la ventana de la cocina. En ese momento la Abuela tuvo uno de sus raros momentos de lucidez.
-Es la edad, Magdalena. ¿No te acuerdas de cuando tú eras así? Loca, loquita estabas.
-Calle, madre -dijo Mamá, y a María le pareció que lo decía con turbación. La Abuela sonrió con su boca desdentada y empezó a mecerse en su silla, cantando en voz bajita una canción triste cuyas palabras parecían escapársele de entre los labios arrugados como garbanzos de las manos. "Canta y camina, canta y camina, caminante" parecía decir, y "Cristo ten piedad, ten piedad de nosotros".
La mirada de María se volvió sin su permiso hacia la puerta del sótano.

No fue hasta la noche en que María se encontró a sí misma tendida sobre los tablones del suelo de su cuarto, tratando de adivinar en los suspiros y crujidos del ranchito la respiración que bullía bajo la casa, que acabó dándose cuenta de que llevaba deseando volver desde la noche en que huyó. María nunca había sabido que hubieran cosas en el mundo que pudieran dar miedo y atraerla a la vez; hasta entonces, ambas sensaciones había sido excluyentes. Furiosa consigo misma, furiosa con el mundo, furiosa con la criatura que moraba en las entrañas de su casa y se atrevía a aterrorizarla y fascinarla, María bajó hasta la maldita puerta del sótano y encendió el farolito con las manos entumecidas, sintiendo ganas de llorar, aunque no sabía por qué. Abrió; abajo seguía estando tan frío y húmedo como siempre, y el aire estaba denso, de expectación, de oscuridad y de un rumor extraño, bajo, trémulo. El demonio cantaba, y por primera vez María distinguía las palabras, enhebrando un idioma que jamás había oído, una canción castigada por una atávica tristeza. "Elohim Elohim, lama sabachtani…?"
-Basta -se quebró la voz de María en la penumbra.
-Has vuelto. De nuevo.
-Basta -suplicó de nuevo María, odiándose.
-Siempre supe que volverías. Aunque admito que tuve miedo -y la voz de la criatura era queda, vulnerable. ¿Cómo se atrevía?-. Pensé…
-¡Cállate! -gritó María todo lo alto que se atrevía, dejándose caer derrotada en el suelo, lejos del pozo-. Para. Lo que sea que me hayas hecho, para. Por favor.
-¿Por favor…? -hubo una pausa en la que María se imaginó claramente a la criatura parpadeando confusa-. ¿Qué se supone que te he hecho, María?
-Nada. Todo -María se mesó los cabellos, dándose cuenta por primera vez de lo desesperada que se sentía-. Embrujarme, maldecirme, decirme la verdad. Como lo llames.
-¿Maldecirte? ¿Decirte la verdad? -el demonio se tomó su tiempo para reír quedamente, con placer-. ¿Decirte la verdad sobre qué?
-Sobre mí -dijo María, al borde del llanto. El corazón le pateaba el pecho y al aire le costaba encontrar el camino arriba y abajo de su garganta. Nunca había estado tan aterrada en toda su vida-. Tenías razón. Yo no… yo no quiero…
-¿Sí?
-No quiero estar aquí -admitió María, las primeras lágrimas redoblando sobre su camisa de dormir, tensa sobre sus piernas cruzadas-. No quiero esta casa. No quiero esto. No quiero ir al mercado los lunes, no quiero cargar la burra, no quiero cocinar para mis hermanos. No quiero… no quiero esta familia -confesó destrozada, tendiéndose de costado sobre la tierra apisonada, incapaz de mantener recta la columna-. Dios me perdone. Oh Dios, oh Dios mío, odio esta casa, odio esta vida, a veces odio a mi familia. Quiero irme lejos. A veces quiero correr tanto y tan duro que creo que me voy a poner a gritar. Quiero creerte. Carajo, quiero creerte a ti antes que a mi padre y a mi madre -las palabras de María se disolvieron en un llanto salivado, condenado-. Voy a ir al infierno… voy a ir al infierno…
-Ya estás en él -dijo de súbito el demonio, y María se sorprendió tanto que el llanto se le cortó por un momento. Alzó la mirada gelatinosa hacia el pozo, como haría alguien al buscar la mirada de un amigo-. Ambos lo estamos.
-¿Cómo?
-Ya estás en el infierno, María. Y yo también -el demonio escupía con rabia, calculando cada sílaba para imprimirle toda la desilusión que pudiera-. ¿Cómo llamas si no a esta cárcel?
-Pero…
-Yo lo tuve todo, María. Todo. Oh, la gloria, la gracia, para ti no son más que palabras. Para mí eran hechos, verdades, realidades tan palpables como el pan que comes y la ropa que vistes. Envuelto en luz, con alas coronadas de sol. Sin deseos… -con la cara aún pegajosa de lágrimas, María se incorporó a medias y se arrastró hacia el pozo, sin ser consciente de lo que hacía-. Sin miedo a perder. Yo lo fui todo, y lo perdí, y fui arrojado a este abismo, a esta sima, a este mundo triste aferrado por el miedo y marcado por la muerte. Todos cuantos me amaron me dieron la espalda -la voz de la criatura vagaba, arriba y abajo, una cordillera ronca y oscura dibujada contra el ámbar del crepúsculo, perdido en sus propios recuerdos. María contenía la respiración-. Yo, que sentí el amor supremo, que pude haber tenido la eternidad. Fallé, y estoy aquí, y llevo todos estos años castigado por haber soñado, por haber deseado, por haberme atrevido a hacer la pregunta que iba a merecer el silencio y la cachetada. Aquí me ves, tumbado en lo más abyecto del suelo por preguntar. Y tú…
-Yo, ¿qué? -preguntó María con un hilo de voz. Sus manos heladas se aferraban casi al borde de la sima.
-Tú llevas tu propia eternidad encerrada en otro tipo de pozo, sin oportunidad de escapar.
Los ojos de María vagaron por un momento. Ahora que había pasado el pánico y el llanto, las palabras del demonio empezaban a resultar claras y directas, como nunca lo habían sido. El cuerpo, el rancho, el pozo.
-Tú sabes lo que viene -prosiguió el demonio-. Día tras día de lo mismo. Desgrana el choclo, pela las vainitas, cuela el café, cose los rotos, barre el porche, carga la mula, alimenta a la Abuela, sí Mamá, no Mamá, hasta el fin de tus días. Y luego tal vez Papá y Mamá te encuentren un esposo, y te dirán que qué suerte, que tendrás un hombre y una casa para ti sola, y entonces te irás a un ranchito igual a este, en un pedazo de desierto igual a este, a parir y a parir hasta que te cedan las entrañas, desgrana el choclo, pela las vainitas, cuela el café, cose los rotos…
-¡Para! -chilló María, aterrada-. Para por favor. No sigas. No puedo.
-El infierno -sentenció la criatura, ahora tan cerca de la reja que María podía sentir el lento girar del demonio en el pozo, casi al alcance de su mano-. Estamos en el infierno. Los dos.
Siguió el silencio. María acezaba, apoyada sobre un muslo y las dos manos para poder asomarse a la boca de la sima. Notaba la frente y las axilas húmedas de un sudor frío. Allá, no demasiado lejos en la oscuridad, chispeaban dos candelas doradas. Un aliento húmedo, que olía a musgo y a fósforo, se elevó en volutas por entre los barrotes y le besó las dos mejillas.
-Daría lo que fuera -admitió el demonio, muy lentamente-, lo que fuera, por poder salir.
-¿Por qué no puedes salir? -preguntó María, articulando por fin la pregunta que llevaba meses rondándole la mente-. Demonio, o ángel, o lo que seas, un pozo y una reja no deberían ser barrera para ti. ¿Por qué no sales?
-Porque tengo frío -dijo la criatura, como si eso lo explicara todo-. Porque estoy débil, elohim, qué débil estoy. Ya lo estaba antes de caer en las manos de tu padre y tus hermanos; débil y desorientado. Pero todos estos años no han hecho más que agravar ese estado. El frío de este sótano se me mete por la garganta y me inunda el pecho, me ahoga, me congela, me paraliza. Añoro el calor del sol, la caricia de la llama… -sonó un triste susurro-. Languidezco aquí, alejado de todo cuanto amo, y veo con el rabillo del ojo la corona de ámbar que se dibuja en la boca del pozo cuando bajas con tu farolito, y aspiro, jadeo, anhelo con una sed asesina ese calor que se me niega. Estoy débil, muy débil, y no puedo salir.
-¿Por eso me llamaste? -preguntó María en un susurro.
-Llevo quince años llamando, María. Tú fuiste la única que me escuchó.
Aquella extremidad oscura que parecía una mano se agarró a los barrotes, lentamente, con una desesperanza de siglos. Por un instante fugaz, María alargó la mano hacia ella, como hacía con Luisito cuando se caía y lloraba. Pero la retiró a tiempo.
-No puedo liberarte -dijo, y se puso de pie, sacudiéndose el camisón-. No me pidas que asuma esa responsabilidad.
-Por favor, María…
-No puedo -repitió María, sintiendo cómo le pesaba cada palabra-. No puedo.
-Por favor. María, María, dulce María.
-No. No puedo. ¡No puedo! -y se marchó del sótano, tapándose los ojos con el antebrazo para enjugar unas minúsculas lágrimas que le picaban en las comisuras de los ojos.

Subió a su cuarto con el farol apagado, pero en lugar de meterse en la cama con Irene se sentó en el arcón de la ropa blanca, junto a la ventana, a mirar la luna y a esperar el sol. La Virgen, otra noche sin dormir.

miércoles, 15 de enero de 2014

Romance por un ausente

Una vez conocí a una señora
(yo digo señora,
pero yo era chiquita entonces,
tal vez fuera joven)
que tenía los ojos muy tristes.
Esa señora era mi vecina
y había algo en ella
infinitamente triste
pero sus ojos eran dulces
y siempre me saludaba
"¿cómo estás, bonita?"
al subir las escaleras
(ella vivía en el ático).
Me intrigaba esta señora,
con sus párpados caídos
y su andar de lado a lado
como si cargara en la espalda
un peso grandísimo.
Siempre quise saber
por qué estaba tan triste.
Pero yo era chiquita entonces
y los mayores nunca contestaban mis preguntas,
sólo cuchicheaban sobre mi cabeza
que sí
que qué pena
qué pena tan grande.
Y así me fui enterando
poquito a poco
que la vecina de arriba,
la señora de los ojos tan tristes
había querido a mucha gente
que se había marchado:
que no tenía padres ni hermanos
y que sus amigos estaban muy lejos;
que estaba sola, muy sola
y por eso estaba tan triste.
Lo lamenté mucho por la señora
porque es terrible estar tan sola
y a veces le sonreía
cuando me decía "¿cómo estás, bonita?"
y me acariciaba el pelo con una mano huesuda
y muy leve
y muy dulce
y muy triste.
Pobre la señora,
pobrecita.
Un día la vecina del ático
se enamoró.
No le dijo nada a nadie
y casi nadie vio al señor
de quien se había enamorado;
era una sombra en el hueco de la escalera
que la visitaba de noche
y se iba de madrugada.
Y la gente cuchicheaba, cuchicheaba.
Yo me quise alegrar por la vecina
del ático
que siempre era tan buena conmigo,
pero siempre estaba tan triste
que me temí algo malo.
Después de un tiempo
el novio de la señora triste
se mató en un accidente
y todo el mundo suspiró de pena
y ella se encerró el ático
y no quiso ver a nadie;
ya no pasaba a mi lado
ni me llamaba bonita.
Pasaron dos semanas
y una noche sonaron voces
en el rellano del ático
y una puerta que se abría a patadas
y gente que ladraba
y alguien que lloraba.
La señora triste desapareció
y el ático se quedó vacío.
Los dueños no pudieron venderlo
y los niños del barrio
jugaban a colarse dentro
a ver quién era más valiente.
Los adultos decían cosas
sobre la policía que había venido
y telediarios y periódicos
"qué horror, qué barbaridad"
y me mandaban callar;
yo escuchaba bajo la mesa
y desde el rincón oscuro del pasillo.
Poco después nos mudamos
y el recuerdo de la señora triste
se quedó en su ático vacío
como un fantasma.
Mis padres nunca hablan de ello.
Yo no se lo he contado a nadie,
pero hubo mucha gente que dijo
después de la noche de la redada
que la señora del ático
había dormido dos semanas
junto al cadáver de su novio
y cuando vio que no podía conservarlo más
empezó a comérselo
para quedarse con él.
Aquí creo que nadie lo sabe.
El suyo es un recuerdo oscuro.
Yo lo pienso y siento pena
mucha pena
por esa señora triste
que vivía en el ático.

Sí, ya. Yo tampoco sé qué coño.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Eloí Eloí (parte II)



Nunca pudo, por ende, preguntar a su familia si a ellos el demonio también les intentaba hablar. Porque María estaba segura, aun sin poder ponerlo en palabras, de que la criatura que moraba en la sima oscura bajo la casa trataba de llamar su atención de manera particular. Cantaba con aquella voz tan dulce y tan triste hasta que conseguía que María se asomara un poquito por el borde del foso, sólo un poquito. Hacía preguntas al aire, sin esperar respuesta; preguntas acerca de cosas que sólo María podía saber, acerca de cosas que ella sólo había pensado, o sentido. Cosas que jamás le diría a nadie. “¿Te has aburrido mucho en la comida de hoy, María?” “¿Hablaba tu hermana Irene en sueños anoche, María? ¿Qué decía? ¿Qué decía, María?” Su nombre, siempre repetía su nombre, en un susurro vibrante, oscuro, espeso como el chocolate derretido. Y María corría, corría escaleras arriba, donde podía ser otra vez la mujer crecida que su familia esperaba que fuera y no una niñita partida entre el miedo atroz al monstruo del sótano y la mortal curiosidad por la voz preciosa que susurraba su nombre. A veces en la noche, cuando la luna era un plato blanquiazul tiñendo de plata las peladas arenas del desierto, a través del silbido del viento entre las grietas del rancho, María creía escuchar la voz del demonio, llamándola desde el corazón de la tierra. María, María, ven a mí, María.
-María.
-Ya cállate –le espetó un día sin darse cuenta. Hacía ya unos meses que había pasado el día de sus quince años. Se apartó con irritación una trenza de la cara al volverse para mirar al foso. Quince años.
Desde las profundidades de la prisión de tierra, el engendro soltó una risita.
-¿Me tienes miedo, María?
-No –dijo ella, y era casi verdad. Sólo una estúpida no habría tenido un poquito de miedo en presencia de un demonio, por muy confinado en su pozo que estuviera; pero después de tantos años y de tantos corretearla su voz por el sótano, como un perro habría correteado a un perrito de la pradera, María empezaba a acostumbrarse a su presencia. No tanto a la curiosidad que le despertaba.
-¿No? Serías la primera –dijo el demonio, y parecía complacido. Sonaba como si sonriera. “¿Los demonios sonríen?” se encontró preguntándose María.
-¿Y?
-Tú no eres como tus hermanos. Ni como tu padre –susurró el demonio.
-¿Por qué no?
-Tú quieres saber. Intentas disimularlo, pero quieres saber.
-¿Saber qué? –de repente María se dio cuenta de que se había acercado más que nunca al borde del enrejado, y podía sentir cómo el hálito frío y húmedo le trepaba por las piernas bajo la pollera, como la lengua de un perro. Se le erizó el pelo. Algo en el fondo de aquella sima se movía-. Me voy –dijo con brusquedad, agarró el candil y el frasco de melaza que había ido a buscar y se encaminó decidida hacia las escaleras. 
Desde las profundidades del pozo se volvió a oír una risita.
-Adiós, adiós, niña María.

Unas noches más tarde, María se escurrió fuera de la cama que compartía con su hermana Irene cuando se aseguró de que toda la casa dormía. Sacó el farolito y las alpargatas del arcón, pero tuvo el buen tino de no encender la luz ni calzarse hasta no hallarse en la cavernosa cocina, en el piso inferior del ranchito. Mientras bajaba con decisión las escaleras que se zambullían en el sótano, notaba un zumbido persistente en los oídos; un zumbido que encontraba su eco en la tensión vibrante de sus músculos y sus vísceras.
Se sentó junto al pozo. Dejó el farolito en el suelo como un desafío.
-Has vuelto –dijo la voz desde la sima.
-¿Qué querías decir con lo de que yo quiero saber?
-Has vuelto –el demonio parecía sorprendido. Complacido, pero sorprendido.
-Oye. Contesta a mi pregunta primero.
Por primera vez, el demonio guardó silencio. María esperó implacable, con las piernas cruzadas, rechinando los dientes.
-¿Cuál pregunta era esa?
-No te hagas el imbécil –escupió María, tratando de mantener su voz estable-. Me has estado llamando desde hace años, cada vez que bajo aquí, todo el tiempo jode y jode con María esto y María lo otro. Querías hablar, y he bajado a hablar.
Otra risita. ¿Era esa su idea de bromear? María no sabía si eso la irritaba o la tranquilizaba.
-Has bajado porque sentías curiosidad. Porque quieres saber. Por eso he dicho lo que he dicho.
-¿Saber qué?
-¡Todo, María! –soltó el demonio de pronto, haciendo que la muchacha saltara hacia atrás con el corazón al galope-. Tú quieres saber, quieres saberlo todo. Yo lo sé. Sé cómo miras la luna desde tu ventana cuando no puedes dormir, preguntándote adónde va cuando sale el sol, qué tan grande se verá desde las montañas que baña con su luz. Sé que no puedes dormir a diario, haciéndote preguntas que no te atreves a hacerle a nadie porque temes que Papá y Mamá te manden a callar –María tragó saliva, sintiendo de pronto el frío del sótano calándole los huesos-. Sé que no puedes mirar a Mateíto sin pensar en el viajero que durmió aquí la noche que lo engendraron. Preguntándote cómo fue lo que pasó entre él y Consuelo. Qué hicieron y cómo lo hicieron.
-Basta.
-Sé que a veces te sientas en el porche a desgranar arverjitas y miras a lo lejos, y se te encoge el estómago porque sientes un impulso casi irresistible de tirar la batea y salir corriendo por el camino del desierto, correr, correr, correr con los pelos al aire y gritar y gritar hasta que se te vaya la voz. Sé que te dan escalofríos y se te enchina la piel cuando te viene esa sensación.
-Papá y Mamá no me dejan salir de la casa sola –balbució María estúpidamente.
-Así es. Y no lo soportas, María, porque quieres saber. Quieres saber de una buena vez cómo es ese desierto que se extiende más allá de la ruta que va al mercado, cómo se ve la luna desde las cumbres de los cerros, cómo es eso exactamente que hizo Consuelo cuando se metió en el jergón del viajero –el demonio hizo una pausa, para relamerse, para dejar sus palabras hacer efecto, para respirar, María no lo sabía-. Quieres saber, y por eso estás aquí. Son muchos años de preguntas sin respuesta.
-Crees que lo sabes todo de mí –replicó María, recuperando su aplomo.
-Lo sé todo de ti. Lo sé todo sobre todo. Así es como soy –explicó el demonio con calma, la voz grave y ronroneante.
-No sé ni por qué te estoy escuchando. Eres un demonio. Intentas confundirme.
-Eso dicen.
-¿Qué dicen?
-Que soy un demonio.
-¿Y no es verdad? –María se sentía obligada a ser desagradable con la criatura. Sentía que así se protegía de ella, que no infringía tanto las normas de no escucharla.
-¿Tú qué crees?
-Me voy –decidió María por segunda vez esa semana, agarró el farolito y se encaminó a la escalera. A su espalda sonó un suspiro, demasiado suave para ser de exasperación. Después, la voz profunda del demonio empezó a cantar, lenta, triste, una tonada que permanecía en la cabeza de María a la mañana siguiente, cuando salió de la cama.

-No eres un demonio, entonces –preguntó María la siguiente vez, mientras tejía a dos palillos. Si iba a contravenir las órdenes paternas y a arriesgarse a una tunda con la escoba y a la condenación de su alma por andar coloquiando a medianoche con un engendro diabólico, por lo menos iba a aprovechar para adelantar algo de trabajo.
-Ya te lo he dicho, eso es lo que dicen.
-No te estoy preguntando qué dice la gente. Te estoy preguntando la verdad.
-¡La verdad…! –la criatura parecía divertida con ese concepto-. No existe tal cosa, María.
-¿Siempre hablas con adivinanzas?
-No son adivinanzas.
-¿Eres un demonio, o no? –repitió María, dejando la media a medio tejer sobre su regazo para apoyar las manos sobre sus piernas cruzadas-. Mira, en una cosa te doy la razón: me he pasado toda mi vida queriendo hacer preguntas que no puedo hacer, porque me contestan con silencios, con malas caras y con cachetadas. Si tú, seas lo que seas, tampoco piensas contestarlas, me rindo y me voy. ¿Estamos?
Siguió un silencio largo, mas no tedioso. María se sorprendió pendiente de la respiración del demonio en el pozo, acompasando la suya propia al ritmo que marcaba la criatura, las tenues inhalaciones de alguien derrotado por la tristeza.
-Hay personas –dijo el demonio al cabo- que se asustan de lo que no entienden.
María siguió tejiendo en la oscuridad, sin hacer más preguntas. Tenía la sensación de que aquella última frase poseía más significados ocultos de lo que parecía a simple vista, pero éstos se le escapaban una y otra vez, como los puntos de la aguja en una trama demasiado tensa. La luz del farolito tremolaba dentro de su fanal de vidrio, creando una campana de luz ambarina como el caramelo, cálida como la canela, denegando el frío húmedo que campaba en las sombras. María y el demonio, o lo que fuera, seguían respirando al unísono.
-Estás muy solo, ¿verdad?
-Tanto como tú.
Aquella noche no hablaron más.



Conforme pasaban los días, María se encontraba pasando más y más tiempo en el patio delantero de la casa, o en el porche, con cualquier excusa. Papá y Mamá no la dejaba franquear la cerca de tablones que delimitaba la propiedad sin compañía, una regla que hasta entonces se le había hecho fastidiosa, pero no insoportable. Ahora, sin embargo, María se descubría contemplando la lejanía con una fruición desconocida, ansiando el cielo pálido, el camino que se perdía en el desierto, las brumosas montañas, más de lo que jamás imaginó. El salto en el estómago y la carne de gallina de la que había hablado el demonio cada vez eran más fuertes, como si sus quince años estuvieran gritando dentro de su cuerpo, un cuerpo que se le aparecía como la sima oscura en la que la criatura bajo la casa vivía atrapada. Estaba malhumorada y saltona, gritaba a sus hermanos menores y se ganaba que los mayores la golpearan en la nuca por malcriada. A veces le echaba la culpa al demonio por meterle ideas en la cabeza, segura de que aquello era parte de su malvado plan para destruirla. Otras veces se le ocurría que lo único que había hecho él era poner en palabras algo que María llevaba sabiendo toda su vida. Que quería saber. Que quería más.

viernes, 20 de diciembre de 2013

La historia inacabada

¿Cuántas,
cuántas puertas cerradas,
cuántas habitaciones abandonadas?
¿Cuántas labores se hielan
a mitad de puntada?
¿Cuántos archivos viejos,
cuántas historias silenciadas,
cuándo por última vez vieron
la luz de la alborada
las grises cortinas
de la última morada?
Cuántos Cristos durmientes,
cuántas velas apagadas,
morimos, morimos,
cuanto fuimos será nada.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Eloí Eloí (parte I)



Desde que tenía memoria, María había sabido que había un demonio encerrado bajo el suelo de su casa.
La familia de María vivía en un ranchito de barro y adobe en mitad de un desierto inmenso. Sobre sus cabezas, la bóveda del cielo era siempre de un azul muy pálido, herido por el sol blanco que cada día caminaba de horizonte a horizonte sobre la tierra yerma. Al este se veía el espinazo desdibujado de una cordillera, alrededor de cuyas cumbres danzaban buitres y jirones de niebla; al sur, al norte y al oeste el desierto seguía en línea recta, como tirada por un albañil, sólo interrumpiéndose de vez en cuando con algunos montes y dunas menores, cañones y quebradas con rincones umbríos donde las escasas lluvias conseguían hacer retoñar la hierba de vez en cuando. Ahí era donde el padre de María y sus hermanos mayores llevaban a las cabras de la familia a pastar. Ahí era donde, en una de sus excursiones, habían atrapado al demonio y lo habían llevado a la rastra hasta la casa.
El padre de María nunca le contó directamente cómo había ocurrido, aunque ella había oído la explicación entre susurros que le dio a su madre en la penumbra de la cocina, y los alardeos juveniles de sus hermanos. En el sótano del ranchito, donde se guardaban los sacos de frejoles y las ristras de choclos secos, el padre y los hermanos de María habían excavado un profundo pozo en la tierra viva, donde habían arrojado al demonio para luego cerrar la boca con una reja. El desgraciado no se resistía, oyó María decir a su hermano Carmelo, sólo miraba y miraba, como si todo le diera igual.
Desde entonces había habido un demonio bajo el suelo de la casa de María. Los niños tenían prohibidísimo bajar al sótano, bajo terribles penas que con las justas conseguían espantarles la curiosidad. Una vez, cuando tenía siete años, María y su hermano menor, Luisito, se habían aventurado por la escalera de madera que bajaba a las entrañas de la casa, armados sólo con una vela que no conseguía penetrar la densa oscuridad del subsuelo. El aire era húmedo y frío allá abajo, y extrañas corrientes de aire hacían bailar la llama de la vela. Sólo se atrevieron a bajar hasta el quinto escalón; después Luisito lloriqueó que no quería seguir, que le daba miedo, y María lo escoltó de vuelta hacia la luz, agradeciendo en silencio la excusa para no cumplir la travesura. Antes de cerrar la puerta, empero, no pudo resistirse a voltearse y mirar una última vez. Allá abajo, dentro de la negrura densa como el café, alguien respiraba.
María creció con el escalofrío de esa respiración en la espalda. Cada vez que pasaba frente a la puerta del sótano, los ojos de su mente, que no los de su cabeza, se volvían en otra dirección. El demonio bajo la casa era algo de lo que casi nunca se hablaba, aunque todos en aquella casa sabían, vivían, respiraban su presencia en los efluvios fríos que subían del corazón de la tierra. De vez en cuando, el párroco del pueblo más cercano se acercaba en su mula, en un viaje que le costaba el día entero, y bendecía la casa, llenando los alrededores de la fosa del sótano de agua bendita y derramando lo que le quedaba sobre los escalones. Eso, decía, mantendría confinada a la bestia, engendro del mismo Diablo, y luego otorgaba dones y dispensas a la valerosa y virtuosa familia que campeonaba contra el mal en su propia casa. Otras veces, algún viajero cansado hacía un alto en el ranchito y Papá y Mamá le permitían dormir junto a la lumbre, y antes de apagar las candelas Papá y Carmelo lo bajaban al sótano para que viera al monstruo. Una vez uno de los viajeros, un joven que había venido de muy lejos, se quedó tan impresionado con el demonio en la fosa que Consuelo, la hermana mayor de María, tuvo que cuidarlo toda la noche. El viajero se fue a la mañana siguiente, y nueve meses más tarde Consuelo tuvo un niño, Mateo. Papá y Mamá no dijeron nada sobre la criaturita, se limitaron a darle de comer, como habían hecho con sus cinco hijos y con la desdentada Abuela. Una boca más, una boca menos. Dios proveerá.
Una mañana, cuando María contaba trece años, Mamá le dio una olla y le pidió que bajara al sótano y la llenara de arroz, por favor. La respuesta a los ojos despavoridos de María fue un “¿Qué me miras? Algún día ibas a tener que bajar, ¿no? Y súbete también una ristra de ají amarillo”. María partió con la espalda tiesa.
-Y María.
-¿Sí, Mamá?
-No lo escuches.
Eso fue todo, y María bajó, sabiendo que algo en la casa había cambiado, que ya no era una de “los chiquillos”, si no una adulta. Bajó con un farolito, que iluminaba las paredes y el techo de tierra con una luz rojiza como la canela, y se encontró cara a cara con el pozo enrejado del demonio. “No, no mires”. Mientras localizaba el saco de arroz y hundía dentro la olla para llenarla, escuchó esa respiración que había marcado su infancia y que le recordaba, sin discusión, que no estaba sola, que había un demonio debajo de la casa. “No lo escuches, María. No lo escuches”. Procurando que no le temblaran las manos, eligió una ristra de ajíes, curvos como puñales vegetales, y se encaminó a la escalera sorteando el pozo, empleando todo su autocontrol en no echar a correr. Ya no era una niña, era una mujer. Sus hermanos habían bajado de toda la vida, ahora ella también. A su espalda, la respiración se había hecho más pesada, más densa, y María casi la sentía correrle por la columna.
-María… -susurró la voz desde el pozo. María emprendió la carrera escaleras arriba.
Cuando llegó a la cocina, con el corazón pateándole el pecho, Mamá apenas la obsequió con una mirada de desinterés.
-¿Y? –preguntó, y María comprendió.
-Nada –dijo. Y así fue como empezó a vivir realmente con el demonio.

Al principio, María intentaba enredar a alguno de sus hermanos mayores para que la acompañaran al sótano cada vez que necesitaba bajar. Bastaron un par de miradas y bufidos de desprecio para que se le metiera entre las cejas que aquello era un rito de paso, y que nadie en la casa estaba para andar bajándola al sótano del bracito. Así que apretó los dientes y bajó, bajó, bajó a la penumbra rojiza del sótano, a su aire frío y húmedo como un soplido, a la respiración del ser que dormitaba en el pozo. A veces, las primeras veces, María había escuchado su nombre entre susurros, y se las había arreglado para bloquear en su mente las voces que se preguntaban cómo era que el demonio sabía su nombre. Una vez, sin embargo, le pareció que la voz profunda que brotaba del subsuelo entonaba una canción. María se detuvo de golpe, con el farolito en una mano y una canasta de pallares en la otra. Aquella voz cantaba, muy bajito, una canción cuya letra no podía dilucidar desde allá arriba, pero que sonaba triste y dulce, con notas largas y trémulas, como los salmos del padre Mauricio. Sin darse cuenta de lo que hacía, María dio un par de pasos hacia el foso, y por primera vez en toda su vida se asomó al enrejado en la boca de la sima, pero desde muy atrás. Dentro todo era negro, negro, negro como la boca del infierno. Pero la voz que reverberaba desde abajo era hermosa.
Dividida como estaba entre la fascinación y el temor, María no se dio cuenta de que la canción se había apagado hacía rato, hasta la voz volvió a subir desde el pozo.
-¿Te ha gustado, María? –dijo aquella voz grave, cavernosa, traviesa. María ahogó una maldición entre los dientes y salió a escape, dejando un reguero de pallares en el suelo.
Aquel día, mientras comían en la abarrotada mesa de la cocina, María se atrevió a hablar.
-Cuando ustedes bajan al sótano, ¿escuchan cantar al demonio?
La mirada que le dirigió Papá le dio a entender dos cosas. Una, que sí, todos habían oído cantar al demonio. Y la otra, que no se hablaba de ese tema, nunca. Así que María calló.

Otro cuento más, mis estimadas zarigüellas. Lo he acabado esta mañana y me he animado a subirlo; no obstante, espero que, ya que es largo y hay que subirlo por partes, me dé tiempo a corregir el final, porque todavía no me convence.
Y recordad que los comentarios son HAMOR ^^

miércoles, 11 de diciembre de 2013

A veces me corro en protesta


A veces me corro en protesta.
Al fin y al cabo, el índice
es el dedo de señalar.
"Escúchame" dice cuando apunta al cielo.
"Cállate" dice cuando te apunta al pecho.
"Conciénciate" dice cuando señala la injusticia.
"¡Oh, dios, sí!" digo cuando estamos a solas
mi índice y yo.
Y cada vez que algún imbécil
quiere hacer un comentario "informado"
sobre mi complejidad psico-sexual,
sobre el terrible trabajo que le supongo,
sobre que a veces me basta con la intimidad
y no con el orgasmo,
mi dedo índice apunta al centro de mi universo
y una tormenta solar borra toda su mierda.
A veces el mundo es un asco
y entonces
me corro en protesta.
Cinco minutos,
un dos tres
y ¡pum! salgo a la calle
con las mejillas adornadas
por el colorete de un placer que es sólo mío
y una media luna en los labios,
que le jodan a esta ignorancia,
que aprendan o se larguen,
yo me corro cuando quiero,
que me agarren si pueden.
Una estupidez
y me hago un dedo en el baño,
una falta de respeto
y me hago un dedo en el baño,
una opinión castradora
y me hago un dedo en el baño,
un insulto en la calle
y me hago un dedo en el baño... del bar.
Con el índice señalo,
con el corazón insulto
y con ambos acaricio
la última respuesta.
¿Tu sandez? ¿Tu misoginia?
Yo me corro en protesta.
Adivina quién gana.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Carencias en la educación y puñetazos en la boca

Mi entorno está lleno de pseudo-progresistas. Niñatos blancos heteros que, cuando toca exigir laicismo en la educación, criticar religiones en general, exigir dimisiones o tocar a rebato por acciones fascistas, se desgañitan vivos. Pero en cuanto hablas de desigualdad de género, de derechos LGTB, de la cultura de la violación, del racismo institucionalizado, de todos esos putos privilegios que se les caen por las orejas por el mero hecho de ser hombres, heterosexuales y blancos y vivir en el puñetero primer mundo, te mandan a la mierda a una velocidad de vértigo. "¿Día del orgullo gay? ¿Para qué? Ni que estuviéramos en el franquismo" "Pffff, el día de la mujer trabajadora; si ya podéis votar y trabajar, ¿qué más queréis?" "Tío, yo no soy racista, pero los gitanos son así, que no se integran".

Una persona no tiene la culpa de haber nacido en un ambiente privilegiado, ni de tener las cosas fáciles.

Sí que la tiene cuando da sus privilegios por hechos y les dice a otros grupos menos afortunados lo que deberían necesitar/querer/sentir/exigir.

Y desde luego también la tiene cuando se comporta como un capullo insensible.

Ya vale.

jueves, 31 de octubre de 2013

Una ola que viene


A veces puedo sentirlo venir
como el rumor de una ola que crece,
un músculo de agua que se tensa y revienta
en la línea afilada del rompiente.
A veces puedo sentirlo venir.
Venir como el azul cuando anochece,
venir como el deseo infinito
que devora el cuerpo y la mente,
a veces oigo sus pasos acercarse
y sonrío al golpearme la corriente
telúrica
histérica
inédita
de lo desconocido que pasa a ser consciente.
A veces puedo sentirlo venir
como una rueda que no se detiene,
justo antes de que estallen los núcleos
me brotan rosas en el vientre.
A veces puedo sentirlo venir,
fecundo,
poderoso,
incandescente,
y es la voz incombustible de mi yo
alargando los dedos a lo trascendente.
A veces puedo
sentirlo venir.

domingo, 20 de octubre de 2013

Los hijos del caos


La belleza es el amor en los ojos, en la piel; ambas cosas son la misma, aunque tengan distinto cuerpo. Y a pesar de lo que muchos creen, ni el amor ni la belleza provienen, emanan ni dependen de la perfección.

La perfección, de hecho, es una criatura humana, proyectada y parida a imagen y semejanza de los anhelos de la especie. Y toda búsqueda de perfección lleva a la locura y a la muerte, pues es la locura el único camino, y la muerte la única perfección completa: limpia, inocente, taxativa y eterna, la muerte. Un meteoro acelerado y enloquecido, desnudo de fuegos, una vida que se precipita en gritos callados a morir, eso es la perfección.

La belleza y el amor son más que hermana y hermano de la fealdad y el odio: son la fealdad y el odio. En el mismísimo corazón de lo bello pululan los gusanos de la repugnancia y el asco, en su pecho se anida todo lo sucio y lo venenoso. Y en el amor, ¡ah!, en el propio amor viven el horror y la crueldad, la miseria, la desidia y el crujir de dientes.

Así es como debe ser.

Pues no puede haber belleza sin fealdad; hasta tal punto no pueden existir la una sin la otra que una pasa a ser la otra, una imbricada en la otra de tal manera que serían llamadas con horror monstruo, deformidad, engendro de trozos. Y su visión, ambigua, terrorífica, (hermosa), hace vibrar nuestro corazón.

Así ha de ser.

Pues no puede haber amor si no hay imperfección, tara, defecto. Es la miseria en el corazón de la gloria lo que engendra el amor. La perfección puede ser venerada, temida, buscada con desesperación, pero jamás amada; la perfección, tan limpia, tan pura, tan aséptica y carente de vísceras, no puede sentir amor. Lo que admiramos es perfecto, pero sólo amamos la mugre, el escarnio, lo espantoso e imperfecto de la persona, del lugar, del hecho; aceptar su mitad monstruosa y abrazarla con los ojos abiertos, eso es belleza, eso es amor.

Así ha de ser.


Y recuerda que, si has llegado hasta aquí desde Facebook y eres capaz de dejar un comentario y un "me gusta" en mi tablón, también lo eres de hacer lo mismo aquí. No hay que ni darle a me gusta. Sólo escribir. Un "qué chulo" va bien. Yo lo dejo caer. Si eso. ^^

martes, 8 de octubre de 2013

La amiga que siempre vuelve


Ese libro que ya has leído, que te encantó y que siempre revisitas, es un poco como esa amiga que siempre vuelve.

Esa amiga con la que pasaste tan buenos momentos en el instituto y a la que ahora no ves tanto, que sólo saludas de vez en cuando por Facebook, pero que de repente aparece un fin de semana, te arrastra al mejor local escondido de la ciudad, te presenta a gente, se descuelga con el "¡al lado invitan chupitos!", se ríe e intercambia secretos contigo como si aún tuvierais dieciséis, y te presta su sofá para que duermas la mona. Esa amiga siempre dispuesta a escucharte, a contar contigo, a decirle a tu madre por teléfono "sí tía Mari, se quedó a dormir en mi casa!" para librarte de todo mal, no importa qué tantos años hayan pasado, no importa qué tanto silencio haya corrido.

Un libro querido, un libro al que constantemente regresas, es un amigo para siempre.

jueves, 29 de agosto de 2013

Gratia Plena

María sólo tiene quince años, pero sabe muy bien que la vida no es justa.

María lo sabe, lo sabe muy bien, y se le ocurre que es una de esas verdades fundamentales de la vida, una de esas cosas que, dichas en el momento adecuado y por la persona adecuada (una persona que, en cualquier caso, no es ella) resuenan con la sabiduría de los siglos. Porque María no es muy lista, eso se lo han repetido los adultos siempre (todos menos la yaya Manoli, y ojalá estuviera aún aquí) pero sabe que es de idiotas esperar a que la vida te regale algo. La vida no te debe nada. Y tú a ella tampoco. Así que para qué molestarse.

María tiene quince años y está embarazada. Sabe muy bien de quién, pero sabe también que eso no le va a servir. De hecho, cavila desanimada mientras se lía un porro, balanceándose en uno de los columpios del parque, las pocas cosas que María ha sabido a lo largo de su vida no le han servido nunca de nada. Porque María no es muy lista, eso lo entiende, pero también entiende que siempre ha estado en el bando perdedor, y que no tiene sentido intentar cambiarse de equipo. Hubo un tiempo en que creyó que sí, que arrimarse a la persona adecuada le sacaría las castañas del fuego. Pero no; María tiene quince años y empieza a entender, con una amargura secular, que no tiene sentido luchar contra el sino. Hija de madre depresiva, alumna conflictiva, basura poligonera; María empieza a saber (y ojalá, se dice mientras da la primera calada, no lo entendiera, ojalá no lo supiera) que todas significan lo mismo. Que la vida no es justa, y que no hay nada para ella más allá de este parque, este porro y el feto improcedente que tiene en la barriga. Ajo y agua.

María tiene quince años y está embarazada, y nunca se ha sentido tan sola.

“La vida no es justa” articulan apenas sus labios entre el humo de esa hierba que lleva su nombre (amargo símil), justo antes de darse cuenta de que, al menos en el plano físico, no está sola. Hay un hombre sentado en el columpio de enfrente.

María se pone en guardia de inmediato; en este parque, en este barrio, en esta vida de mierda, la presencia de un desconocido siempre es una amenaza difusa. Sobre todo si el desconocido en cuestión te mira fijamente con una sonrisita extraña.

El hombre en el columpio de enfrente es mayor, y sus rasgos no se distinguen mucho de los de todos los demás cincuentones que María ve a diario, pero al mismo tiempo hay algo distinto en él, algo que María intenta clasificar sin éxito. No es muy alto ni muy corpulento, tiene el pelo gris y unos ojos impresionantes, muy azules, muy redondos, y la mira fijamente, con esa sonrisa vaga, extraña. María se revuelve incómoda en el columpio.

-Hola –dice el desconocido. Tiene la voz muy suave y bien modulada; María no sabe que tal cosa existe, pero puede reconocerla si la oye. Silencio.

-Hola –dice María, porque no sabe qué más hacer. Nunca ha sido muy lista, eso está claro.

-Me llamo Gabi. ¿Y tú?

-María.

-Bien.

Vuelve a haber silencio. María se mira los pies mientras fuma; no lo ve, pero sabe que el desconocido la sigue observando con insistencia. ¿Qué coño mira? María sabe que debería mandarlo a la mierda y largarse antes de que al viejo le dé por pasarse de la raya, pero por alguna razón no lo hace. Tal vez sólo está cansada.

-¿Estás segura de que deberías estar fumando eso? –pregunta suavemente el desconocido, señalando al porro con la mano-. En tu estado…

-¿A ti qué te importa? –espeta María, antes de darse cuenta, con un salto en el estómago, de las implicaciones de lo que acaba de oír-. ¿Cómo sabes…?

-Se te nota. Soy bueno percibiendo esas cosas –dice Gabi, y su sonrisa se ensancha, sólo un poquito, acompañada por sus luminosos ojos azules. María comprende por fin por qué su expresión le resulta tan rara: le está sonriendo con aprecio, el maldito cabrón está tratando de ser amable. Tócate los huevos.

-Ah.

-¿Cómo estás?

-¿Cómo estoy de qué? –espeta María con toda la brusquedad de la que es capaz. Gabi no se inmuta.

-De lo tuyo. Con el bebé y todo eso. ¿Ya has decidido qué vas a hacer?

-Eso a ti no te importa –repone, casi muerde, María, aunque nota una leve punzada de malestar por ser tan desagradable con un hombrecillo de aspecto tan inofensivo y sonrisa tan amable.

-No, no, desde luego que no –acepta el hombre, pero no deja de sonreír. Se balancea un poco en el columpio antes de añadir-. Sólo me pareció que necesitabas hablar.

María escupe con amargura.

-Como si alguien me fuera a escuchar.

-Bueno, yo estoy aquí, ¿no?

-¿Y tú quién eres?

-Gabi –repite el hombre desconocido, y se le escapa la risa, como si acabara de contar un chiste buenísimo. A María le cuesta mucho esfuerzo no reírse también; su expresión agresiva es de momento la única defensa que le queda, pero tiene la sensación de que es físicamente imposible enfadarse con ese hombre. Así que chasquea la lengua, le da otra calada al porro y mira hacia otra parte. Sabe que el otro la sigue mirando, pero ya no le importa-. Y ¿qué dice tu madre?

María lo mira, con una agria sonrisa de incredulidad que hace saltar el abalorio negro que le decora el labio superior. Ya ni se para a preguntarse cómo sabe él que sólo vive con su madre.

-Mi madre nada, mi madre no sabe nada. Y si lo supiera… -bufa, reprimiendo un escalofrío.

-¿Si lo supiera…? –la anima Gabi.

-Pues si lo supiera me cascaría, ¿qué te crees? –escupe María, enfadada-. Ya me casca de normal cuando está borracha. Imagínate si le digo que estoy preñada. Me daría de hostias hasta dejarme los dientes de peineta. No la conoceré yo.

María se detiene un momento, dándose cuenta de que está largándole las intimidades de su roto y patético hogar a un completo desconocido. No sabe quién ni sabe cómo, pero alguien va a castigarla por esto luego. María no es muy lista, pero siempre sabe cuándo ha hablado de más, siempre lo ha sabido. Por eso los golpes y los gritos ya no la asustan. Qué coño, se dice, sacudiendo la ceniza del porro en el suelo. La cosa ya no puede ponerse peor de lo que está.

Gabi sigue sonriéndole, aunque su expresión ha cambiado, de una manera muy sutil. Sus cejas se han deslizado imperceptiblemente sobre sus ojos, dejando caer sobre ellos una delicada sombra de pena. A María siempre le ha tocado el coño la lástima ajena. Esta vez, sin embargo, no se siente agredida, si no… otra cosa.

-Lo siento –musita Gabi, y sus ojos brillan con tristeza, con un cariño triste tan intenso que hace a María sentirse incómoda. Nadie la ha mirado así desde que la yaya Manoli murió, hace dos años, y se siente indefensa ante el torrente de recuerdos que le inunda la mente. Sabe cómo defenderse de los puñetazos y de las manos que intentan meterse en sus pantalones sin permiso, aunque no siempre lo haga. Pero esto es nuevo.

-Da igual –dice María con desánimo-. Da igual. Yo ya paso de ella, tío. De ella y de todo el mundo. Yo siempre he sabido que mi madre no me va a ayudar en nada, ¿sabes? Yo no me fío de nadie. Por eso, porque mi madre es una puta borracha y pasa de mí. Así que yo paso de ella y de todos los demás. De mi madre, del Jose y de toda su mierda.

-El Jose es el padre, supongo –la voz de Gabi no ha perdido ni un ápice de su suavidad.

-Sí –replica María simplemente. ¿Para qué va a hablar del Jose ahora? ¿Serviría de algo tratar de describirlo, darle vueltas al frágil vínculo que los unió durante un par de semanas, hablarle de la soledad y el halago que la empujaron a aquellos tres insatisfactorios revolcones en el asiento trasero de su coche? Bah. Bah. María no dice nada, pero Gabi la mira, la mira y parece comprender, y no la juzga. María se encuentra añorando desesperadamente a la yaya Manoli. Ojalá Gabi fuera su abuelo.

-Y no se hace cargo.

-No lo sabe. No se lo voy a decir. ¿Pa’ qué?

-Lo siento –dice Gabi de nuevo.

-Yo lo siento más.

-¿Vas a tenerlo?

-¿Y si no qué voy a hacer? Los abortos cuestan un cojón, y necesito la autorización de mi madre y no sé qué puñetas. Me tocará tenerlo… -la voz de María se quiebra, de rabia y de desamparo, porque no es muy lista pero sabe que no tiene planes para el crío, que está jodida y el bebé también, que no tienen a nadie, que mañana se podría desangrar en el baño del colegio y nadie la echaría de menos. El porro arde lentamente entre sus dedos, desatendido. María guarda silencio, y le chirrían los dientes.

-¿Estás bien? –pregunta suavemente Gabi.

-¡¡NO!! –prorrumpe María, y de repente algo en su interior revienta, como un globo demasiado hinchado, como el puto preservativo que nunca usó-. ¡No, no estoy bien, joder! ¿Cómo voy a estar bien? –escupe de nuevo y golpea las cadenas del columpio con las manos, furiosa-. Estoy jodida, coño. Estoy sola y estoy preñada y a nadie le importa una puta mierda.

Sin que María se dé apenas cuenta, todos los dolores, todos los olvidos, todas las espinas pequeñitas que llevan años doliéndole entre las costillas vuelan por los aires en un estallido de rabia, y a María le falta boca para escupirlas todas, la puta montaña de basura que constituye su mugrienta vida: grita que está harta, que está harta del colegio y de sus compañeros y de los profesores que la miran con asco y la llaman choni pero luego se la cascan mirándole el tanga y lo sabe, que no se crean que no porque lo sabe, está harta de la borracha de su madre y de toda su mierda y de la gente que la quiere ayudar y en realidad no porque nunca hacen una puta mierda y sólo la miran con pena penita pena joder y está harta por el crío, por su hijo, coño, porque no tiene nada ni tiene a nadie y va a tener una vida de mierda como ella y los dos están jodidos ya, están tan jodidos, tan…

María patea el suelo con más rabia de la que creía contener y se aferra con fuerza a las cadenas del columpio, mordiéndose la lengua, luchando por no ponerse a llorar. Llorar delante de la gente no, eso no. Tarda un rato en apercibirse de que Gabi se ha levantado del otro columpio y ha caminado hacia ella, y se ha puesto en cuclillas, dejando sus ojazos azules al nivel de los suyos. Las manos de Gabi se ponen debajo de su barbilla, casi sin tocarla, como si ella fuera lo más bonito, lo más delicado del mundo. No llores, María, qué tonta eres.

-Hagas lo que hagas –susurra Gabi-, no pierdas la fe. No pierdas la esperanza. Nunca, María. Ten fe.

-¿Fe en qué? –pregunta María desafiante, y la voz le tiembla.

-En ti –algo se vuelca en el estómago de María-. Da igual lo que te digan. Da igual lo que te repitan. Nunca lo escuches. Eres importante, María. Eres hermosa y perfecta; todo lo que hayas sufrido, todo el desprecio que has recibido no pueden cambiar eso. Recuerda siempre que alguien te ama.

-A mí no me quiere nadie –balbucea María, y una puta lágrima se le escapa, corriéndole el lápiz de ojos.

-Sí. Alguien te quiere –insiste Gabi-. Nunca olvides eso. Estás viva, María. Vive. Tienes una vida, no dejes que te la arranquen. Se te ha concedido tal gracia… -por un instante parece que es Gabi el que se va a poner a llorar. Le aprieta las manos, sonriendo, sus ojos no podían estar más abiertos-. Vive y ten fe, María. Lucha. Eres insustituible. Eres necesaria. Eres amada.

Gabi le besa la frente, apretándole los hombros, y se levanta para marcharse. Antes de salir de su campo de visión, dejándola conmocionada y llorosa en el columpio, le toca el hombro. “Ten fe”. María oye un abanicar, un sonido de viento a su espalda. Cuando se vuelve, Gabi ha desaparecido.

María tira el porro al suelo.


Nueve meses más tarde, una adolescente da a luz a un niño en la maternidad del hospital público de la ciudad. “Otra”, comenta el personal sanitario, otra quinceañera preñada, qué plaga. La muchacha, sin embargo, no muestra ni el terror indefenso ni el apego histérico de otras adolescentes recién paridas; recibe a su hijo con una sonrisa tranquila y lo acuna contra su pecho, mirando por la ventana. El niño, en honor de una bisabuela que no llegará a conocer, se llama Manuel.

-Eres importante, y te quiero –susurra María a su hijo-. Tú y yo haremos muchas, muchas cosas. Y muy grandes.


Este relato aún está pendiente de algunas correcciones, pero he decidido publicarlo tal cual, a ver si podéis encontrar alguna falla y comentármela.
La próxima vez que hablemos, estaré en la orilla del Pacífico. No os comáis los unos a los otros. 

martes, 27 de agosto de 2013

Ya ha terminado todo.
Las notas, los créditos, el expediente. La solicitud del título.
Acabará el verano, y no tendré adónde ir.
Tengo miedo.

lunes, 12 de agosto de 2013

La muerte y las palabras


-Refectorio, scriptorium, biblioteca -dijo Guillermo-. De nuevo la biblioteca. Venancio murió en el Edificio, y muy probablemente en la biblioteca.

-¿Por qué justo en la biblioteca?

-Trato de ponerme en el lugar del asesino. Si Venancio hubiese muerto, asesinado, en el refectorio, en la cocina o en el scriptorium, ¿por qué no dejarlo allí? Pero si murió en la biblioteca, habría que llevarlo a otro sitio, ya sea porque en la biblioteca nunca lo habrían descubierto (y quizás al asesino le interesaba precisamente que lo descubrieran), o bien porque quizás el asesino no desea que la atención se concentre en la biblioteca.

-¿Y por qué podría interesarle al asesino que lo descubrieran?

-No lo sé. Son hipótesis. ¿Quién te asegura que el asesino mató a Venancio porque lo odiaba? Podría haberlo matado, como a cualquier otro, para significar otra cosa.

-Omni mundi creatura, quasi liber et scriptura... -murmuré-. Pero ¿qué tipo de signo sería?

-Eso es lo que no sé. Pero no olvidemos que también existen signos que sólo parecen tales, pero que no tienen sentido, como "blitiri" o "bu-ba-baff"...

-¡Sería atroz matar a un hombre para decir bu-ba-baff!

-Sería atroz -comentó Guillermo- matar a un hombre para decir Credo in unum Deum...

(El nombre de la rosa - Umberto Eco)