jueves, 31 de octubre de 2013
Una ola que viene
A veces puedo sentirlo venir
como el rumor de una ola que crece,
un músculo de agua que se tensa y revienta
en la línea afilada del rompiente.
A veces puedo sentirlo venir.
Venir como el azul cuando anochece,
venir como el deseo infinito
que devora el cuerpo y la mente,
a veces oigo sus pasos acercarse
y sonrío al golpearme la corriente
telúrica
histérica
inédita
de lo desconocido que pasa a ser consciente.
A veces puedo sentirlo venir
como una rueda que no se detiene,
justo antes de que estallen los núcleos
me brotan rosas en el vientre.
A veces puedo sentirlo venir,
fecundo,
poderoso,
incandescente,
y es la voz incombustible de mi yo
alargando los dedos a lo trascendente.
A veces puedo
sentirlo venir.
domingo, 20 de octubre de 2013
Los hijos del caos
La belleza es el amor en los ojos, en la piel; ambas cosas son la misma, aunque tengan distinto cuerpo. Y a pesar de lo que muchos creen, ni el amor ni la belleza provienen, emanan ni dependen de la perfección.
La perfección, de hecho, es una criatura humana, proyectada y parida a imagen y semejanza de los anhelos de la especie. Y toda búsqueda de perfección lleva a la locura y a la muerte, pues es la locura el único camino, y la muerte la única perfección completa: limpia, inocente, taxativa y eterna, la muerte. Un meteoro acelerado y enloquecido, desnudo de fuegos, una vida que se precipita en gritos callados a morir, eso es la perfección.
La belleza y el amor son más que hermana y hermano de la fealdad y el odio: son la fealdad y el odio. En el mismísimo corazón de lo bello pululan los gusanos de la repugnancia y el asco, en su pecho se anida todo lo sucio y lo venenoso. Y en el amor, ¡ah!, en el propio amor viven el horror y la crueldad, la miseria, la desidia y el crujir de dientes.
Así es como debe ser.
Pues no puede haber belleza sin fealdad; hasta tal punto no pueden existir la una sin la otra que una pasa a ser la otra, una imbricada en la otra de tal manera que serían llamadas con horror monstruo, deformidad, engendro de trozos. Y su visión, ambigua, terrorífica, (hermosa), hace vibrar nuestro corazón.
Así ha de ser.
Pues no puede haber amor si no hay imperfección, tara, defecto. Es la miseria en el corazón de la gloria lo que engendra el amor. La perfección puede ser venerada, temida, buscada con desesperación, pero jamás amada; la perfección, tan limpia, tan pura, tan aséptica y carente de vísceras, no puede sentir amor. Lo que admiramos es perfecto, pero sólo amamos la mugre, el escarnio, lo espantoso e imperfecto de la persona, del lugar, del hecho; aceptar su mitad monstruosa y abrazarla con los ojos abiertos, eso es belleza, eso es amor.
Así ha de ser.
Y recuerda que, si has llegado hasta aquí desde Facebook y eres capaz de dejar un comentario y un "me gusta" en mi tablón, también lo eres de hacer lo mismo aquí. No hay que ni darle a me gusta. Sólo escribir. Un "qué chulo" va bien. Yo lo dejo caer. Si eso. ^^
martes, 8 de octubre de 2013
La amiga que siempre vuelve
Ese libro que ya has leído, que te encantó y que siempre revisitas, es un poco como esa amiga que siempre vuelve.
Esa amiga con la que pasaste tan buenos momentos en el instituto y a la que ahora no ves tanto, que sólo saludas de vez en cuando por Facebook, pero que de repente aparece un fin de semana, te arrastra al mejor local escondido de la ciudad, te presenta a gente, se descuelga con el "¡al lado invitan chupitos!", se ríe e intercambia secretos contigo como si aún tuvierais dieciséis, y te presta su sofá para que duermas la mona. Esa amiga siempre dispuesta a escucharte, a contar contigo, a decirle a tu madre por teléfono "sí tía Mari, se quedó a dormir en mi casa!" para librarte de todo mal, no importa qué tantos años hayan pasado, no importa qué tanto silencio haya corrido.
Un libro querido, un libro al que constantemente regresas, es un amigo para siempre.
jueves, 29 de agosto de 2013
Gratia Plena
María sólo tiene quince años, pero sabe muy bien que la vida
no es justa.
María lo sabe, lo sabe muy bien, y se le ocurre que es una de esas verdades fundamentales de la vida, una de esas cosas que, dichas en el momento adecuado y por la persona adecuada (una persona que, en cualquier caso, no es ella) resuenan con la sabiduría de los siglos. Porque María no es muy lista, eso se lo han repetido los adultos siempre (todos menos la yaya Manoli, y ojalá estuviera aún aquí) pero sabe que es de idiotas esperar a que la vida te regale algo. La vida no te debe nada. Y tú a ella tampoco. Así que para qué molestarse.
María tiene quince años y está embarazada. Sabe muy bien de quién, pero sabe también que eso no le va a servir. De hecho, cavila desanimada mientras se lía un porro, balanceándose en uno de los columpios del parque, las pocas cosas que María ha sabido a lo largo de su vida no le han servido nunca de nada. Porque María no es muy lista, eso lo entiende, pero también entiende que siempre ha estado en el bando perdedor, y que no tiene sentido intentar cambiarse de equipo. Hubo un tiempo en que creyó que sí, que arrimarse a la persona adecuada le sacaría las castañas del fuego. Pero no; María tiene quince años y empieza a entender, con una amargura secular, que no tiene sentido luchar contra el sino. Hija de madre depresiva, alumna conflictiva, basura poligonera; María empieza a saber (y ojalá, se dice mientras da la primera calada, no lo entendiera, ojalá no lo supiera) que todas significan lo mismo. Que la vida no es justa, y que no hay nada para ella más allá de este parque, este porro y el feto improcedente que tiene en la barriga. Ajo y agua.
María tiene quince años y está embarazada, y nunca se ha sentido tan sola.
“La vida no es justa” articulan apenas sus labios entre el humo de esa hierba que lleva su nombre (amargo símil), justo antes de darse cuenta de que, al menos en el plano físico, no está sola. Hay un hombre sentado en el columpio de enfrente.
María se pone en guardia de inmediato; en este parque, en este barrio, en esta vida de mierda, la presencia de un desconocido siempre es una amenaza difusa. Sobre todo si el desconocido en cuestión te mira fijamente con una sonrisita extraña.
El hombre en el columpio de enfrente es mayor, y sus rasgos no se distinguen mucho de los de todos los demás cincuentones que María ve a diario, pero al mismo tiempo hay algo distinto en él, algo que María intenta clasificar sin éxito. No es muy alto ni muy corpulento, tiene el pelo gris y unos ojos impresionantes, muy azules, muy redondos, y la mira fijamente, con esa sonrisa vaga, extraña. María se revuelve incómoda en el columpio.
-Hola –dice el desconocido. Tiene la voz muy suave y bien modulada; María no sabe que tal cosa existe, pero puede reconocerla si la oye. Silencio.
-Hola –dice María, porque no sabe qué más hacer. Nunca ha sido muy lista, eso está claro.
-Me llamo Gabi. ¿Y tú?
-María.
-Bien.
Vuelve a haber silencio. María se mira los pies mientras fuma; no lo ve, pero sabe que el desconocido la sigue observando con insistencia. ¿Qué coño mira? María sabe que debería mandarlo a la mierda y largarse antes de que al viejo le dé por pasarse de la raya, pero por alguna razón no lo hace. Tal vez sólo está cansada.
-¿Estás segura de que deberías estar fumando eso? –pregunta suavemente el desconocido, señalando al porro con la mano-. En tu estado…
-¿A ti qué te importa? –espeta María, antes de darse cuenta, con un salto en el estómago, de las implicaciones de lo que acaba de oír-. ¿Cómo sabes…?
-Se te nota. Soy bueno percibiendo esas cosas –dice Gabi, y su sonrisa se ensancha, sólo un poquito, acompañada por sus luminosos ojos azules. María comprende por fin por qué su expresión le resulta tan rara: le está sonriendo con aprecio, el maldito cabrón está tratando de ser amable. Tócate los huevos.
-Ah.
-¿Cómo estás?
-¿Cómo estoy de qué? –espeta María con toda la brusquedad de la que es capaz. Gabi no se inmuta.
-De lo tuyo. Con el bebé y todo eso. ¿Ya has decidido qué vas a hacer?
-Eso a ti no te importa –repone, casi muerde, María, aunque nota una leve punzada de malestar por ser tan desagradable con un hombrecillo de aspecto tan inofensivo y sonrisa tan amable.
-No, no, desde luego que no –acepta el hombre, pero no deja de sonreír. Se balancea un poco en el columpio antes de añadir-. Sólo me pareció que necesitabas hablar.
María escupe con amargura.
-Como si alguien me fuera a escuchar.
-Bueno, yo estoy aquí, ¿no?
-¿Y tú quién eres?
-Gabi –repite el hombre desconocido, y se le escapa la risa, como si acabara de contar un chiste buenísimo. A María le cuesta mucho esfuerzo no reírse también; su expresión agresiva es de momento la única defensa que le queda, pero tiene la sensación de que es físicamente imposible enfadarse con ese hombre. Así que chasquea la lengua, le da otra calada al porro y mira hacia otra parte. Sabe que el otro la sigue mirando, pero ya no le importa-. Y ¿qué dice tu madre?
María lo mira, con una agria sonrisa de incredulidad que hace saltar el abalorio negro que le decora el labio superior. Ya ni se para a preguntarse cómo sabe él que sólo vive con su madre.
-Mi madre nada, mi madre no sabe nada. Y si lo supiera… -bufa, reprimiendo un escalofrío.
-¿Si lo supiera…? –la anima Gabi.
-Pues si lo supiera me cascaría, ¿qué te crees? –escupe María, enfadada-. Ya me casca de normal cuando está borracha. Imagínate si le digo que estoy preñada. Me daría de hostias hasta dejarme los dientes de peineta. No la conoceré yo.
María se detiene un momento, dándose cuenta de que está largándole las intimidades de su roto y patético hogar a un completo desconocido. No sabe quién ni sabe cómo, pero alguien va a castigarla por esto luego. María no es muy lista, pero siempre sabe cuándo ha hablado de más, siempre lo ha sabido. Por eso los golpes y los gritos ya no la asustan. Qué coño, se dice, sacudiendo la ceniza del porro en el suelo. La cosa ya no puede ponerse peor de lo que está.
Gabi sigue sonriéndole, aunque su expresión ha cambiado, de una manera muy sutil. Sus cejas se han deslizado imperceptiblemente sobre sus ojos, dejando caer sobre ellos una delicada sombra de pena. A María siempre le ha tocado el coño la lástima ajena. Esta vez, sin embargo, no se siente agredida, si no… otra cosa.
-Lo siento –musita Gabi, y sus ojos brillan con tristeza, con un cariño triste tan intenso que hace a María sentirse incómoda. Nadie la ha mirado así desde que la yaya Manoli murió, hace dos años, y se siente indefensa ante el torrente de recuerdos que le inunda la mente. Sabe cómo defenderse de los puñetazos y de las manos que intentan meterse en sus pantalones sin permiso, aunque no siempre lo haga. Pero esto es nuevo.
-Da igual –dice María con desánimo-. Da igual. Yo ya paso de ella, tío. De ella y de todo el mundo. Yo siempre he sabido que mi madre no me va a ayudar en nada, ¿sabes? Yo no me fío de nadie. Por eso, porque mi madre es una puta borracha y pasa de mí. Así que yo paso de ella y de todos los demás. De mi madre, del Jose y de toda su mierda.
-El Jose es el padre, supongo –la voz de Gabi no ha perdido ni un ápice de su suavidad.
-Sí –replica María simplemente. ¿Para qué va a hablar del Jose ahora? ¿Serviría de algo tratar de describirlo, darle vueltas al frágil vínculo que los unió durante un par de semanas, hablarle de la soledad y el halago que la empujaron a aquellos tres insatisfactorios revolcones en el asiento trasero de su coche? Bah. Bah. María no dice nada, pero Gabi la mira, la mira y parece comprender, y no la juzga. María se encuentra añorando desesperadamente a la yaya Manoli. Ojalá Gabi fuera su abuelo.
-Y no se hace cargo.
-No lo sabe. No se lo voy a decir. ¿Pa’ qué?
-Lo siento –dice Gabi de nuevo.
-Yo lo siento más.
-¿Vas a tenerlo?
-¿Y si no qué voy a hacer? Los abortos cuestan un cojón, y necesito la autorización de mi madre y no sé qué puñetas. Me tocará tenerlo… -la voz de María se quiebra, de rabia y de desamparo, porque no es muy lista pero sabe que no tiene planes para el crío, que está jodida y el bebé también, que no tienen a nadie, que mañana se podría desangrar en el baño del colegio y nadie la echaría de menos. El porro arde lentamente entre sus dedos, desatendido. María guarda silencio, y le chirrían los dientes.
-¿Estás bien? –pregunta suavemente Gabi.
-¡¡NO!! –prorrumpe María, y de repente algo en su interior revienta, como un globo demasiado hinchado, como el puto preservativo que nunca usó-. ¡No, no estoy bien, joder! ¿Cómo voy a estar bien? –escupe de nuevo y golpea las cadenas del columpio con las manos, furiosa-. Estoy jodida, coño. Estoy sola y estoy preñada y a nadie le importa una puta mierda.
Sin que María se dé apenas cuenta, todos los dolores, todos los olvidos, todas las espinas pequeñitas que llevan años doliéndole entre las costillas vuelan por los aires en un estallido de rabia, y a María le falta boca para escupirlas todas, la puta montaña de basura que constituye su mugrienta vida: grita que está harta, que está harta del colegio y de sus compañeros y de los profesores que la miran con asco y la llaman choni pero luego se la cascan mirándole el tanga y lo sabe, que no se crean que no porque lo sabe, está harta de la borracha de su madre y de toda su mierda y de la gente que la quiere ayudar y en realidad no porque nunca hacen una puta mierda y sólo la miran con pena penita pena joder y está harta por el crío, por su hijo, coño, porque no tiene nada ni tiene a nadie y va a tener una vida de mierda como ella y los dos están jodidos ya, están tan jodidos, tan…
María patea el suelo con más rabia de la que creía contener y se aferra con fuerza a las cadenas del columpio, mordiéndose la lengua, luchando por no ponerse a llorar. Llorar delante de la gente no, eso no. Tarda un rato en apercibirse de que Gabi se ha levantado del otro columpio y ha caminado hacia ella, y se ha puesto en cuclillas, dejando sus ojazos azules al nivel de los suyos. Las manos de Gabi se ponen debajo de su barbilla, casi sin tocarla, como si ella fuera lo más bonito, lo más delicado del mundo. No llores, María, qué tonta eres.
-Hagas lo que hagas –susurra Gabi-, no pierdas la fe. No pierdas la esperanza. Nunca, María. Ten fe.
-¿Fe en qué? –pregunta María desafiante, y la voz le tiembla.
-En ti –algo se vuelca en el estómago de María-. Da igual lo que te digan. Da igual lo que te repitan. Nunca lo escuches. Eres importante, María. Eres hermosa y perfecta; todo lo que hayas sufrido, todo el desprecio que has recibido no pueden cambiar eso. Recuerda siempre que alguien te ama.
-A mí no me quiere nadie –balbucea María, y una puta lágrima se le escapa, corriéndole el lápiz de ojos.
-Sí. Alguien te quiere –insiste Gabi-. Nunca olvides eso. Estás viva, María. Vive. Tienes una vida, no dejes que te la arranquen. Se te ha concedido tal gracia… -por un instante parece que es Gabi el que se va a poner a llorar. Le aprieta las manos, sonriendo, sus ojos no podían estar más abiertos-. Vive y ten fe, María. Lucha. Eres insustituible. Eres necesaria. Eres amada.
Gabi le besa la frente, apretándole los hombros, y se levanta para marcharse. Antes de salir de su campo de visión, dejándola conmocionada y llorosa en el columpio, le toca el hombro. “Ten fe”. María oye un abanicar, un sonido de viento a su espalda. Cuando se vuelve, Gabi ha desaparecido.
María tira el porro al suelo.
-Eres importante, y te quiero –susurra María a su hijo-. Tú y yo haremos muchas, muchas cosas. Y muy grandes.
María lo sabe, lo sabe muy bien, y se le ocurre que es una de esas verdades fundamentales de la vida, una de esas cosas que, dichas en el momento adecuado y por la persona adecuada (una persona que, en cualquier caso, no es ella) resuenan con la sabiduría de los siglos. Porque María no es muy lista, eso se lo han repetido los adultos siempre (todos menos la yaya Manoli, y ojalá estuviera aún aquí) pero sabe que es de idiotas esperar a que la vida te regale algo. La vida no te debe nada. Y tú a ella tampoco. Así que para qué molestarse.
María tiene quince años y está embarazada. Sabe muy bien de quién, pero sabe también que eso no le va a servir. De hecho, cavila desanimada mientras se lía un porro, balanceándose en uno de los columpios del parque, las pocas cosas que María ha sabido a lo largo de su vida no le han servido nunca de nada. Porque María no es muy lista, eso lo entiende, pero también entiende que siempre ha estado en el bando perdedor, y que no tiene sentido intentar cambiarse de equipo. Hubo un tiempo en que creyó que sí, que arrimarse a la persona adecuada le sacaría las castañas del fuego. Pero no; María tiene quince años y empieza a entender, con una amargura secular, que no tiene sentido luchar contra el sino. Hija de madre depresiva, alumna conflictiva, basura poligonera; María empieza a saber (y ojalá, se dice mientras da la primera calada, no lo entendiera, ojalá no lo supiera) que todas significan lo mismo. Que la vida no es justa, y que no hay nada para ella más allá de este parque, este porro y el feto improcedente que tiene en la barriga. Ajo y agua.
María tiene quince años y está embarazada, y nunca se ha sentido tan sola.
“La vida no es justa” articulan apenas sus labios entre el humo de esa hierba que lleva su nombre (amargo símil), justo antes de darse cuenta de que, al menos en el plano físico, no está sola. Hay un hombre sentado en el columpio de enfrente.
María se pone en guardia de inmediato; en este parque, en este barrio, en esta vida de mierda, la presencia de un desconocido siempre es una amenaza difusa. Sobre todo si el desconocido en cuestión te mira fijamente con una sonrisita extraña.
El hombre en el columpio de enfrente es mayor, y sus rasgos no se distinguen mucho de los de todos los demás cincuentones que María ve a diario, pero al mismo tiempo hay algo distinto en él, algo que María intenta clasificar sin éxito. No es muy alto ni muy corpulento, tiene el pelo gris y unos ojos impresionantes, muy azules, muy redondos, y la mira fijamente, con esa sonrisa vaga, extraña. María se revuelve incómoda en el columpio.
-Hola –dice el desconocido. Tiene la voz muy suave y bien modulada; María no sabe que tal cosa existe, pero puede reconocerla si la oye. Silencio.
-Hola –dice María, porque no sabe qué más hacer. Nunca ha sido muy lista, eso está claro.
-Me llamo Gabi. ¿Y tú?
-María.
-Bien.
Vuelve a haber silencio. María se mira los pies mientras fuma; no lo ve, pero sabe que el desconocido la sigue observando con insistencia. ¿Qué coño mira? María sabe que debería mandarlo a la mierda y largarse antes de que al viejo le dé por pasarse de la raya, pero por alguna razón no lo hace. Tal vez sólo está cansada.
-¿Estás segura de que deberías estar fumando eso? –pregunta suavemente el desconocido, señalando al porro con la mano-. En tu estado…
-¿A ti qué te importa? –espeta María, antes de darse cuenta, con un salto en el estómago, de las implicaciones de lo que acaba de oír-. ¿Cómo sabes…?
-Se te nota. Soy bueno percibiendo esas cosas –dice Gabi, y su sonrisa se ensancha, sólo un poquito, acompañada por sus luminosos ojos azules. María comprende por fin por qué su expresión le resulta tan rara: le está sonriendo con aprecio, el maldito cabrón está tratando de ser amable. Tócate los huevos.
-Ah.
-¿Cómo estás?
-¿Cómo estoy de qué? –espeta María con toda la brusquedad de la que es capaz. Gabi no se inmuta.
-De lo tuyo. Con el bebé y todo eso. ¿Ya has decidido qué vas a hacer?
-Eso a ti no te importa –repone, casi muerde, María, aunque nota una leve punzada de malestar por ser tan desagradable con un hombrecillo de aspecto tan inofensivo y sonrisa tan amable.
-No, no, desde luego que no –acepta el hombre, pero no deja de sonreír. Se balancea un poco en el columpio antes de añadir-. Sólo me pareció que necesitabas hablar.
María escupe con amargura.
-Como si alguien me fuera a escuchar.
-Bueno, yo estoy aquí, ¿no?
-¿Y tú quién eres?
-Gabi –repite el hombre desconocido, y se le escapa la risa, como si acabara de contar un chiste buenísimo. A María le cuesta mucho esfuerzo no reírse también; su expresión agresiva es de momento la única defensa que le queda, pero tiene la sensación de que es físicamente imposible enfadarse con ese hombre. Así que chasquea la lengua, le da otra calada al porro y mira hacia otra parte. Sabe que el otro la sigue mirando, pero ya no le importa-. Y ¿qué dice tu madre?
María lo mira, con una agria sonrisa de incredulidad que hace saltar el abalorio negro que le decora el labio superior. Ya ni se para a preguntarse cómo sabe él que sólo vive con su madre.
-Mi madre nada, mi madre no sabe nada. Y si lo supiera… -bufa, reprimiendo un escalofrío.
-¿Si lo supiera…? –la anima Gabi.
-Pues si lo supiera me cascaría, ¿qué te crees? –escupe María, enfadada-. Ya me casca de normal cuando está borracha. Imagínate si le digo que estoy preñada. Me daría de hostias hasta dejarme los dientes de peineta. No la conoceré yo.
María se detiene un momento, dándose cuenta de que está largándole las intimidades de su roto y patético hogar a un completo desconocido. No sabe quién ni sabe cómo, pero alguien va a castigarla por esto luego. María no es muy lista, pero siempre sabe cuándo ha hablado de más, siempre lo ha sabido. Por eso los golpes y los gritos ya no la asustan. Qué coño, se dice, sacudiendo la ceniza del porro en el suelo. La cosa ya no puede ponerse peor de lo que está.
Gabi sigue sonriéndole, aunque su expresión ha cambiado, de una manera muy sutil. Sus cejas se han deslizado imperceptiblemente sobre sus ojos, dejando caer sobre ellos una delicada sombra de pena. A María siempre le ha tocado el coño la lástima ajena. Esta vez, sin embargo, no se siente agredida, si no… otra cosa.
-Lo siento –musita Gabi, y sus ojos brillan con tristeza, con un cariño triste tan intenso que hace a María sentirse incómoda. Nadie la ha mirado así desde que la yaya Manoli murió, hace dos años, y se siente indefensa ante el torrente de recuerdos que le inunda la mente. Sabe cómo defenderse de los puñetazos y de las manos que intentan meterse en sus pantalones sin permiso, aunque no siempre lo haga. Pero esto es nuevo.
-Da igual –dice María con desánimo-. Da igual. Yo ya paso de ella, tío. De ella y de todo el mundo. Yo siempre he sabido que mi madre no me va a ayudar en nada, ¿sabes? Yo no me fío de nadie. Por eso, porque mi madre es una puta borracha y pasa de mí. Así que yo paso de ella y de todos los demás. De mi madre, del Jose y de toda su mierda.
-El Jose es el padre, supongo –la voz de Gabi no ha perdido ni un ápice de su suavidad.
-Sí –replica María simplemente. ¿Para qué va a hablar del Jose ahora? ¿Serviría de algo tratar de describirlo, darle vueltas al frágil vínculo que los unió durante un par de semanas, hablarle de la soledad y el halago que la empujaron a aquellos tres insatisfactorios revolcones en el asiento trasero de su coche? Bah. Bah. María no dice nada, pero Gabi la mira, la mira y parece comprender, y no la juzga. María se encuentra añorando desesperadamente a la yaya Manoli. Ojalá Gabi fuera su abuelo.
-Y no se hace cargo.
-No lo sabe. No se lo voy a decir. ¿Pa’ qué?
-Lo siento –dice Gabi de nuevo.
-Yo lo siento más.
-¿Vas a tenerlo?
-¿Y si no qué voy a hacer? Los abortos cuestan un cojón, y necesito la autorización de mi madre y no sé qué puñetas. Me tocará tenerlo… -la voz de María se quiebra, de rabia y de desamparo, porque no es muy lista pero sabe que no tiene planes para el crío, que está jodida y el bebé también, que no tienen a nadie, que mañana se podría desangrar en el baño del colegio y nadie la echaría de menos. El porro arde lentamente entre sus dedos, desatendido. María guarda silencio, y le chirrían los dientes.
-¿Estás bien? –pregunta suavemente Gabi.
-¡¡NO!! –prorrumpe María, y de repente algo en su interior revienta, como un globo demasiado hinchado, como el puto preservativo que nunca usó-. ¡No, no estoy bien, joder! ¿Cómo voy a estar bien? –escupe de nuevo y golpea las cadenas del columpio con las manos, furiosa-. Estoy jodida, coño. Estoy sola y estoy preñada y a nadie le importa una puta mierda.
Sin que María se dé apenas cuenta, todos los dolores, todos los olvidos, todas las espinas pequeñitas que llevan años doliéndole entre las costillas vuelan por los aires en un estallido de rabia, y a María le falta boca para escupirlas todas, la puta montaña de basura que constituye su mugrienta vida: grita que está harta, que está harta del colegio y de sus compañeros y de los profesores que la miran con asco y la llaman choni pero luego se la cascan mirándole el tanga y lo sabe, que no se crean que no porque lo sabe, está harta de la borracha de su madre y de toda su mierda y de la gente que la quiere ayudar y en realidad no porque nunca hacen una puta mierda y sólo la miran con pena penita pena joder y está harta por el crío, por su hijo, coño, porque no tiene nada ni tiene a nadie y va a tener una vida de mierda como ella y los dos están jodidos ya, están tan jodidos, tan…
María patea el suelo con más rabia de la que creía contener y se aferra con fuerza a las cadenas del columpio, mordiéndose la lengua, luchando por no ponerse a llorar. Llorar delante de la gente no, eso no. Tarda un rato en apercibirse de que Gabi se ha levantado del otro columpio y ha caminado hacia ella, y se ha puesto en cuclillas, dejando sus ojazos azules al nivel de los suyos. Las manos de Gabi se ponen debajo de su barbilla, casi sin tocarla, como si ella fuera lo más bonito, lo más delicado del mundo. No llores, María, qué tonta eres.
-Hagas lo que hagas –susurra Gabi-, no pierdas la fe. No pierdas la esperanza. Nunca, María. Ten fe.
-¿Fe en qué? –pregunta María desafiante, y la voz le tiembla.
-En ti –algo se vuelca en el estómago de María-. Da igual lo que te digan. Da igual lo que te repitan. Nunca lo escuches. Eres importante, María. Eres hermosa y perfecta; todo lo que hayas sufrido, todo el desprecio que has recibido no pueden cambiar eso. Recuerda siempre que alguien te ama.
-A mí no me quiere nadie –balbucea María, y una puta lágrima se le escapa, corriéndole el lápiz de ojos.
-Sí. Alguien te quiere –insiste Gabi-. Nunca olvides eso. Estás viva, María. Vive. Tienes una vida, no dejes que te la arranquen. Se te ha concedido tal gracia… -por un instante parece que es Gabi el que se va a poner a llorar. Le aprieta las manos, sonriendo, sus ojos no podían estar más abiertos-. Vive y ten fe, María. Lucha. Eres insustituible. Eres necesaria. Eres amada.
Gabi le besa la frente, apretándole los hombros, y se levanta para marcharse. Antes de salir de su campo de visión, dejándola conmocionada y llorosa en el columpio, le toca el hombro. “Ten fe”. María oye un abanicar, un sonido de viento a su espalda. Cuando se vuelve, Gabi ha desaparecido.
María tira el porro al suelo.
Nueve meses más tarde, una adolescente da a luz a un niño en
la maternidad del hospital público de la ciudad. “Otra”, comenta el personal
sanitario, otra quinceañera preñada, qué plaga. La muchacha, sin embargo, no
muestra ni el terror indefenso ni el apego histérico de otras adolescentes
recién paridas; recibe a su hijo con una sonrisa tranquila y lo acuna contra su
pecho, mirando por la ventana. El niño, en honor de una bisabuela que no llegará
a conocer, se llama Manuel.
-Eres importante, y te quiero –susurra María a su hijo-. Tú y yo haremos muchas, muchas cosas. Y muy grandes.
Este relato aún está pendiente de algunas correcciones, pero he decidido publicarlo tal cual, a ver si podéis encontrar alguna falla y comentármela.
La próxima vez que hablemos, estaré en la orilla del Pacífico. No os comáis los unos a los otros.
martes, 27 de agosto de 2013
lunes, 12 de agosto de 2013
La muerte y las palabras
-Refectorio, scriptorium, biblioteca -dijo Guillermo-. De nuevo la biblioteca. Venancio murió en el Edificio, y muy probablemente en la biblioteca.
-¿Por qué justo en la biblioteca?
-Trato de ponerme en el lugar del asesino. Si Venancio hubiese muerto, asesinado, en el refectorio, en la cocina o en el scriptorium, ¿por qué no dejarlo allí? Pero si murió en la biblioteca, habría que llevarlo a otro sitio, ya sea porque en la biblioteca nunca lo habrían descubierto (y quizás al asesino le interesaba precisamente que lo descubrieran), o bien porque quizás el asesino no desea que la atención se concentre en la biblioteca.
-¿Y por qué podría interesarle al asesino que lo descubrieran?
-No lo sé. Son hipótesis. ¿Quién te asegura que el asesino mató a Venancio porque lo odiaba? Podría haberlo matado, como a cualquier otro, para significar otra cosa.
-Omni mundi creatura, quasi liber et scriptura... -murmuré-. Pero ¿qué tipo de signo sería?
-Eso es lo que no sé. Pero no olvidemos que también existen signos que sólo parecen tales, pero que no tienen sentido, como "blitiri" o "bu-ba-baff"...
-¡Sería atroz matar a un hombre para decir bu-ba-baff!
-Sería atroz -comentó Guillermo- matar a un hombre para decir Credo in unum Deum...
(El nombre de la rosa - Umberto Eco)
sábado, 3 de agosto de 2013
Monocromo (parte III)
Parte I
Parte II
Día sesenta y dos
Me ha preguntado si no tengo ropa de otros colores, de otras
formas. “Visto de traje porque en la oficina nos lo piden” le explico. “Pero sí
tengo ropa de otros colores. Azul marino, negro, beige…” “Sí, pero…”, dice
ella, y abandona la frase después de una pausa. Sé lo que está pensando. Todos
esos colores son grises en el fondo. Mi vida es monocromática, Irma. Sólo tú a
veces apareces con una luminosidad absurda, con mejillas de rosa y cuerpo de
sábana blanca besada por el sol. Pero no le digo nada. Y ella me sonríe con sus
ojos infinitos.
Día sesenta y cinco
Hoy me la encontré ya atardecido, cuando volvía de dejar a los
niños en casa de Mara. Sentada en su esquina bajo la farola, abrazándose las
rodillas, la cara blanca y cérea, brillante de un sudor perlado como las
lágrimas de una Mater Dolorosa. He odiado a esa aguja voraz que ha devorado
todo cuanto ella tiene y que sigue presente hasta en su ausencia, comiéndosela
por dentro. He tenido un golpe de locura y la he levantado en brazos en mitad
de la calle, delante del bar donde almuerzo, enfrente del local donde trabajo,
allí mismo he abrazado a una prostituta y me la he llevado en volandas a mi
coche. Era tan ligera que me han dado ganas de llorar, y sin embargo temblaba
con una fuerza que me sacudía entero.
Me ha arañado, me ha escupido, ha tirado al suelo mis libros y
las pilas de revistas que siempre acumulo pero nunca leo. Ha balbuceado frases
incoherentes y ha intentado huir. La he abrazado con todo el ímpetu que me
permitía su esqueleto de cristal, mojándome con su sudor helado y dejando que
sus estremecimientos penetraran en mí hasta hacerme castañetear los dientes.
-Me voy a morir –la he oído musitar ya de madrugada, el
aliento acre de hambre y miseria.
-No, no, nada de eso –la he acunado como haría con uno de mis
hijos-. Sólo es el mono. Se te pasará.
-Mono –ha repetido ella, y ha roto a reír, una risa histérica,
trizada en llanto-. Mono. Mono. Monocromático –ha dicho, me ha señalado, y se
ha vuelto a reír. Y tiene razón.
Me he dormido estrechamente anudado a ella. No recordaba haber
sujetado a alguien con tanta fuerza desde que era joven y creía que el amor era
lo único que tenía.
“Creía”. Miguel, eres un estúpido.
Cuando me he despertado, ella se había marchado a morir un
poco más. Sin embargo, el que sintió esa pequeñita muerte fui yo.
Día sesenta y ocho
A veces, cuando la veo caminar hacia mí, tan despacio, como si
fuera a evaporarse en cualquier momento, contemplo las líneas de luz y sombra
que bailan sobre su silueta e imagino que explosiona en una cascada de pétalos
blancos. Sé que podría pasar en cualquier momento. El viento se la va a llevar.
Desde que lo sé, abrazo más a Cesare y a Bruno, los abrazo con fuerza, hasta
que me rechazan avergonzados. Ahora recuerdo el horror de sentir arrancado algo
que amas, y el alivio anestésico de la indiferencia, que convierte todo en
gris: las palabras, la carne, la ropa, el aliento. Pero ya no puedo volver a
ese lugar. Irma se está muriendo.
Día setenta y cuatro
Sus manos son pequeñas y temblorosas como aves. Cada vez está
más delgada. Y sin embargo, su cara consumida, sus ojos enormes, sus dientes
torcidos, siguen siendo plateados cuando hay luna suficiente.
Día setenta y nueve
Hoy me ha comentado, como si tal cosa, que de pequeña siempre
soñaba con visitar París. Vaya, ella también ha visto demasiadas películas.
Observo los charcos de luz y sombra en su perfil, me la imagino con medias de
rayas, jersey de punto, bombín negro, fumando bajo su farola, diciendo “salut, chèri”. Y sonrío. Yo. Sonrío
gratis.
No tengo fuerzas ni maldad para intentar engañarnos diciéndole
alguna tontería como “algún día te llevaré a París”. Pero le sonrío, y ella me
sonríe con los labios trémulos y azules. Sonrío y le estrecho la mano, sonrío y
la abrazo, sonrío y le regalo rosas, sonrío y le salvo la vida en otra vida que
no puede ser, durante los escasos segundos en los que sonrío. Sonrío, sonrío,
sonrío.
Día ochenta y tres
A veces la sostengo mientras se inyecta. Me muero cada vez que
lo hace. Veo cómo se va un poquito, un pedacito cada vez. Su sonrisa torcida y
sus ojos grandes se marchitan, pero yo no siento que me arranquen nada, sólo la
abrazo y le sonrío cuando ella no puede. Irma está aquí, Irma se está muriendo,
Irma bajo una lluvia de purpurina dorada, Irma con flores en el pelo, Irma
riéndose a carcajadas, Irma prerrafaelita, Irma amada Irma.
Día noventa y dos
Hoy murió Irma. Se ha ido. Liviana como un pájaro, blanca y
evaporada contra las sábanas de esa cama en la que no trabajó para mí. Un rayo
de luz moteado de polvo entraba a través de las persianas manchadas de su
dormitorio. Luz dorada, amarilla y naranja. He mirado a través de la ventana,
recordando todas las veces en las que la vi desde el cristal de mi oficina. El
cielo estaba despejado. Había un árbol pequeño junto a la entrada. Un niño de
chaqueta roja cruzaba la calle con su mochila. Irma se ha ido.
Y sin embargo aún veo su sonrisa de niña si cierro los ojos.
Me pregunto si yo seré capaz de seguir sonriendo, ahora que ella ya no está.
Día noventa y cuatro
Sí soy capaz. Hoy he sonreído a mis hijos, largamente, un
montón de veces. Sí soy capaz.
Día ciento seis
Hoy le he sonreído al estanquero. Él a mí no, pero no me
importa. Soy capaz. Pienso en Irma.
Día ciento treinta
Esta noche he tenido un sueño agradable. He soñado con Mara,
en la época en la que éramos jóvenes y nos queríamos. En el sueño, nos
sonreíamos, nos besábamos, y sentía con perfecta claridad la simple dicha de
estar en su compañía. La sensación de plenitud ha persistido al despertar y a
todo lo largo de mi día, como sólo pueden hacerlo los sueños. Después del
trabajo, he ido a recoger a los niños y he visto a la Mara de verdad, quince
años y muchos pesares después, y le he sonreído desde la puerta. Ella me ha
devuelto la sonrisa, sorprendida tal vez.
Creo que voy a tirar todos los malditos trajes grises a la
basura.
domingo, 28 de julio de 2013
Cuatro días en Helsinki (diario de viaje)
10/7/13
5:10 am
Veo amanecer a través del cristal de la puerta R51. El cielo
aún está negro, orlado en el horizonte por el fulgor rojizo que siempre flota
de noche sobre las grandes ciudades, pero se intuye por oriente la ola azulada
del día que viene. O tal vez sólo sea el reflejo de la iluminación interior
sobre los ventanales.
El camino en taxi hasta el aeropuerto fue tranquilo, casi
tranquilizador, teniendo en cuenta lo nerviosa que estaba yo. El taxista abrió
la ventanilla y el coche se llenó con el olor de la madrugada: tierra mojada,
jazmín, promesas. La noche aguardaba expectante, tanto como yo, la noche sabía
que algo estaba a punto de cambiar. La noche es el escenario de las fantasías y
los sueños, de todas las cosas irreales y fabulosas que se piensan sólo a
medias. Y si una es lo suficientemente perseverante como para estar despierta
en ese momento, lo suficientemente valiente como para dejarse llevar, puede que
presencie cómo una de esas fantasmagorías cruza al plano de la realidad. El
velo entre ambos mundos se hace mucho más tenue cuando está silencioso y oscuro
y una tiene sueño; esa es una verdad que sé desde las primeras noches en vela
de mi adolescencia, hace casi diez años. Por la noche, mientras dormimos, la
realidad que conocemos cambia, se mueve, hace travesuras; es de noche cuando
pasan las cosas. Por eso me gusta tanto la noche. Por eso odio tanto tener que
vivir de mañana.
Entretanto, el taxi rodaba, y yo escuchaba ALIVE, de Raiko,
uno de los openings de la primera temporada de Naruto, no recuerdo su número
exacto. Me han venido recuerdos de la adolescente que descargó esa canción,
hace lo que parece una Edad, y de una época febril, alucinada, fértil, en
cierta manera relacionada con ésta, con ahora. La canción, que no escuchaba
entera desde hacía bastante tiempo, ha tenido la virtud de calmar mis nervios,
y una extraña sensación de plenitud se ha hinchado en mi esternón, la calma en
la antesala de lo desconocido. El taxi, el taxista y yo, y el aroma de la
madrugada subiendo en oleadas desde el lomo húmedo de la Huerta.
Los sonidos de la mañana, el tintineo de tazas en la
cafetería, el rumor de voces que va subiendo, reverberan en la cúpula de
hormigón armado de este ala del aeropuerto, como en una catedral, o como en el
hábitat artificial de una beluga en un acuario. Estoy relativamente tranquila,
tal vez aquietada por la sorpresa de haber superado la prueba de facturar y
pasar los controles sin dificultades, tal vez revitalizada por el Burn helado
con el que he acompañado el donut de mi desayuno temprano (llegué a Manises
cargando el aturdimiento de quien ha pasado la noche en blanco, una sensación
muy familiar para alguien que, como yo, está a dos asignaturas de terminar la
universidad). Aún queda un largo camino por delante, pero empiezo a sentirme
más entusiasta y menos asustada. Tolkien tenía razón: hasta los más grandes
viajes empiezan dando un paso fuera de casa.
19:16 (hora finesa)
Hoy ha sido un día muy largo y a duras penas consigo
mantener los ojos abiertos. He conseguido llegar a Helsinki sin mayores
problemas, pero los cuarenta y dos euros de taxi desde el aeropuerto de Vaanta
me han escocido hasta lo más profundo. Mañana veré de conseguir un abono de
transporte, porque no estoy para estas sangrías.
Una vez instalada en la habitación del albergue, he salido a
comprar comida para la cena y el desayuno, y de paso he ido a explorar el
barrio. Es un lugar muy tranquilo y verde, con veredas anchas y empinadas por
las que da gusto caminar. He memorizado puntos importantes: museos, cafeterías,
librerías y puestos de comida, amén de una catedral subterránea y varios
parques. Las gaviotas, con su pico afalcatado manchado de carmín, vuelan y
cantan sobre las calles, por lo que intuyo que el puerto está cerca. Me han
sorprendido los cuervos; creo que nunca había visto uno tan de cerca, vivo.
Aquí, los inmensos pájaros negros vuelan de un edificio a otro con la seguridad
de un inquilino permanente. Su graznido, ronco y agudo a un tiempo, me gusta
mucho.
Me he recogido temprano, dado el cansancio, y me he dado una
larga ducha para quitarme el hastío que se me había pegado a la piel con el
sudor y la grasa. Tengo los talones agrietados y un sarpullido en los tobillos
por llevar las botas de trekking tantas horas seguidas. Y pensar que es sólo el
primer día. Ahora escribo desde la cama, paralela a una ventana que me permite
ver los edificios aledaños y las copas de los pinos de un parque cercano,
recortadas contra un crepúsculo nebuloso. Cuando llegué a Helsinki llovía, y
por la banda de nubes grises que cubre el horizonte parece posible que vuelva a
llover antes de que caiga la noche. Durante la travesía en taxi hasta el
albergue, vi algo mágico en los densos bosques de coníferas mecidas por la
lluvia a ambos lados de la carretera. O tal vez sólo fuera que en mis cascos
sonaba Nightwish.
Nightwish, que lleva años convirtiendo los viajes en coche
en hermosos cuadros en movimiento, Nightwish cuya música siempre despierta todo
lo que hay de sagrado en el paisaje. Por fin he traído su música al lugar en
que nació.
11/7/13
14:55
Escribo desde el cementerio de Hietaniemi, cuyas lindes
arboladas se abren al Báltico en un pequeño golfo. La necrópolis es un lugar
extraordinariamente calmo, umbrío y fresco, y las tumbas están tan bien
cuidadas que incluso aquellas cuyos ocupantes murieron antes de la Gran Guerra
parecían recién erigidas. Aquí no se llevan los nichos; todos y cada uno de los
sepulcros están excavados en la tierra, y parecen preferirse el mármol negro
(con inscripciones doradas) y el granito para los monumentos fúnebres. Éstos
son, no obstante, muy sencillos y severos, con escasas concesiones a la
ornamentación: una guirnalda por aquí, un medallón con el perfil del difunto
por allá. En general priman las lápidas rectas y los obeliscos geométricos. No
sé si se debe a la idiosincrasia local o a que es un cementerio luterano. Las
gaviotas cantan, y de vez en cuando algún cuervo grazna, y pienso que ésa, y no
otra, es la música que ha de acunar a los muertos: gaviotas y cuervos y el
rumor de los árboles mecidos por el aliento húmedo del mar. Así el paseante,
vivo, jamás olvida quién duerme bajo sus pies.
He pasado la mañana en el Museo de Historia Natural de
Helsinki, un antiguo gymnasium imperial construido durante la ocupación rusa.
Tiene una colección estupenda de esqueletos (incluyendo el de una ballena
jorobada), animales disecados y fósiles, amén de algunos especímenes
conservados en formol, todo dispuesto, no obstante, en modernos dioramas con
partes interactivas. Las explicaciones estaban en finés y en sueco, al igual
que todo lo demás en Helsinki, pero habían guías de audio y escritas en inglés
en todas las salas. También hay varias familias suecas enterradas aquí, en
Hietaniemi, y los trabajadores del sector público hablan todos sueco, aparte de
finés e inglés. El peso de la burguesía suecoparlante, a pesar de ser minoría,
se percibe por doquier. Es curioso cómo un Estado con una historia tan corta,
subordinada durante siglos a las veleidades de dos potencias extranjeras como
Suecia y Rusia, ha conseguido sin embargo conservar un idioma propio durante
tantos siglos y construir una identidad cultural diferenciada lo
suficientemente fuerte como para reclamar la autodeterminación. Finlandia. Se
le hace tan poco caso; se sabe tan poco de su historia en el exterior. Pocos
han oído la transparencia cristalina y crujiente de su idioma, como nieve a
medio fundir en la boca. Finlandia, ¿quién eres?
Hora de irse; la brisa del golfo ha conseguido meterme el
frío bajo la piel, y además esta mañana he sacado la Helsinki Card y hay que
amortizarla. ¿Dónde estará la parada del tranvía?
18:54
De alguna manera me las he arreglado para que hayan pasado
casi exactamente cuatro horas desde la última vez que cogí el cuaderno. He
parado a descansar en la catedral luterana de Helsinki; por los clavos de
Cristo que puedo medirme el pulso en el palpitar de los pies.
La catedral es una intimidante mole neoclásica construida en
época del dominio ruso, cuando Finlandia era un gran ducado anexionado al
Imperio. Doblan las campanas, ya son las siete. Hace un rato había alguien
tocando el órgano en la galería superior. Estoy sentada en la nave central,
casi debajo del gran candelabro dorado que cuelga de la cúpula central. Bajo
tres de las cuatro pechinas (bajo la cuarta está el púlpito), en sendas
hornacinas, hay estatuas de figuras importantes de la Iglesia luterana: Martín
Lutero, Philipp Melanchton y Mikael Agricola, el reformador de Finlandia. Me
acuerdo con una sonrisa del bueno de mi profesor de Cultura y Espiritualidad
Modernas, y no tan sonriente del de Estado Moderno, al cual, pobre hombre, ya
he torturado dos veces seguidas con exámenes ridículamente fallidos. Hay que
ver; hace un par de días estaba furiosa con mis fracasos académicos y tenía
ganas de lanzar cosas por los aires, pero hoy, aquí, el desaliento no puede
tocarme. Por eso he venido. Me gusta esta ciudad.
Además, hoy los dependientes del puesto de comida mexicana
donde he almorzado me han regalado una galleta. La he recibido como un regalo
de parte de toda la ciudad, y me ha alegrado el resto de la tarde, a pesar de
que buena parte del relleno de los tacos diera en mis pantalones antes de que
consiguiera repescarlo con la tortilla. Gracias, Helsinki.
Antes de llegarme a Senantitori, donde está la catedral, he visitado
el museo Ateneum, y en medio de su amplia colección de pintura finlandesa e
internacional (toda de época contemporánea, pero pre-vanguardias) he visto El
ángel herido, de Hugo Singen, la obra en la que se inspiró Nightwish para el
videoclip de Amaranth. De alguna manera siempre acabamos volviendo al mismo
sitio, parece.
Los planes para mañana son visitar el mercado portuario (las
fresas en verano son famosas en Finlandia), tomar el ferry a Suomenlinna para
ver la antigua fortaleza sueca, y por la tarde acercarme a la sauna de
Kotiharjun, una de las pocas saunas públicas que aún funcionan. Pero antes,
hoy, voy a ver si puedo llegar al puerto para ver la flota de rompehielos antes
de volver al albergue.
22:39
Aún es de día. Qué bestia. No quiero ni imaginar cómo
estarán en Laponia.
12/7/13
10:15
Llevo un buen rato dando vueltas por Kauppatori, pero recién
he subido al ferry para Suomenlinna y tengo un lugar cómodo donde sentarme a
escribir. La mañana está clara y despejada, con el cielo de color lavanda, más
pálido hacia oriente. Desde aquí puedo ver la cúpula de la catedral.
Zarpamos. En Kauppatori he paseado por los puestos de
comida, entre los que había varios centrados en gastronomía lapona: salmón,
patatas y verduras con ajo, sopas cremosas, salchichas y pescadito frito. Todo
olía de maravilla y daba ganas de comer. He comprado medio kilo de fresas en un
puesto de fruta y me las he comido ahí mismo; tenían pinta de haberse hostiado
contra todo lo hostiable, pues estaban machucadas y goteantes, pero de verdad
que sabían estupendamente. Eso eran fresas de verdad, y no los fresones
transgénicos de Mercadona.
El Báltico desde aquí es verde oliva, espumoso, y un viento
helado viene de allende el horizonte, recordándonos constantemente lo cerca que
estamos de los gélidos confines del mundo. De vez en cuando pasamos frente a
algún islote, con sus árboles, su dársena y su casita de ladrillo y pizarra, no
sé si residencias, observatorios biológicos o alguna otra cosa. Debe de ser
increíble vivir así, tan cerca de la capital pero resguardado en tu propia
isla.
Dios, los niños. Es lo único que empaña un poco la calma. Sé
que no es su culpa, que son niños, pero qué puedo decir. Yo no soy su madre y
no tengo tanta paciencia.
Ya hemos llegado.
12:39
Definitivamente Suomenlinna está convirtiéndose en uno de
mis lugares favoritos. Es preciosa y tranquila, y tan verde y florido (toda la
zona está a reventar de flores estivales) que cuesta imaginársela en invierno,
cubierta de nieve y rodeada por la costra helada del Báltico. Alrededor de
ochocientas personas viven aquí todo el año. Qué afortunadas.
Después de la visita guiada (la guía, Camilla, era
encantadora y hablaba un inglés gramaticalmente perfecto) he bajado a la única
playa de Suomenlinna, una única franja curva de arena de unos ocho metros de
largo, en el fondo de un pequeño acantilado. Estaba llena de familias con niños
que jugaban, buscaban rocas raras y se tiraban entusiastamente al agua poco
profunda. He caminado descalza durante un rato, con el agua por debajo de las
rodillas; estaba helada, pero ha sido la gloria para mis pies cansados y mis
piernas congestionadas. Me hubiera quedado mucho más tiempo, pero es casi la
una y aún me queda archipiélago por ver; quiero estar de vuelta en Helsinki
hacia las cinco.
Ahora estoy sentada en los acantilados del lado oeste de la
isla de Kustaanmiekka; girando un poco la cabeza puedo ver el puerto de
Helsinki a lo lejos. Estoy rodeada de gente local tomando el sol (puedo oler su
filtro solar desde aquí); las gaviotas y albatros campan a sus anchas y por
todas partes revolotean unas mariposas con alas de un blanco con aguas
verdosas. Oigo zumbar a varios insectos. Delante de mí, en el mar, hay una
pequeña bandada de patos silvestres. Hace un rato, en la playa, probé una gota
de agua del Báltico: apenas se le notaba la sal, como suele ocurrir con los
mares fríos. Pienso en el Mediterráneo, con su salinidad que es como un
mordisco en la lengua, y en el Pacífico, bajo el cual yo buceaba con los ojos
abiertos cuando era pequeña (todos los días regresaba a casa con el humor
vítreo inyectado en sangre). ¿Cuántos mares, cuántos océanos he visto ya? Se me
ha olvidado contarlos.
19:28
Esta tarde, al regresar de Suomenlinna (he visitado dos
museos allí: un submarino de la Segunda Guerra Mundial y la casa de Gustav
Ehrensvärd, gobernador de las islas durante el período sueco) he salido a
buscar la sauna de Kotiharjun, pero ha sido imposible encontrarla. La guía
especificaba la calle y el número, pero la escala del plano adjunto era demasiado
pequeña como para señalar cuál de todas las calles era la correcta. Bajé del
metro en Sornäinën, la estación más cercana, y di un par de vueltas por la
zona, pero nada. De todos modos, la abundancia de locales de striptease y de
masaje tailandés, aparte de la gente (mayor) haciendo botellón en la calle,
acabaron por desanimarme. La zona de Sornäinën debe de ser lo más parecido a un
barrio conflictivo que tiene Helsinki.
Mañana es mi último día completo aquí (mi vuelo sale el
domingo a las cuatro y pico de la tarde) así que me lo tomaré con calma; al fin
y al cabo, ya he visto prácticamente todo lo que quería ver en esta primera
visita. Voy a acostarme temprano hoy para poder usar la sauna del albergue, que
abre para las mujeres muy temprano en la mañana (a mí nadie me impedirá darme
una sauna habiendo venido a Finlandia, vive Dios), y tal vez nadar un rato en
la piscina. El resto del día veré un par de museos más, pasearé en tranvía y
quizá compre un par de recuerdos (un imán para la nevera de la cocina, eso
seguro, y estaba pensando en un Muumin pequeño de peluche para Jose). También
quiero ir a una librería (hay una en la estación de Kamppi, cerca de aquí) a
ver si encuentro algún diccionario bilingüe o gramática finesa, o tal vez un
libro sobre historia o mitología de Finlandia, si está en inglés. Por la noche
(bueno, “noche”; estoy empezando a sospechar que aquí al sur tampoco se pone el
sol en verano) me gustaría salir, más que sea una vez, y ver la vida nocturna
de Helsinki. Hay un pub de metal, el Bar Bakkari, cerca de aquí, en Pohjoinen
Rautatienkatu, y creo que he ahorrado lo suficiente como para permitirme una
bebida (el alcohol aquí es muy caro).
Es hora de cenar, llamar a casa y recogerse. Tengo la
esperanza de que el día de mañana no sea tan agotador como los tres que lo han
precedido, pero en última instancia lo sufriré de igual manera: son mi último
día y mi última noche en Helsinki, hay que hacer que valgan.
13/7/13
13:55
Como en Kauppatori, bajo un tenderete, junto al mar y con el
sonido de las gaviotas de fondo. Es un cúmulo de clichés del tamaño de una
casa, pero qué puedo decir, estoy a gusto. Además, no podía dejar sin probar
esa sopa cremosa de salmón y patatas que ayer perfumaba el ambiente del puerto.
Tiene nata y perejil, y está deliciosa.
La mañana ha sido muy tranquila; por primera vez no me
duelen los pies pasado el mediodía. Me he levantado a las seis y media y me he
encaminado a la sauna de la residencia, que está en un edificio aledaño. La
piscina, cubierta, estaba en el mismo recinto. La verdad, he estado en varias
saunas antes, en otros hoteles, pero ésta ha sido diferente: se notaba en el
ambiente que la mayor parte de usuarias estaban acostumbradas a frecuentar
sitios así para socializar, y no como parte de un circuito de spa. Enseguida me
hice al ritmo que llevaban todas: sauna, ducha, piscina y de vuelta a la sauna.
El agua de la piscina estaba bastante fría, pero el contraste,
sorprendentemente, me resultó agradable. He notado a lo largo del día que mis
piernas incipientemente varicosas me lo han agradecido mucho. La primera vez
que entré a la piscina después de la sauna, volví antes al vestuario para
ponerme el bikini, pero pronto noté que la mayoría de las usuarias, sobre todo
las de más edad, nadaban desnudas, tal y como habían entrado a la sauna. Y
pensé “¿por qué no?”. Raramente tiene una la posibilidad de andar desnuda por
un sitio público, menos nadar sin ropa, así que dejé mi bikini mojado en el
vestuario la siguiente vez.
A decir verdad, hubo algo extrañamente liberador en poder
estar desnuda con otra gente sin mayores consecuencias. Nadar sin bañador en
aquel agua fría, con la carne de gallina y los pechos flotando, fue
sorprendentemente satisfactorio. En Moncada, en el gimnasio, normalmente voy
del vestuario a la ducha y viceversa sin taparme con la toalla; estoy muy
cómoda con mi cuerpo y en el ambiente adecuado descubrirlo no me produce ningún
pudor. El problema es que allá, en el gimnasio, no hay tal ambiente, porque soy
casi la única que no se tapa con la toalla antes de vestirse. No hay nada de
malo en marcar límites en la propia intimidad, claro está, pero es una lástima
porque hoy, en la sauna, había un ambiente magnífico. Éramos un grupo de
mujeres de diferentes edades, desnudas o semidesnudas: jóvenes delgadas o
rollizas, y señoras mayores con celulitis y varices, todas mostrando sus
cuerpos sin artificios. Pechos colgantes, vientres abombados, pezones nudosos,
pubis sin depilar (de hecho, es la primera vez en mucho tiempo en que veo uno
que no es el mío); cuerpos humanos tal y como son, y no como quieren que
creamos que deben ser. Encontré la experiencia muy saludable, no sólo en el
obvio plano físico (porque la sensación de bienestar me duró toda la mañana) si
no también en el psicológico: en esta era de cirugía estética, desórdenes
alimenticios y dismorfia corporal, realizar este tipo de actividades,
desnudarse en grupo, hacer ejercicio, podrían tal vez, y sólo tal vez,
recordarnos cómo somos en realidad, sanarnos un poco de la histeria por una
perfección física que no existe, ayudarnos a recuperar la autoestima perdida y
el respeto por nuestros propios cuerpos. Entiendo por primera vez el atractivo
y la transgresión del nudismo: se trata de reclamar el cuerpo, de reafirmarlo,
de reventar el fetiche sexual de la desnudez para poder verla como el estado
natural de un cuerpo que merece respeto y cariño. Debemos reclamar nuestro
cuerpo desnudo y negarnos a que se nos haga sentir vergüenza de él; una
vergüenza que ya no nace de la inmoralidad de una sexualidad reprimida, si no
justamente de lo contrario, de la división obscena entre el ideal inalcanzable
de unos medios hipersexualizados y la modesta honestidad de un cuerpo
verdadero. Hoy, desnuda en la sauna, he sido libre.
Después de la sauna he caminado hasta Aleksanterinkatu,
donde he subido a un tranvía de la línea 4 y he dejado que diera la vuelta
completa por toda la ciudad. Después del agotamiento de los últimos días, ha
sido maravilloso poder pasear sin tener que caminar. El resto de la mañana lo
he pasado en el Museo de Arte de Helsinki, donde había varias exposiciones,
agrupadas bajo el título “Happy End?”, centradas en el malestar de la sociedad
posmoderna y en las dudas acerca del futuro. Suena bastante pedante, pero las
propuestas me gustaron mucho. Una de las exposiciones, audiovisual, incluso
venía acompañada de un documental en el que los artistas explicaban los
conceptos desarrollados en las diversas obras expuestas, lo que me pareció
interesantísimo. Nunca he sido muy fan del arte moderno, pero creo que voy a
tener que empezar a reconsiderarlo.
Tenía pensado ir a visitar la catedral ortodoxa de Helsinki
nada más terminar de comer, pero el día está tan bonito y estoy tan relajada
que creo que voy a pasear un rato por el puerto antes de seguir camino. Desde
luego, me gusta especialmente hacer las cosas a mi ritmo, lento. Vivo en el
mundo equivocado, je.
14/7/13
9:44
Ya estoy sentada en el autobús que me llevará al aeropuerto
de Vaanta. Estoy un poco triste. Echo de menos a mi gente y tengo ganas de verla,
pero también me entristece tener que dejar Helsinki. He sido muy feliz aquí.
Siento que he hecho amistad con la ciudad; una amistad sudorosa y polvorienta,
forjada en circunstancias inesperadas, pero aún así tierna y acogedora. Es
extraño cómo las ciudades tienen su propia personalidad, su carácter, su voz,
incluso un cuerpo propio. Ahora que soy adulta recién estoy empezando a conocer
a Valencia, y a Lima, dios me perdone, nunca he podido conocerla lo suficiente;
pero hete aquí que aterrizo sola en un país completamente desconocido y acabo
sintiendo un cariño inmenso por esta capital, por Helsinki, con su Báltico
verde y su puerto, con sus gaviotas y sus cuervos, con su olor a café, sus
melenas rubias y sus ojos azules, con todo lo que la hace ser quien es. Tal vez
porque es la primera ciudad extranjera que visito sola, siento esta conexión
tan fuerte con ella; tal vez es que la ciudad es joven, como yo. Porque
Helsinki tiene varios siglos, pero hace menos de uno que es capital de un
estado autónomo, y algo en ella parece denotarlo. Conocerla ha sido cruzarse
con una compañera, con otra universitaria mochilera con pantalones de viaje y
pies cansados, con la cual sentarse a airear las botas y hablar, y callar
mientras te cuenta anécdotas de su pasado.
La ciudad y sus alrededores desfilan ante mis ojos y noto
nacer en mi garganta un pequeño nudo. Mi hermana me llamaría tonta si me oyera,
pero qué puedo hacer. Me apena dejar esta ciudad en la que me he sentido
bienvenida, este lugar que ha conseguido que piense en mi albergue como “mi
casa”. Por ahí se va a mi casa, puedo ver mi casa desde aquí. Cada imagen que
veo por la ventanilla es un lugar al que digo adiós. Adiós, Hietaniemenkatu;
adiós, estación de Kamppi; adiós, puerto de Kauppatori; adiós, catedral; adiós,
Senantintori; adiós. Ayer, en el Bakkari, brindé calladamente por la ciudad.
Algún día regresaré.
10:38
Desayuno café con leche y un bollo de canela; es lo más
cercano a un pulla que he encontrado.
A ese respecto no he tenido suerte.
En la barra de la cafetería, delante de mí, hay dos hombres
fornidos y rubios, muy escandinavos, con uniforme de la policía. Pasa a mi lado
un hombre mayor, negro, con un abultado gorro de lana en el que probablemente
habrá embutido unas rastas muy largas, portando una guitarra en su funda. Luego
una familia musulmana; la hija adolescente lleva un hijab de camuflaje, a juego
con su camiseta. Al otro lado de la terminal 2, un equipo infantil, todos con
medallas al cuello, alborota desde la escalera mientras un congestionado
entrenador grita “Asseyez-vous! Asseyez-vous!” ¿Adónde irá esta gente? Mi avión
no embarca hasta las tres. Me espera un largo día.
16:55
Embarcada ya en el avión a Madrid, no queda si no esperar a
despegar. Vuelvo a casa, sí, pero también dejo mi casa.
En la sala de espera frente a la puerta de embarque ya
empecé a escuchar castellano por todas partes; en las caras se veía que más de
la mitad del pasaje iba ocupado por gente española. Me sabe mal decirlo, pero
las conversaciones a gritos y la charla intrascendente, salpicada de
expresiones machistas, me puso de muy mal humor. Tampoco es que sea muy difícil
ponerme de mal humor, eso lo admito, pero venía flotando en una nube de
bienestar después de mis días en Helsinki, y la vuelta a la realidad ha sido amarga.
Los fineses son gente más callada. No es que sean fríos; de hecho, los he
notado extraordinariamente amables y solícitos. Pero no son muy amigos de la
conversación superficial. A veces, cuando iba andando por la calle en Helsinki
y pasaba por delante de la terraza de un bar, veía que la gente que se sentaba
junta a tomar algo no conversaba, simplemente saboreaba su bebida y callaba,
tomando el sol. Otras veces sí que hablaban, claro está, pero en ocasiones no.
Varias veces he leído que a los fineses no les incomoda callar en grupo, y
parece ser cierto. A decir verdad, ha sido muy relajante estar unos días sola
en esta ciudad tan silenciosa, hablando solo lo estrictamente necesario. Me
encanta hablar, y es cierto que si se me da pie apenas cierro la boca, pero a
veces hay que callar. El silencio es bueno. Podría aplicárselo el madrileño
gritón sentado detrás de mí, porque a fe mía que está acabando conmigo. Ejem.
El avión se mueve. La cabeza del Muumin de peluche que le he
comprado a Jose asoma por la cremallera de mi mochila; su suavidad es
reconfortante, ya que aún estoy un poco triste.
Despegamos. Adiós, Helsinki; adiós Finlandia. Volveremos a
vernos.
Id a Helsinki, criaturas. Es guay. Y recordad, a nadie le amarga un comentario ^^
sábado, 20 de julio de 2013
Monocromo (parte II)
Parte I
Día veintiséis
Hoy la he saludado. Qué coño. Ella me ha devuelto el saludo, y
por un momento se ha olvidado de taparse la boca. Ha subido la mano a toda
prisa, pero he visto los caninos dramáticamente montados sobre los incisivos,
manchados por el tabaco. Pobre, debe de haber sentido vergüenza.
Día treinta y tres
Me ha invitado a ir a su piso, y he dicho que sí. No sé por
qué lo he hecho. Ha sido un impulso repentino, igual que el que me llevó a
pedirle fuego el otro día en el bar. Tal vez sentía curiosidad por algo que
nunca había hecho, o tal vez quería sacarle el dedo al recuerdo insidioso de
Mara. Tal vez sentí un ramalazo de deseo, una sensación que se ha negado a
visitarme en los últimos tiempos. Tiempos grises.
La he acompañado caminando. Le he preguntado su nombre, me
dijo que Desireé. Así que Carmelo y los demás tenían razón. Sin embargo he
insistido. “¿Es tu nombre de verdad?” le he preguntado, y se ha quedado
callada. Su sonrisa eterna, esa sonrisa gratuita, se había vuelto incómoda. Me
he sentido mal por preguntar. A mí qué coño me importa, me he recriminado
interiormente. Pero después de una pausa, la he oído hablar.
-En realidad me llamo Irma. Es un nombre feo –dijo, y a
continuación rió, para mostrar la mala broma que era su nombre. Se ha cogido de
mi brazo, y he notado que está en los huesos. Su brazo parece más una parodia
de brazo, que no pesa contra el mío. Debe de ser livianísima. Seguramente puedo
levantarla con una sola mano.
-Un placer. Yo soy Miguel –le he dicho, en un intento patético
de ser galante. Un galán a golpe de talonario, o más bien el esqueleto gris de
un galán. Pero ella ha vuelto a reír, y ha apoyado su cabeza en mi hombro. Su
cráneo tampoco pesa nada, y he visto que tenía los párpados amoratados y
levemente hinchados. De repente me ha parecido muy cansada.
Hemos entrado en su piso, estrecho, deprimente, sumido en una
penumbra gris. Es curioso cómo el gris parece perseguirme. Desde que Mara cogió
a los niños y se largó, dejándome sobras en el congelador y un palmo de
narices, las cosas siempre me han parecido grises. O tal vez ya viniera de
antes. Tal vez las cosas no son grises porque Mara se fue, si no que Mara se
fue porque yo me había vuelto gris. No lo sé. Tanto pensar me agota. Por eso la
indiferencia es tan fácil, y tan cómoda.
Pero Irma, que ya no era puta si no Irma, estaba desnudándose
junto a la cama, sonriéndome, y no parecía intentar seducirme en absoluto. Sólo
me sonreía, porque sonreír es gratis, y yo estaba ahí, y merecía que me
sonrieran. ¿Eso pensaría ella? Su cuerpo era una sinfonía de huesecillos de
pájaro y colgajos atacados por jeringuillas viejas. Huesecillos de pájaro.
Cuando se ha arrodillado sobre las sábanas, me la he imaginado con alas, unas
alas blancas y delicadas como ella, temblando a su espalda, desplegándose para
abrazarme, reflejando en su superficie alba la poca luz de la habitación para
proyectarla en la vida de otro desgraciado demasiado solo y agobiado como para
follar gratis. Se ha estirado sobre la cama, y sus ojos se han cerrado
inmediatamente. Debía de estar cansadísima. Me he sentado a su lado. En un
susurro soñoliento, me ha invitado a coger aquello por lo que iba a pagarle. He
dicho que no.
La he tapado con la sábana y le he retirado el pelo de la
cara. Sus miembros y su respiración ya habían adoptado la flojedad del sueño.
He sacado la tarifa estipulada de mi cartera, la he dejado sobre la mesa de
noche y la he mirado. No sabría decir su edad: está detenida en algún limbo
entre los dieciocho y los treinta, y la consunción amarillenta de su rostro denota
los estragos que la heroína está haciendo en ella, pero es difícil decir dónde
acaba la drogadicción y empieza el envejecimiento natural. Me pregunto cómo he
podido pensar en follármela. Parece un cristalito roto bajo la sábana. ¿Cómo
habrán hecho Carmelo y los otros para que se les ponga dura con esta chica que
parece una paloma anoréxica?
Antes de largarme de ese horrible piso la miro por última vez.
Lánguida, como la heroína de una novela romántica, vapuleada por la
tuberculosis y demasiado frágil para defenderse. Me la imagino desmayada en un
prado, con los cabellos extendidos sobre la hierba, cubierta de flores, como en
una pintura prerrafaelita. Así, hasta habría podido ser bonita.
Día treinta y cinco
Ayer no la vi. Hoy se ha disculpado por haberse quedado
dormida, y casi me ha parecido ver un leve rubor en sus mejillas. O en esas flacas
placas de hueso que tiene en lugar de mejillas. Me pregunto si es algún truco
de su oficio, o si se sonroja de verdad. Resulta difícil imaginársela
mintiendo. ¿Dónde va a caber una mentira en ese cuerpo tan pequeño? Me parece
una locura pensar en ella fingiendo un placer que no siente, perforada
cíclicamente por uno de sus clientes.
Cuando me marcho, se sienta sobre la acera con la espalda
contra una farola y hurga en su bolso. Pienso en un ángel expulsado del cielo,
estampado contra la vereda en una salpicadura de plumas y sangre, mirando
confuso al horrible mundo al que ha sido arrojado. Pero Irma no está triste. El
que está triste soy yo.
Día cuarenta y uno
Hoy ha llovido. Le he ofrecido mi paraguas y me ha rechazado.
Dice que le gusta mojarse, y para demostrármelo me ha sonreído abiertamente con
sus dientes desviados, extendiendo las manos para recibir la lluvia. Se
balanceaba en el globo de luz naranja de la farola de su esquina, que llenaba
de reflejos su ropa mojada. La he visto bailando entre pompas de jabón,
agitando las ráfagas de luz de un vestido dorado, riendo sin parar. Después ha
pasado un coche, y ha vuelto a ser la prostituta heroinómana con la que no pude
acostarme.
Día cuarenta y cinco
Hoy la he visto chutándose. Estaba atrapado en una de esas
desesperantes noches de insomnio que tengo con frecuencia, en las que vago
penosamente por las calles oscuras, trazando un paseo fútil hasta la gasolinera
o la tienda de veinticuatro horas. Inútil, sí, pero siempre es mejor que el
aburrimiento asesino de las horas tirado en la cama, mirando al techo,
atosigado por pensamientos y recuerdos que no deseo. Dios mío, cuánto me
aburro, ahora me doy cuenta.
No he reparado en la persona sentada en el portal de uno de
los edificios hasta que ha pasado un coche noctámbulo y ha iluminado con sus
faros la silueta enroscada sobre sí misma y las piernas blanquecinas de una
chica paloma. He tardado en reconocerla. Su pelo, descolorido con algo que
empiezo a pensar que es lejía, le tapaba la cara mientras inclinaba la cabeza
para sujetar la goma entre los dientes. Cuando se ha echado hacia atrás, los
ojos semicerrados en un abotargamiento sintético, me he acercado y la he
llamado. Creo que me ha visto. Se le han llenado los ojos de lágrimas. Las he
visto brillar en la oscuridad cuando esos ojos tan grandes suyos se han
convertido en dos rajas blancas, dos heridas plateadas, dos navajas curvadas.
He oído el tictictic de la jeringuilla cayéndose al suelo, luego he retrocedido
a trompicones y he huido de allí.
Día cincuenta
Llevo un par de días caminando junto a ella. No me atrevo a
robarle mucho tiempo, porque sé que puedo espantar a potenciales clientes, y no
me creo tan especial como para merecer tal despilfarro. Alguna vez ha aceptado
un café, o un bocadillo. Come con ganas, y a cada mordisco le brillan los ojos,
y puedo ver al angelito sonriente que debe de haber sido, con las mejillas
coloradas en una carita redonda y cobriza, como dos rosas. Le pregunto si le
gustan las rosas. Se ríe de mí. “Nunca me han emocionado las flores, me parecen
una horterada” me dice, escupiendo pedacitos de pan. Debe de pasar mucha
hambre. Debe de inyectarse en las putas venas varias comidas al día. Cada vez
que recuerdo a Irma cayéndose en el portal veo, oigo y huelo la porcelana de una
muñeca articulada destrozándose contra el suelo. Entre los añicos, aún se ve la
sonrisa pintada, rota en varios pedazos. Trato de apartar esas ideas de mi
mente.
Día cincuenta y dos
Le he comprado una rosa. Roja. Tengo la mala manía de hacer
exactamente lo contrario de lo que se me dice en este tipo de asuntos. Mara se
ponía histérica: “¡¿Qué parte de ‘no quiero regalos de San Valentín’ no has
entendido, Miguel?!” Hubieron momentos en los que dudaba de si lo hacía por
hacerla feliz o por hacerla rabiar. Aún lo dudo.
Irma ha mirado confusa la flor y me ha dirigido (gratis) una
sonrisa incómoda. No tenía pinta de saber qué hacer con un regalo semejante. He
roto el tallo dentro de la mano y le he puesto la rosa detrás de la oreja. Se
ha quedado flotando como un sol color sangre en un nido de paja reseca. Se ha
vuelto a sonrojar. Por un momento, cuando ella empezó a alejarse por la calle,
me sentí estúpido, como ese niño que expone sus ideas disparatadas ante un
público adulto que ríe disimuladamente, humillando su lógica infantil con su
deleite ante la divina inocencia. Pero luego se ha vuelto a mirarme, y ha
soltado una carcajada, haciéndome ver lo tonto que soy al regalarle tal cosa. Y
eso, por absurdo que parezca, ha hecho que deje de sentirme estúpido.
Día cincuenta y nueve
Hoy se le ha caído una bolsita de polvo blanco del bolso. La
ha recogido casi con tanta ansia como acomete los bocadillos que compartimos de
vez en cuando. “Uf, menos mal, era pura” ha dicho con ligereza. He oído los
sermones moralistas de Mara resonando en mis orejas y no he podido repetirlos.
Pero he hablado. “Eso te puede matar, Irma”. “Ya lo sé”, me dice. Eso es todo
lo que dice.
Día sesenta y uno
Está muy cansada. Hoy nos hemos sentado en un banco del parque
y se ha dormido durante un par de minutos sobre mi hombro. Su peso casi
inexistente derrumbándose sobre mí, parte a parte, miembro a miembro, me ha
parecido el movimiento más exquisito que he visto en mucho tiempo, más
económico y delicado que cualquier danza. Estoy convencido de que, si alguien
intentara penetrarla, se rompería en pedazos. No sé si es el caballo o algún
tipo de VIH o sólo el cansancio de una vida miserable, pero se romperá. Y algo
en mí tiembla cuando lo pienso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







