miércoles, 29 de mayo de 2013

Alguien ha tomado demasiada cafeína

¿Qué hubiera pasado, digo yo, si Blancanieves de verdad hubiera estado muerta? Si no hubiera habido beso de amor o caída con efecto Heimlich que valiera; si hubiera estado muerta y punto, y, como en el cuento, el príncipe hubiera querido llevársela a su castillo para "contemplar su belleza".

Aquí hay un necrófilo, pero yo no miro a nadie.

PD: Y Shang se enamoró de Mulan antes de saber que era una mujer. Yo sólo lo digo.


Estos son los últimos exámenes finales de mi carrera. Literalmente llevo dos semanas viviendo y durmiendo con el mismo chándal y no sé ni qué día es hoy. Cuento el pasar del tiempo por las latas vacías de Burn. Que alguien haga algo.

domingo, 19 de mayo de 2013

Agresión sexual


Mas no hubo simbolismos,
moral, Biblia o código penal
que atenuara lo que pasó,
ninguna leyenda ni suicidio ritual;
sólo la realidad fea de una carne humillada,
de un cuerpo robado,
de un dolor que iba más allá de la vagina escarnecida
y se asentaba en la voluntad que no fue,
la sensación atroz de no ser,
de no contar,
de no importar más que como objeto de burla,
como un juguete entre las zarpas
de un Chesire misógino.
No te lo tomes así, mujer.
Es una broma.

lunes, 13 de mayo de 2013

Balada de los glens (parte III)

Parte I y parte II.

Muchas lluvias vinieron y se fueron, y en el valle airoso del río plateado la vida continuó su ritmo inexorable. Los ancianos murieron y las mujeres parieron, y cada primavera los robledos se poblaban de hojas nuevas y animales recién nacidos. En la casa abandonada del cerro del lado sur, protegida del mundo en su anillo de espinos, las hierbas continuaron invadiendo las losas del suelo y las pequeñas bestias anidando entre las vigas, y en todo el valle aquello que los mortales insistían en atrapar dentro de un reloj seguía haciendo sonar su eterna canción.
Un día, el señor del valle murió, y su cuerpo fue depositado en el panteón familiar. Su esposa había fallecido varios años antes, lo cual dejaba un vacío de poder en las tierras del glen. Los arrendatarios fueron instruidos por el capataz acerca de las últimas voluntades del señor, que disponían que un lejano sobrino, radicado en la capital, pasaba a ser el propietario de esa tierra que ellos habían trabajado durante generaciones. Los arrendatarios se encogieron de hombros y esperaron sin ninguna prisa a su nuevo señor. Éste nunca llegó, empero; en su lugar, subió un día el empinado camino hacia la casa señorial un automóvil reluciente, seguido por una caravana de camiones de carga. El coche aparcó frente a la escalinata de piedra que daba acceso a la casa, y de él descendió una mujer con traje de chaqueta blanco y sombrero de ala ancha.
La recién llegada se paró en el sendero de entrada que cruzaba el parque, dos delicados zapatos bicolores hundiéndose en la gravilla, con las manos caídas a los lados y la mirada oscurecida bajo el sombrero, fija en la casa. La pequeña comitiva de bienvenida de los criados, en formación sobre la escalinata, se revolvió incómoda.
-¿No era un señor el que tenía que venir? –preguntó, en voz demasiado alta, una de las criadas menores. El mayordomo, su abuelo, la reprimió de un pellizco; sin embargo, todos oyeron la risa clara de la recién llegada al acercarse a los empleados.
-Mi señor primo y yo llegamos a un acuerdo el mes pasado –explicó, sacándose los alfileres del sombrero-. Le pareció correcta la suma que ofrecí a cambio de los derechos sobre estas tierras. Al fin y al cabo –se volvió hacia la mansión de nuevo, con una mirada extraña-, esta es mi casa.
En ese momento la mujer del traje se quitó el sombrero, y una cascada de pelo del color de las frambuesas se derramó por su espalda, refulgente sobre el lino blanco de la chaqueta. “Es la patroncita” corrieron los susurros entre los criados mayores. Entretanto, varios porteadores habían echado pie a tierra desde los camiones y empezaban a descargar los bultos: muebles, alfombras, varias armas de fuego muy ornadas, un arpa y un violonchelo en sus estuches. El servicio observó con especial curiosidad un par de carteles publicitarios de conciertos de salón, enmarcados, en los que se veía pintada la elegante figura de una pianista pelirroja, Dana O’Hara.
-El nombre de mi familia era demasiado conocido –musitó la nueva señora, más para sí que para el personal de la casa; sus ojos estaban fijos en un nuevo objeto que los porteadores descargaban haciendo equilibrios-. Por favor, cuidado con ése. Mucho cuidado. Se me va la vida con él.
Era un piano de cola, blanco y magnífico, con las entrañas rojizas, como un eco de su dueña. Se alzó sobre los brazos de los porteadores como un ave olímpica de alas desplegadas, oscureciendo el sendero con su sombra. Cuando el sol acarició su tapa, una ráfaga de luz cegó momentáneamente a los asistentes, comunicándoles la majestad incontestable del instrumento: el verdadero nuevo señor de aquellas tierras acababa de tomar posesión.
Una de las criadas más ancianas, que recordaba claramente a la niña con cara de conejo que había nacido en la casa señorial, se acercó a la dueña a preguntarle qué se le ofrecía. Le pareció ver brillar una lágrima en sus ojos grises, ahora vueltos hacia el parque y más allá, hacia la pendiente que bajaba al valle como una catarata verde, y hacia las orgullosas montañas, coronadas de niebla y sol, que se mojaban los pies en la cinta de plata del río. Vio cómo se le levantaba el pecho bajo la chaqueta cruzada, hinchándose con el aire del glen, y cómo el viento desordenaba su cabello en un estallido rojo como el atardecer. La anciana criada hubiese jurado que las orejas de la señora temblaban y se esponjaban como las de un zorro, buscando captar hasta la última hoja danzante, la última gota de rocío, la respiración de la tierra, la risa del río. No la estaba oyendo.
-¿Señora…? –volvió a llamar.
-Ya estoy en casa –dijo Emer, y sonrió.
* * *
Varias décadas más tarde, cuando dos representantes de una importante empresa maderera acudieron a la vieja casa señorial para exponer al propietario la conveniencia de venderles las tierras del glen y partir a un retiro más cómodo en la ciudad, se encontraron con una anciana de crenchas grises de pie en la puerta, vestida de blanco y blandiendo una escopeta cargada.

lunes, 6 de mayo de 2013

Le morte d'Arthur y otras bizarradas


-Aproxímate, Bedivere.
-Mi rey y señor Arturo.
-El fin de mi vida se acerca. Ten, toma a Excalibur, llévala al curso de agua más cercano y ahí arrójala. Habrá de volver cuando sea llamada por un nuevo rey.
-Así se hará, mi rey.

(Un rato)
-¿Y bien, Bedivere? ¿La arrojaste al agua?
-Hombre, arrojar, arrojar lo que se dice...
-Oh, Bedivere, no lo demores más. Siento que mis fuerzas menguan. Haz como te ordeno.
-Sí, majestad.

(Otro rato)
-¿La arrojaste, Bedivere?
-No exactamente...
-Bedivere, querido, tengo un agujero de tamaño considerable en el hígado. Por favor arroja a Excalibur al agua.
-Vale.

(Aun otro rato)
-¿Ya, Bedivere?
-Eh, bueno...
-BEDIVERE, COJONES, ESTOY A PUNTO DE CASCARLA, HAZ EL PUTO FAVOR DE TIRAR LA MALDITA EXCALIBUR EN LA JODIDA CHARCA. YA.
-Jo.


Bueno, pues... estaba en un cursillo de libre elección... sobre las mitologías heroicas... y estaba puesta de cafeína... y se acercan los exámenes... no sé muy bien qué pasó.
Me gradúo, men. What O.o 

domingo, 21 de abril de 2013

Balada de los glens (Parte II)

Parte I

Al comenzar la estación seca de sus quince años, Emer caminaba un día por la ladera norte de uno de los montes, camino a la casa abandonada, cuando escuchó un sonido que no había oído jamás. No era el canto de un pájaro, ni el susurro de las hojas, aunque a ratos sonaba similar. Venía en hilachas con el viento desde la cumbre de la loma, y la hizo pensar en el chapoteo del agua en un arroyo, si el agua estuviera hecha de cristal fino o de metal. “¿Qué?” Emer sacudió la cabeza. El sonido era indudablemente música, pero de un tipo nuevo y desconocido. No sonaba como los violines y las guitarras de los trabajadores del valle, ni como los pífanos de los pastores, y desde luego no asemejaba a las supuestamente alegres tonadillas que su madre aniquilaba en el clavicémbalo cuando había visitantes ilustres. Las notas, pronto descubrió Emer, no sonaban como el agua en un arroyo, si no que le recordaban al agua en un arroyo. De alguna manera, esa música, proviniera del instrumento que proviniese, retrataba el agua diáfana saltando sobre las piedras pulidas del lecho del río, jugando con la luz, como ella la había visto mil veces. Emer, tras un instante de vacilación, empezó a correr colina arriba, siguiendo aquel sonido mágico que había conseguido capturar el espíritu del río.
Al acercarse a la cumbre del monte, silenciosa y furtiva como un zorro, comprobó que, como sospechaba, la música provenía de los restos de la casa de piedra. Ahora había cambiado: las notas que sonaban como la risa de un arroyo seguían en el fondo, pero sobre ellas había brotado una nueva capa de armonías que evocaba una cortina de lluvia besando las hojas de los alisos. A Emer se le puso la carne de gallina mientras se acercaba a la casa, semioculta entre las ramas bajas de los espinos que la rodeaban, y se asomaba discretamente por lo que había sido la gran ventana frontal, en busca del origen de la música.
Había alguien dentro. En lo que había sido la única habitación de la casa, allí donde Emer había contado estrellas y buscado formas a las nubes tantas veces, había una persona sentada de espaldas a ella sobre una banqueta. Un muchacho. Emer tragó saliva, irracionalmente segura de que no lo había visto jamás en el valle. Las manos del desconocido estaban delante de él, moviéndose sobre el teclado de un instrumento que no había estado en esa casa jamás, y que sin embargo ahora hundía sus cuatro robustas patas entre las lajas del suelo, como si llevara siglos allí. Era un piano. Y las manos del muchacho desconocido bailaban sobre sus teclas, haciéndolas reír, gemir y cantar con varias voces diferentes que evocaban la esmeralda de los bosques, la plata del torrente y, sí, incluso el rubí y el oro de los atardeceres sin nubes: todo aquello que Emer conocía y amaba. La música era el valle.
Emer caminó con las rodillas trémulas a través del viejo hueco de la puerta, sin percibir nada más en el mundo que el sonido del piano y lo poco que podía ver de la misteriosa criatura que lo producía. El desconocido era alto, ahora lo veía, y su espalda estrecha y fibrosa vibraba y se contraía siguiendo las evoluciones de la música. De su cabeza, inclinada sobre el teclado, Emer sólo podía ver el cabello oscuro que caía en rectos mechones desiguales sobre su nuca y hombros, pero adivinó las formas angulosas del cráneo y la fuerza del cuello. El desconocido debía de tener cuatro o cinco años más que Emer; era ya un hombre. Sus manos, que ahora podía ver más de cerca, le parecieron preciosas: eran grandes y esbeltas, de huesos recios, y bajo la piel lechosa se adivinaba un sutil encaje de venas y tendones, como caminos que conectasen la música de las teclas con su corazón. Emer ya estaba tan cerca de él que podría haberle acariciado la nuca con el aliento, y la música, clara y cercana, le entraba por los oídos y la llenaba entera. Su corazón latía, desbocado; sus labios temblaban, su vientre se contraía y toda su piel ardía: la música la había tocado en lo más profundo, la sentía casi sólida, como un puente orgánico entre su cuerpo y el cuerpo del valle amado que evocaba. Emer se sentía palpitar de la cabeza a los pies con un ansia rabiosa de ir más allá, de cerrar los ojos, de abalanzarse, de correr y gritar y dejarse arrastrar, de olvidar su nombre y perder el conocimiento y precipitarse a ser una con el núcleo vivo del valle, que era la música. Sin pararse a pensar en lo que hacía, extendió la mano y la posó sobre el hombro del muchacho.
Las manos del desconocido se detuvieron lentamente y la música del valle fue apagándose. No, corrigió Emer, no se apagó; ahora que había descubierto cómo sonaba su voz, el valle seguía cantando en su propio idioma, a través del río, la lluvia y las hojas de los árboles. El desconocido se levantó de la banqueta, y se volvió hacia ella, muy despacio. Emer quiso retroceder, pero sus pies estaban clavados al suelo, apenas dejando un palmo de distancia entre ella y el otro. Los ojos del muchacho eran grandes y oscuros, con largas pestañas negras, y la miraban serenos, comprensivos, sabios. Quiso hablarle, explicarse, pero su cerebro se negó a enviar ninguna idea coherente a su boca, así que buscó refugio metiendo las manos en los bolsillos de su delantal, donde sus dedos encontraron un puñado de frambuesas recién cortadas. El joven del piano seguía mirándola; su camisa llevaba los primeros botones desabrochados, dejando al descubierto una parte de su pálido pecho, que subía y bajaba, como si estuviera agitado por algo. Sin saber qué más hacer, Emer atrapó una frambuesa con dedos temblorosos y se la ofreció a modo de obsequio conciliador. Lo normal hubiera sido ponerla en la palma de la mano para que él la tomara, pero, siguiendo un impulso inexplicable, la retuvo entre las yemas de los dedos y se la acercó a la boca, como habría hecho con un niño. El muchacho la miró intensamente unos eternos segundos más antes de inclinarse muy, muy lentamente y tomar la frambuesa entre sus labios. Al hacerlo, acarició los dedos de Emer con la boca, humedeciéndolos levemente, como por casualidad. Ella sintió que sus huesos se fundían; en sus oídos la música del valle se mezclaba con un zumbido aturdido, como si tuviera la audición tan sensibilizada como la piel. Sin poder resistir más el impulso de tocar a aquel hombre, Emer dejó que sus dedos resbalaran desde la barbilla hasta la parte de su torso que quedaba al descubierto, donde encontró la piel fresca y sedosa como la nata. Emer suspiró. El hombre la rodeó con sus brazos y la besó.
Emer se abandonó por completo al muchacho y a la música, que eran uno, e hizo el amor con el valle. Se perdió en el arroyo corcoveante de la boca que la besaba, bebió su aliento, jugó con su lengua, y dejó a sus manos libres para que explorasen el cuerpo de él, largo y firme, los músculos tensos bajo la piel como peces vivos, los mechones de vello que crecían en los rincones umbríos como el musgo en las rocas. Lo despojó de su ropa sin darse apenas cuenta, recorriéndolo con los dedos, con la boca, con todo su propio cuerpo: aferró con fuerza la curvatura de su espalda, se restregó contra la carne dura de su vientre, aspiró el perfume a leña que emanaba de su piel, lamió tiernamente el miembro rígido como la madera que se apretaba contra ella, fustigándola, acariciándola, mojándola con su rocío. Sin saber cómo, Emer se encontró desnuda, de pie sobre el suelo de piedra, con los riñones apoyados en el teclado del piano, tan lejos del pudor que padres y preceptores habían intentado instilarle que no acertó ni a sonrojarse. El joven se arrodilló ante ella, besándole lentamente los pechos hasta dejar los pezones relucientes como flores de madrugada. Descendió por su vientre, trazando con su boca húmeda una larga, muy larga y muy lenta línea recta que fue a fundirse con la grieta de su vulva, hinchada y resbaladiza, cuando la lengua de él se hundió en ella y acarició un lugar que la hizo sollozar de placer. Fue siguiendo ese eje longitudinal que el cuerpo de Emer se partió en dos cuando el orgasmo la golpeó, echada sobre la espalda y hundiendo las uñas en la columna de su amante, y de su cuerpo roto surgió un estallido de pájaros y lluvia y viento, y las montañas engulleron sus gritos y los devolvieron en forma de música, y Emer y el valle fueron uno.

Los señores del glen no dieron crédito cuando su hija reapareció de su excursión aquella noche, embarrada y radiante, y anunció que deseaba aprender a tocar el piano. ¿Qué milagro, se preguntaron, qué prodigio de la naturaleza había hecho que de repente su hija, hasta entonces suspendida en un limbo de inmadurez, sintiera interés por un pasatiempo de señorita decente? Emer contempló impávida las evoluciones de sus anonadados padres, y volvió a expresar sus intenciones con la voz clara y una voluntad nueva ardiendo en los ojos. Los señores, una vez repuestos de su asombro, decidieron no dejar tiempo a su hija para cambiar de opinión y al amanecer siguiente despacharon a uno de sus criados con correo urgente al pueblo más cercano. Un par de semanas más tarde se presentó en la mansión de la montaña una profesora de expresión adusta, alta y fibrosa, con la blusa estrechamente abotonada. Se instaló con Emer frente a un piano rescatado del sótano y reparado para tal fin, y la casa se llenó con los vacilantes intentos de la muchacha por crear música. Recibía dos horas de clases regulares al día, pero una vez la maestra se había retirado a la hospedería donde se alojaba, valle abajo, Emer continuaba empeñada ante el teclado, una y otra vez, sin que nadie se lo pidiera, apretándose la lengua entre los dientes mientras perseguía las notas y desentrañaba las partituras. En secreto, aparte de sus ejercicios de solfeo y armonía, juntaba torpemente sus primeras notas.
Regresó un par de veces a la casa abandonada del monte en el lado sur, pero no había nadie allí, como ya se imaginaba. El muchacho misterioso que la había iniciado en los secretos de la música y de la vida nunca regresaría; Emer lo asumió tranquilamente, tal y como asumía los otros mecanismos inevitables de la vida del valle. Siguió saliendo a pasear por los montes, pero sus padres vieron con alivio que sus lecciones de piano la absorbían de tal modo que sus escapadas pasaron a ser esporádicas; a veces, incluso, se estaba quieta el tiempo suficiente como para meter el peine entre sus greñas pelirrojas y recogerlas en un peinado adecuado a su edad. Cuando se sentaba al piano, para Emer el resto del mundo se apagaba, y en cada nota conquistada latían la luz, la lluvia, la hierba y la vida del valle que amaba.
Emer pasó sentada en la banqueta del piano toda aquella estación seca y las lluvias del año siguiente; el monzón vino, se fue y volvió, Emer cumplió dieciséis años y luego diecisiete, sentada sobre el teclado, repitiendo, corrigiendo, memorizando, componiendo a escondidas. Al comenzar la estación seca de sus diecisiete años, en cuanto el río crecido se retiró a su dentado lecho de plata, Emer volvió a salir de su casa. Ni sus padres ni su maestra la vieron, y asumieron que sería otro de sus paseos, una extravagancia que probablemente nunca se le iría del todo. Los habitantes del valle sí que la vieron, vestida de pantalón y chaleco de lana, con botas de viaje, un atadito de ropa a la espalda y una escopeta cruzada sobre el hombro. Supieron, antes de que en la casa se elevaran las voces de alarma y espanto, que la patroncita se había ido para no volver.


Siento curiosidad. ¿Este lo estáis leyendo, o lo habéis pasado de largo por su longitud? Es muy difícil elegir por dónde cortar un relato unitario, y tal vez la entrada anterior era demasiado larga. Calma, sólo queda una tercera y última parte.

domingo, 14 de abril de 2013

Corola


Mi sexo
no es una herida.
No.
Mi vulva no es un tajo sangrante
ni una llaga que supura;
yo no estoy herida,
no estoy dañada,
nadie me ha cortado en dos.
Sangraré cada mes
y florecerán los lirios rojos
entre mis piernas
pero mi sangre no es una condena al dolor,
no estoy rota,
no estoy maldita.
Mi sexo no es una herida.
Mi sexo es una flor.
Y en él se abre,
húmeda de rocío,
la vida
como un cáliz de placeres
y no un vaso de sagrado sufrimiento.
Vivo
cuando el sexo mío vibra,
cuando sangra
y también cuando no;
mi sexo es una corola encendida
donde masculinas abejas
liban las lluvias de un deseo
extenso y constante
que se burla de los estadios de la luna
y no responde más que a sí mismo.
Mi sexo está vivo,
mi vulva respira y ríe,
mi coño es una rosa
orientada al sol,
entera, sana, orgullosa.
Mi sexo es un beso vertical,
mi sexo es un abrazo
bermejo e infinito como el horizonte;
mi sexo no es la vaina
de una espada sanguinolenta
si no una mano abierta
tendida a la eternidad del cosmos.
Mi sexo no es una herida.
Mi sexo es una flor.

Recordad que los comentarios son grandemente apreciados. Os quiero. Queredme (sonrisa maníaca).

sábado, 6 de abril de 2013

Lady in the tower

¿Y si la dama de Shalott no hubiera muerto por amor a un hombre?

¿Y si sir Lancelot, tan hermoso él a lomos de su caballo, lejos, tan lejos de la dama encerrada (acallada, hechizada y sin nombre) fuera realmente lo que ella siempre deseó, no como amante, si no como ser humano? ¿Y si él fuera aquello que ella ansiaba y no podía tener?

La libertad. La vida vicaria. Oh, cuántas veces la dama lo sacrificó todo por amor al valeroso doncel, quizá amando más la idea de esa vida libre y rica que el hombre que la vivía.

Tal vez, sólo tal vez, la dama de Shalott se echó en brazos de una muerte injusta sólo para sentir una única vez el viento en la cara, el sol en los ojos, ver el mundo en el esplendor del crepúsculo antes de dormir para siempre. Tal vez Lancelot sólo fue una excusa. Tal vez.

Tal vez.


viernes, 29 de marzo de 2013

Balada de los glenns (parte I)


Emer tenía quince años y un natural mucho más curioso de lo que a sus padres les hubiera gustado. Emer había crecido siendo una niña silenciosa y ausente que metía la mano en todas partes y tendía a hacer exactamente lo contrario de lo que se le ordenaba. Solía perderse durante horas, con su vestido de percal blanco y una sonrisa boba colgando de la cara, como un copo de diente de león abandonado a los vientos, y ni los castigos ni las amenazas habían conseguido disuadirla de su empeño en desaparecer.
A diferencia de lo que la sabiduría popular sostenía, las sangres de la pubertad no le habían curado la manía de pasearse sola por los valles, con los pies descalzos y las piernas llenas de arañazos; al contrario, habían exacerbado su tendencia a la contemplación y las rarezas. Ante la desesperación de sus padres, a los quince años Emer continuaba mirando el mundo con los ojos grandes y perplejos de una recién nacida, aparentemente indiferente a su edad de merecer y al abombamiento fértil de su propio cuerpo.
Por lo que respectaba a Emer, todas aquellas consideraciones acerca del correcto comportamiento de una señorita decente, la necesidad de atraer pretendientes o incluso los temores a media voz de su familia a que “la niña no fuera normal” le llegaban como vagos ecos de un asunto adulto sumamente aburrido tras la puerta cerrada de un despacho. Si se le hubiera preguntado (y Emer hubiese tenido a bien contestar, cosa que no ocurría siempre), probablemente apenas recordara nada de los larguísimos sermones, las lecciones de urbanidad, los pescozones y los tirones de oreja que sus progenitores e institutriz consideraban oportuno dispensarle con regularidad. Su mente, como se lamentaban los extenuados padres, parecía estar siempre en alguna otra parte, lejos, muy lejos de la casa familiar y del extenso parque que la rodeaba. Y si se le hubiera preguntado a Emer (y Emer hubiese tenido a bien contestar), habría sabido decir con toda seguridad dónde se encontraba aquella consciencia huidiza: afuera.
La casa señorial en la que había nacido Emer se erguía en el sotavento de una alta colina que dominaba un verde y airoso valle fluvial. El río discurría entre los pies de los montes, una cinta de plata quebrada entre sus abruptas riberas durante la estación seca, y un formidable brazo de agua parda y turbulenta durante los monzones. Todos los cerros del valle (menos aquel donde se alzaba la casa, debidamente desbrozado un siglo atrás) estaban cubiertos de hierbas altas, sotobosque y parches arbolados donde cantaban, corrían y susurraban múltiples formas de vida secreta; durante las lluvias estacionales, los conjuntos de castaños, fresnos y robles se convertían en grutas goteantes y perfumadas que parecían alentar, expectantes. A veces, al amanecer, los ciervos bajaban al valle para beber en el río; otras, la sombra de un halcón cruzaba el suelo como un puñal de penumbra. Con los primeros calores, las plantas florecían y hervían de vida, y las bayas rojas y dulces de los arbustos maduraban bajo un sol esquivo. Era en aquel mundo de bosque y lluvia donde Emer verdaderamente vivía.
Había crecido recorriendo palmo a palmo los senderos de pastor que cruzaban los montes y explorando cada rincón del valle como una extensión natural de los jardines de su casa, a pesar de las histéricas advertencias paternales sobre fieras rabiosas y hombres con difusas malas intenciones. Conocía los lugares donde el agua para beber brotaba como una lámina de cristal sobre la roca, y las raíces umbrías donde crecían setas traslúcidas; podía reconocer las carreras de una ardilla entre el ramaje y distinguirlas de las pisadas de tejones y salamandras. Sabía en qué sitios anidaban los distintos pájaros por su canto, y dónde excavaban su madriguera los conejos; había memorizado, sin saber sus nombres, en qué momento del año abría cada flor. Charlaba desde pequeña con los pastores que conducían a las vacas y cabras por el monte, así había aprendido cuáles de las humildes cabañas que salpicaban las laderas albergaban a una familia de arrendatarios y cuáles eran meros refugios para la lluvia que ella podía usar cuando quisiera. Entre los edificios de esta última clase, el favorito de Emer eran los restos abandonados de lo que había sido una casa de piedra, semioculta por un macizo de espinos blancos, descubierta con indecible deleite hacía años casi en la cumbre de uno de los cerros al sur del valle. Su techo de pizarra a medio derrumbar ofrecía un refugio perfecto para contemplar la lluvia sin dejarse empapar por ella, y al mismo tiempo actuaba de espléndido mirador para enmarcar las nubes que pasaban o los guiños de las estrellas. Emer había pasado innumerables tardes de tormenta y mañanas despejadas tumbada sobre las lajas del suelo, invadidas por la hierba, respirando el aroma de la tierra mojada y escuchando en silencio el eco sordo del latir del valle.
Para Emer, hija única de padres distantes en una casa inmensa y vacía, aquel glen era su hogar, su patio de juegos, su mejor amigo. Amaba al valle con la seguridad absoluta que sienten los niños hacia quien los protege. Con los años había desarrollado todas las sutilezas y arterías posibles para dar esquinazo a ayas, institutrices y capataces empeñados en alejarla de ese único lugar donde se sentía querida. En aquellos montes se había caído, arañado, cortado y torcido todo lo posible; la habían picado insectos, mordido culebras, se había roto un brazo y una vez estuvo a punto de despacharse de una septicemia por el mordisco de un tejón. Nada de eso la disuadió de seguir escapándose para volver a los bosques del valle. La mansión de su familia era un claustro helado y oscuro; su verdadera casa estaba afuera.
Emer tenía quince años al finalizar aquellos monzones, y sus desconsolados padres temían que tal vez fuera un caso perdido. Lo cierto era que empezaban a preferir excusar a su hija con una indisposición ante las visitas antes que tener que enzarzarse en la batalla agotadora que suponía bañarla, vestirla y peinarla adecuadamente para presentarla en sociedad, por no hablar del temor constante de que, una vez presentada, Emer se las arreglara para camuflarse con el papel de pared y escabullirse una vez más de la casa pateando los zapatos. La niña estaba salvaje, se lamentaban los señores del valle, viendo destrozados sus nervios y sus sueños de trascendencia. Tal vez, aunque no se atrevían a decirlo en voz alta, Emer fuera una de esas criaturas defectuosas, condenadas por la naturaleza a una vida de improductividad y pasmo, y a ellos dos no les quedara más que resignarse a dejar morir su nombre y entregar su hacienda a una rama secundaria de la familia. Algún pecado habrían cometido, se decían desolados, para ser castigados con una hija de aspecto e inteligencia conejiles.
Desconocían, pues nunca la habían visto, a la criatura completamente distinta que era Emer cuando vagaba sola por el valle. Entonces, con el corazón tranquilo de saberse lejos de las paredes oprimentes de la casa y de las zarpas que querían retenerla dentro, su mirada brillante se desplegaba como las alas de un ave sobre la tenue sonrisa de sus labios, y lo que en los salones de sus padres se veía estúpido aparecía como un espejo que devolvía reflejada toda la belleza a su alcance. Con los pulmones esponjados por el aire limpio y húmedo de los bosques, y los pies hundidos hasta el tobillo en humus y barro, la torpeza desgarbada de Emer se convertía en una ágil concentración, y la expresión pasmada de sus ojos pasaba a ser intensa y curiosa. Era allí a donde pertenecía, a los árboles añosos, las cascadas secretas y los animales furtivos, a las hogueras de los pastores y a los cuentos campesinos, y a la casa abandonada que siempre la recibía con los brazos abiertos de una verdadera familia. La única cosa que Emer tenía por segura en el mundo era la belleza amorosa de aquel glen, que vivía en sus entrañas y sin embargo se revelaba nueva cada día. Las gotas plateadas de lluvia resbalando sobre el tapiz orgánico del suelo sin apenas tocarlo, las delicadas nervaduras de las hojas de los robles, el aroma delicioso de la materia viva, los atardeceres despejados cayendo sobre el final del valle como un río desbordado de sangre y oro: aquel valle tenía un poder que Emer no podía explicar, una fuerza que se le metía debajo de la piel haciendo que le pesara el corazón y que a veces le picaran los ojos. Allí, libre de cinchas y de obligaciones, en el único lugar donde era feliz, Emer sentía su cuerpo y su alma crecer y dilatarse. Era muy consciente del viento desordenando su pelo, del olor del bosque bajándole por la nariz y llenándole la boca, del latido constante de su corazón que hacía vibrar la fruta verde de sus pechos. La niña atrofiada que sus padres creían detenida en un estado permanente de idiotez despertaba en el valle, alerta y palpitante, mirándolo todo con ojos relucientes de inteligencia, y se llevaba las manos al vientre y a los muslos, sorprendida de aquella urgencia febril que había nacido en ella y que parecía temblar, como un eco, bajo la propia piel del valle.


A veces Emer se preguntaba si estaría enamorada de él. Apenas prestaba atención a las clases de literatura que le impartía su institutriz (las recordaba en su mayor parte como un montón inconexo de palabras floridas), pero retenía el concepto del amor, que parecía ser el motivo principal de los poetas para ejercer, de preferencia usando abundantemente términos como “belleza”, “corazón” y “ardiente”. Había inferido que el amor era una inclinación violenta hacia una persona, un deseo incontenible que no conocía límites ni barreras para ser saciado, un gozo inenarrable en compañía del otro, del que sin embargo sólo se hablaba amargamente cuando ya se había perdido. Lo más cercano a esos delirios que Emer conocía era esa sensación abstracta e intensa que el valle despertaba en ella, y el deseo incontestable de volver una y otra vez a sus brazos; pero en su corazón no había lugar para el horrible quebranto de la pérdida de que hablaban los autores. El valle sólo significaba regocijo para ella, y a pesar de todo alguna vez deseó ser poeta ella también, para conocer la manera de expresar con palabras cómo aquel paisaje verde y húmedo le robaba el aliento, sin parecer estúpida en el proceso, pero descartó la idea rápidamente. Las palabras eran meros conjuntos de letras, normalmente pequeños, en los que era imposible que cupiera un valle completo con todas sus maravillas (máxime cuando quien las utilizaba no sabía escribir correctamente la mayoría de ellas, como era el caso de Emer). 
No, jamás se podría escribir un poema sobre el valle, Emer estaba segura. Prefería en todo caso las leyendas orales que contaban los habitantes de la zona en sus humildes fiestas y en los corros de pastores donde rodaban las botellas de whiskey: historias protagonizadas por ingenuos pastorcillos, animales parlantes y esquivas criaturas feéricas; historias del valle, que transcurrían en el valle, sobre príncipes convertidos en ciervos y pícaros espíritus vegetales que adoptaban forma masculina para seducir a las incautas. Emer había preguntado varias veces a las matronas locales qué demonios era eso de seducir, pero ellas se limitaban a reír a carcajadas hasta que sus grandes pechos se balanceaban al unísono, confirmando la creencia de Emer de que los adultos no eran tan inteligentes como querían hacerle creer. La única cosa que entristecía a aquella criatura que sus padres creían demasiado simple para un sentimiento delicado como el pesar, era que ninguna de esas canciones y leyendas populares daban una idea de cuán hermoso y digno de amor era ese valle, con sus montañas verdes, su río plateado y su cortina de lluvias. Si había alguna manera de expresar tal cosa, pensaba Emer, desde luego no pasaba por las palabras.

lunes, 25 de marzo de 2013

Sé fuerte

I thought he loved me, de PixieCold

Dientes quebrados sobre mancha de sangre,
descarnado amanecer.
Han arrancado de mí el sueño
y veo sus rosas rojas retoñar
entre mis pechos.
Fuertes, fuertes los huesos de la mandíbula,
fuertes y duros los dientes,
morder hasta el fondo
y beberse la médula de los cambios.
Venganza.
Se abre en canal la mañana
y sus vísceras flotan sobre el mar...
Recesivo, recesivo,
¿creéis que no puedo?
Ya tendréis miedo. Ya.

Escrito durante una clase de Arqueología de los Animales, en tercero de carrera.