domingo, 21 de abril de 2013

Balada de los glens (Parte II)

Parte I

Al comenzar la estación seca de sus quince años, Emer caminaba un día por la ladera norte de uno de los montes, camino a la casa abandonada, cuando escuchó un sonido que no había oído jamás. No era el canto de un pájaro, ni el susurro de las hojas, aunque a ratos sonaba similar. Venía en hilachas con el viento desde la cumbre de la loma, y la hizo pensar en el chapoteo del agua en un arroyo, si el agua estuviera hecha de cristal fino o de metal. “¿Qué?” Emer sacudió la cabeza. El sonido era indudablemente música, pero de un tipo nuevo y desconocido. No sonaba como los violines y las guitarras de los trabajadores del valle, ni como los pífanos de los pastores, y desde luego no asemejaba a las supuestamente alegres tonadillas que su madre aniquilaba en el clavicémbalo cuando había visitantes ilustres. Las notas, pronto descubrió Emer, no sonaban como el agua en un arroyo, si no que le recordaban al agua en un arroyo. De alguna manera, esa música, proviniera del instrumento que proviniese, retrataba el agua diáfana saltando sobre las piedras pulidas del lecho del río, jugando con la luz, como ella la había visto mil veces. Emer, tras un instante de vacilación, empezó a correr colina arriba, siguiendo aquel sonido mágico que había conseguido capturar el espíritu del río.
Al acercarse a la cumbre del monte, silenciosa y furtiva como un zorro, comprobó que, como sospechaba, la música provenía de los restos de la casa de piedra. Ahora había cambiado: las notas que sonaban como la risa de un arroyo seguían en el fondo, pero sobre ellas había brotado una nueva capa de armonías que evocaba una cortina de lluvia besando las hojas de los alisos. A Emer se le puso la carne de gallina mientras se acercaba a la casa, semioculta entre las ramas bajas de los espinos que la rodeaban, y se asomaba discretamente por lo que había sido la gran ventana frontal, en busca del origen de la música.
Había alguien dentro. En lo que había sido la única habitación de la casa, allí donde Emer había contado estrellas y buscado formas a las nubes tantas veces, había una persona sentada de espaldas a ella sobre una banqueta. Un muchacho. Emer tragó saliva, irracionalmente segura de que no lo había visto jamás en el valle. Las manos del desconocido estaban delante de él, moviéndose sobre el teclado de un instrumento que no había estado en esa casa jamás, y que sin embargo ahora hundía sus cuatro robustas patas entre las lajas del suelo, como si llevara siglos allí. Era un piano. Y las manos del muchacho desconocido bailaban sobre sus teclas, haciéndolas reír, gemir y cantar con varias voces diferentes que evocaban la esmeralda de los bosques, la plata del torrente y, sí, incluso el rubí y el oro de los atardeceres sin nubes: todo aquello que Emer conocía y amaba. La música era el valle.
Emer caminó con las rodillas trémulas a través del viejo hueco de la puerta, sin percibir nada más en el mundo que el sonido del piano y lo poco que podía ver de la misteriosa criatura que lo producía. El desconocido era alto, ahora lo veía, y su espalda estrecha y fibrosa vibraba y se contraía siguiendo las evoluciones de la música. De su cabeza, inclinada sobre el teclado, Emer sólo podía ver el cabello oscuro que caía en rectos mechones desiguales sobre su nuca y hombros, pero adivinó las formas angulosas del cráneo y la fuerza del cuello. El desconocido debía de tener cuatro o cinco años más que Emer; era ya un hombre. Sus manos, que ahora podía ver más de cerca, le parecieron preciosas: eran grandes y esbeltas, de huesos recios, y bajo la piel lechosa se adivinaba un sutil encaje de venas y tendones, como caminos que conectasen la música de las teclas con su corazón. Emer ya estaba tan cerca de él que podría haberle acariciado la nuca con el aliento, y la música, clara y cercana, le entraba por los oídos y la llenaba entera. Su corazón latía, desbocado; sus labios temblaban, su vientre se contraía y toda su piel ardía: la música la había tocado en lo más profundo, la sentía casi sólida, como un puente orgánico entre su cuerpo y el cuerpo del valle amado que evocaba. Emer se sentía palpitar de la cabeza a los pies con un ansia rabiosa de ir más allá, de cerrar los ojos, de abalanzarse, de correr y gritar y dejarse arrastrar, de olvidar su nombre y perder el conocimiento y precipitarse a ser una con el núcleo vivo del valle, que era la música. Sin pararse a pensar en lo que hacía, extendió la mano y la posó sobre el hombro del muchacho.
Las manos del desconocido se detuvieron lentamente y la música del valle fue apagándose. No, corrigió Emer, no se apagó; ahora que había descubierto cómo sonaba su voz, el valle seguía cantando en su propio idioma, a través del río, la lluvia y las hojas de los árboles. El desconocido se levantó de la banqueta, y se volvió hacia ella, muy despacio. Emer quiso retroceder, pero sus pies estaban clavados al suelo, apenas dejando un palmo de distancia entre ella y el otro. Los ojos del muchacho eran grandes y oscuros, con largas pestañas negras, y la miraban serenos, comprensivos, sabios. Quiso hablarle, explicarse, pero su cerebro se negó a enviar ninguna idea coherente a su boca, así que buscó refugio metiendo las manos en los bolsillos de su delantal, donde sus dedos encontraron un puñado de frambuesas recién cortadas. El joven del piano seguía mirándola; su camisa llevaba los primeros botones desabrochados, dejando al descubierto una parte de su pálido pecho, que subía y bajaba, como si estuviera agitado por algo. Sin saber qué más hacer, Emer atrapó una frambuesa con dedos temblorosos y se la ofreció a modo de obsequio conciliador. Lo normal hubiera sido ponerla en la palma de la mano para que él la tomara, pero, siguiendo un impulso inexplicable, la retuvo entre las yemas de los dedos y se la acercó a la boca, como habría hecho con un niño. El muchacho la miró intensamente unos eternos segundos más antes de inclinarse muy, muy lentamente y tomar la frambuesa entre sus labios. Al hacerlo, acarició los dedos de Emer con la boca, humedeciéndolos levemente, como por casualidad. Ella sintió que sus huesos se fundían; en sus oídos la música del valle se mezclaba con un zumbido aturdido, como si tuviera la audición tan sensibilizada como la piel. Sin poder resistir más el impulso de tocar a aquel hombre, Emer dejó que sus dedos resbalaran desde la barbilla hasta la parte de su torso que quedaba al descubierto, donde encontró la piel fresca y sedosa como la nata. Emer suspiró. El hombre la rodeó con sus brazos y la besó.
Emer se abandonó por completo al muchacho y a la música, que eran uno, e hizo el amor con el valle. Se perdió en el arroyo corcoveante de la boca que la besaba, bebió su aliento, jugó con su lengua, y dejó a sus manos libres para que explorasen el cuerpo de él, largo y firme, los músculos tensos bajo la piel como peces vivos, los mechones de vello que crecían en los rincones umbríos como el musgo en las rocas. Lo despojó de su ropa sin darse apenas cuenta, recorriéndolo con los dedos, con la boca, con todo su propio cuerpo: aferró con fuerza la curvatura de su espalda, se restregó contra la carne dura de su vientre, aspiró el perfume a leña que emanaba de su piel, lamió tiernamente el miembro rígido como la madera que se apretaba contra ella, fustigándola, acariciándola, mojándola con su rocío. Sin saber cómo, Emer se encontró desnuda, de pie sobre el suelo de piedra, con los riñones apoyados en el teclado del piano, tan lejos del pudor que padres y preceptores habían intentado instilarle que no acertó ni a sonrojarse. El joven se arrodilló ante ella, besándole lentamente los pechos hasta dejar los pezones relucientes como flores de madrugada. Descendió por su vientre, trazando con su boca húmeda una larga, muy larga y muy lenta línea recta que fue a fundirse con la grieta de su vulva, hinchada y resbaladiza, cuando la lengua de él se hundió en ella y acarició un lugar que la hizo sollozar de placer. Fue siguiendo ese eje longitudinal que el cuerpo de Emer se partió en dos cuando el orgasmo la golpeó, echada sobre la espalda y hundiendo las uñas en la columna de su amante, y de su cuerpo roto surgió un estallido de pájaros y lluvia y viento, y las montañas engulleron sus gritos y los devolvieron en forma de música, y Emer y el valle fueron uno.

Los señores del glen no dieron crédito cuando su hija reapareció de su excursión aquella noche, embarrada y radiante, y anunció que deseaba aprender a tocar el piano. ¿Qué milagro, se preguntaron, qué prodigio de la naturaleza había hecho que de repente su hija, hasta entonces suspendida en un limbo de inmadurez, sintiera interés por un pasatiempo de señorita decente? Emer contempló impávida las evoluciones de sus anonadados padres, y volvió a expresar sus intenciones con la voz clara y una voluntad nueva ardiendo en los ojos. Los señores, una vez repuestos de su asombro, decidieron no dejar tiempo a su hija para cambiar de opinión y al amanecer siguiente despacharon a uno de sus criados con correo urgente al pueblo más cercano. Un par de semanas más tarde se presentó en la mansión de la montaña una profesora de expresión adusta, alta y fibrosa, con la blusa estrechamente abotonada. Se instaló con Emer frente a un piano rescatado del sótano y reparado para tal fin, y la casa se llenó con los vacilantes intentos de la muchacha por crear música. Recibía dos horas de clases regulares al día, pero una vez la maestra se había retirado a la hospedería donde se alojaba, valle abajo, Emer continuaba empeñada ante el teclado, una y otra vez, sin que nadie se lo pidiera, apretándose la lengua entre los dientes mientras perseguía las notas y desentrañaba las partituras. En secreto, aparte de sus ejercicios de solfeo y armonía, juntaba torpemente sus primeras notas.
Regresó un par de veces a la casa abandonada del monte en el lado sur, pero no había nadie allí, como ya se imaginaba. El muchacho misterioso que la había iniciado en los secretos de la música y de la vida nunca regresaría; Emer lo asumió tranquilamente, tal y como asumía los otros mecanismos inevitables de la vida del valle. Siguió saliendo a pasear por los montes, pero sus padres vieron con alivio que sus lecciones de piano la absorbían de tal modo que sus escapadas pasaron a ser esporádicas; a veces, incluso, se estaba quieta el tiempo suficiente como para meter el peine entre sus greñas pelirrojas y recogerlas en un peinado adecuado a su edad. Cuando se sentaba al piano, para Emer el resto del mundo se apagaba, y en cada nota conquistada latían la luz, la lluvia, la hierba y la vida del valle que amaba.
Emer pasó sentada en la banqueta del piano toda aquella estación seca y las lluvias del año siguiente; el monzón vino, se fue y volvió, Emer cumplió dieciséis años y luego diecisiete, sentada sobre el teclado, repitiendo, corrigiendo, memorizando, componiendo a escondidas. Al comenzar la estación seca de sus diecisiete años, en cuanto el río crecido se retiró a su dentado lecho de plata, Emer volvió a salir de su casa. Ni sus padres ni su maestra la vieron, y asumieron que sería otro de sus paseos, una extravagancia que probablemente nunca se le iría del todo. Los habitantes del valle sí que la vieron, vestida de pantalón y chaleco de lana, con botas de viaje, un atadito de ropa a la espalda y una escopeta cruzada sobre el hombro. Supieron, antes de que en la casa se elevaran las voces de alarma y espanto, que la patroncita se había ido para no volver.


Siento curiosidad. ¿Este lo estáis leyendo, o lo habéis pasado de largo por su longitud? Es muy difícil elegir por dónde cortar un relato unitario, y tal vez la entrada anterior era demasiado larga. Calma, sólo queda una tercera y última parte.

domingo, 14 de abril de 2013

Corola


Mi sexo
no es una herida.
No.
Mi vulva no es un tajo sangrante
ni una llaga que supura;
yo no estoy herida,
no estoy dañada,
nadie me ha cortado en dos.
Sangraré cada mes
y florecerán los lirios rojos
entre mis piernas
pero mi sangre no es una condena al dolor,
no estoy rota,
no estoy maldita.
Mi sexo no es una herida.
Mi sexo es una flor.
Y en él se abre,
húmeda de rocío,
la vida
como un cáliz de placeres
y no un vaso de sagrado sufrimiento.
Vivo
cuando el sexo mío vibra,
cuando sangra
y también cuando no;
mi sexo es una corola encendida
donde masculinas abejas
liban las lluvias de un deseo
extenso y constante
que se burla de los estadios de la luna
y no responde más que a sí mismo.
Mi sexo está vivo,
mi vulva respira y ríe,
mi coño es una rosa
orientada al sol,
entera, sana, orgullosa.
Mi sexo es un beso vertical,
mi sexo es un abrazo
bermejo e infinito como el horizonte;
mi sexo no es la vaina
de una espada sanguinolenta
si no una mano abierta
tendida a la eternidad del cosmos.
Mi sexo no es una herida.
Mi sexo es una flor.

Recordad que los comentarios son grandemente apreciados. Os quiero. Queredme (sonrisa maníaca).

sábado, 6 de abril de 2013

Lady in the tower

¿Y si la dama de Shalott no hubiera muerto por amor a un hombre?

¿Y si sir Lancelot, tan hermoso él a lomos de su caballo, lejos, tan lejos de la dama encerrada (acallada, hechizada y sin nombre) fuera realmente lo que ella siempre deseó, no como amante, si no como ser humano? ¿Y si él fuera aquello que ella ansiaba y no podía tener?

La libertad. La vida vicaria. Oh, cuántas veces la dama lo sacrificó todo por amor al valeroso doncel, quizá amando más la idea de esa vida libre y rica que el hombre que la vivía.

Tal vez, sólo tal vez, la dama de Shalott se echó en brazos de una muerte injusta sólo para sentir una única vez el viento en la cara, el sol en los ojos, ver el mundo en el esplendor del crepúsculo antes de dormir para siempre. Tal vez Lancelot sólo fue una excusa. Tal vez.

Tal vez.


viernes, 29 de marzo de 2013

Balada de los glenns (parte I)


Emer tenía quince años y un natural mucho más curioso de lo que a sus padres les hubiera gustado. Emer había crecido siendo una niña silenciosa y ausente que metía la mano en todas partes y tendía a hacer exactamente lo contrario de lo que se le ordenaba. Solía perderse durante horas, con su vestido de percal blanco y una sonrisa boba colgando de la cara, como un copo de diente de león abandonado a los vientos, y ni los castigos ni las amenazas habían conseguido disuadirla de su empeño en desaparecer.
A diferencia de lo que la sabiduría popular sostenía, las sangres de la pubertad no le habían curado la manía de pasearse sola por los valles, con los pies descalzos y las piernas llenas de arañazos; al contrario, habían exacerbado su tendencia a la contemplación y las rarezas. Ante la desesperación de sus padres, a los quince años Emer continuaba mirando el mundo con los ojos grandes y perplejos de una recién nacida, aparentemente indiferente a su edad de merecer y al abombamiento fértil de su propio cuerpo.
Por lo que respectaba a Emer, todas aquellas consideraciones acerca del correcto comportamiento de una señorita decente, la necesidad de atraer pretendientes o incluso los temores a media voz de su familia a que “la niña no fuera normal” le llegaban como vagos ecos de un asunto adulto sumamente aburrido tras la puerta cerrada de un despacho. Si se le hubiera preguntado (y Emer hubiese tenido a bien contestar, cosa que no ocurría siempre), probablemente apenas recordara nada de los larguísimos sermones, las lecciones de urbanidad, los pescozones y los tirones de oreja que sus progenitores e institutriz consideraban oportuno dispensarle con regularidad. Su mente, como se lamentaban los extenuados padres, parecía estar siempre en alguna otra parte, lejos, muy lejos de la casa familiar y del extenso parque que la rodeaba. Y si se le hubiera preguntado a Emer (y Emer hubiese tenido a bien contestar), habría sabido decir con toda seguridad dónde se encontraba aquella consciencia huidiza: afuera.
La casa señorial en la que había nacido Emer se erguía en el sotavento de una alta colina que dominaba un verde y airoso valle fluvial. El río discurría entre los pies de los montes, una cinta de plata quebrada entre sus abruptas riberas durante la estación seca, y un formidable brazo de agua parda y turbulenta durante los monzones. Todos los cerros del valle (menos aquel donde se alzaba la casa, debidamente desbrozado un siglo atrás) estaban cubiertos de hierbas altas, sotobosque y parches arbolados donde cantaban, corrían y susurraban múltiples formas de vida secreta; durante las lluvias estacionales, los conjuntos de castaños, fresnos y robles se convertían en grutas goteantes y perfumadas que parecían alentar, expectantes. A veces, al amanecer, los ciervos bajaban al valle para beber en el río; otras, la sombra de un halcón cruzaba el suelo como un puñal de penumbra. Con los primeros calores, las plantas florecían y hervían de vida, y las bayas rojas y dulces de los arbustos maduraban bajo un sol esquivo. Era en aquel mundo de bosque y lluvia donde Emer verdaderamente vivía.
Había crecido recorriendo palmo a palmo los senderos de pastor que cruzaban los montes y explorando cada rincón del valle como una extensión natural de los jardines de su casa, a pesar de las histéricas advertencias paternales sobre fieras rabiosas y hombres con difusas malas intenciones. Conocía los lugares donde el agua para beber brotaba como una lámina de cristal sobre la roca, y las raíces umbrías donde crecían setas traslúcidas; podía reconocer las carreras de una ardilla entre el ramaje y distinguirlas de las pisadas de tejones y salamandras. Sabía en qué sitios anidaban los distintos pájaros por su canto, y dónde excavaban su madriguera los conejos; había memorizado, sin saber sus nombres, en qué momento del año abría cada flor. Charlaba desde pequeña con los pastores que conducían a las vacas y cabras por el monte, así había aprendido cuáles de las humildes cabañas que salpicaban las laderas albergaban a una familia de arrendatarios y cuáles eran meros refugios para la lluvia que ella podía usar cuando quisiera. Entre los edificios de esta última clase, el favorito de Emer eran los restos abandonados de lo que había sido una casa de piedra, semioculta por un macizo de espinos blancos, descubierta con indecible deleite hacía años casi en la cumbre de uno de los cerros al sur del valle. Su techo de pizarra a medio derrumbar ofrecía un refugio perfecto para contemplar la lluvia sin dejarse empapar por ella, y al mismo tiempo actuaba de espléndido mirador para enmarcar las nubes que pasaban o los guiños de las estrellas. Emer había pasado innumerables tardes de tormenta y mañanas despejadas tumbada sobre las lajas del suelo, invadidas por la hierba, respirando el aroma de la tierra mojada y escuchando en silencio el eco sordo del latir del valle.
Para Emer, hija única de padres distantes en una casa inmensa y vacía, aquel glen era su hogar, su patio de juegos, su mejor amigo. Amaba al valle con la seguridad absoluta que sienten los niños hacia quien los protege. Con los años había desarrollado todas las sutilezas y arterías posibles para dar esquinazo a ayas, institutrices y capataces empeñados en alejarla de ese único lugar donde se sentía querida. En aquellos montes se había caído, arañado, cortado y torcido todo lo posible; la habían picado insectos, mordido culebras, se había roto un brazo y una vez estuvo a punto de despacharse de una septicemia por el mordisco de un tejón. Nada de eso la disuadió de seguir escapándose para volver a los bosques del valle. La mansión de su familia era un claustro helado y oscuro; su verdadera casa estaba afuera.
Emer tenía quince años al finalizar aquellos monzones, y sus desconsolados padres temían que tal vez fuera un caso perdido. Lo cierto era que empezaban a preferir excusar a su hija con una indisposición ante las visitas antes que tener que enzarzarse en la batalla agotadora que suponía bañarla, vestirla y peinarla adecuadamente para presentarla en sociedad, por no hablar del temor constante de que, una vez presentada, Emer se las arreglara para camuflarse con el papel de pared y escabullirse una vez más de la casa pateando los zapatos. La niña estaba salvaje, se lamentaban los señores del valle, viendo destrozados sus nervios y sus sueños de trascendencia. Tal vez, aunque no se atrevían a decirlo en voz alta, Emer fuera una de esas criaturas defectuosas, condenadas por la naturaleza a una vida de improductividad y pasmo, y a ellos dos no les quedara más que resignarse a dejar morir su nombre y entregar su hacienda a una rama secundaria de la familia. Algún pecado habrían cometido, se decían desolados, para ser castigados con una hija de aspecto e inteligencia conejiles.
Desconocían, pues nunca la habían visto, a la criatura completamente distinta que era Emer cuando vagaba sola por el valle. Entonces, con el corazón tranquilo de saberse lejos de las paredes oprimentes de la casa y de las zarpas que querían retenerla dentro, su mirada brillante se desplegaba como las alas de un ave sobre la tenue sonrisa de sus labios, y lo que en los salones de sus padres se veía estúpido aparecía como un espejo que devolvía reflejada toda la belleza a su alcance. Con los pulmones esponjados por el aire limpio y húmedo de los bosques, y los pies hundidos hasta el tobillo en humus y barro, la torpeza desgarbada de Emer se convertía en una ágil concentración, y la expresión pasmada de sus ojos pasaba a ser intensa y curiosa. Era allí a donde pertenecía, a los árboles añosos, las cascadas secretas y los animales furtivos, a las hogueras de los pastores y a los cuentos campesinos, y a la casa abandonada que siempre la recibía con los brazos abiertos de una verdadera familia. La única cosa que Emer tenía por segura en el mundo era la belleza amorosa de aquel glen, que vivía en sus entrañas y sin embargo se revelaba nueva cada día. Las gotas plateadas de lluvia resbalando sobre el tapiz orgánico del suelo sin apenas tocarlo, las delicadas nervaduras de las hojas de los robles, el aroma delicioso de la materia viva, los atardeceres despejados cayendo sobre el final del valle como un río desbordado de sangre y oro: aquel valle tenía un poder que Emer no podía explicar, una fuerza que se le metía debajo de la piel haciendo que le pesara el corazón y que a veces le picaran los ojos. Allí, libre de cinchas y de obligaciones, en el único lugar donde era feliz, Emer sentía su cuerpo y su alma crecer y dilatarse. Era muy consciente del viento desordenando su pelo, del olor del bosque bajándole por la nariz y llenándole la boca, del latido constante de su corazón que hacía vibrar la fruta verde de sus pechos. La niña atrofiada que sus padres creían detenida en un estado permanente de idiotez despertaba en el valle, alerta y palpitante, mirándolo todo con ojos relucientes de inteligencia, y se llevaba las manos al vientre y a los muslos, sorprendida de aquella urgencia febril que había nacido en ella y que parecía temblar, como un eco, bajo la propia piel del valle.


A veces Emer se preguntaba si estaría enamorada de él. Apenas prestaba atención a las clases de literatura que le impartía su institutriz (las recordaba en su mayor parte como un montón inconexo de palabras floridas), pero retenía el concepto del amor, que parecía ser el motivo principal de los poetas para ejercer, de preferencia usando abundantemente términos como “belleza”, “corazón” y “ardiente”. Había inferido que el amor era una inclinación violenta hacia una persona, un deseo incontenible que no conocía límites ni barreras para ser saciado, un gozo inenarrable en compañía del otro, del que sin embargo sólo se hablaba amargamente cuando ya se había perdido. Lo más cercano a esos delirios que Emer conocía era esa sensación abstracta e intensa que el valle despertaba en ella, y el deseo incontestable de volver una y otra vez a sus brazos; pero en su corazón no había lugar para el horrible quebranto de la pérdida de que hablaban los autores. El valle sólo significaba regocijo para ella, y a pesar de todo alguna vez deseó ser poeta ella también, para conocer la manera de expresar con palabras cómo aquel paisaje verde y húmedo le robaba el aliento, sin parecer estúpida en el proceso, pero descartó la idea rápidamente. Las palabras eran meros conjuntos de letras, normalmente pequeños, en los que era imposible que cupiera un valle completo con todas sus maravillas (máxime cuando quien las utilizaba no sabía escribir correctamente la mayoría de ellas, como era el caso de Emer). 
No, jamás se podría escribir un poema sobre el valle, Emer estaba segura. Prefería en todo caso las leyendas orales que contaban los habitantes de la zona en sus humildes fiestas y en los corros de pastores donde rodaban las botellas de whiskey: historias protagonizadas por ingenuos pastorcillos, animales parlantes y esquivas criaturas feéricas; historias del valle, que transcurrían en el valle, sobre príncipes convertidos en ciervos y pícaros espíritus vegetales que adoptaban forma masculina para seducir a las incautas. Emer había preguntado varias veces a las matronas locales qué demonios era eso de seducir, pero ellas se limitaban a reír a carcajadas hasta que sus grandes pechos se balanceaban al unísono, confirmando la creencia de Emer de que los adultos no eran tan inteligentes como querían hacerle creer. La única cosa que entristecía a aquella criatura que sus padres creían demasiado simple para un sentimiento delicado como el pesar, era que ninguna de esas canciones y leyendas populares daban una idea de cuán hermoso y digno de amor era ese valle, con sus montañas verdes, su río plateado y su cortina de lluvias. Si había alguna manera de expresar tal cosa, pensaba Emer, desde luego no pasaba por las palabras.

lunes, 25 de marzo de 2013

Sé fuerte

I thought he loved me, de PixieCold

Dientes quebrados sobre mancha de sangre,
descarnado amanecer.
Han arrancado de mí el sueño
y veo sus rosas rojas retoñar
entre mis pechos.
Fuertes, fuertes los huesos de la mandíbula,
fuertes y duros los dientes,
morder hasta el fondo
y beberse la médula de los cambios.
Venganza.
Se abre en canal la mañana
y sus vísceras flotan sobre el mar...
Recesivo, recesivo,
¿creéis que no puedo?
Ya tendréis miedo. Ya.

Escrito durante una clase de Arqueología de los Animales, en tercero de carrera.

jueves, 21 de marzo de 2013

La estación que llegó

Veintiuno de marzo, ha empezado la primavera. Pronto será abril y abrirán las rosas en Viveros, y los amantes jóvenes y viejos pasearán sus cuerpos y su memoria por la hierba tibia y los naranjos perfumados. Y entre el azahar y las rosas florecerán también los libros: Sant Jordi, la fiesta más hermosa del año. Valencia está en flor. Ni siquiera esta amargura que parece eterna puede acabar con la primavera.

jueves, 7 de marzo de 2013

Sopor Aeternus


Pero llegará la noche, ¿y qué harás entonces?

“La noche es oscura, y los terrores la pueblan” dijo la Dama Roja de Asshai, pero ella tenía el fuego. Y tú no. La noche es azul, azul y negra, y el plateado de la luna lame suavemente los contornos. La noche es violeta sobre las tapias negras del cementerio. A lo lejos destellan los fuegos carmesí de la ciudad, incendiando, lastimando el cielo nocturno, pero están muy lejos. Sí. Jazmines en la oscuridad, como delicadas lágrimas blancas bajo encajes y encajes negros. No puedes verlas, pero su perfume te llega, enraizado en este campo de carne humana. Sarcófago. Sarcófago significa comedor de carne.

¿Y qué harás? Este es tu destino, este silencio, esta noche eterna, cuando las últimas campanadas se hayan apagado, y Caronte reclame el metal amargo bajo tu lengua. Tu alma se irá sin ti; tú despertarás en la madrugada, la carne helada, y tentarás tu pecho para encontrar nada más que silencio. “¿Me he muerto acaso? ¿He muerto?”

Sí.

No más aliento silbando en tu garganta. No más redoble apagado de tu corazón. Sólo una noche que nunca termina, el sopor eterno bajo la tierra y la roca. Es el destino de todos. Y tal vez rechinen los rieles de las losas, tal vez oigas el crujido del mármol; de un mármol que lleva décadas, siglos cerrando la boca. Los muertos saldrán, saldrán, saldrán, pero no vendrán a por ti. Pues tú habrás muerto también; sólo escucharás sus pasos sobre la tierra húmeda del camposanto.

¿Quién llama, quién llama a la puerta, quién sopla suavemente los filos de la campana? ¿Quién llora en el suelo de la capilla, lágrimas de cera, cuarteadas rosas de plástico? No hay flores de verdad para los difuntos; sólo copias polvorientas de familiares que ya han olvidado. De descendientes que ya descendieron, como ellos, a los abismos de la nada. Oh, tantos muertos olvidados. ¿Quién se sentará a la vera de la avenida central, quién dormirá bajo el obelisco negro, quién besará la tierra mojada, añorando la caricia sin labios de un espectro? ¿Quién?

¿Yo?

Y estarás aquí para siempre, para siempre. Por la noche todos los contornos son negros, todas las luces son negras. No hay salida, como en los sueños; y el sueño eterno, es flotar en este vértigo, cuando los últimos candiles se hayan apagado. Qué silencio. Qué silencio. Para siempre. En el pliegue oscuro de la muerte ya no hay amanecer. Sólo la sombra, noche azul, sombra para siempre.

Y yo, ¿he muerto?

Aún no.

Aún no.

Música: A strange thing to say (Sopor Aeternus)

martes, 26 de febrero de 2013

Decir la verdad

Hace tiempo que llevo preguntándome si debería escribir esta entrada. Tal vez, me he dicho, debería esperar a que las cosas se asienten. Tal vez debería dejarlo reposar. Tal vez no es el momento. Y tal vez no lo sea, en efecto. Pero hay algo que me dice que tengo que decirlo ahora. Algo en mi estómago me lo dice. Así que allá voy.

Siempre he considerado el abuso sexual un asunto serio, algo sobre lo que no se ha de hacer chistes ni hablar a la ligera. Podéis encontrar el link a la página de Project Unbreakable, un maravilloso proyecto de curación psíquica y catarsis gráfica para víctimas de violencia sexual, en la barra lateral del blog. Creo que eso ya dice bastante sobre mi posicionamiento acerca de este tipo de crimen, ya sea legal o moral; y eso es algo que viene de largo, no a raíz de eventos recientes en mi vida. Estoy segura de que los usuarios de 4chan, Cuánto Cabrón y páginas similares pensarían que eso es censura contra el derecho inalienable de decir lo que te da la gana, incluyendo bromear sobre violaciones de cualquier tipo. Allá ellos. Esto es la vida real; lo quieran o no, internet no es un planeta ajeno al que te puedas escapar, donde tus acciones y palabras no tienen consecuencias. Internet es una realidad virtual, pero no existimos en ella; existimos aquí, en el planeta Tierra; tenemos un cuerpo hecho de carne y hueso, tenemos familias, amigos, estudios, trabajos, tenemos aspiraciones, e internet no es más que una herramienta para comunicarse, como estoy haciendo yo ahora. Nada más. Y en este mundo real, donde las personas se tocan con las manos y se hablan con la boca, todos los días millones de personas sufren abuso sexual. En lugares como la India y Estados Unidos, una mujer es violada cada diez o veinte minutos; todos los días, antes de que desayunemos, miles de individuos como nosotros, mujeres, niños y niñas, y sí, también hombres adultos, son violentados y obligados a hacer algo que no quieren hacer. Sus cuerpos, así como su voluntad y su libertad, son heridos, humillados, reducidos a nada; se les arrebata la posesión de su propio ser, su capacidad de tomar decisiones sobre él; se les hace saber, de todas las maneras posibles, que no se pertenecen, que no importan, que no son nadie. No creo que haya nada de gracioso en ello.

Hace unos meses leí The Three Damosels, una compilación de tres novelas sobre la leyenda artúrica escritas por Vera Chapman que nunca llegó a publicarse en castellano; yo conseguí un ejemplar inglés de segunda mano en Amazon. Mi favorita, sin duda, fue la historia central, The King's Damosel (en la que, por cierto, está basada -de manera extraordinariamente vaga- la película de animación "La espada mágica"), no sólo porque la protagonista, Lynette, es un personaje aventurero y valiente que cabalga por el reino con una espada al cinto, si no también por la historia de amor sincera y conmovedora que vive, bien alejada de los cánones del amor cortés que guían los romances de las otras dos novelas. Fue Lynette, de hecho, quien me impulsó a escribir esto.

Un día, durante este último período de exámenes, comí sola en casa, así que estuve leyendo mientras lo hacía. Nada más comenzar la novela, a través de un flashback, Lynette recuerda que, teniendo trece años, un noble vasallo de su padre, a quien ella admiraba y en quien confiaba, la violó durante una partida de caza y luego la amenazó con matarla si lo contaba. Eso es algo, por otra parte, que yo ya sabía por el resumen de la novela que había leído en Wikipedia, así que no tendría por qué haberme sorprendido. El caso es que durante el resto del día, mientras estudiaba, o mientras salía un momento de casa a comprar bolígrafos en la papelería, me noté temblorosa y nerviosa, con el corazón acelerado y el estómago encogido. Al principio, pensé que me había cargado demasiado la taza de té negro de después de comer, aunque nunca he sido sensible a la teína. Conforme avanzaba el día, no obstante, empecé a darme cuenta de que me zumbaban los oídos; alguien en mi cabeza estaba gritando con todas sus fuerzas, y aunque no podía distinguir lo que decía, podía oír los gritos, indignados, furiosos. Poco a poco, las palabras empezaron a formarse. Al principio sólo oía "¡No! ¡No! ¡No!", algo que me suele pasar cuando estoy enfadada; después fui desentrañando el resto. "¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes! ¡¿Quién te crees que eres?! ¡¿Cómo has podido?! ¡¿Te crees gracioso?! ¡No puedes! ¡No! ¡No! ¡No!" Y de repente, recordé.

No es que fuera algo que tuviera enterrado profundamente en mi memoria, y que lo hubiera olvidado hasta ese día. Para nada. Pero hacía años que no pensaba en ello, y me di cuenta de que tampoco, por la razón que fuera, había hablado de eso con nadie. Tal vez porque no había sido capaz de ponerle nombre hasta ahora.

Hace unos cuatro años, durante mi primer año de facultad, salí unos seis meses con un chico. No era nada especial, la verdad. Nunca estuve enamorada de él (puede que en algún momento creyera que lo estaba, pero me engañaba, y en el fondo siempre lo supe), de hecho físicamente me atraía lo justo. El sexo era casi tan patético como el resto de la relación: aquel individuo era objetivamente un capullo. Durante todo el tiempo que salí con él, no me escuchó hablar de mis asuntos ni treinta segundos seguidos; era un experto en interrumpir y desviar el tema a algo relacionado con él, y estuvo claro desde el principio en que ese era su tema de conversación favorito, pues se tenía en muy alta consideración. No vacilaba en hacerme ver lo complejo e interesante de su carácter, lo variado de sus aficiones y talentos, por supuesto todo en comparación con lo plana e insulsa que era yo. "Yo soy esférico, ¿no te das cuenta? Tú eres plana. Espero no aburrirme de ti"; "Pfff, no tienes ni puta idea". Por no hablar de las constantes menciones a que tarde o temprano, en efecto, se cansaría de mí y se largaría con cualquier otra, dejándome claro que podía tener a quien quisiera. Y no era sólo conmigo el problema; salvo sus pocos amigos, el resto de la gente era en general más estúpida, más inculta, más vulgar que él. Nadie era lo suficientemente bueno para él. Sobre todo las mujeres. Cualquier cosa que las humillara o dominara era la diversión suprema. Era uno de esos ligones compulsivos que se saben de memoria los manuales de Mario Luna y otros cantamañanas similares que afirman que con tal de ligar se permite engañar, mentir, insultar y valerse de las debilidades de otros; total, las tías son estúpidas, se creerán lo que tú seas lo suficientemente habilidoso como para hacerles creer. (Sí, leí varios capítulos. Sí, por supuesto que lo dicen con otras palabras. Sí, eso es lo que piensan esos "autores" de nosotras, lo digan como lo digan). Creo que se había follado a media Valencia, sin contar con chicas de otras ciudades y países; yo era una marca más en el cabecero de su cama. Nos llamaba "guarris" a todas. Me lo dijo; se conoce que le parecía la hostia de gracioso. Lo peor del caso es que, a pesar de la cantidad de chicas que habían pasado por su cama, no disfrutaba con ellas físicamente: tenía un problema serio de anorgasmia y las más de las veces era incapaz de correrse en compañía. No digamos de satisfacerme a mí. Sí, le puse los cuernos (de hecho, con el hombre que ahora está a mi lado, una de las mejores personas que he conocido jamás). Nunca me he arrepentido de todas y cada una de las veces que le fui infiel.

¿Por qué carajo salí con él? Bueno, si me dijo la verdad, yo fui su primera novia, y estaba (estúpidamente) orgullosa de haber pescado un pez tan escurridizo; me sentía importante. Y además, creo que lo admiraba, aunque eso diga muy poco de mí. Tenía dieciocho años, acababa de salir al mundo, para mí él era una especie de héroe cínico, al que no le importaban en absoluto los sentimientos de los demás, alguien a quien los demás no podían hacer daño. Tardé poco (de hecho, esos seis meses) en darme cuenta de que esas personas no existen: sólo son imbéciles maleducados con problemas de autoestima. Pero en aquel entonces aún no lo sabía.

Un día, en medio de este marco de desprecio y maltrato psicológico, follamos (por llamarlo de alguna manera) y empecé a sentir dolor. Una cosa que debéis saber a este respecto, es que siempre he tenido la vagina más bien corta y estrecha, con lo que una penetración demasiado profunda y/o violenta lo tiene muy fácil para darme golpes en el cuello del útero, algo que, por si no os habíais imaginado, es bastante doloroso. Por ello nunca he entendido ese afán que tienen algunos hombres de tener el pene más grande; os lo digo desde ya, no vale la pena. El caso es que, como era usual, la penetración empezó a dolerme, y le dije "[nombre], para, me haces daño". No me hizo caso. Insistí un par de veces, encogida para escamotearme del dolor, pero me ignoró; al final intenté separarme, y entonces me agarró por los antebrazos y me inmovilizó contra la cama, y siguió a lo suyo. Forcejeé, le grité, tratando de que se diera cuenta del daño que me estaba haciendo, pero él sólo se reía. Me tapó la cara con la mano, como hacen a veces los adultos para molestar a los niños, y me dijo sonriente "lo único que vas a conseguir resistiéndote es que me ponga más cachondo". Y se seguía riendo. Riendo. Riendo. Cuando aquello terminó, adolorida y furiosa, le recriminé a voz en cuello lo que había hecho, y él afirmó, bastante sorprendido, que no sabía que la cosa iba TAN en serio. Y yo seguí saliendo con él, porque durante esos seis meses, lo normal para mí fue sentirme humillada y enfadada; no noté que fuera un cambio en su actitud. Después de que nos separáramos (y me dejó él, que es lo más patético, porque cada vez que yo intentaba dejarlo me montaba el numerito con lágrimas y súplicas) él siguió con su vida, acostándose sin sentir placer con decenas de mujeres a las que no respetaba; obviamente para él no fue más que una de las múltiples bromas de mal gusto que constituían en exclusiva su sentido del humor, y si se le pregunta no lo recordará, o pensará que no fue para tanto. Lo único que sé con seguridad es lo que sentí.

No fue hasta aquella tarde, este último período de exámenes, en que me di cuenta de lo que me había ocurrido. En que le puse nombre. Aunque dudé mucho en hacerlo. Al fin y al cabo estábamos saliendo juntos. Tal vez debería haberme resistido con más fuerza. Tal vez debería haber llorado. Tal vez fue mi culpa por haberme enredado con semejante aborto. Tal vez no fuera tan grave. Al fin y al cabo, a mí no me asaltó un desconocido a punta de navaja en la calle, ni abusó de mí un amigo de la familia. Hay días en los que aún no sé qué pensar. Aun ahora no me atrevo a decirlo en voz alta, a ponerle el nombre que sé que tiene. No es que me sienta traumatizada o avergonzada por lo que ocurrió, pero tengo miedo. Miedo de decirlo en voz alta y que salte alguien diciendo que no me pase, que no es para tanto, que estoy exagerando, como siempre. Que no fue así. Que fue mi culpa. Y dudo, dudo todo el tiempo, como he dudado hasta ahora de si comunicarlo o no. Pero creo (algo en mi estómago me lo dice) que necesito decirlo en alto, en público. Sacarlo fuera. Y que todos se enteren. Sigo estando furiosa por lo que me hizo; no sólo por esto, si no por todas y cada una de las maneras en que me hizo de menos, me humilló y se burló de mí, todas y cada una de las veces en que sentí que no valía nada a su lado. Creo que los demás tienen que saberlo, porque sé que hay cientos, miles de personas que han pasado por lo mismo que yo, que han atravesado las mismas dudas, que temen que lo suyo no pueda nombrarse como ha de ser nombrado.

Y yo tampoco me atrevo aún. Pero aquí está. Hoy estoy diciendo la verdad.

lunes, 25 de febrero de 2013

Silence

En uno de los ventanales de la abandonada Facultad de Enología de Blasco Ibáñez, ocupada por los huelguistas, se lee escrito en spray negro "El sistema te odia".

No, no nos odia. Le damos igual. Nos pisará, nos prenderá fuego, hará lo que sea por seguir rodando, y ni siquiera oirá nuestros gritos.

domingo, 3 de febrero de 2013

El comienzo de un verano eterno

¡Imagina perder tu pasado!
Todas las veces serían la primera vez.

El mundo sería entonces un regalo
presto a ser descubierto.
Nos tiraríamos la noche en el regazo de los prados...
Y cuando volviéramos a casa llorando
y mamá nos preguntara qué ha sido
diríamos "¡El mundo!
¡Estoy tan sola! ¡Estoy enamorada!"
Y nos darían igual muñecas que rosas,
bicicletas que lunas,
libros que tizas.

Seríamos niños crecidos
metiendo los dedos en la pintura,
persiguiendo a los trenes.
Las risas no serían ya hipócritas.
¡Cuántas razones para reír,
cuántas delicias!
Haríamos el amor con cara de idiotas
y nos besaríamos por el simple placer
del aroma de la piel
y la textura del pelo.
Las caricias serían golosinas
desparramadas en la falda.

Podríamos pelearnos
y volver a creer.
A contarnos los sueños y a inventar
los delfines de plata,
las sirenas del puerto.
Tendríamos huevos de creérnoslo todo,
¡todo existiría!
El ocaso sería un dulce de yema incandescente.
Y al volver a caer la noche
e ir rendidos a la cama
volveríamos a acordarnos
de decir gracias...

¿Imaginas perder tu pasado?
Y volver a vivir sin miedo...

Este poema, escrito con tinta verde en una hoja arrancada de libreta, está fechado en el veinticinco de abril de 2008. En aquel entonces yo estaba a pocos meses de recibir el Bachillerato de Humanidades, haciéndome al ánimo de enfrentarme a la Selectividad y eligiendo sin mayores migrañas una carrera de la que casi no sabía nada. También acababa de dejar a mi novio del instituto, al que aún quería desesperadamente, y estaba saltando sin red a un mundo y una vida nuevos que se abrían ante mis pies, aterrorizada y ansiosa a partes iguales. No es un poema demasiado bueno, pero se ha agarrado a mi memoria todos estos años, ahora que esa muchachita entusiasmada se ha convertido en... bueno, esto. Tal vez sea esa frase. "¡El mundo! ¡Estoy tan sola! ¡Estoy enamorada!"...