viernes, 29 de marzo de 2013

Balada de los glenns (parte I)


Emer tenía quince años y un natural mucho más curioso de lo que a sus padres les hubiera gustado. Emer había crecido siendo una niña silenciosa y ausente que metía la mano en todas partes y tendía a hacer exactamente lo contrario de lo que se le ordenaba. Solía perderse durante horas, con su vestido de percal blanco y una sonrisa boba colgando de la cara, como un copo de diente de león abandonado a los vientos, y ni los castigos ni las amenazas habían conseguido disuadirla de su empeño en desaparecer.
A diferencia de lo que la sabiduría popular sostenía, las sangres de la pubertad no le habían curado la manía de pasearse sola por los valles, con los pies descalzos y las piernas llenas de arañazos; al contrario, habían exacerbado su tendencia a la contemplación y las rarezas. Ante la desesperación de sus padres, a los quince años Emer continuaba mirando el mundo con los ojos grandes y perplejos de una recién nacida, aparentemente indiferente a su edad de merecer y al abombamiento fértil de su propio cuerpo.
Por lo que respectaba a Emer, todas aquellas consideraciones acerca del correcto comportamiento de una señorita decente, la necesidad de atraer pretendientes o incluso los temores a media voz de su familia a que “la niña no fuera normal” le llegaban como vagos ecos de un asunto adulto sumamente aburrido tras la puerta cerrada de un despacho. Si se le hubiera preguntado (y Emer hubiese tenido a bien contestar, cosa que no ocurría siempre), probablemente apenas recordara nada de los larguísimos sermones, las lecciones de urbanidad, los pescozones y los tirones de oreja que sus progenitores e institutriz consideraban oportuno dispensarle con regularidad. Su mente, como se lamentaban los extenuados padres, parecía estar siempre en alguna otra parte, lejos, muy lejos de la casa familiar y del extenso parque que la rodeaba. Y si se le hubiera preguntado a Emer (y Emer hubiese tenido a bien contestar), habría sabido decir con toda seguridad dónde se encontraba aquella consciencia huidiza: afuera.
La casa señorial en la que había nacido Emer se erguía en el sotavento de una alta colina que dominaba un verde y airoso valle fluvial. El río discurría entre los pies de los montes, una cinta de plata quebrada entre sus abruptas riberas durante la estación seca, y un formidable brazo de agua parda y turbulenta durante los monzones. Todos los cerros del valle (menos aquel donde se alzaba la casa, debidamente desbrozado un siglo atrás) estaban cubiertos de hierbas altas, sotobosque y parches arbolados donde cantaban, corrían y susurraban múltiples formas de vida secreta; durante las lluvias estacionales, los conjuntos de castaños, fresnos y robles se convertían en grutas goteantes y perfumadas que parecían alentar, expectantes. A veces, al amanecer, los ciervos bajaban al valle para beber en el río; otras, la sombra de un halcón cruzaba el suelo como un puñal de penumbra. Con los primeros calores, las plantas florecían y hervían de vida, y las bayas rojas y dulces de los arbustos maduraban bajo un sol esquivo. Era en aquel mundo de bosque y lluvia donde Emer verdaderamente vivía.
Había crecido recorriendo palmo a palmo los senderos de pastor que cruzaban los montes y explorando cada rincón del valle como una extensión natural de los jardines de su casa, a pesar de las histéricas advertencias paternales sobre fieras rabiosas y hombres con difusas malas intenciones. Conocía los lugares donde el agua para beber brotaba como una lámina de cristal sobre la roca, y las raíces umbrías donde crecían setas traslúcidas; podía reconocer las carreras de una ardilla entre el ramaje y distinguirlas de las pisadas de tejones y salamandras. Sabía en qué sitios anidaban los distintos pájaros por su canto, y dónde excavaban su madriguera los conejos; había memorizado, sin saber sus nombres, en qué momento del año abría cada flor. Charlaba desde pequeña con los pastores que conducían a las vacas y cabras por el monte, así había aprendido cuáles de las humildes cabañas que salpicaban las laderas albergaban a una familia de arrendatarios y cuáles eran meros refugios para la lluvia que ella podía usar cuando quisiera. Entre los edificios de esta última clase, el favorito de Emer eran los restos abandonados de lo que había sido una casa de piedra, semioculta por un macizo de espinos blancos, descubierta con indecible deleite hacía años casi en la cumbre de uno de los cerros al sur del valle. Su techo de pizarra a medio derrumbar ofrecía un refugio perfecto para contemplar la lluvia sin dejarse empapar por ella, y al mismo tiempo actuaba de espléndido mirador para enmarcar las nubes que pasaban o los guiños de las estrellas. Emer había pasado innumerables tardes de tormenta y mañanas despejadas tumbada sobre las lajas del suelo, invadidas por la hierba, respirando el aroma de la tierra mojada y escuchando en silencio el eco sordo del latir del valle.
Para Emer, hija única de padres distantes en una casa inmensa y vacía, aquel glen era su hogar, su patio de juegos, su mejor amigo. Amaba al valle con la seguridad absoluta que sienten los niños hacia quien los protege. Con los años había desarrollado todas las sutilezas y arterías posibles para dar esquinazo a ayas, institutrices y capataces empeñados en alejarla de ese único lugar donde se sentía querida. En aquellos montes se había caído, arañado, cortado y torcido todo lo posible; la habían picado insectos, mordido culebras, se había roto un brazo y una vez estuvo a punto de despacharse de una septicemia por el mordisco de un tejón. Nada de eso la disuadió de seguir escapándose para volver a los bosques del valle. La mansión de su familia era un claustro helado y oscuro; su verdadera casa estaba afuera.
Emer tenía quince años al finalizar aquellos monzones, y sus desconsolados padres temían que tal vez fuera un caso perdido. Lo cierto era que empezaban a preferir excusar a su hija con una indisposición ante las visitas antes que tener que enzarzarse en la batalla agotadora que suponía bañarla, vestirla y peinarla adecuadamente para presentarla en sociedad, por no hablar del temor constante de que, una vez presentada, Emer se las arreglara para camuflarse con el papel de pared y escabullirse una vez más de la casa pateando los zapatos. La niña estaba salvaje, se lamentaban los señores del valle, viendo destrozados sus nervios y sus sueños de trascendencia. Tal vez, aunque no se atrevían a decirlo en voz alta, Emer fuera una de esas criaturas defectuosas, condenadas por la naturaleza a una vida de improductividad y pasmo, y a ellos dos no les quedara más que resignarse a dejar morir su nombre y entregar su hacienda a una rama secundaria de la familia. Algún pecado habrían cometido, se decían desolados, para ser castigados con una hija de aspecto e inteligencia conejiles.
Desconocían, pues nunca la habían visto, a la criatura completamente distinta que era Emer cuando vagaba sola por el valle. Entonces, con el corazón tranquilo de saberse lejos de las paredes oprimentes de la casa y de las zarpas que querían retenerla dentro, su mirada brillante se desplegaba como las alas de un ave sobre la tenue sonrisa de sus labios, y lo que en los salones de sus padres se veía estúpido aparecía como un espejo que devolvía reflejada toda la belleza a su alcance. Con los pulmones esponjados por el aire limpio y húmedo de los bosques, y los pies hundidos hasta el tobillo en humus y barro, la torpeza desgarbada de Emer se convertía en una ágil concentración, y la expresión pasmada de sus ojos pasaba a ser intensa y curiosa. Era allí a donde pertenecía, a los árboles añosos, las cascadas secretas y los animales furtivos, a las hogueras de los pastores y a los cuentos campesinos, y a la casa abandonada que siempre la recibía con los brazos abiertos de una verdadera familia. La única cosa que Emer tenía por segura en el mundo era la belleza amorosa de aquel glen, que vivía en sus entrañas y sin embargo se revelaba nueva cada día. Las gotas plateadas de lluvia resbalando sobre el tapiz orgánico del suelo sin apenas tocarlo, las delicadas nervaduras de las hojas de los robles, el aroma delicioso de la materia viva, los atardeceres despejados cayendo sobre el final del valle como un río desbordado de sangre y oro: aquel valle tenía un poder que Emer no podía explicar, una fuerza que se le metía debajo de la piel haciendo que le pesara el corazón y que a veces le picaran los ojos. Allí, libre de cinchas y de obligaciones, en el único lugar donde era feliz, Emer sentía su cuerpo y su alma crecer y dilatarse. Era muy consciente del viento desordenando su pelo, del olor del bosque bajándole por la nariz y llenándole la boca, del latido constante de su corazón que hacía vibrar la fruta verde de sus pechos. La niña atrofiada que sus padres creían detenida en un estado permanente de idiotez despertaba en el valle, alerta y palpitante, mirándolo todo con ojos relucientes de inteligencia, y se llevaba las manos al vientre y a los muslos, sorprendida de aquella urgencia febril que había nacido en ella y que parecía temblar, como un eco, bajo la propia piel del valle.


A veces Emer se preguntaba si estaría enamorada de él. Apenas prestaba atención a las clases de literatura que le impartía su institutriz (las recordaba en su mayor parte como un montón inconexo de palabras floridas), pero retenía el concepto del amor, que parecía ser el motivo principal de los poetas para ejercer, de preferencia usando abundantemente términos como “belleza”, “corazón” y “ardiente”. Había inferido que el amor era una inclinación violenta hacia una persona, un deseo incontenible que no conocía límites ni barreras para ser saciado, un gozo inenarrable en compañía del otro, del que sin embargo sólo se hablaba amargamente cuando ya se había perdido. Lo más cercano a esos delirios que Emer conocía era esa sensación abstracta e intensa que el valle despertaba en ella, y el deseo incontestable de volver una y otra vez a sus brazos; pero en su corazón no había lugar para el horrible quebranto de la pérdida de que hablaban los autores. El valle sólo significaba regocijo para ella, y a pesar de todo alguna vez deseó ser poeta ella también, para conocer la manera de expresar con palabras cómo aquel paisaje verde y húmedo le robaba el aliento, sin parecer estúpida en el proceso, pero descartó la idea rápidamente. Las palabras eran meros conjuntos de letras, normalmente pequeños, en los que era imposible que cupiera un valle completo con todas sus maravillas (máxime cuando quien las utilizaba no sabía escribir correctamente la mayoría de ellas, como era el caso de Emer). 
No, jamás se podría escribir un poema sobre el valle, Emer estaba segura. Prefería en todo caso las leyendas orales que contaban los habitantes de la zona en sus humildes fiestas y en los corros de pastores donde rodaban las botellas de whiskey: historias protagonizadas por ingenuos pastorcillos, animales parlantes y esquivas criaturas feéricas; historias del valle, que transcurrían en el valle, sobre príncipes convertidos en ciervos y pícaros espíritus vegetales que adoptaban forma masculina para seducir a las incautas. Emer había preguntado varias veces a las matronas locales qué demonios era eso de seducir, pero ellas se limitaban a reír a carcajadas hasta que sus grandes pechos se balanceaban al unísono, confirmando la creencia de Emer de que los adultos no eran tan inteligentes como querían hacerle creer. La única cosa que entristecía a aquella criatura que sus padres creían demasiado simple para un sentimiento delicado como el pesar, era que ninguna de esas canciones y leyendas populares daban una idea de cuán hermoso y digno de amor era ese valle, con sus montañas verdes, su río plateado y su cortina de lluvias. Si había alguna manera de expresar tal cosa, pensaba Emer, desde luego no pasaba por las palabras.

lunes, 25 de marzo de 2013

Sé fuerte

I thought he loved me, de PixieCold

Dientes quebrados sobre mancha de sangre,
descarnado amanecer.
Han arrancado de mí el sueño
y veo sus rosas rojas retoñar
entre mis pechos.
Fuertes, fuertes los huesos de la mandíbula,
fuertes y duros los dientes,
morder hasta el fondo
y beberse la médula de los cambios.
Venganza.
Se abre en canal la mañana
y sus vísceras flotan sobre el mar...
Recesivo, recesivo,
¿creéis que no puedo?
Ya tendréis miedo. Ya.

Escrito durante una clase de Arqueología de los Animales, en tercero de carrera.

jueves, 21 de marzo de 2013

La estación que llegó

Veintiuno de marzo, ha empezado la primavera. Pronto será abril y abrirán las rosas en Viveros, y los amantes jóvenes y viejos pasearán sus cuerpos y su memoria por la hierba tibia y los naranjos perfumados. Y entre el azahar y las rosas florecerán también los libros: Sant Jordi, la fiesta más hermosa del año. Valencia está en flor. Ni siquiera esta amargura que parece eterna puede acabar con la primavera.

jueves, 7 de marzo de 2013

Sopor Aeternus


Pero llegará la noche, ¿y qué harás entonces?

“La noche es oscura, y los terrores la pueblan” dijo la Dama Roja de Asshai, pero ella tenía el fuego. Y tú no. La noche es azul, azul y negra, y el plateado de la luna lame suavemente los contornos. La noche es violeta sobre las tapias negras del cementerio. A lo lejos destellan los fuegos carmesí de la ciudad, incendiando, lastimando el cielo nocturno, pero están muy lejos. Sí. Jazmines en la oscuridad, como delicadas lágrimas blancas bajo encajes y encajes negros. No puedes verlas, pero su perfume te llega, enraizado en este campo de carne humana. Sarcófago. Sarcófago significa comedor de carne.

¿Y qué harás? Este es tu destino, este silencio, esta noche eterna, cuando las últimas campanadas se hayan apagado, y Caronte reclame el metal amargo bajo tu lengua. Tu alma se irá sin ti; tú despertarás en la madrugada, la carne helada, y tentarás tu pecho para encontrar nada más que silencio. “¿Me he muerto acaso? ¿He muerto?”

Sí.

No más aliento silbando en tu garganta. No más redoble apagado de tu corazón. Sólo una noche que nunca termina, el sopor eterno bajo la tierra y la roca. Es el destino de todos. Y tal vez rechinen los rieles de las losas, tal vez oigas el crujido del mármol; de un mármol que lleva décadas, siglos cerrando la boca. Los muertos saldrán, saldrán, saldrán, pero no vendrán a por ti. Pues tú habrás muerto también; sólo escucharás sus pasos sobre la tierra húmeda del camposanto.

¿Quién llama, quién llama a la puerta, quién sopla suavemente los filos de la campana? ¿Quién llora en el suelo de la capilla, lágrimas de cera, cuarteadas rosas de plástico? No hay flores de verdad para los difuntos; sólo copias polvorientas de familiares que ya han olvidado. De descendientes que ya descendieron, como ellos, a los abismos de la nada. Oh, tantos muertos olvidados. ¿Quién se sentará a la vera de la avenida central, quién dormirá bajo el obelisco negro, quién besará la tierra mojada, añorando la caricia sin labios de un espectro? ¿Quién?

¿Yo?

Y estarás aquí para siempre, para siempre. Por la noche todos los contornos son negros, todas las luces son negras. No hay salida, como en los sueños; y el sueño eterno, es flotar en este vértigo, cuando los últimos candiles se hayan apagado. Qué silencio. Qué silencio. Para siempre. En el pliegue oscuro de la muerte ya no hay amanecer. Sólo la sombra, noche azul, sombra para siempre.

Y yo, ¿he muerto?

Aún no.

Aún no.

Música: A strange thing to say (Sopor Aeternus)

martes, 26 de febrero de 2013

Decir la verdad

Hace tiempo que llevo preguntándome si debería escribir esta entrada. Tal vez, me he dicho, debería esperar a que las cosas se asienten. Tal vez debería dejarlo reposar. Tal vez no es el momento. Y tal vez no lo sea, en efecto. Pero hay algo que me dice que tengo que decirlo ahora. Algo en mi estómago me lo dice. Así que allá voy.

Siempre he considerado el abuso sexual un asunto serio, algo sobre lo que no se ha de hacer chistes ni hablar a la ligera. Podéis encontrar el link a la página de Project Unbreakable, un maravilloso proyecto de curación psíquica y catarsis gráfica para víctimas de violencia sexual, en la barra lateral del blog. Creo que eso ya dice bastante sobre mi posicionamiento acerca de este tipo de crimen, ya sea legal o moral; y eso es algo que viene de largo, no a raíz de eventos recientes en mi vida. Estoy segura de que los usuarios de 4chan, Cuánto Cabrón y páginas similares pensarían que eso es censura contra el derecho inalienable de decir lo que te da la gana, incluyendo bromear sobre violaciones de cualquier tipo. Allá ellos. Esto es la vida real; lo quieran o no, internet no es un planeta ajeno al que te puedas escapar, donde tus acciones y palabras no tienen consecuencias. Internet es una realidad virtual, pero no existimos en ella; existimos aquí, en el planeta Tierra; tenemos un cuerpo hecho de carne y hueso, tenemos familias, amigos, estudios, trabajos, tenemos aspiraciones, e internet no es más que una herramienta para comunicarse, como estoy haciendo yo ahora. Nada más. Y en este mundo real, donde las personas se tocan con las manos y se hablan con la boca, todos los días millones de personas sufren abuso sexual. En lugares como la India y Estados Unidos, una mujer es violada cada diez o veinte minutos; todos los días, antes de que desayunemos, miles de individuos como nosotros, mujeres, niños y niñas, y sí, también hombres adultos, son violentados y obligados a hacer algo que no quieren hacer. Sus cuerpos, así como su voluntad y su libertad, son heridos, humillados, reducidos a nada; se les arrebata la posesión de su propio ser, su capacidad de tomar decisiones sobre él; se les hace saber, de todas las maneras posibles, que no se pertenecen, que no importan, que no son nadie. No creo que haya nada de gracioso en ello.

Hace unos meses leí The Three Damosels, una compilación de tres novelas sobre la leyenda artúrica escritas por Vera Chapman que nunca llegó a publicarse en castellano; yo conseguí un ejemplar inglés de segunda mano en Amazon. Mi favorita, sin duda, fue la historia central, The King's Damosel (en la que, por cierto, está basada -de manera extraordinariamente vaga- la película de animación "La espada mágica"), no sólo porque la protagonista, Lynette, es un personaje aventurero y valiente que cabalga por el reino con una espada al cinto, si no también por la historia de amor sincera y conmovedora que vive, bien alejada de los cánones del amor cortés que guían los romances de las otras dos novelas. Fue Lynette, de hecho, quien me impulsó a escribir esto.

Un día, durante este último período de exámenes, comí sola en casa, así que estuve leyendo mientras lo hacía. Nada más comenzar la novela, a través de un flashback, Lynette recuerda que, teniendo trece años, un noble vasallo de su padre, a quien ella admiraba y en quien confiaba, la violó durante una partida de caza y luego la amenazó con matarla si lo contaba. Eso es algo, por otra parte, que yo ya sabía por el resumen de la novela que había leído en Wikipedia, así que no tendría por qué haberme sorprendido. El caso es que durante el resto del día, mientras estudiaba, o mientras salía un momento de casa a comprar bolígrafos en la papelería, me noté temblorosa y nerviosa, con el corazón acelerado y el estómago encogido. Al principio, pensé que me había cargado demasiado la taza de té negro de después de comer, aunque nunca he sido sensible a la teína. Conforme avanzaba el día, no obstante, empecé a darme cuenta de que me zumbaban los oídos; alguien en mi cabeza estaba gritando con todas sus fuerzas, y aunque no podía distinguir lo que decía, podía oír los gritos, indignados, furiosos. Poco a poco, las palabras empezaron a formarse. Al principio sólo oía "¡No! ¡No! ¡No!", algo que me suele pasar cuando estoy enfadada; después fui desentrañando el resto. "¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes! ¡¿Quién te crees que eres?! ¡¿Cómo has podido?! ¡¿Te crees gracioso?! ¡No puedes! ¡No! ¡No! ¡No!" Y de repente, recordé.

No es que fuera algo que tuviera enterrado profundamente en mi memoria, y que lo hubiera olvidado hasta ese día. Para nada. Pero hacía años que no pensaba en ello, y me di cuenta de que tampoco, por la razón que fuera, había hablado de eso con nadie. Tal vez porque no había sido capaz de ponerle nombre hasta ahora.

Hace unos cuatro años, durante mi primer año de facultad, salí unos seis meses con un chico. No era nada especial, la verdad. Nunca estuve enamorada de él (puede que en algún momento creyera que lo estaba, pero me engañaba, y en el fondo siempre lo supe), de hecho físicamente me atraía lo justo. El sexo era casi tan patético como el resto de la relación: aquel individuo era objetivamente un capullo. Durante todo el tiempo que salí con él, no me escuchó hablar de mis asuntos ni treinta segundos seguidos; era un experto en interrumpir y desviar el tema a algo relacionado con él, y estuvo claro desde el principio en que ese era su tema de conversación favorito, pues se tenía en muy alta consideración. No vacilaba en hacerme ver lo complejo e interesante de su carácter, lo variado de sus aficiones y talentos, por supuesto todo en comparación con lo plana e insulsa que era yo. "Yo soy esférico, ¿no te das cuenta? Tú eres plana. Espero no aburrirme de ti"; "Pfff, no tienes ni puta idea". Por no hablar de las constantes menciones a que tarde o temprano, en efecto, se cansaría de mí y se largaría con cualquier otra, dejándome claro que podía tener a quien quisiera. Y no era sólo conmigo el problema; salvo sus pocos amigos, el resto de la gente era en general más estúpida, más inculta, más vulgar que él. Nadie era lo suficientemente bueno para él. Sobre todo las mujeres. Cualquier cosa que las humillara o dominara era la diversión suprema. Era uno de esos ligones compulsivos que se saben de memoria los manuales de Mario Luna y otros cantamañanas similares que afirman que con tal de ligar se permite engañar, mentir, insultar y valerse de las debilidades de otros; total, las tías son estúpidas, se creerán lo que tú seas lo suficientemente habilidoso como para hacerles creer. (Sí, leí varios capítulos. Sí, por supuesto que lo dicen con otras palabras. Sí, eso es lo que piensan esos "autores" de nosotras, lo digan como lo digan). Creo que se había follado a media Valencia, sin contar con chicas de otras ciudades y países; yo era una marca más en el cabecero de su cama. Nos llamaba "guarris" a todas. Me lo dijo; se conoce que le parecía la hostia de gracioso. Lo peor del caso es que, a pesar de la cantidad de chicas que habían pasado por su cama, no disfrutaba con ellas físicamente: tenía un problema serio de anorgasmia y las más de las veces era incapaz de correrse en compañía. No digamos de satisfacerme a mí. Sí, le puse los cuernos (de hecho, con el hombre que ahora está a mi lado, una de las mejores personas que he conocido jamás). Nunca me he arrepentido de todas y cada una de las veces que le fui infiel.

¿Por qué carajo salí con él? Bueno, si me dijo la verdad, yo fui su primera novia, y estaba (estúpidamente) orgullosa de haber pescado un pez tan escurridizo; me sentía importante. Y además, creo que lo admiraba, aunque eso diga muy poco de mí. Tenía dieciocho años, acababa de salir al mundo, para mí él era una especie de héroe cínico, al que no le importaban en absoluto los sentimientos de los demás, alguien a quien los demás no podían hacer daño. Tardé poco (de hecho, esos seis meses) en darme cuenta de que esas personas no existen: sólo son imbéciles maleducados con problemas de autoestima. Pero en aquel entonces aún no lo sabía.

Un día, en medio de este marco de desprecio y maltrato psicológico, follamos (por llamarlo de alguna manera) y empecé a sentir dolor. Una cosa que debéis saber a este respecto, es que siempre he tenido la vagina más bien corta y estrecha, con lo que una penetración demasiado profunda y/o violenta lo tiene muy fácil para darme golpes en el cuello del útero, algo que, por si no os habíais imaginado, es bastante doloroso. Por ello nunca he entendido ese afán que tienen algunos hombres de tener el pene más grande; os lo digo desde ya, no vale la pena. El caso es que, como era usual, la penetración empezó a dolerme, y le dije "[nombre], para, me haces daño". No me hizo caso. Insistí un par de veces, encogida para escamotearme del dolor, pero me ignoró; al final intenté separarme, y entonces me agarró por los antebrazos y me inmovilizó contra la cama, y siguió a lo suyo. Forcejeé, le grité, tratando de que se diera cuenta del daño que me estaba haciendo, pero él sólo se reía. Me tapó la cara con la mano, como hacen a veces los adultos para molestar a los niños, y me dijo sonriente "lo único que vas a conseguir resistiéndote es que me ponga más cachondo". Y se seguía riendo. Riendo. Riendo. Cuando aquello terminó, adolorida y furiosa, le recriminé a voz en cuello lo que había hecho, y él afirmó, bastante sorprendido, que no sabía que la cosa iba TAN en serio. Y yo seguí saliendo con él, porque durante esos seis meses, lo normal para mí fue sentirme humillada y enfadada; no noté que fuera un cambio en su actitud. Después de que nos separáramos (y me dejó él, que es lo más patético, porque cada vez que yo intentaba dejarlo me montaba el numerito con lágrimas y súplicas) él siguió con su vida, acostándose sin sentir placer con decenas de mujeres a las que no respetaba; obviamente para él no fue más que una de las múltiples bromas de mal gusto que constituían en exclusiva su sentido del humor, y si se le pregunta no lo recordará, o pensará que no fue para tanto. Lo único que sé con seguridad es lo que sentí.

No fue hasta aquella tarde, este último período de exámenes, en que me di cuenta de lo que me había ocurrido. En que le puse nombre. Aunque dudé mucho en hacerlo. Al fin y al cabo estábamos saliendo juntos. Tal vez debería haberme resistido con más fuerza. Tal vez debería haber llorado. Tal vez fue mi culpa por haberme enredado con semejante aborto. Tal vez no fuera tan grave. Al fin y al cabo, a mí no me asaltó un desconocido a punta de navaja en la calle, ni abusó de mí un amigo de la familia. Hay días en los que aún no sé qué pensar. Aun ahora no me atrevo a decirlo en voz alta, a ponerle el nombre que sé que tiene. No es que me sienta traumatizada o avergonzada por lo que ocurrió, pero tengo miedo. Miedo de decirlo en voz alta y que salte alguien diciendo que no me pase, que no es para tanto, que estoy exagerando, como siempre. Que no fue así. Que fue mi culpa. Y dudo, dudo todo el tiempo, como he dudado hasta ahora de si comunicarlo o no. Pero creo (algo en mi estómago me lo dice) que necesito decirlo en alto, en público. Sacarlo fuera. Y que todos se enteren. Sigo estando furiosa por lo que me hizo; no sólo por esto, si no por todas y cada una de las maneras en que me hizo de menos, me humilló y se burló de mí, todas y cada una de las veces en que sentí que no valía nada a su lado. Creo que los demás tienen que saberlo, porque sé que hay cientos, miles de personas que han pasado por lo mismo que yo, que han atravesado las mismas dudas, que temen que lo suyo no pueda nombrarse como ha de ser nombrado.

Y yo tampoco me atrevo aún. Pero aquí está. Hoy estoy diciendo la verdad.

lunes, 25 de febrero de 2013

Silence

En uno de los ventanales de la abandonada Facultad de Enología de Blasco Ibáñez, ocupada por los huelguistas, se lee escrito en spray negro "El sistema te odia".

No, no nos odia. Le damos igual. Nos pisará, nos prenderá fuego, hará lo que sea por seguir rodando, y ni siquiera oirá nuestros gritos.

domingo, 3 de febrero de 2013

El comienzo de un verano eterno

¡Imagina perder tu pasado!
Todas las veces serían la primera vez.

El mundo sería entonces un regalo
presto a ser descubierto.
Nos tiraríamos la noche en el regazo de los prados...
Y cuando volviéramos a casa llorando
y mamá nos preguntara qué ha sido
diríamos "¡El mundo!
¡Estoy tan sola! ¡Estoy enamorada!"
Y nos darían igual muñecas que rosas,
bicicletas que lunas,
libros que tizas.

Seríamos niños crecidos
metiendo los dedos en la pintura,
persiguiendo a los trenes.
Las risas no serían ya hipócritas.
¡Cuántas razones para reír,
cuántas delicias!
Haríamos el amor con cara de idiotas
y nos besaríamos por el simple placer
del aroma de la piel
y la textura del pelo.
Las caricias serían golosinas
desparramadas en la falda.

Podríamos pelearnos
y volver a creer.
A contarnos los sueños y a inventar
los delfines de plata,
las sirenas del puerto.
Tendríamos huevos de creérnoslo todo,
¡todo existiría!
El ocaso sería un dulce de yema incandescente.
Y al volver a caer la noche
e ir rendidos a la cama
volveríamos a acordarnos
de decir gracias...

¿Imaginas perder tu pasado?
Y volver a vivir sin miedo...

Este poema, escrito con tinta verde en una hoja arrancada de libreta, está fechado en el veinticinco de abril de 2008. En aquel entonces yo estaba a pocos meses de recibir el Bachillerato de Humanidades, haciéndome al ánimo de enfrentarme a la Selectividad y eligiendo sin mayores migrañas una carrera de la que casi no sabía nada. También acababa de dejar a mi novio del instituto, al que aún quería desesperadamente, y estaba saltando sin red a un mundo y una vida nuevos que se abrían ante mis pies, aterrorizada y ansiosa a partes iguales. No es un poema demasiado bueno, pero se ha agarrado a mi memoria todos estos años, ahora que esa muchachita entusiasmada se ha convertido en... bueno, esto. Tal vez sea esa frase. "¡El mundo! ¡Estoy tan sola! ¡Estoy enamorada!"...

miércoles, 30 de enero de 2013

Ya basta

Hay gente de la que empiezo a estar realmente harta. Tal vez no sea raro en mí; tengo un nivel de tolerancia tirando a bajo para con las debilidades ajenas. O tal sea sólo mi escasa dotación de paciencia. Pero ahora mismo siento que podría morder a arrancar y gritar hasta reventar, y decir cosas que una persona educada no dice. Ni siquiera una educada excéntrica y bocazas como yo. Oh, podría decir los juramentos más terribles en este mismo momento, podría destrozar vidas con sólo separar los labios.

La estupidez me pone de los nervios, pero puedo aguantarla si viene acompañada de buena fe. Es cierto, a veces ser imbécil es más dañino que ser cabrón a secas, y a veces la ignorancia o la supina idiotez de algunos individuos te llena las manos de bofetadas. Para qué negarlo. Pero ser estúpido, o estúpida, no significa ser mala persona. De hecho, muchas veces las personas cortas de inteligencia no tienen suficiente lucidez como para dedicarse a la maldad. Sencillamente no la conciben, porque no pueden. Eso es un alivio.

Puedo aguantar la estupidez, si es bondadosa. Lo mismo para el histerismo, la inestabilidad, la cobardía, la abulia, la superficialidad, la autocompasión y tantas otras faltas. Los seres humanos no somos perfectos; hoy tropieza quien está a tu lado, y tú sabes que mañana te tocará a ti. Las peores afrentas, incluso la deslealtad y la mentira, puedo perdonarlas si piden perdón con sinceridad; agachar la cabeza y disculparse, tragarse el orgullo, es un tema difícil, y hay que darle el reconocimiento que se merece. Puede que a veces (o siendo yo, bastante seguido) las personas a tu alrededor te saquen de tus casillas por cualquier razón. Puede que incluso tú misma te saques de tus casillas porque ya no soportas lo absolutamente estúpida que eres. Todos nos equivocamos: se le da tiempo a la indignación para que remita, y luego tratas de seguir; nadie tiene la culpa.

Sólo hay una cosa, una sola cosa, que no soporto, que no perdono, que es una cruz sobre el hombro de quien la lleva, por siempre y para siempre. La arrogancia.

Estoy harta de las personas que caminan por el mundo sintiéndose gigantes, mirando a sus semejantes desde míticas alturas, con una risita colgando de la comisura del labio pues saben que los demás son infinitamente estúpidos y están infinitamente equivocados. Estoy hinchada de las personas que desfilan en público exhibiendo lo maravillosamente inteligentes y cultas que son; de personas que sólo escuchan a los otros para tomar nota de los fallos en su razonamiento a fin de poder discutírselos y demostrarles su superioridad, sin  importarles lo más mínimo cuál era el mensaje. Estoy enferma de personas que se enorgullecen de su egocentrismo, componiendo una patética versión académica de Belén Esteban saboreando su propia ignorancia; de individuos que miran a la humanidad con suficiencia, pues han descubierto los secretos mecanismos de la vida (que suelen ser ninguno, salvo el nihilismo y la indiferencia, porque son más fáciles que tratar de cambiar) y los otros no, y eso les faculta para despreciar y desoír y reírse en la cara de aquellos lo suficientemente ingenuos como para creer que es de otra manera. Estoy asqueada de gente que cree que puede hacer y decir lo que le dé la gana, no importa cuán hiriente o desagradable pueda ser, sólo porque tiene una elaboradísima justificación lógica de por qué puede hacerlo. Estoy harta de aquellos que se pasean por el mundo clasificando a otras criaturas en válidas o no válidas en función de su inteligencia, y condenado a quienes no pasan la prueba a arder en las llamas de la subhumanidad.

Vosotros, sí, vosotros, manga de arrogantes. Dais asco. Dais vergüenza. Sí, vergüenza. Tantos libros leídos, tantos títulos universitarios, y no habéis sido capaces de aprender un poco de jodida humildad. Da igual cuánta cultura hayáis acumulado. Da igual cuántos idiomas hayáis estudiado. Da igual cuántas cosas sepáis que el resto no sepamos. SOIS IDIOTAS. Y lo seréis el resto de vuestra vida. Por lo visto nadie os lo explicó cuando erais pequeños, pero la inteligencia no sólo se mide en datos; hay una cosita pequeñita, que por lo visto habéis despreciado por cursi, y es saber estar con los demás. Saber tratarlos. Tenerles respeto. Y vosotros, oh vosotros que no sabéis distinguir el puntito de malicia de la más abyecta bastardía, no tenéis ni puta idea de qué es eso. No lo sabéis. Y estaréis ciegos a ello el resto de vuestra vida. Da igual que dentro de vuestras costillas lata, quizá, un corazón tímido, tierno, avasallado por la titánica misión de ser siempre mejor que los demás; un corazón anoréxico y leproso, tal vez capaz de algún sentimiento noble, de cierta compasión. Da igual porque nunca lo dejáis salir, porque os avergonzáis de él, porque lo pintarrajeáis y lo prostituís y utilizáis la excusa del débil latido que aún le queda para refutar a aquellos lo bastante hartos como para confrontaros con vuestra repugnante humanidad.

Hundíos solos. Prefiero ser amiga de una persona ignorante y torpe, pero leal y sincera, antes que oler de lejos el rancio hedor de vuestra ensoberbecida suficiencia. Comeos vuestros jodidos títulos, tragaos la lengua y con ella ese desesperado amor que le tenéis a vuestro propio ego. No os salvará cuando nadie más os soporte y estéis vosotros y vuestra relumbrante inteligencia, a solas. Nadie oirá vuestros orgullosos berridos; no quedará ningún tontito al que deslumbrar con trucos mentales. ¿Qué haréis entonces?

Estoy harta. Oh, dios, estoy tan harta.

domingo, 27 de enero de 2013

Amaranth



Caress the one, the never fading
rain in your heart,
the tears of snow-white sorrow;
caress the one, the hiding
amaranth, in the land
of the daybreak…

Había una vez, un hombre muy solo.

No tenía familia, y los amigos que tuvo alguna vez hacía tiempo que por diversas razones habían partido lejos. Aquel hombre sólo se tenía a sí mismo, pero poseía una prodigiosa imaginación. Desde niño era capaz de imaginar paisajes fabulosos y de convocar, con sólo desearlo, una saga de criaturas fantásticas que le hiciesen compañía. Mientras fue un niño, le bastó con eso, pero ahora había crecido y se sentía infinitamente solo. Su casa era grande y lóbrega, llena de ecos, y cada vez que abría una de las múltiples habitaciones sin usar un hálito helado le lamía la cara. Por las noches el silencio era tan intenso que el hombre solo podía oír reverberar los latidos de su propio corazón.

Un día, sin embargo, aquel hombre tan solo tuvo una idea. Toda su vida había transcurrido plagando el mundo de otros mundos nuevos y más acogedores, y creando personajes tan reales que ciertamente podía oír sus voces y sus pasos. Si su imaginación era realmente tan poderosa, ¿por qué no iba a poder crear a alguien bueno y cariñoso que le hiciese compañía, y diera calor a su corazón helado por la soledad? Eso, eso haría, y con una nueva resolución brillando en sus ojos se puso manos a la obra.

Poco a poco construyó a una mujer para que fuese su compañera. Le dio forma utilizando deseos, añoranzas y recuerdos de las personas a las que había amado y habían partido, así como imágenes y sensaciones de todas las cosas bellas que conocía y de otras que inventó. Puso en ella estrofas de canciones, flores, miel, tierra húmeda, planetas brillantes en el cielo, palabras de amor, partituras, el olor de la pólvora y de las largas noches de verano. Finalmente, una noche dio la puntada culmen a su obra, y le susurró al oído su nombre, palabra mágica con la que cobraría vida.

La mujer abrió los ojos e inhaló bruscamente, sorprendida ante el aletear del alma que se le había insuflado. El hombre, conmovido, la rodeó con sus brazos y la acunó contra su pecho, sintiendo por primera vez en años que el frío de la soledad remitía en su corazón. Ella le devolvió el abrazo, avasallada por el deseo de algo que no conocía, pues cada uno de los pedazos de los que estaba hecha recordaba el amor. Luego, sin embargo, se puso rígida. Apartó al hombre sujetándolo por los hombros y le agarró la muñeca, que acercó a su oído intrigada, mientras él la dejaba hacer, asustado. Ella fue buscando hacia arriba del brazo de él el origen de su desazón, hasta pegar el oído a su pecho, donde escuchó atentamente durante unos latidos. Después lo rechazó con un grito.

Pronto el hombre comprendió que a su compañera le faltaba un corazón; un corazón propio, a través del cual sentir el mundo al que había nacido y al compañero que respiraba anhelante a su lado. Sin él, nunca sería capaz de amar ni tendría sentido su existencia, construida en base a los deseos de otro. Sin un corazón, estaba condenada a la soledad.

Intentó dárselo de todas las formas posibles. Probó con una rosa roja, con un carbón incandescente, con gotas de su propia sangre. Todo en vano. Todos los corazones se helaron en su pecho y acabaron marchitándose, incapaces de bombear sangre, incapaces de sentir. Ni los mayores esfuerzos de su imaginación le sirvieron para darle a la compañera que había creado la capacidad de amar; comprendió, desolado, que ni la imaginación más desbordante podría jamás evocar el amor. Entretanto, la mujer sin corazón languidecía silente, ciega y sorda ante la riqueza del mundo, con unas lágrimas negras y grasas corriéndole por las mejillas. La enorme casa seguía fría, silenciosa.

Un día, finalmente, el hombre solo comprendió qué era lo que tenía que hacer para rescatar a la mujer de su soledad. Ella era un eco apagado de algo que él había deseado, y nunca lo amaría porque estaba incapacitada para amar; el amor no podía obligarse a crecer sólo por el anhelo egoísta de sentirlo, debía nacer y ser entregado, debía expandir sus ramas al sol y crecer como un árbol, extendiendo sus raíces hasta el último rincón húmedo de la vida. El amor sólo se engendraba con amor, eso era todo. Así que el hombre, dispuesto a todo, como había de ser, se abrió el pecho con una navaja y se sacó el corazón.

La mujer lo miró sorprendida mientras él se acercaba, empapado en sangre, con la mano levantada ofreciéndole un racimo de amarantos rojos, una piedra preciosa, una criatura recién nacida acurrucada en la palma. Ella caminó hacia él, atraída por el fulgor de aquella llama que irradiaba toda la luz y el calor de un mundo agradecido, y él la recibió en un abrazo. La besó dulcemente en la frente mientras depositaba el corazón arrancado en el boquete de su pecho.

Se oyó un latido. Luego otro.

La mujer miró al hombre, con los ojos radiantes y una enorme sonrisa. El hombre oyó un ruido corto y rítmico, como el tañir de una campana, o como las olas chocando en el rompiente. ¡La mujer se reía! Y el sonido de su risa hacía abrirse las flores, arder los tizones y sonar la música de que estaba hecha.

Se llevó las manos al pecho y sintió, maravillada, el redoble de su nuevo corazón y toda la belleza contenida en él, fluyendo lentamente por sus venas para hacerla sentir, por primera vez, el cosquilleo de la vida en la piel, el pánico, el ansia, la plenitud. Empezó a caminar por la casa, luego a correr y finalmente a bailar en el jardín, alzando los brazos al cielo y riendo sin parar, apresurándose para llegar a cada rincón de las habitaciones y llenarlas con su luz, bebiéndose el claroscuro, los recuerdos y los ecos de su nuevo mundo. El hombre la contemplaba absorto desde el jardín, con los brazos caídos a los lados y el agujero en su pecho sangrando lentamente. La mujer saltó sobre los rosales, rodó hecha un mar de risas y le tendió los brazos desde la hojarasca, cubierta de pétalos rojos y de cortes sangrantes. El hombre sin corazón se arrodilló a su lado y ella le rodeó el cuello con los brazos, le besó la boca y los puso a ambos de pie, abrazándolo, tocándolo, dando vueltas y riendo, riendo siempre. Tras un último beso, la mujer se separó de él, saltó la cancela del jardín y se alejó por el camino rumbo al mundo, y el eco de su risa se fue apagando en el sendero hasta desaparecer del todo.

El hombre sin corazón se volvió a quedar solo en la inmensa y fría casa, sin nadie que le hiciese compañía, privado de su corazón y por tanto de la imaginación creadora que habría podido salvarlo. Se habría sentido desolado por el abandono de la mujer, que se había marchado llevándose todo cuanto había amado y deseado, pero con el pecho vacío, la música de la vida (la alegre, y también la triste) se había apagado. Por las noches, ya ni siquiera el eco de su corazón ausente le recordaba su propia existencia. Así pasó el tiempo en aquella casa helada, respirando sin vivir, con un jardín marchito y un hálito polar que se le iba metiendo poco a poco entre el pecho hueco y el alma.

Una mañana gris, después de un período indefinido y gris, el hombre sin corazón oyó pasos en la hojarasca del jardín. Levantó los ojos sin curiosidad, siguiendo un instinto casi olvidado, y vio una figura de pie junto a la cancela.

Era ella, aunque tardó un poco en reconocerla. En su pelo brillaba el púrpura de cientos de amaneceres, y en sus mejillas había florecido el rocío de la madrugada y el reflejo de la luna sobre el mar. Caminó hacia él, sonriéndole con todo el amor que él había imaginado y aún más, y el hombre sin corazón sintió que se le comunicaba una calidez renovada, algo que había sentido por última vez cuando ella lo besó, y que había olvidado.

La mujer se metió la mano en el pecho y se sacó el corazón que él le había entregado, y extendió el brazo, ofreciéndoselo. El hombre hasta entonces solitario lo tocó, descubriendo sorprendido su rostro bañado en lágrimas. Un relámpago recorrió su brazo y llenó hasta desbordar su pecho con gritos, ideales, sueños, hojas jóvenes, agua y estrellas. La mujer había salido al mundo con su corazón nuevo a vivir, a llorar, a reír y a sentir todo aquello, y había vuelto, devolviéndoselo lleno de vida. Cuando las manos de los dos se ciñeron en torno al corazón sintieron la contracción de un latido bajo los dedos, y como un eco, algo saltó en el pecho del hombre. Extático y anonadado, vio que ella también lloraba.

-Me regalaste la posibilidad de vivir –dijo, con una voz que era todas las voces y todos los vientos-. La única manera justa de agradecértelo es hacer otro tanto.

-No puedo quedármelo –balbució él, con la voz oxidada por el silencio.

-No será necesario. Hay suficiente para los dos –y lo besó.

En una noche, todas las flores del jardín volvieron a abrirse. Desde aquel día, en una casa que ya nunca más sería ni oscura, ni helada, ni triste, vivieron dos seres que compartían el mismo corazón.

Música: Amaranth (Nightwish)

domingo, 13 de enero de 2013

The bells are tolling

 Sostengo entre mis manos
la mano trémula de mi abuelo
y nunca he sido tan consciente
del cruel devenir del tiempo
que roba el rubor de las venas.
Ahora que la corola está abierta
puedo oír el susurro
de otros pétalos que se secan
para siempre;
cada día son mil respiraciones
que no regresarán jamás.
Y me pregunto
cuánto tiempo me queda en esta orilla
antes de que las olas del sueño
vengan a cerrarme los ojos,
pues la Muerte descansa
sus fríos antebrazos
en el alféizar de mi ventana.
Tal vez por eso
aprieto mis labios
contra los labios fríos de las estatuas
de ángeles tristes y durmientes eternos;
tal vez por eso
al andar por este jardín de carne humana
mis pies se crispan dentro de los zapatos,
queriendo agarrarse a la tierra;
tengo miedo, Muerte,
de que nos dejes tan solos.
Pues te llevas a los dormidos, Muerte,
y para los vivos sólo dejas el dolor,
el pasmo,
la soledad;
la Muerte es tan Muerte porque estamos vivos.
Y cuánta épica se ha escrito
desafiándola,
pero al final
ella es la única que nos abraza,
ella es la última que lo hará.
Gritaremos "¿Do está, Muerte,
tu poder?"
e invocaremos a la reencarnación y a Cristo
pero la Muerte es la última reina
y riega sus flores con nuestro olvido.
Cada día hace caer una lágrima
de nuestro lirio tristísimo;
tocan a difuntos, y recuerdo
cenizas en los campos,
rosas blancas en el mar,
espirales de té verde.
Cada paso hollado
es un paso hacia sus brazos,
eso no tiene vuelta de hoja.
¿A quién dejarás solo
tú, Muerte,
cuando me lleves?
¿Y adónde me llevarás,
adónde
cuando llegue mi último invierno?
"Adónde, adónde"
doblan las campanas por los muertos.

martes, 8 de enero de 2013

La Venus en el espejo

El arte no existe para copiar la realidad. Si así fuera, los fotógrafos sólo orientarían sus objetivos hacia retratos y paisajes, y los pintores pasarían años de su vida frente a un solo lienzo, en una búsqueda infructuosa por captar una imagen eternamente cambiante.

El arte no copia la realidad, nunca lo ha hecho. Ni siquiera cuando a toda voz lo ha pretendido. Lo intenta a veces, pero a través de ese intento crea una realidad nueva, inédita, a través de la cual nos asomamos al mundo interior del artista, del mecenas, del taller, de la sociedad, de la mismísima humanidad que necesita ese arte. Así, el arte se transforma en crisol de todas las realidades invisibles.