miércoles, 21 de noviembre de 2012

Cáliz


Antes de nada, los que tengáis pene tal vez queráis haceros con un par de kleenex antes de continuar. Cosa de higiene. A las que tengáis vagina en principio nada, aunque una toallita húmeda para después nunca viene mal. Ah, y los menores de edad, no olvidéis mirar a vuestra espalda; mamá está vigilando. Mamá SIEMPRE está vigilando.
Enjoy ^^ 
 

El beso era húmedo y acezante, largo, lleno de aliento robado y de suspiros. Hacía mucho tiempo que no compartía un beso así, tan lleno de promesas y al mismo tiempo tan delicioso por sí mismo. Deslizó las manos por el torso de él, cubierto por una camisa de tejido tan suave que era prácticamente como tocarle la piel. Sólo que mejor. Porque sabía que aún había piel por descubrir debajo. Palpó los músculos tensos, las costillas, el vientre duro agitado por la respiración, los pezones erizados, y deseó vivamente poder recorrerlo desnudo.

-¿Cómo te llamas? –preguntó sin aliento, entre beso y beso, no iba a perderse ese beso por nada, ni siquiera por hablar.

-Helios –su voz era de adolescente, de adolescente tímido, aunque su ancha espalda y el vello rubio que despuntaba en sus mejillas dijera lo contrario.

-Yo Ybelle –ya estaba todo dicho, no necesitaba más. Metió las manos bajo la camisa y notó sus pezones afilarse como cuchillas al llenarse las manos con el cuerpo de él, elástico y vibrante. Enterró la nariz en su cuello, respirándolo hasta el fondo de los pulmones, mordiéndolo, saboreándolo como si fueran a arrebatarle la oportunidad de un momento a otro.

-E… espera… -jadeó él, pero no opuso resistencia cuando ella se le colgó y lo derribó sobre la cama. El susurro del colchón fue como una profecía de cosas maravillosas-. Espera. No… -le atrapó las manos antes de que se las colara por la cintura de los pantalones. Ella se detuvo y lo miró, con una sonrisa confusa.

-¿Qué pasa? ¿Ya no quieres?

-No, no es eso. Me gustas mucho… Ybelle… es sólo que…

-¿Qué? –los labios de ella regresaron a la curva firme del cuello de él. Ahora que ya lo había probado era incapaz de mantenerse alejada del sabor dulce de su carne-. No pasa nada.

-No lo… ah… no lo entiendes –sus manos, grandes y fibrosas, tentaban los antebrazos de ella, sin decidirse a apartarla definitivamente.

-¿Qué pasa? –rió ella desde detrás de la oreja de él-. ¿Acaso es tu primera vez?

-Eh… bueno… supongo que sí.

No se esperaba eso. Se separó de él para mirarlo a los ojos, tan azules como nunca los había visto. Su cara estaba arrebolada por el deseo, pero su expresión se peleaban la excitación y el miedo.

-¿En serio? ¿Un hombre tan guapo como tú? No puede ser.

-Soy un poco… raro.

-Bueno, no tengas miedo. Lo haremos despacio, ¿sí? –y despacio fue dejando resbalar su besos por la garganta de Helios, unos besos livianos que quemaban como hierro al rojo. Un escalofrío lo recorrió y se transmitió al cuerpo de ella. Sí, sí, así, los dos en un mismo ritmo. Empezó a despojarlo de su camisa, saboreando cada botón, disfrutando de torturarse y torturarlo con la expectación.

-No, Ybelle… -rogó, pero la voz se le quebró cuando la lengua de ella empezó a jugar con la piel del pecho que iba quedando al descubierto-. Yo no puedo… no puedo…

-¿Por qué no puedes? –inquirió ella, sin dejar de lamerlo lentamente, humedeciendo los valles y colinas de su torso. Encontró uno de los pezones y lo acarició con la lengua antes de morderlo, procurándole una descarga de placer como un aguijonazo.

-¡Ah! Ybelle, por favor… -pero no llegó a decirle qué-. Por favor… -las manos de ella ya tentaban nuevamente la cintura de su pantalón y las de él las detenían una vez más. Eran firmes, pero sudaban y temblaban. Se estaba resistiendo desesperadamente a algo que deseaba con más desesperación si cabe. Ybelle se detuvo una vez más, sin entender nada.

-“Por favor” ¿qué? ¿Qué te pasa, Helios? ¿Tienes miedo? –él negó con la cabeza, de repente cabizbajo, avergonzado. Ybelle se arrepintió de su tono y cambió a uno más dulce-. ¿Es que hay alguien a quien no quieres engañar? –otro vaivén de la cabeza-. Entonces ¿qué ocurre?

-Yo no… yo no puedo darte lo que quieres, Ybelle. Eres preciosa –la miró fugazmente a los ojos-, Jesús, eres preciosa, Ybelle… daría lo que fuera por poder hacerte el amor. Pero no puedo.

En sus ojos empezaba a encharcarse una profunda tristeza. Con el sexo aún latente, Ybelle apoyó una mano con suavidad sobre el vientre de él.

-No lo entiendo.

Los ojos de él estaban obstinadamente clavados en sus rodillas, e Ybelle tuvo la impresión de que Helios estaba lejos, tan lejos como se podía estar, que no estaba con ella.

-Helios –susurró, levantándole delicadamente la barbilla para poder mirarlo a los ojos. Los dos mares azules que le devolvieron la mirada estaban a punto de llorar-. Si puedes hacer o no el amor, aún no lo sabes. Yo te deseo. Estoy segura de que puedes darle a cualquier mujer lo que necesita. Si tan sólo…

-¡No! –su brusquedad fue más fruto del dolor que de la rabia, pero Ybelle retiró asustada la mano. Él reculó en la cama, enroscándose sobre sí mismo-. No puedo, Ybelle. Lo sé. Créeme.

-No puedo si no me dices…

-No. No puedo, Ybelle. No puedo.

-Helios…

-Mira.

Con los dedos trémulos, Helios se despojó del resto de su ropa y fue dejándola caer por el borde de la cama. Desnudo recordaba a un héroe clásico, fibroso y ágil, pálido como el mármol, pero cubierto de un vello rubio como el trigo, como su cabello; cuerpo de dios griego, rostro de dios normando. Las hebras doradas creaban volutas sobre su torso y convergían en una línea sobre su vientre, indicando el camino a su pubis. Un pubis liso, curvado, acolchado de vello suave y de color ceniza, entre el cual se abría, húmeda y escarlata, una grieta profunda coronada por un diminuto capullo de rosa.

-Oh.

Los hombros de Ybelle se relajaron y sus manos cayeron sobre las sábanas. Durante un instante eterno no existió nada más en el mundo que la mirada de Ybelle y aquella vulva rubia, excitada, sembrada en el lugar más inaudito. Las palabras, los hechos y las ideas habían sido destruidos para siempre.

-Oh –repitió Ybelle. Poco a poco, los colores y las formas volvieron al mundo, componiendo de vuelta el cuadro que habitaba: la habitación a media luz, las sábanas revueltas, el cuerpo de Helios, la cara de Helios, los ojos de Helios. Unos ojos inundados por lágrimas de vergüenza que le cortaban las mejillas.

-¿Lo ves? –sollozó, sin atreverse a mirarla, hundido en su propia humillación-. ¿Lo ves? Claro que te deseo, Ybelle, pero soy un monstruo. Por eso nunca he estado con nadie. Evito a las mujeres, de hecho. Tú… tú conseguiste distraerme. Que me muera ahora mismo si no te deseo como no he deseado a nadie en mi vida –las lágrimas salpicaban sus labios, labios de niño desvalido-. Pero no puedo darte lo que quieres, Ybelle. Perdóname.

Siguió una larga pausa. Ybelle tragó saliva y se echó el pelo por la espalda, mirando intensamente a lo lejos. El cuerpo de Helios se contrajo al levantarse.

-Adiós, Ybelle. Perdóname.

-No.

Se quedó en el sitio, sin terminar de incorporarse.

-¿Eh?

-No. No te vayas –los ojos de Helios, aún velados por las lágrimas, parpadearon confusos-. Quédate.

-¿Qué?

-Ven. Ven –lo atrajo de vuelta a sus brazos, ayudada por la laxitud de su cuerpo sorprendido, y lo miró fijamente a los ojos-. No me importa.

-¿No te importa? –Helios soltó una risita, triste y amarga-. Ybelle, soy un hombre con coño. Claro que te importa.

-Eres un hombre. Eso es todo lo que necesito saber –lo empujó hacia atrás hasta volver a recostarlo. Al moverse para inclinarse sobre él, notó el roce de sus muslos, aún húmedos-. Te sigo deseando, Helios. Lo que tengas entre las piernas no me importa.

-Por favor, no me mientas –dijo Helios, pero no dijo nada más porque la boca de Ybelle cubrió la suya, llenándosela de besos diminutos, lamiendo tiernamente la curva de sus labios, buscando la lengua de él con la suya para volver a beber de su saliva y de su aliento. Ybelle notó contra su boca una protesta sofocada que pronto se disolvió en un suspiro placentero.

Se besaron largamente, con la misma sed del principio, pero demorándola todo lo que podían, conteniendo los deseos de arrebatarse, sintiendo la excitación prisionera como una cuchillada entre las piernas. Labios, lengua, un torrente de fuego líquido, los susurros de un río enfurecido, dos alientos moribundos aferrándose el uno del otro. Ybelle fue desnudándose mientras corcoveaba sobre él, piel contra piel, mientras sus manos acariciaban con una dulzura letal todo su cuerpo, incluyendo el delicado triángulo donde yacía la excitación de Helios.

-No… no tienes que hacerlo, Ybelle…

-Shhhh… -y los dedos de Ybelle jugaron con el vello rubio de su sexo, dibujando una bifurcación en torno de la grieta entre los labios, presionando apenas lo justo para rozar y no rozar la corola encendida del clítoris-. Tendremos que aprender los dos, ¿sí?

-Y-Ybelle…

-Tranquilo, mi amor –pasó la palma por encima de la curva de aquella vulva, tocando el clítoris con una caricia de mariposa, antes de deslizar sus dedos un poco más abajo y sumergirlos en la cavidad hirviente de su vagina. Estaba tan húmedo como ella. Helios había dejado de hablar, sólo jadeaba y se ondulaba sobre las sábanas, mientras Ybelle iba marcando a fuego una línea de besos desde su pecho hasta su vientre y más abajo, su boca buscando encontrarse con sus dedos. Ella sabía, él también, y la ansiedad los estaba matando a los dos-. Haz lo que yo haga, ¿de acuerdo?

-Sí…

Ybelle besó con reverencia el vello rubio del pubis antes de bajar a encontrarse con el clítoris, hinchado y expectante. Lo lamió una sola vez. Helios contuvo un grito con la mano sobre la boca.

-No te calles –susurró Ybelle-. Hazlo –y lo miró fijamente a los ojos mientras descendía sobre aquella flor y la lamía, lenta y profundamente, a veces rápida, a veces dulce, con los dedos pulsando dentro de la vagina, tal y como ella hubiera deseado para sí. Helios suspiró, con las lágrimas secas sobre la cara, y empezó a rodar cuesta abajo hacia un deleite insospechado, una agonía deliciosa, un regalo que creía no merecer.

La noche fue larga. Helios no supo cuándo había estallado la primera vez, si antes o después de lanzarse sobre Ybelle, de besar su boca y probar la sal de su propio sexo, de lamer las pequeñas violetas de sus pechos, de abrazar sus caderas y hundir su rostro en el agua profunda oculta entre sus muslos, un pequeño pétalo húmedo sobre su lengua. Tampoco supo cuántas veces habían llegado al final, los dos, gritando y sin resuello, abandonando el aliento en la boca del otro, en las manos del otro, en la lengua del otro. Ybelle se ceñía a su cintura y danzaba sobre el eje de sus dos sexos, maravillándolos de que un roce tan delicado pudiera desencadenar un placer tan intenso; él la cubría con su cuerpo y le bebía los gemidos de la boca mientras movía sus caderas contra las de ella –“sí, sí, así, los dos en un mismo ritmo”. Ybelle gritaba mientras él la lamía como ella le había enseñado, él gritaba con la lengua de Ybelle apuñalándolo entre las piernas, gritaban los dos en un orgasmo al unísono y ya no sabían qué labios estaban besando ni dónde empezaban y dónde acababan, si eran dos cuerpos o tan sólo uno.

Cuando por fin se derrumbaron exhaustos, hechos un nudo de cuerpos, la saliva de Helios sabía al sexo de Ybelle, o tal vez el sexo de Ybelle sabía a su saliva, tal vez sus sexos gemelos eran uno solo, tal vez. Ybelle descansaba sobre su pecho, medio dormida, marcada en la piel por sus dientes, saciada de placer y dichosa. Helios acarició su pelo oscuro con una de las manos con las que le había hecho el amor, como jamás creyó posible. Escondió sus labios contra el cabello de ella.

-Gracias –susurró-. Gracias, Ybelle. Gracias para siempre.

-Gracias… -repitió ella, soñolienta.

Y después cayeron dormidos.

domingo, 28 de octubre de 2012

...et anima radians


Cuerpo exhausto,
alma radiante;
mis miembros no pesan,
soy leve, soy aire.
Una vez, dos veces,
golpea y no descanses;
tres y cuatro veces,
no te detengas, adelante.
Corre hasta el fondo de tu pecho,
corre hasta que el corazón estalle,
corre hasta que muera el tiempo
y a tu miedo le falte el aire.
Que el mundo abrace la ira
que surca los caminos de tu sangre.
Palma, dorso, palma: eres fuego.
Puño, canto, codo: eres aire.
Brazo, rodilla, brazo: eres agua.
Sudor y silencio: no eres nadie.
Y nada puede borrar
lo que tu cuerpo ya sabe,
lo que tu carne ha aprendido
no pueden arrebatarte;
cuando tus puños vuelen
y tu consciencia descanse
y ya no pienses más en ti,
¡corre hasta que el cuerpo aguante!
Que tu frente no descienda,
que tus brazos nunca bajen,
que no tiemblen tus rodillas,
que tu fuerza no desmaye;
tu alma será libre
cuando tus nudillos sangren
y olvides el cuidado
de las penas que no valen;
hasta que el ego desaparezca,
hasta que el dolor se apague.
Y seas fluida como el fuego
y liviana como el aire...
Cuerpo exhausto,
alma radiante.

Música: EdenEcho (Kamelot)

martes, 16 de octubre de 2012

Un cierto sabor a maldad


El mes pasado vi al Demonio. Quedamos para tomar el té. Levantó la tetera al rojo con las manos desnudas y sirvió en mi taza un Pu Ehr ardiente y rojizo como el infierno.
-El té me recuerda al hogar –dijo sonriente, y yo estuve de acuerdo, aunque probablemente por razones diferentes-. ¿Sangre, querida? –inquirió, levantando un elegante jarrito para la leche. Dije que sí, por supuesto.
Durante toda la velada estuvo mirándome con esa sonrisa pícara por encima del borde de su taza. Su rostro era hermoso y cruel como la primera luz del alba, y estaba teñido por el sabor terroso y metálico del té que me había servido.
En un momento dado le sonreí, y mis dientes deben de haber estado rojos por la sangre, porque sus ojos chispearon, risueños.
-¿No estás asustada, querida?
-No, para nada.
-¿A pesar de que sabes quién soy?
-Justamente por eso –expliqué-. Tú no eres humano. Los humanos dan miedo porque son imprevisibles. Igual te quieren que te traicionan.
-¿Te incluyes?
-Me incluyo –proseguí-. Tú, por el contrario, eres lo que eres. Nadie osaría escandalizarse de que le sirvieras sangre en el té, o de que le mordieras una arteria, o qué sé yo. Eso es lo bueno de ti. Saberlo me tranquiliza.
-Entonces, no me temes.
-No. Te acepto como eres. Eres un cabrón sádico, pero me gustas así.
-Pero qué postura tan interesante. ¿Cómo le llamáis los mortales a eso?
-Amor, supongo.
-Oh. Desde luego, los mortales sois muy curiosos –dijo, y sonrió serpentino.
Cuando se acabó el té, me tiró sobre la mesita y rodamos entre los cupcakes, jadeando y gritando y haciendo cosas tan innombrables como deliciosas. Sus besos sabían a té, a sangre y a algo más; gratitud tal vez, incluso cariño. Me dormí sobre el mantel, cubierta de sangre y glaseado de limón, ahíta de placer y azúcar.
Ahora, cada vez que huelo a Pu Ehr, mi sexo se hincha y humedece, excitado por los recuerdos. Cuando noto el sabor de la sangre, sin embargo, se me hace un nudo en la garganta y son los ojos los que se me humedecen, con lágrimas de una emoción más inconfesable que cualquiera de las perversiones a las que hayamos podido jugar. A veces me muerdo la lengua a propósito, y cuando la sangre fluye, metálica, mi corazón se acelera.
Creo que estoy enamorada.

domingo, 30 de septiembre de 2012

War


Tiranos,
temednos,
mandáis a nuestros hijos a morir.
Cualquier guerra es suicida.
En las guerras
victrix indiscutible
es la Muerte.
No hay héroes;
vuestros héroes,
tiranos,
son nuestros hijos muertos
y jamás volverán.
Pues ¿qué es un héroe
salvo quien seca las lágrimas,
salvo quien ofrece el pecho
a la Muerte
en lugar de otro ser?
En lugar de una bandera, no.
La sangre de los caídos
es de petróleo y avaricia
y a nuestros niños muertos
no nos los devolverán
vuestras medallas.
Tiranos,
temednos,
mandáis a nuestros hijos a morir.
Una vida inocente
es preciosa.
La gloria de una nación,
polvo en el aire.
Se llevaron a tantos hijos
que desaparecieron en un grito
y su último aliento
fue para los padres huérfanos.
Debieron ser para los abrazos
y fueron para las balas.
¿Es que no podéis ver
que son niños?
Y les erigiréis piedras
heladas y obscenas,
pues no veis,
tiranos,
que fueron de pólvora
y debieron ser de beso.
Tiranos,
temednos,
mandáis a nuestros hijos a morir.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Fantasía, el viaje imaginado

"Bastian, ten a Auryn. Ahora debes ir a Mordor..." "Hija de la Luna, eso es de otro libro" "Demonios"

A estas alturas de la vida supongo que no es ninguna sorpresa que diga que soy una entusiasta lectora de literatura fantástica. O tal vez sí, al fin y al cabo he citado a varios autores clásicos en este blog, pero sólo he hablado de Harry Potter una vez. La fantasía, épica o de otro tipo, ha marcado tanto mi desarrollo como lectora desde que aprendí a leer como mi desempeño como escritora (cutrecillo, pero existente, como bien recordaréis) a lo largo de todos estos años. 

No es la única literatura que me gusta leer. Tengo dos libros favoritos: uno (más bien una saga) habla sobre el niño mago de las gafas redondas querido por todos y mencionado anteriormente, el otro es La Regenta de Leopoldo Alas "Clarín". Me encanta la novela del siglo XIX, varias de cuyas obras cumbre aún me faltan por leer (Germinal, here we go!); disfruto con su enorme capacidad de análisis y reflexión, su descripción exhaustiva de personajes y arquetipos que una acaba sintiendo como familiares y próximos, su capacidad de inmersión en la trama, su magnífico retrato de una realidad contemporánea al autor que, ya sea bajo la exhuberancia emotiva del Romanticismo o la metódica lente del Realismo, aparece verídica, cercana y viva, devolviendo imágenes de un pasado que contrastar, analizar y revivir. Muchas veces me he encontrado odiando a un personaje que sé bien parecido a mí (lo cual me irrita más, para qué negarlo ¬¬). O deseando haber podido contemplar y relatar los eventos que han marcado mi época con tanto rigor como pasión. O haber sido capaz de tramar intrincados juegos multidisciplinares de lógica para embrollo y deleite de los lectores, como hicieron los grandes.

También me gusta la fantasía, empero. Y aquí vienen las cuestiones que me tienen pensando desde hace días. Cuando se entrevista a un escritor, se espera que nombre entre sus influencias a los grandes autores, y tal vez a algún nuevo autor de buen gusto entre la crítica, como Haruki Murakami o Amélie Nothomb (no me entendáis mal, me encanta Nothomb, es una de las pocas autoras vivas con las que siempre acierto; con Murakami, por el contrario, nunca he terminado de conectar. Cosas de la vida). Si es un autor "de género" (pongamos que escribe novela negra) citará sin duda a Doyle, a Poe, tal vez a Mankell. Sin embargo, ¿qué autor, a no ser que se dedique específicamente al campo, enumera entre sus grandes influencias a Tolkien, por nombrar al que prácticamente inventó el género? En una tertulia acerca de literatura actual, ¿quién tiene narices de hablar de George R. R. Martin? (me encantaría ver las caras de los tertulianos, por otra parte. Troll-Belsan, ¡vuelve a tu túmulo!). Como dijo muy acertadamente la traductora española de Canción de Hielo y Fuego en la revista Qué Leer de este mes, antes del estallido de esta saga "ser uno de los autores más apreciados de la ciencia ficción y la fantasía equivalía a ser el enano más alto del bosque, pues los lectores de género son fervorosos y leales, pero escasos".

He aquí el quid de la cuestión. La fantasía (incluyo no sólo la narrativa al uso, si no también el cómic, la novela gráfica, el cine, los juegos de rol y otros géneros, pero me centraré sobre todo en la literatura), un género netamente moderno, por lo visto nació ya denostado. Casi todo el mundo conoce El Señor de los Anillos, pero entre los que lo han leído hay menos estudiosos e intelectuales que frikis a secas (oséase, aficionados a la fantasía y otras cosas), al menos en estos tiempos en que vivo y puedo evaluar. Tengo la sensación, que probablemente más de vosotros habréis tenido también, de que la fantasía es un género menor, y no por decisión propia; un género no muy apreciado entre crítica especializada ni entre el público en general, al menos no como literatura de calidad. La fantasía, en su vertiente narrativa, aparece de vez en cuando en las listas de best-sellers (cosa que no suele pasar con la literatura neorrealista y similares, que son las que ganan los certámenes genéricos todos los años), y suele ser encuadrada, ya por las editoriales, ya por la opinión pública, en el campo de la "literatura juvenil" (definición que me hace salir ronchas, pero que merecería una entrada aparte). La literatura fantástica, me parece, se percibe como un mero entretenimiento para mentes adolescentes, estén en cuerpos adolescentes o no.

"¿Que la fantasía es cosa de críos? ¡Cortadle la cabeza!" 

Hace poco, buceando por la siempre fenomenal Mookychick, di con el siguiente artículo (a practicar vuestro inglés, nenes!... qué coño, por lo menos dos de mis lectores estáis en las Islas hablando inglés todo el día. Leave me alone! T.T). Y di con la palabra clave de toda mi desazón: escapismo. Perdón, perdón, esto merece más énfasis: ESCAPISMO. Ale. No es la primera vez que encuentro este concepto asociado a la literatura, pero las veces en que lo he visto asociado a la fantasía son mayoría. Parece que incluso algunos de sus propios lectores, aquellos que intentan defenderla, perciben la narración fantástica como un escape del mundo real, una evasión, una HUIDA. No digo que esto esté mal de plano, claro; a veces uno se siente asqueado del mundo y de sus aspectos más superficiales y/o sórdidos, y se abandona con alivio entre las páginas cariñosas de un libro anhelando belleza, libertad, magia y fe, y con esa fe uno se separa del libro como de un amigo leal, con ánimos renovados para enfrentarse a ese mundo que no siempre le gusta. No voy a negar que yo también lo he hecho. Pa qué. Pero esto que acabo de describir no lo entiendo como escapismo, al  menos no como un fin en sí mismo: me largo de este sitio porque no me gusta y cierro la cremallera de mi burbuja, donde nada me molesta y puedo imaginarme que las cosas van mejor. No, no es eso en lo que creo que consiste.

La lectura, y en este caso la lectura de fantasía, no debería ser una huida, si no un viaje. Muchas de las grandes personalidades de la literatura han sido incansables viajeros. ¿Estaban huyendo de algo, acaso? Tal vez en algunas ocasiones sí, pero se me ocurre que lo que hacían casi siempre era BUSCAR algo. Conocimiento, belleza, iluminación, ideas, una manera distinta de hacer, de ver, de entender el mundo. Con ese bagaje regresaban a casa, en caso de que tuvieran un lugar donde colgar el sombrero. Así entiendo yo la fantasía. Cuando leo fantasía, no me siento como una niña que se esconde de monstruos invisibles con una linterna bajo la manta. Me siento como cabalgando los vientos hacia un horizonte nuevo que no sé qué me deparará, ansiando un mañana de lleno de sorpresas y esperanza, confiada en que todo es posible si sé luchar por ello. Me siento imbuida de valor y sedienta de aventuras, ansiosa por aprender cosas nuevas que ayer no sospechaba. Siento que mi corazón echa brotes nuevos: tantos idiomas, tantos países, tantas personas que pudieron ser y no fueron en este mundo, y que son y serán tan solo con abrir el libro. Ha sido así desde que, siendo muy pequeña, leí Escenarios Fantásticos de Joan Manuel Gisbert y La Historia Interminable de un Michael Ende que había muerto sólo un par de años antes, inconsciente de haberme legado un tesoro.

La fantasía debería ser un viaje fructífero, no una espita para aliviar presiones. Y me duele que se la arrumbe despectivamente en la caja de la "literatura juvenil", como si fuera una fase inevitable pero no deseable, como el acné o los cambios de humor, o peor, literatura para adultos un poco infantiles (creencia que habrán soportado todos aquellos que disfrutan con los cómics, el anime, los juegos de rol... básicamente todos los lectores de este blog. Esto viene de alguien de quien se han reído por querer ir al cine a ver Brave porque los dibujos animados son para críos). La fantasía, a pesar de no existir como género propiamente hasta hace muy poco, ha ido ligada a la historia de la literatura: la magia aparece en la Odisea, en el Amadís de Gaula, en la leyenda artúrica y en las obras de Shakespeare. Desde siempre, los autores han sentido la necesidad de hacer llegar su mensaje inventando aquello que no existe. Este canal debería ser respetado al igual que los otros.


"Morgana, yo soy tu hermano" "¡Noooooooooor!"

En lo que a mí respecta, la fantasía es "ir más allá", y nada se me atraganta más que los relatos acerca de personajes vulgares que viven unas cuitas áridamente normales de tal manera que al acabar el libro nada ha cambiado; se han limitado a quedarse más acá, revolcándose en su humanidad hasta desposeerla de todo cuanto tiene de milagroso, para acabar constatando una vez más que el mundo es mundo, la gente es gente, y la vida es vida. Me parece respetable que a mucha gente le agrade esta manera de escribir, pero a mí no me funciona; me parece de un ombliguismo atroz que quien escribe se pase trescientas páginas abundando en sus dudas sobre el sexo, el amor y las relaciones humanas, para luego concluir en que no sólo no hay respuestas, si no que las preguntas ni siquiera han sido sustituidas por otras, y los personajes siguen siendo exactamente la misma persona que eran al empezar. La literatura debería aportar enseñanzas, reflexiones, deseo de cambio, y también certeza en la posibilidad de lograrlo. Y nada mejor para ello, en lo que a mí respecta, que ponerse la cota de malla, cabalgar hacia tierras extrañas y luchar para destruir el Anillo Único, traer la paz a los Seis Ducados, descubrir tu Verdadera Voluntad, poner a tu pretendiente en el Trono de Hierro, proteger Ynis Afallach del mundo exterior y otras numerosas y maravillosas gestas. Las películas estadounidenses siempre nos dicen que todo es posible si crees en ello, y además que al final te casarás con el chico que pasa de tu culo. La narrativa de fantasía nos enseña que dentro de cada uno de nosotros vive un héroe (o villano), y que el mundo, y lo que es más importante, nuestro propio yo, puede cambiar (para bien, para mal, pero cambiar) si nos arriesgamos a luchar para conseguirlo. Ved si no a Neville Longbottom.


Para el que se haya sentido afectado, ruego disculpas por los chistes chusqueros con las fotos. No me pude resistir. Pasadlo bien y no os comáis los unos a los otros mientras no estoy; hasta el día doce me encontraréis en China, comiendo comida china (allí la llaman "comida", ¿lo podréis creer?).

sábado, 11 de agosto de 2012

Make magic

Gente, he descubierto el truco mágico para convertir este mundo en un lugar libre de guarras. Yep. Esas zorras/furcias/putas que tanto nos molestan. Yo ya he empezado a practicarlo. Y vosotros también podéis hacerlo, a partir de ahora mismo.

Es muy fácil. Mirad a una mujer, a la que sea. A la que se acostó con tu mejor amigo en lugar de contigo. O  con cualquiera que no fueras tú. O qué coño, contigo también, aunque no fuerais novios. O a esa exnovia que te hizo daño. O a la exnovia de tu novio. O a esa por la que tu exnovio te dejó. O a esa que se acuesta con más chicos que tú. O a la que lleva minifalda y tacones, o a la que lleva escote. O a la que baila tan sexy en la discoteca. O a la que trabaja acostándose con hombres que están dispuestos a pagar por ello. O a esa que es tan guapa (o está tan buena) que sus rasgos resultan puro sexo. A esa que te pone tanto que no puede ser más que una guarra. A cualquier mujer, en realidad, sobre todo si la has juzgado sexualmente, aunque no es necesario. Cualquier mujer vale.

¿Listo?

Perfecto.

NO LA LLAMES GUARRA.

Et voilà.


Inspirado por esta entrada de Mookychick.

martes, 10 de julio de 2012

Felis Catus (parte final)



Partes I , II, III, IV, V, VI, VII, VIII y IX.
Al volver a casa aquel sábado caí rendido en la cama y me sumergí en un sueño denso muy parecido a la inconsciencia. De vez en cuando despertaba, aturdido y mareado, y me revolvía contra la almohada húmeda de sudor, con la boca seca y los ojos hinchados, antes de volver a hundirme en la oscuridad. En alguno de esos momentos de vigilia, mi lengua articuló torpemente la palabra agua, y alguien me recogió la cabeza en el hueco del brazo y me puso un vaso lleno de agua fría en los labios. Bebí con el ansia de horas y horas de terror, con algunas gotas bajándome por la barbilla y mojándome el cuello, y al terminar una mano me enjugó la cara y una voz susurró entre las sombras “descansa, hijito, descansa”. Quise decir que no quería seguir durmiendo, que tenía miedo, pero me dolía la cabeza y el sueño tiraba de mí como un ente negro y gelatinoso provisto de garras, deseoso de asfixiarme aprovechándose de mi indefensión, como el vientre de un gato, como el sexo de San. San, San, San…
Desperté de golpe, finalmente, aquella noche, mientras mi padre, con el rostro exangüe por la preocupación, agitaba un termómetro junto a mi cama. Había estado todo el día dando vueltas en la cama, me dijo, delirando sin parar, hablando de gatos, de cosas que venían. Reconocí finalmente mi habitación, y el alivio me invadió como un torrente de agua fresca al comprender que, al menos de momento, estaba a salvo. Mi madre entró en el cuarto con una taza de caldo caliente. Sonreí, agradecido, y abrí la boca obediente para que mi padre depositara el termómetro debajo de mi lengua.

El resto de la semana lo pasé sudando la fiebre, temblando a ratos, durmiendo, mirando al vacío las más de las veces. Durante todo el tiempo tuve bien presente los momentos vividos en casa de San; no intenté disuadirme de que habían ocurrido, no lo achaqué a ninguna pesadilla. San era bien real, y su casa, sus gatos y aquello que vivía en el piso de abajo lo eran también. Coloqué simplemente aquellos recuerdos en una estantería a ras de suelo en mi memoria, y los empujé bien al fondo, decidido a no dejarme arrastrar otra vez por el deseo, la nostalgia o el pánico. San había acabado, y aunque ni siquiera mi mente lo articuló en imágenes, estaba decidido: tenía que salir de allí, lo más lejos posible. Sólo a veces, durante el período vulnerable de los sueños, me asaltaba un vago e inconfundible temor, la certeza de que San estaba ahí, siempre ahí, acechándome. En cuanto me sentí capaz de pensar sin que las nébulas de la fiebre me entorpecieran, les dije a mis padres que tenían razón: me encantaba la idea de irme a estudiar a otro país.
Y así fue. Me las arreglé para alargar mi convalecencia hasta que las clases se dieron por terminadas, y entretanto mis padres, aún no sé cómo, me consiguieron una plaza de intercambio en un colegio de Londres para el curso siguiente. Me recuerdo aquellos días de principio de verano, sentado en la cama, estrujando entre las manos los folletos de la escuela, mirando intensamente al vacío para empujar a lo más hondo de mi cerebro los recuerdos negros y ambarinos de aquella última noche. No volvería a pasar. No volvería a pasar. Aquel verano salí poco; solía quedarme en casa, leyendo, a veces en inglés. Las pocas veces que salí a caminar, lo hice en dirección contraria al centro de la ciudad, lejos de mi casa, del colegio, de cualquier lugar donde San pudiera estar. Tal vez estaba convencido de que, si no pensaba en ella, tarde o temprano dejaría de latir sordamente el arañazo que me había dejado en el alma.
El día anterior a mi partida a Londres, Javi apareció inesperadamente en mi casa, para decirme adiós. Traía una coca de sal, grasienta en su papel encerado, como regalo de despedida; la visión de quien fuera mi compañero de clase y uno de mis mejores amigos, portando un almuerzo de colegial, revolvió en mí estratos olvidados de memoria y de sensaciones. Me encontré, sorprendido, con un nudo en la garganta.
-Hola –dijo Javi.
-Hola –dije yo.
-¿Cómo te encuentras? –preguntó sonriente, como si hubiéramos estado riéndonos en clase el día anterior. No llores, Isaac. No llores-. Me dijeron que estuviste malo.
-Sí, pero ya hace un montón de eso. Fue a finales de curso.
-¿Y cómo es que te vas a Londres?
-Ya ves.
-O sea que me dejas solo, ¿eh?
 -¿Y Alonso? –quise saber.
-Hace tiempo que no quedo con él. Ha empezado a ir con el grupo de Fran y éstos –explicó, con una sombra en el entrecejo. Era de esperar que, tarde o temprano, Alonso se cansara de estar pendiente de un chico infantil y de otro enamorado hasta las trancas, y acabara buscándose otros amigos. Lo sentí más por Javi que por mí.
-Lo siento, tío.
-No te preocupes –dijo inmediatamente, y volvió a sonreír-. En realidad no me quedo solo-solo.
Me miró, encogiendo un poco los hombros, con una sonrisa tímida de bebé. Sabía que quería decirme algo, pero mi cerebro estaba atontado después de tantos meses sin tratar con otros humanos.
-¿Eh?
-Pues que tengo… ya sabes. Tengo novia.
Parpadeé. Conciliar la idea de Javi con la idea de una novia me costó un par de segundos. Parecía imposible que Javi, aquel Javi con quien yo había pasado tardes enteras jugando a la consola y paseando por el pueblo, ahora fuera de la mano de una chica. ¿Sería una chica como San? No, no, mi cerebro protestó con furia: la idea de Javi obnubilado por una criatura voraz como San era obscena.
-¿Quién es?
-Andrea Roig –dijo, bajito, debatiéndose entre el orgullo y la vergüenza.
-¡¿Andrea Roig?! –exclamé, volviendo a ser por un momento el muchacho de quince años que en verdad era-. ¿La que le miraba el paquete a Ferrer?
-Pues sí, ella. ¿Qué pasa?
-¿Cómo así, tío?
-No sé, nuestros padres son amigos, así que nos veíamos en las cenas… y yo qué sé… pues eso –y se rió, sonrojado. Parecía genuina y sencillamente contento de tener a Andrea a su lado. Estaba a años luz de la persona en que San me había convertido.
-No sé, nano… ¿Andrea?
-Le gusta jugar al Call of Duty. Nos pegamos cada viciada…
No hubo más que decir. Eso era una novia: una chica que se sentaba contigo a jugar a la consola, una persona de la que le hablabas a tus padres y a tus amigos. San no había sido una novia. Había sido… San.
De repente Javi pareció incómodo.
-Lo tuyo con la pe… con Medrano…
-No, no, hace mucho tiempo que no… que no nos vemos. Ya pasó –aclaré lo más rápido que pude.
-¿Qué pasó?
-Nada, que me quitaba mucho tiempo –aquella verdad tan espantosamente mutilada fue suficiente para Javi, que asintió. No podía contarle a Javi el descenso a los abismos entre los muslos de San. No podría contárselo a nadie nunca. En ese momento me di cuenta de que era algo que nadie más sabría, por muchos años que viviera; nadie lo sabría, salvo yo. Y San.
Javi se marchó más tarde, dejándome la coca sobre la mesita de noche. Cuando salí a despedirlo, me deseó suerte y me tocó ligeramente el hombro. Al cerrar la puerta tras él, tuve una sensación de fundido a negro, como si mi vida fuese una película de George Lucas. Una escena estaba dando paso bruscamente a otra muy distinta.

Por la noche, antes de acostarme, pasé un largo rato en el baño, vestido sólo con el pantalón del pijama, mirándome al espejo. Trataba de reconocerme, de volver a encontrarme, de asegurarme que yo seguía siendo yo después de los tiempos extraños pasados con San. Vi en mi pecho y en mi vientre los vacíos dejados por el peso perdido en los meses de delirio, nuevos valles y promontorios de músculo y hueso que creaban claroscuros desconocidos en una piel más sensible de lo que recordaba. Me palpé sorprendido las costillas, las caderas, los brazos; pasé los dedos entre los mechones crecidos de mi pelo y por los ángulos de mi mandíbula, descubriendo que la pelusa de melocotón que cubría mis mejillas se había vuelto oscura y gruesa. Me miré a los ojos en el espejo, me descubrí serio, contenido, denso, me costó reconocer como mía esa mirada de hombre preñada de historias y de secretos. Definitivamente el Isaac que había empezado aquel curso era una persona muy distinta al muchacho que al día siguiente se marchaba a Londres, me dije, mientras andaba de puntillas por el pasillo para echar mano de la maquinilla de afeitar de mi padre. Al día siguiente él fingió no darse cuenta de la masacre que me había hecho en la cara tratando de rasurar mis cuatro pelos ridículos, pero creo que le vi una risita medio orgullosa, medio enternecida escondida en las comisuras de los labios, mientras me despedía en el aeropuerto.

* * *

Estuve un año fuera, viviendo en un mundo verde y húmedo, confundido entre docenas de otros colegiales pálidos a los que les parecía extremadamente gracioso el acento con el que pronunciaba su idioma. El aire siempre recién lavado de aquel país, sus tormentas constantes, el frío purificador de su invierno, sus largas noches, fueron como un bálsamo para mi alma convaleciente de quemaduras de tercer grado. Londres me recibió entre sus brazos frescos como una novia conciliadora capaz de comprender y de amar a alguien con un pasado perverso, como yo. A veces pensaba en Javi, lejos allá en el sur, caminando de la mano de Andrea, los dos tranquilos y felices por el mero hecho de su compañía, aprendiendo sin prisa las sutilezas del amor cotidiano, y creí hacerme una idea de cómo era aquello de enamorarse sin dejarse la sangre por el camino. Una vez, caminando hacia mi nuevo colegio en una madrugada azul-grisácea, me detuve en seco, me bajé la bufanda y saqué la nariz para meterme hasta el fondo de los pulmones una bocanada de aire helado, expulsándolo luego con la delectación de un fumador. Era la primera vez en mucho tiempo que respiraba sin sentir el peso de un saco de piedras en el pecho. El frío me picó en los ojos, y un par de lágrimas rodaron por mis mejillas al tiempo que descubría que mi garganta se quebraba en un sollozo transparente. Al fin era libre de llorar por San, como cualquier adolescente por un amor perdido.

Volví a casa el verano siguiente, varios centímetros más alto y con varios kilos de más, gracias sobre todo a los impresionantes desayunos que me servía mi familia de acogida. Hice el bachillerato de humanidades en un colegio distinto, localizado en otra ciudad de la zona, al que me desplazaba todas las mañanas en bicicleta; después de aquellos dos últimos años, partí a la capital a estudiar filología inglesa. Me concedieron beca de intercambio dos veces, y ambas volví a Londres; al finalizar mis estudios, conseguí otra beca de investigación y me trasladé definitivamente. Me despedí de mi ciudad, de mis padres, de Javi, de Andrea y de su hijo nonato, metí mis botas Wellington en la maleta, y me planté en aquella ciudad nórdica dispuesto a empezar de cero. No había vuelto a ver, ni a oír hablar, de San en siete años.
Fue en mi pueblo natal donde desperté a la vida, entre los brazos de San; es aquí, sin embargo, donde he decantado pacientemente todas las experiencias de mi vida hasta convertirme en la persona que soy. De todas las personas que diariamente bajan por mi calle camino a la estación de metro de Lancaster Gate, el español silencioso que pasea a un perro labrador es el que menos cuchicheos despierta en el vecindario. Mis vecinos me tienen por un serio y pacífico profesor universitario, un cuarentón amable que vive la confortable vida de un soltero sin estrecheces, recibiendo a colegas en mi apartamento en Inverness Terrace, viendo a una mujer de vez en cuando, trotando con su perro cuando no está trabajando en la facultad. A veces, yo también lo creo. Sin embargo, sé que debajo de todos los estratos de paz que esta ciudad me ha dado aún queda un núcleo ardiente que tanta lluvia no ha conseguido apagar, y que, espero, jamás se apague. Es la esencia de la criatura que despertó el día que una muchacha llamada San (San, San) la miró a los ojos; es la voz de un hombre joven, enfebrecido de deseo, lleno de apetito por la vida, capaz de precipitarse a lo más profundo con tal de saciar la sed de un beso. Ése también soy yo, no sirve de nada negarlo. 

San vive conmigo a cada paso. A veces pasan largas temporadas sin recordarla, y llego a creer que la he olvidado; pero entonces una mirada desconocida, un nombre, los pasos furtivos de un gato por la calle la traen de vuelta a mi memoria, confirmándome que ni siquiera todos estos años son suficientes para borrarla, y su nombre vuelve a rodar entre mis labios como alguna vez hicieron su boca y su cuerpo. Hay noches en las que deambulo en silencio por Hyde Park hasta que cierran, otras veces me refugio en Saint James en horario de servicio y tirito en los últimos bancos. En estas ocasiones, en las que el fantasma de San me sigue de cerca, no busco realmente huir de mis recuerdos, si no alivio para la fiebre que éstos despiertan. San fue mi adolescencia, fue la primavera de mi vida, el comienzo de todo, y si Pedro negó tres veces, tres veces Isaac afirmará su recuerdo; en ocasiones, cuando me siento solo, convoco su presencia inmarcesible y ella aparece, extraña, burlona, amenazante, a llenar los rincones vacíos de mi casa y a hacerme sentir joven y pleno de nuevo. San no envejece en mi memoria, y tal vez tampoco haya envejecido nunca. Tal vez ella, y su lóbrega casa, y su madre silenciosa, y su manada de gatos, e incluso aquello que nunca he dudado que vi en la planta baja de su casa, estaban hechas de una sustancia eterna, tal vez yo estaba destinado a conocerla y a amarla para conocer y amar mi propia vida. Tal vez, sólo tal vez, San era yo: mis miedos, mis sueños oscuros, mis deseos y mis capacidades aún por descubrir, vestidos con un ropaje distinto. Casi treinta años han pasado, pero San, la diosa gata, la diablesa, la quinceañera equívoca, la rarita de clase, la novia pérfida, sigue siendo la única leyenda de mi vida. San dulce y terrible, San monstruosa y hambrienta, San mi primer amor.
San.
San.
San.

Yyyyyyyyyyyy FIN ^^. Después de un año y pico, señoras y señores, he aquí la "esperada" culminación de Felis Catus. Aún tengo que corregir el texto al completo (ha acabado convirtiéndose en una novela corta, así a lo tonto), pero no temáis, así es como acaba la historia de Isaac y San, a los que ahora por fin puedo dejar descansar. Tengo la esperanza de que hayáis llegado aquí con por lo menos un poco de curiosidad; si lleváis leyendo desde el principio, gracias por vuestra fidelidad y paciencia. Y no os vayáis, aún hay mucho más.
¡No olvidéis comentar! X3

jueves, 14 de junio de 2012

Shut the fuck up

Cuando tienes quince años y eres virgen, las voces dicen "no tienes que hacer nada que no quieras, tu cuerpo es tuyo". Y también dicen "da igual lo que hagan tus amigas, tienes derecho a decir no". Y dicen "si él te amenaza con dejarte si no accedes, no te quiere", y "nadie puede obligarte, la decisión es tuya".

Cuando ya has perdido la virginidad y has crecido, las mismas voces te dicen "¡Egoísta! ¿Cómo puedes quitarle a tu marido la ilusión de un hijo?" y "tú no eres quién para decidir si quieres tenerlo o no" y "ya verás cuando crezcas cómo querrás tener uno". Y también "no digas tonterías, todas las mujeres lo hacen". Y también "si él quiere tenerlo, lo tendrás". Y a nadie le importa.

Pues tengo algo que deciros: mi cuerpo sigue siendo mío, da igual cuántas malditas pollas haya acogido, da igual con quién elija compartir mi vida, da igual mi plan de futuro. Este cuerpo es mío y de nadie más, y sólo yo puedo decidir sobre él. Mis pechos me pertenecen, mi vagina y mi útero también, y si lo tratasteis como un vaso de pureza cuando estaba sin estrenar, y si lo alabasteis como un receptáculo sagrado ante la posibilidad de un embarazo, lo seguiréis tratando con respeto ahora que yo elijo. Porque sólo yo puedo hacerlo. Porque yo soy mía.

lunes, 4 de junio de 2012

Silueta

Tú, despojada de todo; sólo entonces existes. Tú, núcleo mágico, gota incandescente revestida de perfumes y abalorios, mas tu sola palabra basta. Tú eres tanto como puede serse, yo acallo mi voz a un susurro de plata que apenas dibuje tus formas. Tú hablas por ti misma. Tú, viva sin mí. Tú.