martes, 16 de octubre de 2012

Un cierto sabor a maldad


El mes pasado vi al Demonio. Quedamos para tomar el té. Levantó la tetera al rojo con las manos desnudas y sirvió en mi taza un Pu Ehr ardiente y rojizo como el infierno.
-El té me recuerda al hogar –dijo sonriente, y yo estuve de acuerdo, aunque probablemente por razones diferentes-. ¿Sangre, querida? –inquirió, levantando un elegante jarrito para la leche. Dije que sí, por supuesto.
Durante toda la velada estuvo mirándome con esa sonrisa pícara por encima del borde de su taza. Su rostro era hermoso y cruel como la primera luz del alba, y estaba teñido por el sabor terroso y metálico del té que me había servido.
En un momento dado le sonreí, y mis dientes deben de haber estado rojos por la sangre, porque sus ojos chispearon, risueños.
-¿No estás asustada, querida?
-No, para nada.
-¿A pesar de que sabes quién soy?
-Justamente por eso –expliqué-. Tú no eres humano. Los humanos dan miedo porque son imprevisibles. Igual te quieren que te traicionan.
-¿Te incluyes?
-Me incluyo –proseguí-. Tú, por el contrario, eres lo que eres. Nadie osaría escandalizarse de que le sirvieras sangre en el té, o de que le mordieras una arteria, o qué sé yo. Eso es lo bueno de ti. Saberlo me tranquiliza.
-Entonces, no me temes.
-No. Te acepto como eres. Eres un cabrón sádico, pero me gustas así.
-Pero qué postura tan interesante. ¿Cómo le llamáis los mortales a eso?
-Amor, supongo.
-Oh. Desde luego, los mortales sois muy curiosos –dijo, y sonrió serpentino.
Cuando se acabó el té, me tiró sobre la mesita y rodamos entre los cupcakes, jadeando y gritando y haciendo cosas tan innombrables como deliciosas. Sus besos sabían a té, a sangre y a algo más; gratitud tal vez, incluso cariño. Me dormí sobre el mantel, cubierta de sangre y glaseado de limón, ahíta de placer y azúcar.
Ahora, cada vez que huelo a Pu Ehr, mi sexo se hincha y humedece, excitado por los recuerdos. Cuando noto el sabor de la sangre, sin embargo, se me hace un nudo en la garganta y son los ojos los que se me humedecen, con lágrimas de una emoción más inconfesable que cualquiera de las perversiones a las que hayamos podido jugar. A veces me muerdo la lengua a propósito, y cuando la sangre fluye, metálica, mi corazón se acelera.
Creo que estoy enamorada.

domingo, 30 de septiembre de 2012

War


Tiranos,
temednos,
mandáis a nuestros hijos a morir.
Cualquier guerra es suicida.
En las guerras
victrix indiscutible
es la Muerte.
No hay héroes;
vuestros héroes,
tiranos,
son nuestros hijos muertos
y jamás volverán.
Pues ¿qué es un héroe
salvo quien seca las lágrimas,
salvo quien ofrece el pecho
a la Muerte
en lugar de otro ser?
En lugar de una bandera, no.
La sangre de los caídos
es de petróleo y avaricia
y a nuestros niños muertos
no nos los devolverán
vuestras medallas.
Tiranos,
temednos,
mandáis a nuestros hijos a morir.
Una vida inocente
es preciosa.
La gloria de una nación,
polvo en el aire.
Se llevaron a tantos hijos
que desaparecieron en un grito
y su último aliento
fue para los padres huérfanos.
Debieron ser para los abrazos
y fueron para las balas.
¿Es que no podéis ver
que son niños?
Y les erigiréis piedras
heladas y obscenas,
pues no veis,
tiranos,
que fueron de pólvora
y debieron ser de beso.
Tiranos,
temednos,
mandáis a nuestros hijos a morir.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Fantasía, el viaje imaginado

"Bastian, ten a Auryn. Ahora debes ir a Mordor..." "Hija de la Luna, eso es de otro libro" "Demonios"

A estas alturas de la vida supongo que no es ninguna sorpresa que diga que soy una entusiasta lectora de literatura fantástica. O tal vez sí, al fin y al cabo he citado a varios autores clásicos en este blog, pero sólo he hablado de Harry Potter una vez. La fantasía, épica o de otro tipo, ha marcado tanto mi desarrollo como lectora desde que aprendí a leer como mi desempeño como escritora (cutrecillo, pero existente, como bien recordaréis) a lo largo de todos estos años. 

No es la única literatura que me gusta leer. Tengo dos libros favoritos: uno (más bien una saga) habla sobre el niño mago de las gafas redondas querido por todos y mencionado anteriormente, el otro es La Regenta de Leopoldo Alas "Clarín". Me encanta la novela del siglo XIX, varias de cuyas obras cumbre aún me faltan por leer (Germinal, here we go!); disfruto con su enorme capacidad de análisis y reflexión, su descripción exhaustiva de personajes y arquetipos que una acaba sintiendo como familiares y próximos, su capacidad de inmersión en la trama, su magnífico retrato de una realidad contemporánea al autor que, ya sea bajo la exhuberancia emotiva del Romanticismo o la metódica lente del Realismo, aparece verídica, cercana y viva, devolviendo imágenes de un pasado que contrastar, analizar y revivir. Muchas veces me he encontrado odiando a un personaje que sé bien parecido a mí (lo cual me irrita más, para qué negarlo ¬¬). O deseando haber podido contemplar y relatar los eventos que han marcado mi época con tanto rigor como pasión. O haber sido capaz de tramar intrincados juegos multidisciplinares de lógica para embrollo y deleite de los lectores, como hicieron los grandes.

También me gusta la fantasía, empero. Y aquí vienen las cuestiones que me tienen pensando desde hace días. Cuando se entrevista a un escritor, se espera que nombre entre sus influencias a los grandes autores, y tal vez a algún nuevo autor de buen gusto entre la crítica, como Haruki Murakami o Amélie Nothomb (no me entendáis mal, me encanta Nothomb, es una de las pocas autoras vivas con las que siempre acierto; con Murakami, por el contrario, nunca he terminado de conectar. Cosas de la vida). Si es un autor "de género" (pongamos que escribe novela negra) citará sin duda a Doyle, a Poe, tal vez a Mankell. Sin embargo, ¿qué autor, a no ser que se dedique específicamente al campo, enumera entre sus grandes influencias a Tolkien, por nombrar al que prácticamente inventó el género? En una tertulia acerca de literatura actual, ¿quién tiene narices de hablar de George R. R. Martin? (me encantaría ver las caras de los tertulianos, por otra parte. Troll-Belsan, ¡vuelve a tu túmulo!). Como dijo muy acertadamente la traductora española de Canción de Hielo y Fuego en la revista Qué Leer de este mes, antes del estallido de esta saga "ser uno de los autores más apreciados de la ciencia ficción y la fantasía equivalía a ser el enano más alto del bosque, pues los lectores de género son fervorosos y leales, pero escasos".

He aquí el quid de la cuestión. La fantasía (incluyo no sólo la narrativa al uso, si no también el cómic, la novela gráfica, el cine, los juegos de rol y otros géneros, pero me centraré sobre todo en la literatura), un género netamente moderno, por lo visto nació ya denostado. Casi todo el mundo conoce El Señor de los Anillos, pero entre los que lo han leído hay menos estudiosos e intelectuales que frikis a secas (oséase, aficionados a la fantasía y otras cosas), al menos en estos tiempos en que vivo y puedo evaluar. Tengo la sensación, que probablemente más de vosotros habréis tenido también, de que la fantasía es un género menor, y no por decisión propia; un género no muy apreciado entre crítica especializada ni entre el público en general, al menos no como literatura de calidad. La fantasía, en su vertiente narrativa, aparece de vez en cuando en las listas de best-sellers (cosa que no suele pasar con la literatura neorrealista y similares, que son las que ganan los certámenes genéricos todos los años), y suele ser encuadrada, ya por las editoriales, ya por la opinión pública, en el campo de la "literatura juvenil" (definición que me hace salir ronchas, pero que merecería una entrada aparte). La literatura fantástica, me parece, se percibe como un mero entretenimiento para mentes adolescentes, estén en cuerpos adolescentes o no.

"¿Que la fantasía es cosa de críos? ¡Cortadle la cabeza!" 

Hace poco, buceando por la siempre fenomenal Mookychick, di con el siguiente artículo (a practicar vuestro inglés, nenes!... qué coño, por lo menos dos de mis lectores estáis en las Islas hablando inglés todo el día. Leave me alone! T.T). Y di con la palabra clave de toda mi desazón: escapismo. Perdón, perdón, esto merece más énfasis: ESCAPISMO. Ale. No es la primera vez que encuentro este concepto asociado a la literatura, pero las veces en que lo he visto asociado a la fantasía son mayoría. Parece que incluso algunos de sus propios lectores, aquellos que intentan defenderla, perciben la narración fantástica como un escape del mundo real, una evasión, una HUIDA. No digo que esto esté mal de plano, claro; a veces uno se siente asqueado del mundo y de sus aspectos más superficiales y/o sórdidos, y se abandona con alivio entre las páginas cariñosas de un libro anhelando belleza, libertad, magia y fe, y con esa fe uno se separa del libro como de un amigo leal, con ánimos renovados para enfrentarse a ese mundo que no siempre le gusta. No voy a negar que yo también lo he hecho. Pa qué. Pero esto que acabo de describir no lo entiendo como escapismo, al  menos no como un fin en sí mismo: me largo de este sitio porque no me gusta y cierro la cremallera de mi burbuja, donde nada me molesta y puedo imaginarme que las cosas van mejor. No, no es eso en lo que creo que consiste.

La lectura, y en este caso la lectura de fantasía, no debería ser una huida, si no un viaje. Muchas de las grandes personalidades de la literatura han sido incansables viajeros. ¿Estaban huyendo de algo, acaso? Tal vez en algunas ocasiones sí, pero se me ocurre que lo que hacían casi siempre era BUSCAR algo. Conocimiento, belleza, iluminación, ideas, una manera distinta de hacer, de ver, de entender el mundo. Con ese bagaje regresaban a casa, en caso de que tuvieran un lugar donde colgar el sombrero. Así entiendo yo la fantasía. Cuando leo fantasía, no me siento como una niña que se esconde de monstruos invisibles con una linterna bajo la manta. Me siento como cabalgando los vientos hacia un horizonte nuevo que no sé qué me deparará, ansiando un mañana de lleno de sorpresas y esperanza, confiada en que todo es posible si sé luchar por ello. Me siento imbuida de valor y sedienta de aventuras, ansiosa por aprender cosas nuevas que ayer no sospechaba. Siento que mi corazón echa brotes nuevos: tantos idiomas, tantos países, tantas personas que pudieron ser y no fueron en este mundo, y que son y serán tan solo con abrir el libro. Ha sido así desde que, siendo muy pequeña, leí Escenarios Fantásticos de Joan Manuel Gisbert y La Historia Interminable de un Michael Ende que había muerto sólo un par de años antes, inconsciente de haberme legado un tesoro.

La fantasía debería ser un viaje fructífero, no una espita para aliviar presiones. Y me duele que se la arrumbe despectivamente en la caja de la "literatura juvenil", como si fuera una fase inevitable pero no deseable, como el acné o los cambios de humor, o peor, literatura para adultos un poco infantiles (creencia que habrán soportado todos aquellos que disfrutan con los cómics, el anime, los juegos de rol... básicamente todos los lectores de este blog. Esto viene de alguien de quien se han reído por querer ir al cine a ver Brave porque los dibujos animados son para críos). La fantasía, a pesar de no existir como género propiamente hasta hace muy poco, ha ido ligada a la historia de la literatura: la magia aparece en la Odisea, en el Amadís de Gaula, en la leyenda artúrica y en las obras de Shakespeare. Desde siempre, los autores han sentido la necesidad de hacer llegar su mensaje inventando aquello que no existe. Este canal debería ser respetado al igual que los otros.


"Morgana, yo soy tu hermano" "¡Noooooooooor!"

En lo que a mí respecta, la fantasía es "ir más allá", y nada se me atraganta más que los relatos acerca de personajes vulgares que viven unas cuitas áridamente normales de tal manera que al acabar el libro nada ha cambiado; se han limitado a quedarse más acá, revolcándose en su humanidad hasta desposeerla de todo cuanto tiene de milagroso, para acabar constatando una vez más que el mundo es mundo, la gente es gente, y la vida es vida. Me parece respetable que a mucha gente le agrade esta manera de escribir, pero a mí no me funciona; me parece de un ombliguismo atroz que quien escribe se pase trescientas páginas abundando en sus dudas sobre el sexo, el amor y las relaciones humanas, para luego concluir en que no sólo no hay respuestas, si no que las preguntas ni siquiera han sido sustituidas por otras, y los personajes siguen siendo exactamente la misma persona que eran al empezar. La literatura debería aportar enseñanzas, reflexiones, deseo de cambio, y también certeza en la posibilidad de lograrlo. Y nada mejor para ello, en lo que a mí respecta, que ponerse la cota de malla, cabalgar hacia tierras extrañas y luchar para destruir el Anillo Único, traer la paz a los Seis Ducados, descubrir tu Verdadera Voluntad, poner a tu pretendiente en el Trono de Hierro, proteger Ynis Afallach del mundo exterior y otras numerosas y maravillosas gestas. Las películas estadounidenses siempre nos dicen que todo es posible si crees en ello, y además que al final te casarás con el chico que pasa de tu culo. La narrativa de fantasía nos enseña que dentro de cada uno de nosotros vive un héroe (o villano), y que el mundo, y lo que es más importante, nuestro propio yo, puede cambiar (para bien, para mal, pero cambiar) si nos arriesgamos a luchar para conseguirlo. Ved si no a Neville Longbottom.


Para el que se haya sentido afectado, ruego disculpas por los chistes chusqueros con las fotos. No me pude resistir. Pasadlo bien y no os comáis los unos a los otros mientras no estoy; hasta el día doce me encontraréis en China, comiendo comida china (allí la llaman "comida", ¿lo podréis creer?).

sábado, 11 de agosto de 2012

Make magic

Gente, he descubierto el truco mágico para convertir este mundo en un lugar libre de guarras. Yep. Esas zorras/furcias/putas que tanto nos molestan. Yo ya he empezado a practicarlo. Y vosotros también podéis hacerlo, a partir de ahora mismo.

Es muy fácil. Mirad a una mujer, a la que sea. A la que se acostó con tu mejor amigo en lugar de contigo. O  con cualquiera que no fueras tú. O qué coño, contigo también, aunque no fuerais novios. O a esa exnovia que te hizo daño. O a la exnovia de tu novio. O a esa por la que tu exnovio te dejó. O a esa que se acuesta con más chicos que tú. O a la que lleva minifalda y tacones, o a la que lleva escote. O a la que baila tan sexy en la discoteca. O a la que trabaja acostándose con hombres que están dispuestos a pagar por ello. O a esa que es tan guapa (o está tan buena) que sus rasgos resultan puro sexo. A esa que te pone tanto que no puede ser más que una guarra. A cualquier mujer, en realidad, sobre todo si la has juzgado sexualmente, aunque no es necesario. Cualquier mujer vale.

¿Listo?

Perfecto.

NO LA LLAMES GUARRA.

Et voilà.


Inspirado por esta entrada de Mookychick.

martes, 10 de julio de 2012

Felis Catus (parte final)



Partes I , II, III, IV, V, VI, VII, VIII y IX.
Al volver a casa aquel sábado caí rendido en la cama y me sumergí en un sueño denso muy parecido a la inconsciencia. De vez en cuando despertaba, aturdido y mareado, y me revolvía contra la almohada húmeda de sudor, con la boca seca y los ojos hinchados, antes de volver a hundirme en la oscuridad. En alguno de esos momentos de vigilia, mi lengua articuló torpemente la palabra agua, y alguien me recogió la cabeza en el hueco del brazo y me puso un vaso lleno de agua fría en los labios. Bebí con el ansia de horas y horas de terror, con algunas gotas bajándome por la barbilla y mojándome el cuello, y al terminar una mano me enjugó la cara y una voz susurró entre las sombras “descansa, hijito, descansa”. Quise decir que no quería seguir durmiendo, que tenía miedo, pero me dolía la cabeza y el sueño tiraba de mí como un ente negro y gelatinoso provisto de garras, deseoso de asfixiarme aprovechándose de mi indefensión, como el vientre de un gato, como el sexo de San. San, San, San…
Desperté de golpe, finalmente, aquella noche, mientras mi padre, con el rostro exangüe por la preocupación, agitaba un termómetro junto a mi cama. Había estado todo el día dando vueltas en la cama, me dijo, delirando sin parar, hablando de gatos, de cosas que venían. Reconocí finalmente mi habitación, y el alivio me invadió como un torrente de agua fresca al comprender que, al menos de momento, estaba a salvo. Mi madre entró en el cuarto con una taza de caldo caliente. Sonreí, agradecido, y abrí la boca obediente para que mi padre depositara el termómetro debajo de mi lengua.

El resto de la semana lo pasé sudando la fiebre, temblando a ratos, durmiendo, mirando al vacío las más de las veces. Durante todo el tiempo tuve bien presente los momentos vividos en casa de San; no intenté disuadirme de que habían ocurrido, no lo achaqué a ninguna pesadilla. San era bien real, y su casa, sus gatos y aquello que vivía en el piso de abajo lo eran también. Coloqué simplemente aquellos recuerdos en una estantería a ras de suelo en mi memoria, y los empujé bien al fondo, decidido a no dejarme arrastrar otra vez por el deseo, la nostalgia o el pánico. San había acabado, y aunque ni siquiera mi mente lo articuló en imágenes, estaba decidido: tenía que salir de allí, lo más lejos posible. Sólo a veces, durante el período vulnerable de los sueños, me asaltaba un vago e inconfundible temor, la certeza de que San estaba ahí, siempre ahí, acechándome. En cuanto me sentí capaz de pensar sin que las nébulas de la fiebre me entorpecieran, les dije a mis padres que tenían razón: me encantaba la idea de irme a estudiar a otro país.
Y así fue. Me las arreglé para alargar mi convalecencia hasta que las clases se dieron por terminadas, y entretanto mis padres, aún no sé cómo, me consiguieron una plaza de intercambio en un colegio de Londres para el curso siguiente. Me recuerdo aquellos días de principio de verano, sentado en la cama, estrujando entre las manos los folletos de la escuela, mirando intensamente al vacío para empujar a lo más hondo de mi cerebro los recuerdos negros y ambarinos de aquella última noche. No volvería a pasar. No volvería a pasar. Aquel verano salí poco; solía quedarme en casa, leyendo, a veces en inglés. Las pocas veces que salí a caminar, lo hice en dirección contraria al centro de la ciudad, lejos de mi casa, del colegio, de cualquier lugar donde San pudiera estar. Tal vez estaba convencido de que, si no pensaba en ella, tarde o temprano dejaría de latir sordamente el arañazo que me había dejado en el alma.
El día anterior a mi partida a Londres, Javi apareció inesperadamente en mi casa, para decirme adiós. Traía una coca de sal, grasienta en su papel encerado, como regalo de despedida; la visión de quien fuera mi compañero de clase y uno de mis mejores amigos, portando un almuerzo de colegial, revolvió en mí estratos olvidados de memoria y de sensaciones. Me encontré, sorprendido, con un nudo en la garganta.
-Hola –dijo Javi.
-Hola –dije yo.
-¿Cómo te encuentras? –preguntó sonriente, como si hubiéramos estado riéndonos en clase el día anterior. No llores, Isaac. No llores-. Me dijeron que estuviste malo.
-Sí, pero ya hace un montón de eso. Fue a finales de curso.
-¿Y cómo es que te vas a Londres?
-Ya ves.
-O sea que me dejas solo, ¿eh?
 -¿Y Alonso? –quise saber.
-Hace tiempo que no quedo con él. Ha empezado a ir con el grupo de Fran y éstos –explicó, con una sombra en el entrecejo. Era de esperar que, tarde o temprano, Alonso se cansara de estar pendiente de un chico infantil y de otro enamorado hasta las trancas, y acabara buscándose otros amigos. Lo sentí más por Javi que por mí.
-Lo siento, tío.
-No te preocupes –dijo inmediatamente, y volvió a sonreír-. En realidad no me quedo solo-solo.
Me miró, encogiendo un poco los hombros, con una sonrisa tímida de bebé. Sabía que quería decirme algo, pero mi cerebro estaba atontado después de tantos meses sin tratar con otros humanos.
-¿Eh?
-Pues que tengo… ya sabes. Tengo novia.
Parpadeé. Conciliar la idea de Javi con la idea de una novia me costó un par de segundos. Parecía imposible que Javi, aquel Javi con quien yo había pasado tardes enteras jugando a la consola y paseando por el pueblo, ahora fuera de la mano de una chica. ¿Sería una chica como San? No, no, mi cerebro protestó con furia: la idea de Javi obnubilado por una criatura voraz como San era obscena.
-¿Quién es?
-Andrea Roig –dijo, bajito, debatiéndose entre el orgullo y la vergüenza.
-¡¿Andrea Roig?! –exclamé, volviendo a ser por un momento el muchacho de quince años que en verdad era-. ¿La que le miraba el paquete a Ferrer?
-Pues sí, ella. ¿Qué pasa?
-¿Cómo así, tío?
-No sé, nuestros padres son amigos, así que nos veíamos en las cenas… y yo qué sé… pues eso –y se rió, sonrojado. Parecía genuina y sencillamente contento de tener a Andrea a su lado. Estaba a años luz de la persona en que San me había convertido.
-No sé, nano… ¿Andrea?
-Le gusta jugar al Call of Duty. Nos pegamos cada viciada…
No hubo más que decir. Eso era una novia: una chica que se sentaba contigo a jugar a la consola, una persona de la que le hablabas a tus padres y a tus amigos. San no había sido una novia. Había sido… San.
De repente Javi pareció incómodo.
-Lo tuyo con la pe… con Medrano…
-No, no, hace mucho tiempo que no… que no nos vemos. Ya pasó –aclaré lo más rápido que pude.
-¿Qué pasó?
-Nada, que me quitaba mucho tiempo –aquella verdad tan espantosamente mutilada fue suficiente para Javi, que asintió. No podía contarle a Javi el descenso a los abismos entre los muslos de San. No podría contárselo a nadie nunca. En ese momento me di cuenta de que era algo que nadie más sabría, por muchos años que viviera; nadie lo sabría, salvo yo. Y San.
Javi se marchó más tarde, dejándome la coca sobre la mesita de noche. Cuando salí a despedirlo, me deseó suerte y me tocó ligeramente el hombro. Al cerrar la puerta tras él, tuve una sensación de fundido a negro, como si mi vida fuese una película de George Lucas. Una escena estaba dando paso bruscamente a otra muy distinta.

Por la noche, antes de acostarme, pasé un largo rato en el baño, vestido sólo con el pantalón del pijama, mirándome al espejo. Trataba de reconocerme, de volver a encontrarme, de asegurarme que yo seguía siendo yo después de los tiempos extraños pasados con San. Vi en mi pecho y en mi vientre los vacíos dejados por el peso perdido en los meses de delirio, nuevos valles y promontorios de músculo y hueso que creaban claroscuros desconocidos en una piel más sensible de lo que recordaba. Me palpé sorprendido las costillas, las caderas, los brazos; pasé los dedos entre los mechones crecidos de mi pelo y por los ángulos de mi mandíbula, descubriendo que la pelusa de melocotón que cubría mis mejillas se había vuelto oscura y gruesa. Me miré a los ojos en el espejo, me descubrí serio, contenido, denso, me costó reconocer como mía esa mirada de hombre preñada de historias y de secretos. Definitivamente el Isaac que había empezado aquel curso era una persona muy distinta al muchacho que al día siguiente se marchaba a Londres, me dije, mientras andaba de puntillas por el pasillo para echar mano de la maquinilla de afeitar de mi padre. Al día siguiente él fingió no darse cuenta de la masacre que me había hecho en la cara tratando de rasurar mis cuatro pelos ridículos, pero creo que le vi una risita medio orgullosa, medio enternecida escondida en las comisuras de los labios, mientras me despedía en el aeropuerto.

* * *

Estuve un año fuera, viviendo en un mundo verde y húmedo, confundido entre docenas de otros colegiales pálidos a los que les parecía extremadamente gracioso el acento con el que pronunciaba su idioma. El aire siempre recién lavado de aquel país, sus tormentas constantes, el frío purificador de su invierno, sus largas noches, fueron como un bálsamo para mi alma convaleciente de quemaduras de tercer grado. Londres me recibió entre sus brazos frescos como una novia conciliadora capaz de comprender y de amar a alguien con un pasado perverso, como yo. A veces pensaba en Javi, lejos allá en el sur, caminando de la mano de Andrea, los dos tranquilos y felices por el mero hecho de su compañía, aprendiendo sin prisa las sutilezas del amor cotidiano, y creí hacerme una idea de cómo era aquello de enamorarse sin dejarse la sangre por el camino. Una vez, caminando hacia mi nuevo colegio en una madrugada azul-grisácea, me detuve en seco, me bajé la bufanda y saqué la nariz para meterme hasta el fondo de los pulmones una bocanada de aire helado, expulsándolo luego con la delectación de un fumador. Era la primera vez en mucho tiempo que respiraba sin sentir el peso de un saco de piedras en el pecho. El frío me picó en los ojos, y un par de lágrimas rodaron por mis mejillas al tiempo que descubría que mi garganta se quebraba en un sollozo transparente. Al fin era libre de llorar por San, como cualquier adolescente por un amor perdido.

Volví a casa el verano siguiente, varios centímetros más alto y con varios kilos de más, gracias sobre todo a los impresionantes desayunos que me servía mi familia de acogida. Hice el bachillerato de humanidades en un colegio distinto, localizado en otra ciudad de la zona, al que me desplazaba todas las mañanas en bicicleta; después de aquellos dos últimos años, partí a la capital a estudiar filología inglesa. Me concedieron beca de intercambio dos veces, y ambas volví a Londres; al finalizar mis estudios, conseguí otra beca de investigación y me trasladé definitivamente. Me despedí de mi ciudad, de mis padres, de Javi, de Andrea y de su hijo nonato, metí mis botas Wellington en la maleta, y me planté en aquella ciudad nórdica dispuesto a empezar de cero. No había vuelto a ver, ni a oír hablar, de San en siete años.
Fue en mi pueblo natal donde desperté a la vida, entre los brazos de San; es aquí, sin embargo, donde he decantado pacientemente todas las experiencias de mi vida hasta convertirme en la persona que soy. De todas las personas que diariamente bajan por mi calle camino a la estación de metro de Lancaster Gate, el español silencioso que pasea a un perro labrador es el que menos cuchicheos despierta en el vecindario. Mis vecinos me tienen por un serio y pacífico profesor universitario, un cuarentón amable que vive la confortable vida de un soltero sin estrecheces, recibiendo a colegas en mi apartamento en Inverness Terrace, viendo a una mujer de vez en cuando, trotando con su perro cuando no está trabajando en la facultad. A veces, yo también lo creo. Sin embargo, sé que debajo de todos los estratos de paz que esta ciudad me ha dado aún queda un núcleo ardiente que tanta lluvia no ha conseguido apagar, y que, espero, jamás se apague. Es la esencia de la criatura que despertó el día que una muchacha llamada San (San, San) la miró a los ojos; es la voz de un hombre joven, enfebrecido de deseo, lleno de apetito por la vida, capaz de precipitarse a lo más profundo con tal de saciar la sed de un beso. Ése también soy yo, no sirve de nada negarlo. 

San vive conmigo a cada paso. A veces pasan largas temporadas sin recordarla, y llego a creer que la he olvidado; pero entonces una mirada desconocida, un nombre, los pasos furtivos de un gato por la calle la traen de vuelta a mi memoria, confirmándome que ni siquiera todos estos años son suficientes para borrarla, y su nombre vuelve a rodar entre mis labios como alguna vez hicieron su boca y su cuerpo. Hay noches en las que deambulo en silencio por Hyde Park hasta que cierran, otras veces me refugio en Saint James en horario de servicio y tirito en los últimos bancos. En estas ocasiones, en las que el fantasma de San me sigue de cerca, no busco realmente huir de mis recuerdos, si no alivio para la fiebre que éstos despiertan. San fue mi adolescencia, fue la primavera de mi vida, el comienzo de todo, y si Pedro negó tres veces, tres veces Isaac afirmará su recuerdo; en ocasiones, cuando me siento solo, convoco su presencia inmarcesible y ella aparece, extraña, burlona, amenazante, a llenar los rincones vacíos de mi casa y a hacerme sentir joven y pleno de nuevo. San no envejece en mi memoria, y tal vez tampoco haya envejecido nunca. Tal vez ella, y su lóbrega casa, y su madre silenciosa, y su manada de gatos, e incluso aquello que nunca he dudado que vi en la planta baja de su casa, estaban hechas de una sustancia eterna, tal vez yo estaba destinado a conocerla y a amarla para conocer y amar mi propia vida. Tal vez, sólo tal vez, San era yo: mis miedos, mis sueños oscuros, mis deseos y mis capacidades aún por descubrir, vestidos con un ropaje distinto. Casi treinta años han pasado, pero San, la diosa gata, la diablesa, la quinceañera equívoca, la rarita de clase, la novia pérfida, sigue siendo la única leyenda de mi vida. San dulce y terrible, San monstruosa y hambrienta, San mi primer amor.
San.
San.
San.

Yyyyyyyyyyyy FIN ^^. Después de un año y pico, señoras y señores, he aquí la "esperada" culminación de Felis Catus. Aún tengo que corregir el texto al completo (ha acabado convirtiéndose en una novela corta, así a lo tonto), pero no temáis, así es como acaba la historia de Isaac y San, a los que ahora por fin puedo dejar descansar. Tengo la esperanza de que hayáis llegado aquí con por lo menos un poco de curiosidad; si lleváis leyendo desde el principio, gracias por vuestra fidelidad y paciencia. Y no os vayáis, aún hay mucho más.
¡No olvidéis comentar! X3

jueves, 14 de junio de 2012

Shut the fuck up

Cuando tienes quince años y eres virgen, las voces dicen "no tienes que hacer nada que no quieras, tu cuerpo es tuyo". Y también dicen "da igual lo que hagan tus amigas, tienes derecho a decir no". Y dicen "si él te amenaza con dejarte si no accedes, no te quiere", y "nadie puede obligarte, la decisión es tuya".

Cuando ya has perdido la virginidad y has crecido, las mismas voces te dicen "¡Egoísta! ¿Cómo puedes quitarle a tu marido la ilusión de un hijo?" y "tú no eres quién para decidir si quieres tenerlo o no" y "ya verás cuando crezcas cómo querrás tener uno". Y también "no digas tonterías, todas las mujeres lo hacen". Y también "si él quiere tenerlo, lo tendrás". Y a nadie le importa.

Pues tengo algo que deciros: mi cuerpo sigue siendo mío, da igual cuántas malditas pollas haya acogido, da igual con quién elija compartir mi vida, da igual mi plan de futuro. Este cuerpo es mío y de nadie más, y sólo yo puedo decidir sobre él. Mis pechos me pertenecen, mi vagina y mi útero también, y si lo tratasteis como un vaso de pureza cuando estaba sin estrenar, y si lo alabasteis como un receptáculo sagrado ante la posibilidad de un embarazo, lo seguiréis tratando con respeto ahora que yo elijo. Porque sólo yo puedo hacerlo. Porque yo soy mía.

lunes, 4 de junio de 2012

Silueta

Tú, despojada de todo; sólo entonces existes. Tú, núcleo mágico, gota incandescente revestida de perfumes y abalorios, mas tu sola palabra basta. Tú eres tanto como puede serse, yo acallo mi voz a un susurro de plata que apenas dibuje tus formas. Tú hablas por ti misma. Tú, viva sin mí. Tú.

domingo, 22 de abril de 2012

Carta de amor


A ti, amor de mi vida, te debo lo que soy.

Tú has sido siempre la única constante en un mundo de cambios y el cambio siempre fecundo en el mundo más estéril. Tú has sido mi recuerdo más antiguo, mi maestro, mi amigo, el rumor interminable de las olas en la noche. Aun cuando no conocía las palabras para entenderte, fuiste lo último que veía antes de dormir, el primero a mi lado al despertarme. Tú, siempre tú, tomando mi mano curiosa y lanzándome a los cielos en busca de alas y de sueños. Tú, siempre tú, nadie como tú.

No hay nada ni nadie en este mundo a quien pueda amar más que a ti, pues tú lo eres todo: el fragor de las guerras y la luna sobre los campos, el aguijón de las lágrimas, el dolor de la vida que pasa y una interminable caravana de belleza y risas. Tú, amor mío, eres el intenso abismo del mar, el cielo estrellado de secretos, cada palabra sobre los labios de cada humano en esta tierra que me has regalado. El mundo no sería el mismo sin ti; sin ti el mundo sería un remedo del mundo, una añoranza seca de aquello que podría haber sido, un árbol sin hojas que voltear.

Mi corazón, amado, te pertenece, pues está deshojado en las páginas de tu historia, late en la tinta de tus amaneceres. La mujer que soy ha crecido al amparo de tus palabras: tú me enseñaste que dentro de mí había mucho más de lo que creía, me enseñaste a luchar, a cantar, a entender. Por ti he sido una guerrera corriendo con la espada en ristre contra la sinrazón y la desidia; por ti he sido druidesa abriendo las brumas del Otromundo, doncella despechada llorando bajo las primeras nieves, madre nutricia con los pechos preñados de papel blanco, planta voraz y mar embravecido, artista maldita, huracán, torbellino. Por ti he sido todo cuanto puedo llegar a ser y por ti cada día se abren mil puertas nuevas en la línea del horizonte. Sobre tus hombros he atisbado por encima de la alambrada gris y he visto un universo de gloria infinita.

Tú, mi amor, eres el amigo que jamás traiciona, el maestro que no castiga, eres el corazón abierto en hojas de luz del que se desprende todo cuanto ha existido. Robaré todas las horas de mi sueño y de mis notas si con ello puedo atravesar las noches contigo, tu aliento legendario en mis labios y tus manos pálidas aferrando las mías, mi corazón latiendo al ritmo que tú le marques. De todos los amores de mi vida eres tú quien sé que siempre estará allí donde yo vuelva la mirada, al alcance de mis dedos y en los filos de mi alma; tú eres, innúmero tesoro, el único amante al que no rogaré que se quede. Sé que tú nunca te irás.

Tú, la risa, la rosa, la sangre y la vida; tú, el horror, la palabra, el algoritmo y la estrella; tú, el philum, la corona, la campana y la miseria. Tú, mi flor más amada. Tú eres el núcleo de todo lo que puede ser; tú eres la razón por la que el mundo es. Te debo tanto, amor mío. He nacido en ti.

Te quiero.


Feliz 23 de abril.

domingo, 8 de abril de 2012

En la cafetería de Mae


[...]

A su lado, hombrecillos panzones con trajes claros y sombreros panamá; hombres limpios, rosados, de ojos confusos y preocupados, ojos inquietos. Preocupados porque las fórmulas no dan resultado; ansiosos de seguridad y, sin embargo, sintiendo que ésta está desapareciendo de la tierra. En sus solapas, insignias de lugares donde se alojan y de clubs, sitios donde pueden ir y, mediante la suma de un número de hombrecillos preocupados, asegurarse a sí mismos de que los negocios son algo noble y no el curioso robo ritual que saben que es; que los hombres de negocios son inteligentes a pesar de las pruebas patentes de su estupidez; que son amables y caritativos a pesar de los principios por los que se rigen los negocios rentables; que sus vidas son ricas en lugar de las aburridas y sosas rutinas que conocen; y que llegará el tiempo en que dejarán de tener miedo.

En "Las uvas de la ira", de John Steinbeck.

sábado, 10 de marzo de 2012

Felis Catus (Parte IX)


Partes I, II, III, IV, V, VI, VII y VIII
 
Los recuerdos de esa noche son ráfagas inconexas de oscuridad teñida a veces por los visos ámbar de las farolas de la calle: las arrugas del cobertor, el suelo de terrazo de la habitación, un pecho de San con el pezón erecto como una pica. No recuerdo haber tomado decisiones, haber pensado, elegido, demorado una sola de las cosas que hice; estaba como borracho, lánguido, estúpido, convertido en un cuerpo laxo zarandeado una y otra vez por un animal engarrado y rabioso. No he podido contar los orgasmos que tuve esa noche porque he sido incapaz de reconstruir cronológicamente todo lo que pasó; a veces me da la impresión que algo ocurrió dos veces, otras que recuerdo la misma cosa desde dos perspectivas distintas, si eso fuese posible. Sólo sé que esa noche descubrí que hay orgasmos que duelen, como si abrieran las venas y rajaran la carne de un sexo demasiado prieto, como si el cuerpo fuera incapaz de tolerar un placer tan fuerte, tan violento, tan perverso. Porque la sensación de que lo que hacíamos estaba mal aguijoneaba el placer, lo multiplicaba; esa consciencia de estar haciendo algo en los límites de lo abyecto era lo que me hacía gritar de gozo y de sufrimiento, mientras San me tapaba la boca con la mano y me fustigaba con su sexo llevando los últimos espasmos al borde de un agudo dolor. Recuerdo vagamente sus uñas enterradas en mi espalda, arrastrando rastros pegajosos por mi piel; recuerdo el olor metálico en el aire, el pelo de San golpeándome la cara con saña, metiéndose en mis ojos, mis dedos tirando de él con rabia mientras embestía su grupa o su boca; recuerdo mis manos agarradas al cabecero metálico, atadas tal vez, mi cabeza golpeándolo con un ritmo constante; la estructura de la cama gimiendo, las manos de San aferrándome la garganta mientras me corría, cortándome el aire; recuerdo sus rodillas clavadas a los lados de mi cara, su sexo asfixiándome; recuerdo a San gimiendo bajo mi cuerpo, maullando y mirándome con sus enormes ojos, fijos, la corona verde brillando más fuerte que nunca y una leve sonrisa que jugueteaba en sus labios mientras yo sentía la respiración otra vez detrás de mi oreja…

Debo de haberme dormido en algún momento, porque el único recuerdo más o menos claro que guardo de esa noche comienza conmigo despertándome en la cama de San, con la boca seca y una sed desesperada. Tenía el corazón al galope, como si me hubieran despertado con violencia, pero no sabía por qué. Miré a mi derecha; iluminada por la luz que se colaba por la persiana estaba San dormida, dándome la espalda, con la sábana subida hasta las costillas y el pelo negro derramándose sobre sus omóplatos. La miré largo rato, parpadeando, inquieto por algo; sólo ahora, tras haberle dado vueltas a aquella noche durante años, he pensado que tal vez percibí, sin ser consciente, que su respiración no hacía el más mínimo ruido. No resoplaba, que yo recuerde, su costado ni siquiera se movía. Como si aún durmiendo, su cuerpo estuviera alerta. Esperando.


Rodeé la cama, desnudo, y traté de abrir la puerta haciendo el menor ruido posible. Antes de salir de la habitación para buscar agua, me volví a mirar a San. Estaba vuelta hacia mí, pero estaba oscuro, y la poca luz que entraba golpeaba su espalda: el contorno sólido de su cuerpo era una sombra que ocultaba su cara. Allí, totalmente silenciosa, tan quieta que parecía rígida, podría haber estado despierta, escrutándome sin parpadear con sus ojos fosfóricos. Pero yo no podría saberlo, y no lo sabré nunca. Me di la vuelta, sintiéndome observado, y salí.


Caminé muy despacio por el salón en penumbra. Al salir al rellano, de donde partían las puertas a los baños y la terraza, quedé bañado en la luz amarillenta que entraba por el cristal esmerilado de la ventana de la escalera, cuyo perfil aparecía ahora arqueado y torvo ante mí, sumiéndose en la oscuridad. Lo más lógico en ese momento hubiera sido ir a uno de los baños, beber agua del grifo, tal vez orinar, y luego volver a la habitación. Pero, por alguna razón, una razón que a día de hoy no he encontrado y que he desistido de buscar, decidí que tendría que bajar a la cocina para conseguir un vaso de agua. Al fin y al cabo era en la cocina donde estaban los vasos. Algo así debí de haber pensado. Creo que aún estaba aturdido por la orgía de horas antes. O tal vez hubo algo que me impelió a bajar las escaleras. No lo sé.


Fui descendiendo un peldaño a la vez, notando el frío del terrazo en los pies descalzos y la sed oprimiéndome la garganta. De vez en cuando, un susurro o una sombra móvil me indicaban la presencia de un gato errante, vagando mientras yo me hundía cada vez más en la oscuridad. Al llegar al recodo antes del último tramo, levanté la vista, tal vez queriendo calcular mi osadía, y vi a un gato, uno solo, sentado muy recto en el vano de la ventana. Mirándome. Sus orejas estaban erguidas, su cola enroscada sobre las patas, y me miraba fijamente. No podía verle los ojos, como tampoco había podido ver los de San, pero sé que me miraba, con una inteligencia que me hizo bajar agujas de hielo por la espalda. El gato no se movió en todo el tiempo que tardé en llegar hasta el piso inferior, cuando le perdí de vista. Sé que seguía ahí.


No pude encontrar el interruptor que daba luz a la cocina, así que atravesé a tientas la cortina de lana, que me rozó los pies como si fuera un gato (¿o había un gato?) y tuve que bastarme con la poca luz que la atravesaba desde la calle para ubicarme. Encontré un vaso en el escurridor y lo llené directamente del grifo. Me bebí dos seguidos, ansioso, con los riñones apoyados en el borde de la pila y los ojos cerrados, tan aliviado que por un instante se me erizó la piel de los brazos. Estaba por la mitad del tercero cuando abrí los ojos y vi la cortina hincharse por el empuje de un cuerpo humano.


El vaso cayó a mis pies y se hizo añicos con un estrépito que debería haber despertado a toda la casa. Me aplasté contra el fregadero, mojado y con el corazón en la garganta. La cortina se aflojó, volvió a su posición habitual balanceándose, y luego se hinchó de vuelta. El viento. Traté de dominar el temblor que había invadido todo mi cuerpo. El viento agitando la cortina. Eso. Respiré hondo, aún rígido por el susto, mientras la cortina se inflaba y desinflaba rítmicamente. Justo cuando iba a bajar la mirada al suelo para medir el destrozo y decidir cómo arreglarlo, algo bufó en mi oído.


Un grito de miedo y furia se estrelló contra mis dientes y salió en forma de gruñido al volverme hacia el fregadero y ver a duras penas la silueta de un gato saltando sobre el banco de la cocina, huyendo del puñetazo que le habría dado de haber estado a mi alcance. “Gato de mierda”, mascullé, verdaderamente harto, mientras el animal, cualquiera que fuese, seguía bufándome desde la oscuridad. Me agaché a recoger los cristales rotos a tientas, con una sarta de maldiciones a flor de labios. Bufido. Bufido. Bufido. El sonido se volvió rítmico y vago, como si viniera de mucho más lejos. Por debajo de las patas de la mesa, vi la cortina volviendo a hincharse, al mismo tiempo que sonaba la exhalación, lenta y profunda, como si durmiese. Algo estaba respirando.


La idea irrumpió en mi mente y me obligó a enderezar la espalda de golpe con alarma. Algo estaba respirando. No era el gato de antes, bufando. Por debajo del zumbido de la nevera, muy leve, podía oír el resoplido de una respiración pausada que reverberaba por toda la planta baja. Tal vez el latido desbocado de mi corazón la había ahogado hasta entonces, pero estuve seguro que llevaba sonando todo el tiempo. Ahí abajo había algo.


<<-¿Un gato?


-¡No! ¡Algo!


-¿Entonces qué? ¿Un monstruo?>>


La conversación con San, que me había hecho sentir ridículo sólo unas horas atrás, volvió a mi cabeza y trajo de vuelta el pánico irracional que me había perseguido mientras subía las escaleras. Una piedra descendió por mi garganta mientras miraba la cortina, incapaz de apartar los ojos de su vaivén cadencioso, provocado (¿provocado?) por esa respiración monstruosa que resonaba una y otra vez en la cocina. Había algo ahí, conmigo, y estaba en la trastienda de la carnicería, donde yo acababa de estar. Me había visto. Tal vez yo lo había despertado. Por un momento la razón aleteó en mi cabeza. “¿Despertar? ¿Y si Paula está durmiendo en el piso de abajo? No la viste subir, ¿no?” Esa idea no explicaba el por qué del movimiento de las cortinas al ritmo de una respiración humana, pero me aferré a ella todo lo que pude, tratando de controlar el impulso de salir disparado hacia la puerta y correr, desnudo y descalzo, hasta mi casa.


Meeeeeeeeeooooowww.
El respingo me hizo pisar los cristales rotos, cortándome. Gemí, dividido entre el dolor y el miedo, y vi a un gato, tal vez el mismo que me había bufado, sentado en el vano de la ventana que daba a la sala de máquinas, recortado como una silueta de cartón negro contra el cristal. Mirándome. Otro maullido, ronco, otro gato caminaba hacia el banco de la cocina, su cara en sombra fija en mí. Alcé la mirada y vi, presa del pánico, que por lo menos ocho gatos más se habían reunido en el recibidor, revolviéndose como peludos gusanos del infierno, sus ojos fosfóricos vueltos hacia mí, maullando gravemente y bufando. Otro saltó desde una tronera; uno se subió a la mesa, en mi dirección, y un tercero salió de entre sus patas, lanzándome un zarpazo que me habría arañado la pierna si no me hubiera apartado de un salto, cojeando y sangrando.

Di contra la pared de la cocina, a un metro de la cortina que se seguía moviendo, hinchando y deshinchando. El recibidor y la cocina estaban ahora plagados de gatos, más de los que yo había contado jamás que hubieran en la casa, o tal vez era la oscuridad multiplicándolos, como madre suya que era. “No, no, no” decía mi lengua dentro de mi boca, sin emitir sonido, mientras los felinos seguían avanzando lentamente hacia mí, siseando y contrayendo los belfos sobre unos colmillos pequeños y afilados. Sentí dolorosamente la vulnerabilidad de mi cuerpo desnudo ante los dientes y las garras desplegadas de aquellas bestias que, ahora lo sabía, querían despedazarme y siempre lo habían querido. Estaba muerto.


Traté de deslizarme hacia la cortina, buscando inconscientemente la única vía de escape posible. El gato más cercano ya estaba a un metro escaso de mí cuando noté la cortina hincharse contra mi espalda, el susurro de la respiración cerca a través del tejido, hiriéndome la nuca. Hurté el cuerpo en un impulso desesperado por alejarme de aquello que suspiraba en la trastienda. Craso error: fui a ofrecer mi pantorrilla directamente a las fauces del primer gato, que se decidió a saltar y hundirme los colmillos en la carne fina de la espinilla.


El alarido que llevaba tiempo pugnando en mi garganta se liberó, desgarrado, desgarrador, una mancha de sangre me cegó los ojos y por un momento no oí nada, un rumor sordo de miedo me había llenado los oídos. Después, mi cuerpo impactó contra el suelo.


Me mordí la lengua. El dolor y el frío me hicieron regresar rápidamente a donde estaba, en casa de San, en la oscuridad, en el suelo de la trastienda, a merced de aquello que respiraba. Notaba en la cara algo que no era viento, un aliento cálido y húmedo que iba y venía, un aliento que ya conocía, pues me había perseguido en la escalera, ahora lo sabía. Antes había sido más rápido y había creído escapar, pero realmente sólo había corrido más profundamente en su trampa. Ahora ya no podía salir. Intenté moverme, pero el dolor y el pánico me habían pegado al suelo.


Impotente, con los ojos llorosos, levanté la vista sin poder evitarlo, miré hacia la fuente de aquella respiración, el pequeño pasillo que daba a las cámaras frigoríficas. Ahí estaban, como siempre, la desgastada mesa de cortar, la enorme hacha de carnicero clavada en la madera; los garfios para colgar las presas pendían del techo, y se agitaban suavemente en el aire, tintineando unas con otras, componiendo una melodía macabra, expectante. Ya venía. Ya venía aquello. Lo podía sentir arrastrándose por el pasillo de las cámaras, respirando cada vez más roncamente, el movimiento de un cuerpo sólido, torpe. El estertor gutural de un gato que no era un gato, el chirrido de unas uñas contra el terrazo, y yo lloraba, lloraba de horror en el suelo, esperando al final, sabiendo que nunca debí haberme metido allí, que jamás debí haber creído a San, que ella me había atraído hacia aquello, que lo había sabido todo el tiempo; que el padre de San nunca había aparecido, que yo no era el primero, que tenía miedo desde el principio por algo y que la sombra deforme aparecía sobre la pared del pasillo y la criatura aspiraba ansiosa, oliéndome, buscándome, relamiéndose por anticipado porque yo no me podía mover y estaba muerto y me devoraría, y yo lloraba y decía no, por favor, no y ya venía, ya venía aquello y se asomó al marco de la puerta y me miró, y yo lo vi. Y grité.



Volví en mí con un estremecimiento febril, sentado al borde de la cama de San, mirando a la ventana, con la boca seca y el corazón percutiéndome el pecho, exactamente como había despertado un momento antes. Tenía los puños crispados sobre las rodillas y las mandíbulas apretadas. Tardé un rato en volver a respirar, y cuando recordé cómo hacerlo el aire entró tan violentamente que me atraganté con la espesa saliva y tosí convulsivamente. Me puse la mano en la frente; estaba húmeda de sudor, un sudor pegajoso y helado. Había leído mil veces la expresión “sudor frío”, pero sólo ahora entendía su significado. Esperé a que mis pulmones se tranquilizaran antes de volverme hacia el otro lado de la cama.


San seguía (¿seguía?) acostada sobre su costado derecho, el pelo negro desparramado sobre su espalda marfileña. Ni un suspiro, ni un movimiento, nada. Parpadeé, aún confuso, aún aterrado.


-¿San? –susurré, sin saber si me daba más miedo que siguiera durmiendo o que se despertara. Esperé-. ¿San?
Estuve a punto de llamarla una tercera vez, pero me contuve. Tuve la certeza irracional de que eso la habría despertado definitivamente, y no sabía si realmente quería que eso pasara. Me volví hacia mí mismo.

¿Había tenido una pesadilla? Había tenido una pesadilla. Una pesadilla horrible, aterradora como sólo lo son las situaciones oníricas, donde todo es posible. Esos malditos gatos, esa horrible casa. Y San… no me atreví a volver a mirarla. ¿Había tenido San algo que ver en todo eso? Ahora que los vapores eróticos se habían disipado totalmente por el horror, podía sentir claramente que el miedo que San me daba al principio, cuando aún no la conocía, no se había ido en ningún momento, sólo se había incorporado a la avasalladora avalancha de mi deseo recién descubierto. Aún estaba allí, latente, una débil voz de alarma ante esa criatura voraz y oscura que siempre parecía tener hambre de mí. Querer devorarme. Apreté los ojos con fuerza y sacudí la cabeza, tratando de alejar a patadas esa idea de mi cabeza. Una pesadilla, me repetía como drogado, una pesadilla, pero mi estómago seguía anudado de miedo.


Escuché entonces un susurro, y mi cabeza se volvió como la de una gacela al percibir al depredador. Al otro lado de la puerta entreabierta (¿no estaba cerrada?), en las sombras del salón, un gato solo, sentado, me miraba. Otra vez noté las agujas bajándome desde detrás de la oreja hasta los riñones.


“Sólo es un gato” me obligué a decirme, aunque mi entendimiento estaba tan embotado como mi lengua. Sólo es un gato asqueroso, me dije, pero por si acaso me levanté para cerrar la puerta de la habitación y dejarlo fuera. Me puse de pie. Y entonces varios trallazos de dolor me atravesaron el cuerpo. En la cabeza, en las costillas, en la cadera. Y en el pie. Trémulo, bajé la mirada mientras lo levantaba, deseando no ver lo que sabía que vería. Sangre, había sangre en el suelo y en la planta de mi pie, donde pude contar hasta tres cortes, relucientes a la poca luz que se colaba tras las cortinas. Volví a levantar la mirada, mientras la sangre que circulaba en mis venas se helaba desde la cabeza hasta los pies. Seguía de espaldas a la puerta de la habitación. Seguía teniendo los puños apretados, tan fuerte que se me habían entumecido las manos. Había algo entre mis dedos. Sabía que no quería saber lo que era, sabía que no era bueno, pero me obligué a abrir los puños. Dos marañas de pelo cayeron al suelo. En la penumbra, los pelos eran largos y oscuros, como los de San. Pero no eran de San. Y eran finos y suaves, como de gato. Pero no eran de gato. No eran de gato.


Tembloroso, derrotado, dejé que mis rodillas se doblaran y volví a sentarme en el borde de la cama. Y me eché a llorar.


Fue la madrugada más larga de mi vida. Me quedé allí sentado, cuando paré de llorar, sin moverme apenas, sin apenas respirar, aguantando el frío y la sed, resistiendo el impulso de volverme hacia la puerta de la habitación y descubrir otra vez a los gatos observándome, a San mirándome. Notaba cómo se me engarrotaban los músculos del cuello, de la espalda, de las piernas, pero me negaba a moverme. Así pasé las larguísimas horas que le restaban a la noche, con la mente inundada por el negro-ámbar de la penumbra a modo de dique contra los horrores que pululaban en el piso de abajo. En cuanto la primera luz de la mañana atravesó las cortinas, me levanté en silencio, me vestí con las manos rígidas y recogí mis cosas, dispuesto a salir de aquella casa infernal para no volver jamás. Antes de salir de la habitación, sin embargo, cedí a un último impulso y me volví a mirar a San, como había hecho la noche anterior, antes de que todo se tornara una pesadilla.


Ahora había luz en el cuarto, y pude ver que dormía. Por lo menos sus ojos estaban cerrados. Tenía los codos doblados y sus manos descansaban junto a su rostro, sobre la almohada; un mechón de su largo pelo le caía sobre la frente. Ahí, de día, con luz, y dormida, se veía hermosa, inocente, delicada, y las manos me ardieron una última vez deseando tocarla, olvidar todo lo ocurrido, achacarlo a una pesadilla y poder tocarla una vez más. Pero yo bien sabía que bajo esos párpados aterciopelados y esas largas pestañas, en sus ojos oscuros, brillaba una corona verde, una fosforescencia demencial capaz de absorberme la voluntad y arrastrarme, definitivamente, al pasillo de las cámaras y al horror que allí se escondía. Tomando mi primera decisión propia en meses, apreté los ojos y me volví, y salí de su habitación y de su vida para siempre. No se movió en absoluto, pero me pareció ver por el rabillo del ojo, con un escalofrío, que una tenue sonrisa se dibujaba en su boca dormida. Una sonrisa sin labios.

Caray, sí que ha pasado tiempo desde la última vez. Más de lo que me hubiera gustado, lo admito ^^U, pero aquí lo tenéis. Probablemente sólo quede el epílogo, así que ya podéis respirar. Y yo también XD

martes, 28 de febrero de 2012

Ha fucking ha

Por lo que he podido colegir, en internet el 98% de las veces "feminazi" significa "mujer que se siente herida por los chistes sobre abuso sexual y violencia doméstica".

Ja ja. Me parto.

jueves, 16 de febrero de 2012

Epifanía

Despierta, princesa de los hielos,
despierta muy lentamente
para no quebrar tu cristalino equilibrio.
Despierta, levanta la mirada
al cielo de una canción esperanzada
que licúe tu corazón
en una gota de auroras boreales.
Despierta, mi amor,
al tierno abrazo de la primavera que vendrá,
despierta tan delicadamente
como tus alas de hada;
alza tus pies del suelo
y erígete sobre las torres del viento
coronada de estrellas.
Despierta, princesa del Polo
al arpa de tu garganta,
a los ritmos nuevos de tus palabras,
al rumor hosco de un maremoto
a punto de estallar en lágrimas
en tu vientre.
Pues aún no está todo perdido
y tras los tiempos de carestía y tristeza
florecen los mares de tu piel.
Despierta, pluma invernal,
y elévate en el aire helado
lejos del fragor de la envidia,
lejos del cuchillo de los celos,
liviana y pura como el viento del norte.
Despierta, contenida toda belleza
en tus labios azules,
despierta cerrando los ojos
pues lo que has de ver
lo verán tu carne y tu alma,
las caricias de un universo blanco y azul,
los vientos y cuerdas del soplo de los glaciares
quietos,
muy quietos.
Despierta, princesa de la noche,
despierta durmiendo
y sueña los dedos del aire
pulsando las cuerdas de los cielos;
despierta, princesa de luna,
con trémulos músculos abandonados
al cuerpo de las olas
en una cópula dulce e infinita.
Los cometas son la estela de tu aliento.
Despierta, princesa de los hielos,
antes de que la marea rugiente de la vida
lo arrastre todo en un estrépito de cristales.
Despierta, princesa,
pues este instante exquisito
es una perla de eternidad.

Exámenes off. Felis Catus on ^^

domingo, 5 de febrero de 2012

Go study, suckers


Aquí estamos, estudiando en la sala de lectura para el examen de mañana, sumidos en el desfase. El tío sentado delante de mí está agonizando. Literalmente. Puedo ver su expresión de "¿qué he hecho yo para merecer esto?" desde aquí, mientras libra una sangrienta batalla conta el sueño. A veces baraja un manojo de marcadores con términos arqueológicos escritos. Definitivamente vive al límite.
La chica sentada delante de mí se ha mantenido eficientemente despierta hasta ahora sobre unos prolijos apuntes, pero está empezando a pestañear nerviosamente mientas arquea las cejas. Mala señal. Ya van tres veces que se suelta y se vuelve a recoger el pelo. Me pregunto desde qué hora está aquí.
La cansina de clase se pasea por la sala pegando hebra con la gente en voz baja. El primer chico se ha inclinado sobre la mesa con la cabeza entre las manos, una postura que puede significar "estoy totalmente sumergido en las problemáticas de periodización del mundo tartésico" o bien "señor, aparta de mí este cáliz". Desde la ventana se ve otra ventana y una estantería llena de recipientes de cristal; no sé si es una cafetería o un laboratorio.
Al fondo de la sala, Néstor (y es el único) estudia profesionalmente, como es usual. Y yo, que acabo de tomarme un café con leche, estoy aquí recogiendo impresiones irrelevantes en lugar de repasar para el examen de mañana. Otro día más en la facultad.

Escrito el miércoles uno de febrero, entre la una y las dos de la tarde, en la sala de lectura.