lunes, 26 de abril de 2010

Fe (Lucybell)


Fe
no es cerrar los ojos y a creer
como oveja en su prisión.
Creo en mi propio error.

Fe.
El viento sopla fuerte en tu piel,
de ellos me sostendré.
Creo en mi propio error.

Oh, fe,
córtate las alas y a correr,
nada te va a detener,
no no no no...

Fe
no es ver el camino y seguir
como oveja en su ceguez.
Cree en tu propio error.

Oh, fe,
córtate las alas y a correr,
nada te va a detener,
no no no no...

Oh, fe,
córtate las alas y a correr,
nada te va a detener,
no no no no...

Fe
si es tu arcoiris el que eclipsa el sol.
Fe
si es tu arcoiris el que eclipsa el sol.

Fe.
Dame fe.
Al final...

Fe,
córtate las alas y a correr,
nada te va a detener,
no no no no...


Click and enjoy.

domingo, 18 de abril de 2010

Estampas de adolescencia


Ah, Memoria mía,
inveterada pasión por la tragedia.
Tú eras una muchacha regordeta y jodida
que me odiaba desde el rincón donde odiaba a todo el mundo.
Tus ojos eran más góticos que cualquier horror.
Tus senos atragantados eran el graso ariete de tu existencia.
Tenías el cuerpo hinchado de líquidos,
de veneno y sangre,
de agua y de espanto,
y tu carne brillaba y temblaba
túrgida de misterio
como el fruto de la ciencia y el miedo.
Tenías la letra pequeña entonces
y aunque te faltaban las palabras
agarrabas tantas que se te caían de los brazos.
Llenabas las agendas de niñas llorosas
y sangrante poesía.
Odiabas el gris,
cara de los muertos,
y le rajaste la barriga para verlo manchado de sangre.
Sangre por todas partes.
Tu propio sexo sangraba
y ese perverso licor se enquistaba en tu vientre
y te transformaba en un monstruo,
haciendo que tus deseos fueran odio,
intoxicando tu cálida lujuria.
No habías conocido aún el amor.
Nunca echaré de menos a nadie
más que a esa virgen rabiosa y lúbrica
que aullaba a las puertas del Hades.
Aun intocada parías enloquecidos fantasmas.
Y en tu estómago siempre la flor del vértigo,
los ojos clavados en el abismo.
Nada de lo tan cierto y palpable que existe ahora
es tan real como lo imaginabas entonces.
Ah de la Memoria mía,
¿qué ha sido de tu intensidad arrolladora?
La mujer que nació de tus gritos sonríe a la vida,
pero temo que haya quedado estéril.

martes, 6 de abril de 2010

God save the kidney pudding

¿Qué hay, nenes?

Probablemente no os hayáis dado cuenta pero he vuelto a desaparecer de la red durante unos cuatro o cinco días. Ja, pero soy la maestra de la discreción y no os habéis coscado. Aha. En todo caso, no os preocupéis, estoy bien. Lo cierto es que he estado...



...dando por saco a Her Majesty. Sí, el chaquetón blindado con cabeza flotante soy yo.

En estos días rondando por la capital del imperio he vivido apasionantes aventuras. Como la cancelación del vuelo cuarenta y cinco minutos antes de que saliera por "falta de personal" (esto nos pasa por viajar en low-cost). O llegar a Stansted a las cinco de la mañana con un frío que habría hecho sentirse incómodo al Yeti. O encontrar un autobús que nos sacara del jodío aeropuerto y nos llevara a la otra punta de la ciudad, donde estaba la recepción del hotel (dos horas de camino, nada menos). O entendernos con un taxista pakistaní que conducía del revés. O descubrir que nuestro apartamento estaba a tomar por culo de la recepción y tener que ir andando desde Inverness Terrace hasta Lancaster Gate, con el susodicho frío y las maletas y con papá y mamá maldiciendo a la gran Inglaterra en varios idiomas.

Aunque ninguna de ellas tan tremenda como la difícil misión de vigilar a mi hermana, que perseguía a los chicos ingleses con inesperado tesón. No me preocupaba su honra, me preocupaban ellos.

A pesar de tan arduos inconvenientes, allá por la pérfida Albión hicimos enriquecedores descubrimientos. Conocimos al fálico Ben...


y también nos vimos las caras con la abadía de Westminster, donde mi hermana y yo emulamos a Chandler y Joey de Friends haciendo el monguis con una cámara de vídeo en la cola de entrada.



Y conocí a Boudicca, mi personaje histórico favorito y una de mis heroínas.


También hicimos la típica chorrinada de hacernos la foto con la cabina de teléfonos roja.


Uno de los deportes de riesgo británicos más extremos, empero, es la gastronomía. Creedme, arriesgáis vuestra vida. Podéis ser blandengues y comer en el McDonald's o en el Prêt-à-Manger (sandwiches muy ricos, por cierto), podéis ser listillos y comer en un restaurante japonés o hindú, que los hay mares, pero hasta que no os habéis enfrentado a un plato genuinamente inglés no entraréis del todo en el club de los tipos duros. Porque, seamos sinceros, en un país donde el plato nacional es el pescado frito con patatas fritas, el comensal sabe que tiene ante sí una brutal y sanguinaria carrera de obstáculos. Como el archifamoso steak and kidney pudding, es decir, empanada de filete y riñón, que tuve la oportunidad de paladear en el típico pub-restaurante inglés:


Me da igual cuánto la sirvan en Harry Potter y cuán rica digan que esté, ese pegostre olía a meao. Hacedle caso a la tita Belsan: no os metáis uno de esos en la boca a menos que dispongáis de una buena pinta de Guiness para enjuagárosla después (como bien podéis ver que hice ^^).
Pero como todo no van a ser marranadas, si bien los ingleses no se destacan por tener una cocina típica demasiado sabrosa (ajiem), sí que es cierto que en cuanto a pastelillos y demás delicadezas destinadas a acompañar el té, se lucen. He aquí uno de los mejor descubrimientos de la semana:


Se llaman cupcakes y son como magdalenas (pero más ricas que las pijadas del Starbucks) con un glaseado por encima. A lo mejor los conocéis de alguna peli; creedme, es como masticar un pedacito de cielo. Y hablando de pequeños tentempiés dulces, resulta que los ingleses también saben tocar los huevos en Pascua:



Los de Cadbury hacen unos chocolates buenísimos, pero estos en concreto son una pasada: por dentro tienen un relleno blanco y naranja, como si fueran huevos de verdad. En McDonald's hacen McFlurrys con ellos y todo, eso sí, sólo durante los días de Pascua, luego no los venden. Os imaginaréis en la mochila de quién acabaron la mayoría de los huevos del último stock del kioskero hindú de Tottenham Court Road... Ahora la gente ya no me toma en serio cuando digo que no me vengan con huevadas u.u

Pero no todo es comida, tampoco. Lo cierto es que he vuelto de Londres con algo más que varios pares de calcetines a rayas y una casaca de terciopelo a lo húsar (jodío mercado de Camden). Vuelvo también con un recuerdo imborrable en mi corazón. Sólo os diré cuatro palabras:

WE WILL
WE WILL
ROCK YOU!!

No puedo creer que haya tenido la suerte de ver un musical que lleva más de ocho años en cartelera, en uno de los teatros más antiguos del "little Broadway" de Londres. Y además uno con tanto contenido emotivo para mí como We will rock you. Nunca olvidaré el estruendo de más de dos mil pares de zapatos golpeando el suelo y manos aplaudiendo mientras los bohemians atacaban el "We will...", ni el nudo en la garganta durante el "We are the Champions". Por no hablar del espectacular bis con Bohemian Rhapsody. Qué pasada. Ojalá pudiera ver cosas así todos los días...

Y en resumen muy resumido esas fueron mis andanzas por la capital del imperio. Y por eso desaparecí-aunque-no-os-dierais-cuenta XD
Pero no os sintáis desplazados! Os he traído un regalo:


Gustáis?? ^^

(No me miréis así. Puede que sea una fulana borracha, pero si me insultáis me veré obligada a enseñaros mis calzoncillos con la bandera británica. Y no, no será sexy).

lunes, 29 de marzo de 2010

El lamento de Salomé

Me quitaron la voz, me quitaron los deseos, me prohibieron la lucha, me arrancaron la fuerza, me forzaron la voluntad, me vetaron el poder, me humillaron y odiaron, me enseñaron a no ser nada...

¿Aún piensas condenarme por buscar alguna autoridad ofreciendo mi cuerpo?
Querido mío, ¿no ves que no me queda nada más?

lunes, 8 de marzo de 2010

Haciendo cine (mentalmente)


A veces me cago en todo por no ser James Cameron y no tener un montón indecente de pasta y un millar de productores besándome el culo para financiar mi película. A veces me odio por no saber escribir guión para cine y porque, aunque supiera hacerlo, ni Spielberg ni Amenábar querrían mi trabajo. A veces me mosqueo la mar de mosqueada porque no es justo que yo sea una mindundi que se traga películas malísimas en las que se destroza el argumento hasta que pide piedad llorando, y esos peces gordos vayan por la vida haciendo cine e impactando al espectador. Me enfada muchísimo porque yo, joé, ¡yo tengo unas ideas estupendas! Si fuera ellos, si fuera George Lucas o Peter Jackson o Jerry Bruckheimer (¡ah, caray lo que haría yo con la pasta de Jerry Bruckheimer!), demonios, incluso Chris Columbus si me apuráis, con eso me vale... yo haría cada película...

Haría una película de terror cuya primera escena se situase ocho horas después del inicio de la trama. En una habitación oscura, una cámara al hombro con foco se acercaría a alguien encadenado por las muñecas al techo, llorando y gritando, suplicando por piedad. Los gritos subirían de tono mientras más se acercara la cámara: con el grito culminante un corte brusco mostraría a esa misma persona, sentada en el portal de una casa, alzando la cabeza con curiosidad ante las campanadas de una iglesia que anuncian las cinco de la tarde y levantándose para dirigirse a una cita con un grupo de desconocidos. Un rótulo en la parte baja de la pantalla indica que son ocho horas antes a la escena que acabamos de ver.

O haría una película sobre cuatro adolescentes, una pintora, una escritora, una músico y una actriz, amigas que sólo tienen en común que cada una posee un par de Converse negras. Cada una sigue su propio camino en sus relaciones, sus aspiraciones y sus luchas, dejando entrever que al final acabarán separándose. Durante toda la película aparecerían elementos surrealistas de diferentes colores y texturas que caracterizarían a cada chica: partituras flotando en el aire, ríos de burbujas irisadas surgiendo del pelo de alguien, flores creciendo de la piel, chorros de agua ingrávidos, caminatas en los techos, besos y mordiscos que se vuelven fluorescentes sobre los cuerpos bajo la luz negra. Si tuviera un tráiler, tendría que robar los derechos de la versión extendida de Passion, de Hikaru Utada, pero valdría la pena.

También haría una comedia sobre una pareja que se va a vivir al mismo piso al día siguiente y mientras termina de hacer las cajas de la mudanza, rememora juntos y por separado los diversos momentos de su relación, mostrando una adolescencia y juventud más frikis y menos "sexodrogasyembarazonodeseado" de lo que le gusta ver a la gente. Una escena obligada, sin embargo, sería el famoso "pues nosotros éramos mucho más responsables a esa edad" seguido de una escena de la pareja y sus amigos un par de años más jóvenes riéndose borrachos alrededor de la mesa de un pub heavy lleno de humo, con la cámara girando a lo "That 70's Show", para acabar con algún que otro vómito.

O... me encantaría hacer una serie de anuncios estatales para la televisión. Todos seguirían el mismo esquema: un gótico, un bakala, una chica musulmana y otras personas de aspectos muy diferentes llegan a casa, dejan las llaves, patean los zapatos, van al lavabo, se quitan el maquillaje y los piercings, se deshacen el peinado, se quitan la ropa y se ponen el pijama y las zapatillas, y se sientan a ver la televisión junto a la familia/pareja/compañeros de piso. No tendrían música ambiental, sólo los sonidos de sus acciones cotidianas, con cortes muy bruscos entre escena y escena. El eslogan podría ser "Somos más parecidos de lo que crees" y desde luego estaría financiado por el Ministerio de Concordia Social... allá por el 2500 ^^U

...

Aunque tengo clarísimo que la película que desearía llevar a cabo con todo mi ser sería una espectacular superproducción de historia épica situada durante la transición del emirato al califato en al-Andalus (no sé si os habéis dado cuenta, pero mucho Cid y mucha huevada y entretanto nadie ha hecho una película semejante, y no será por falta de material). La película abarcaría varios años, desde el tiempo anterior al nacimiento de Abd-al-Rahman III hasta su subida al poder y su proclamación como califa independiente del gobierno central de Damasco. Se mostraría la inestable situación en la que se encontraba en aquel entonces al-Andalus, con numerosas guerras civiles, revueltas, protestas sociales, desigualdad, exigencias independentistas, la amenaza cristiana del norte y los vikingos atacando los puertos. Se harían menciones a Abd-al-Rahman I, fundador de la dinastía omeya a la que el protagonista pertenece y que escapó de la masacre de su familia a manos de los abbasíes en Damasco, dando tumbos por el Mediterráneo para acabar estableciéndose como emir de al-Andalus; tal vez el joven Abd-al-Rahman se sienta identificado con él o busque en el fundador de su familia un ejemplo a seguir, tal vez no. Necesitaría un actor que fuera tal y como han pintado los cronistas de la época al califa: un hombre recio y ancho, pálido, con pelo teñido de oscuro y ojos azules, y un poco bajito. También tendría que ser un actor capaz de interpretar a un hombre culto, caprichoso, apasionado, valiente, un tanto decadente y lascivo, muy inteligente y buen diplomático, pero al mismo tiempo terriblemente cruel y violento: un gran político que pacificaría al-Ándalus después de siglos de luchas civiles y la llevaría a ser el mayor foco de cultura de Occidente, y al mismo tiempo un monstruo capaz de horrendas atrocidades y atormentado por fantasmas inconfesables.

Sin embargo, la película habría de contar con un buen rosario de personajes interesantes: concubinas de diverso origen, mozárabes, muladíes, judíos, intelectuales, artistas, comerciantes, obreros, embajadores, labriegos, soldados y un largo etcétera que pintarían los distintos colores de la Córdoba medieval. La verdadera protagonista sería la ciudad precalifal y la fotografía, el vestuario, la banda sonora y otros tantos detalles deberían ayudar a que los espectadores se acercaran a la ciudad, la olieran, la tocaran, tuvieran la sensación de estar visitándola, haciendo que la sintieran cercana, dándoles la certeza de que en verdad existió esa Córdoba grandiosa.

Y desde luego lo mejor sería el inicio de la película: comenzaría con un mapa de la península ibérica en la época del emirato, enfocado con un filtro sepia y polvoriento (a lo Gladiator) mientras letras doradas aparecen en la pantalla narrando la situación actual en la ciudad en la que estamos a punto de sumergirnos, enumerando las diversas batallas en las que está sumida Córdoba. "En el año 299 de la Hégira, año 912 de la era cristiana, al-Andalus se halla sumida en el caos... [aquí insertamos una concisa explicación sobre la inestabilidad social, el nacimiento de Abd-al-Rahman y el asesinato de su padre el infante Muhammad por su propio hermanastro al-Mutarrif, su estricta y solitaria infancia dedicado al estudio, las tensiones políticas fruto de la rebeliones tanto musulmanas como cristianas, las intrigas palatinas alrededor de la sucesión, etc etc]. Las gentes de Al-Andalus necesitan algo más que un héroe advenedizo... necesita un líder que las una".

Y ¡zas! inmediatamente el mapa fundiría a negro y la cámara se trasladaría a los campos circundantes a Córdoba, donde algunos labradores y arrieros trabajan; la cámara, moviéndose rápidamente y oscilando como si el portador corriera, atraviesa los campos, cruza el Guadalquivir, recorre los arrabales en un instante y se cuela en la ciudad a través de una de sus puertas principales. La actividad bulliciosa de un día de mercado medieval recibe a los espectadores: comerciantes que gritan, vendedores anunciando sus productos, niños descalzos jugando, nubes irisadas de especias, el brillo de los metales y el cristal, el arcoiris de las telas. De fondo una pieza musical con base de percusión acompañado con cuerdas y vientos (¿alguien me echa una mano para secuestrar a Eduardo Paniagua?) al estilo del opening de la serie "Roma", pero con carácter andalusí. Las mujeres gritan desde las ventanas, la cámara brinca sobre los techos y asalta los patios floridos con fuentes chispeantes; un rabino camina por una tortuosa y concurrida calle; los judíos acuden a la sinagoga y los cristianos a la iglesia, y la cámara atraviesa como una flecha ambas edificaciones siguiendo itinerarios simétricos; un niño salta en un charco en la calle y el agua salta, el viento sopla y trae consigo pétalos sueltos de azahar que se cuelan en el enorme patio de la mezquita, plagado de zapatos de los fieles; el muezzin hace la llamada desde el alminar, los orantes se inclinan sobre las esterillas y la brisa cargada de pétalos blancos y relucientes gotas de rocío asciende por el enjoyado mihrab sobre el Quran; la cámara sigue corriendo y escapa de la mezquita dando vueltas mientras escala por la ciudad: la judería, los baños, los barrios más ricos, la medina; finalmente nuestra vista despega para ir a cruzarse con el sol y deslumbrar a la cámara; hay un fundido en negro y unas grandes letras arabescas en dorado trazan elegantemente el título de la película: Fitna (o tal vez Qurtuba).

(un momento, la autora jadea extasiada)

Ains... Ojalá, ojalá fuera James Cameron.


Vale, ya sé que llevo casi un mes sin dar señales de vida. Si tuviera lectores fieles, estarían agonizando por obtener un pequeño trocito de mí a través de mis actualizaciones, pero como no los tengo, supongo que os estaréis preguntando qué demonios me ha pasado. Nada en realidad, Fallas y un poco bastante de perrería por acabar este post, que por si no os habéis dado cuenta es la leche de largo (cough). No, de momento la editorial no ha dado señales de vida ^^U. Pero yo lo sigo intentando.
Por cierto, ¿creéis que debería ponerle Creative Commons al blog? No me gustaría que apareciera Alejandro Amenábar y me chorizara las ideas. Entraría en modo berserker y no sería bonito.

lunes, 22 de febrero de 2010

Del Infierno a la Tierra, pasando por el Cielo


-Me siento raro -comentó Alain con la vista al frente.

-Yo también. Creo que es por ti -dijo Gadiel, y Alain giró la cabeza para mirarlo-. Quiero decir... antes, desde que me desterraron, a pesar de estar aquí condenado, seguía sintiéndome un demonio, mal que me pesara. Pero hace poco me di cuenta de que ya no lo era, de que nunca más lo sería. He cambiado mucho. Y entonces apareciste tú, y te he tenido a mi alrededor todo este tiempo, y eso ha cambiado todavía más mi percepción de mí mismo. Creo que me parezco más a ti que a ellos.

Gadiel calló, y Alain, sobrecogido, giró sobre su costado para estar más cómodo.

-Tienes razón. Creo que yo también me siento así. Hay cosas que ya no veo de la misma manera -Gadiel arqueó el brazo izquierdo y se rascó la cabeza. Quizá, sólo quizá, había estado a punto de pasárselo por los hombros a Alain.

-Gadiel, ¿nunca te has preguntado dónde estarán los otros que son como nosotros?

-¿Quiénes?

-Los otros desterrados. Deben de haber más, ¿no? Siempre se habla de los traidores en plural. Y... aunque yo no les recuerdo bien ahora, sé que algunos antes que yo fueron castigados. ¿Dónde estarán?

-Posiblemente en el otro culo del mundo -replicó Gadiel encogiéndose de hombros-. La Tierra es muy grande y tiene sitios de sobra para colocar a un puñado de gilipollas lo suficientemente aislados.

-¿Gilipollas? -sonrió Alain.

-Eso es lo que somos, ¿no? -el otro sonrió también-. Al menos yo me sentí así cuando me desterraron.

-¿Qué... -Alain vaciló antes de continuar-... qué pasó? ¿Por qué?



La semana que viene cumplo veinte años. Hace lo que parece una eternidad, cuando era una quinceañera frustrada, asocial, enamoradiza y cachonda, empecé una pequeña historia con un ángel negro y un demonio blanco como protagonistas, pensando probablemente en subirla a Amor Yaoi como fic original. Pero lo cierto es que la cosa se desmandó de mala manera: la historia empezó a crecer y a desarrollar unos larguísimos dedos que se metían en mis asuntos y no me dejaban descansar. Hoy, tras casi cinco años de parones indeterminados y de épocas de fertilidad desbocada, tengo en mis manos una novela que ha pasado de ser un hormonal romance para adolescentes y una rebelión contra el maniqueísmo de la literatura fantástica, a un resumen de muchos de mis principios frente a la vida y una historia de Amor y Unidad que ha marcado una época para mí. Ahora que por fin he terminado (en cierto modo, ya sabéis que las historias no se acaban nunca), y a la espera de que los críticos de la AEN me destripen malamente por mi indefinible e infumable mamotreto, me siento un poco triste. Ya no seguiré de cerca a Gadiel y Alain en sus correrías enmedio de una terrible guerra inferno-celestial. Sin embargo, también me alegro. Sé que esos dos siempre estarán conmigo a partir de ahora. Y lo mejor de todo, siempre me recordarán que una quinceañera frustrada, asocial, enamoradiza y cachonda puede crecer y conseguir lo que deseaba y creía que nunca alcanzaría. Es sólo cosa de tener fe, y encontrar la fuerza y la capacidad que todos llevamos dentro. Y de eso (creo ^^U) va Lux et Umbra. Próximamente en FNAC, Corte Inglés y las mejores librerías (en mi imaginación, claro).

miércoles, 10 de febrero de 2010

Criatura hermosa

César era un hermoso extraño por aquel entonces,
como lo son todos los jóvenes al borde del abismo.
César era aún un niño,
pero había un hombre que se asomaba
en los bordes de la piel
en la campana de su voz
y en las manos nerviosas
que parecían querer agarrar la vida para no caerse.
Ojos claros y pelo oscuro
y un extraño temblor de miedo;
César tenía el mundo entero
pero aún no lo sabía.
Vivía rodeado de adolescentes mariposas
que en su frívolo vuelo en busca de crueles bellezas
no veían la flor que crecía en su corazón.

César, César, bello emperador,
¡sólo yo, marcada por viejas batallas,
podía amarte!
Sólo yo, que me veía reflejada en ti,
lo sabía.
Y todos los días tiraba piedras al horizonte
para que fueras a buscarlas
y vieras en el camino los horrores y maravillas de la Tierra;
hice para ti alas con las hojas de mis libros
y calzadas con la ciencia de mi frente...

Pero todos los días yo me marchaba
y dejaba a César siendo un príncipe,
augusto en su soledad
y hambriento de la vida que vendría.
Criatura hermosa,
niño en el eje del caos,
enorme tesoro...

domingo, 31 de enero de 2010

La amargura vertical


El siguiente post viene con un poco de mala leche. Me excuso de antemano. Creo que son los exámenes.



Soy mujer.

Hasta aquí, nada nuevo. Dos ojos y una media luna, dos pits i una poma, etcétera. Soy mujer y he sido así desde que tengo memoria, aunque se supone que hasta alrededor de los cuatro meses de gestación era un feto asexuado. Una judía flotante sin sexo la mar de feliz, sí sí. Era tan feliz que a mi madre le costó dios y ayuda parirme; me negaba a abandonar mi cálido nidito para cambiarlo por un mundo demasiado frío y ruidoso para mi gusto, así que me atranqué de espaldas contra los estrechos huesos de su pelvis y me anudé el cordón al cuello. La primera amenaza de suicidio intrauterino de la historia. Tuvieron que agujerearle la tripa para sacarme, y a día de hoy no sé cómo me ha perdonado que la hiciera sufrir tal perrería. Fijaos si era un feto feliz que en los días malos me dan ganas de volverme a su útero y flotar...

¿A qué venía esto? Ah, sí. En fin, que mis problemas empezaron en el momento en el que un huevas vestido de verde me despertó de la siesta con una palmada, me metió unos tubos por la nariz y en seguida me encontré recorriendo el espacio dios sabe cómo, muerta de frío y berreando de indignación. Y me encontré con un montón de caras ojerosas (mi madre estuvo más de veinticuatro horas tratando de expulsar por una pelvis estrecha un cráneo demasiado grande para ella... luego dicen que la naturaleza es sabia, hay que joderse) y se oyó la frase fatídica que desde entonces habría de poblar mis pesadillas: "¡Ay, es una mujercita!"

Una mujercita. Mi destino había sido sellado. Ello significaba que a partir de ahora tendría que llevar vestidos cucos con nido de abeja, perforarme las orejas (debo de haberle chillado como una condenada al salvaje que me hizo eso con el beneplácito de mis padres), dejarme el pelo largo, jugar con Barbies, sonreír coquetamente a los vídeos familiares de navidad y ser en general una delicada y encantadora criatura del señor. Eso es lo que se esperaban todos, claro. Lo cual nos lleva al por qué de estas líneas.

El estigma de la feminidad ha pesado siempre sobre mi cabeza, como creo que ya expliqué en otra entrada. Esto es un poco irónico, dado que ni siquiera tengo claro qué significa eso. Cuando era pequeña, mi madre (que siempre ha sido un auténtico modelo de rol sexual y una de esas personas de elegancia intrínseca que se ven bien hagan lo que hagan) me hablaba mucho de la feminidad y me decía que era muy importante. Ser femenina consistía en ser grácil (nada de nadar como un pato o de andar con los pies separados), elegante, bien arreglada, llevar ropa bonita, ser limpia, prolija y mona en todo lo que hacía. En resumen, ser atractiva. Lo de defender mi honor a leches, morder a la gente o ponerse hasta las cejas de barro estaba descartado. Ella siempre criticaba a las "marimachos", así que a los nueve años decidí que me portaría como un tío: me sentaba con las piernas abiertas, masticaba el chicle sin cerrar la boca y me dirigía a ella como "ma", algo que le crispaba los nervios. Ah, mi primer gesto de rebelión. Visto así, cualquiera diría que los hombres, comparados a las mujeres, eran macacos peludos y primitivos cuya mayor diversión era ver el fútbol y aporrearse unos a otros para demostrar su hombría. Sin embargo, si algo he aprendido en mi corta existencia es que si alguien te halaga desmesuradamente mediante el desprecio de otros, hay que sospechar de inmediato. Algo me dice que siempre nos han contado esa mentira para que las mujeres nos sintamos equívocamente orgullosas de ser blandas y remilgadas. Asi es más fácil controlarnos.

En fin, si pudierais verme ahora... el ángel de los ricitos de oro de mamá lleva el pelo rapado, ropa ancha negra y no se depila. Soy un monstruo, vamos. Según el criterio de feminidad antes mencionado, yo no soy femenina para nada. Sin embargo, a pesar de que de espaldas no se me nota, nadie con dos ojos en la cara puede negar que soy una mujer. Las tetas todavía no se me han caído, a pesar de todos los supuestos atropellos que he cometido contra mi feminidad. Sigo siendo un ser humano de sexo femenino. O sea, femenina. Curioso. Creo que, después de todo lo que hemos hablado, queda claro que la belleza (especialmente la artificial), no es para nada la esencia de la feminidad. ¿Qué lo es, entonces?

Bueno, con el tiempo empiezan a surgir otras teorías más interesantes: las mujeres buscan amor, los hombres sexo. Está claro que en ese cuento los hombres son malos malosos, caray. A primera vista es fácil de creer, los medios de comunicación nos bombardean con spots y sitcoms plagados de mujeres románticas enloquecidas por encontrar al hombre de su vida y casarse, mientras "el hombre de su vida" sólo se preocupa por prolongar su adolescencia más allá de los treinta, hincharse a cerveza y mirar escotes a espuertas. Suena a película de terror. Una, en los tiernos años de su primera adolescencia, es ingenua y se lo cree. Pero llega un momento en la vida en el que echas culo, tetas y barriga, te llenas de granos y de pelos en lugares impropios, y descubres espantada que alguien, con muy mala leche, te ha implantado un volcán entre las piernas. Te descubres mirando con lujuria a todo macho que pueda pasarte cerca y masturbándote alegremente a todas horas. Te preguntas qué demonios te ha pasado, y estás en esos trances cuando aparece la primera víctima, te dice que le gustas y le saltas encima con ansia asesina; un ansia tal, que antes de cuatro meses el pobre hombre ha salido huyendo despavorido con el muñeco alicaído y dejándose la virginidad entre tus piernas. Y lloras, por supuesto. Pero viéndolo en retrospectiva, no echas de menos a la persona en sí. Echas de menos el sexo que se llevó para no devolverte. O tal vez yo soy así de borde, pero según lo que he observado en los adolescentes el primer amor (si es fugaz) suele tener más de hormona que de otra cosa, y de eso no se salva nadie.

Dicen que las mujeres tenemos una sexualidad muy compleja. Que necesitamos mimos, velitas, música de fondo, que requerimos que nos digan que nos aman y nos recuerden una y otra vez lo especiales que somos. (Eh, bueno, ¿a quién no le gusta sentirse especial?). Dicen que por eso buscamos amor. Pero los hombres (¡oh pobres, pobres involucionados hombres!) son simples y egoístas y su naturaleza les impulsa a ser infieles. Eso dicen. Ah, y lo de la eyaculación precoz, eso debe de ser un trauma... bueno, o no. Yo me corro en cinco minutos y hasta ahora mi dedo índice no se ha quejado. Juas.

De acuerdo, el paradigma feminidad=amor tampoco funciona, al menos en mi caso (y no voy a ser tan arrogante de pensar que soy única en mi especie). El mundo está lleno de mujeres que utilizan o abandonan a sus semejantes, o que son violentas y maleducadas en una proporción similar a la de hombres, claro que siempre semiocultada por la cultura y la educación de las apariencias que recibimos. Si no me creéis, deberíais conocer a algunas de mis amigas. Aunque no es algo que le desee a nadie.

No hemos nacido para ser buenas esposas y madres amorosas; poseemos el equipamiento, pero hasta ahí llega nuestro compromiso con la genética. Llevamos tantos siglos siendo "las otras", las distantes e inaccesibles bellas, los objetos de deseo, las hembras incomprensibles, que a algunos se les ha olvidado preguntarnos qué nos parece todo eso y nos atribuyen genéricamente características que muchas no tenemos. No digo que esté mal mirarnos el escote (mal que nos pese, es un impulso normal), pero no debería sustituir la mirada a los ojos. No sólo somos hembras.

También somos personas. Seres humanos, individuos, cada uno con sus propias ideas, proyectos, flaquezas y motivaciones, y aquello que tenemos entre las piernas es sólo una pequeñísima parte de todo ese conjunto. Pero nos han educado para ser complementos, no personas completas. Ellos son la humanidad, y nosotras sus zapatos, que van a juego, pero se pueden sacar de una patada en cuanto molestan. Es más, muchos dicen que nos "complementamos" justamente porque somos distintos. Qué curioso que aquellos aspectos en los que las mujeres "complementamos" a los hombres sean justamente los que menos se valoran en el sistema en el que vivimos: compasión, docilidad, prudencia, sensibilidad. Pero eh, no voy a ser malpensada. Tal vez sea casualidad.

Resumiendo, tengo que decir una cosa: chicas, haceos un favor y no os lo creáis. Los hombres no son monstruos, ni niñatos inmaduros, y no se transformarán en grotescos entes violadores si les dais cancha. Si algún hombre es desagradable con vosotras, no lo achaquéis a su género; hay mucha gente repelente en el mundo, pero sólo dos sexos para repartírsela, y generalizar es de tontos. A lo mejor alguna pijilla-sexo-en-nuevayork (no te ofendas, Neko, sabes que no va por ti XD) podría matarme por decir esto, pero me arriesgaré: los hombres son personas como nosotras. Vale, tienen pene, pero eso es un obstáculo que no suele superar los veinte centímetros, estirando mucho la cosa. Y sobre todo, POR VUESTRO BIEN, no os traguéis la descomunal patraña de que sois más racionales, más sensibles, más evolucionadas y más estupendas que ellos. No somos tan especiales, nenas; ya sé que os molaría, pero no. La naturaleza no es tan estúpida. Haceos a la idea ya, coño.

Jeje. Coño.

Eso sí que es femenino a rabiar, ¿veis?

lunes, 25 de enero de 2010

Infidelis



-¿Crees que acabaremos follando?

La pregunta fue certera y ronca como un tiro, y rompió de golpe la fachada de idílica quietud de aquella tarde. Él la había llevado con los ojos vendados hasta ese parque, le había mostrado las vistas de los árboles y del lago, y de las ridículas barcas con forma de cisne que navegaban entre atónitos cisnes verdaderos. Habían charlado reposadamente de asuntos sin sustancia, disfrutando de la calidez de la tarde de julio. Andaban por los senderos de madera, uno al lado del otro, cortésmente, sin tocarse, sin apenas mirarse. Él debió de intuir que todo aquello no era más que pantomima cuando ella, de repente, empezó a cantar. Esa canción.

Su canción.

Y de súbito, esa pregunta.

-¿Crees que acabaremos follando?

Pero en el fondo él lo esperaba, y los dos lo sabían. No habían acudido a la cita, a escondidas de todos y con un rastro de resentimiento en la piel, para charlar y establecer las primeras bases de una amistad. La amistad lo era todo y no era nada para ellos, y lo sabían desde hacía mucho tiempo. Habían acudido al parque esa tarde sin pensar, olvidándolo todo, saltando sin más, aprovechando el vacío moral que existía en ellos desde que se dijeran adiós tiempo atrás. No era tiempo para las culpas ni los reparos. Las vidas que quedaban fuera del parque, ésas eran de mentira. Pero ahí dentro todo era real.

-¿Crees que acabaremos follando?

Y quizá los dos intuían, quizá los dos sentían al unísono la anticipación en el estómago, el latido grave en los oídos, el escozor deseoso que invadía los laterales de la lengua, los dedos y los pezones, a punto de explotar. Ambos olvidaron todo lo demás y fingieron haber olvidado también su pasado, pretendieron ser personas nuevas, limpias, sin complicaciones. Los dos sabían también que una vez dado el paso todo empezaría a rodar irreversiblemente hacia dios sabe dónde, pero no importaba. Nada les importaba, sólo conseguir inclinarse imperceptiblemente para aspirar el aroma del otro, y dejar que ese olor despertara dentro de ellos instintos que creían dormidos con la furia de un campanazo. Estaban perdidos, siempre lo habían estado, y gozosos.

-¿Crees que acabaremos follando?

Él la miró, parpadeando, los enormes ojos pardos, y ella le devolvió fijamente la mirada por primera vez. Una sonrisa jugueteaba en las comisuras de sus labios, queriendo no salir del todo, el cruel deseo de seducción. Las manos, empero, temblaban.

-No me entiendas mal -continuó ella, una vez evaluado el impacto de la pregunta-. Sé que no debería siquiera pensarlo. También sé que mañana tú volverás con Elizabeth y yo con Narcissus, y no volveremos a mencionar esto a nadie, ni siquiera a nosotros. Pero ¿crees que acabaremos follando? ¿Tú qué crees?

Él se acercó peligrosamente, cerniéndose sobre ella, y acercó tanto sus rostros que sus respiraciones se fundieron y ambos se inundaron del olor de la piel del otro, tan sólo a un espasmo de distancia. La situación no sería sostenible por mucho más tiempo. Las manos exigían a gritos el derecho a tocar, la saliva corría, los cuerpos palpitaban. Los labios se entreabrieron ligeramente, sorbiendo con ansia el aliento del otro.

-Yo creo que no lo podemos evitar, y que no podremos evitarlo mientras vivamos. Hasta nuestro último día.

-¿Hasta nuestro último día?

-Ríete si quieres.

-No me río.

-No importa que lo que somos no tenga nombre. Siempre lo seremos. Eso es lo que pienso. Siempre lo seremos.

Ella sonrió ante esas palabras. Tal vez estaban en su cabeza también antes de que nadie las dijera. Se inclinó levemente hasta que sus pechos rozaron el pecho de él y las narices se acariciaron tímidamente. Hubieran dado hasta la última gota de sangre por un roce de sus labios.

-Entonces, toda la tarde es nuestra.

-Y toda la noche también.

-Sólo por hoy.

-¿Sólo por hoy? -él rió con suavidad y su respiración cosquilleó las mejillas de ella-. Si eso es lo que quieres creer.

-¿No me guardas rencor?

-Nunca. Para mí las cosas no han cambiado contigo. Jamás lo han hecho. Nunca cambiarán.

-No hables de eso.

-No lo diré. Pero tú lo sabes. Y algún día lo admitirás.

-No se lo digas a nadie -bromeó.

-Descuida -replicó él, con una sonrisa traviesa. Lentamente, los dedos se buscaron unos a otros y las manos se entrelazaron, girando y trepando, buscando la cintura, la espalda, el pelo. Boca con boca, ella consiguió hablar una última vez.

-Entonces ¿crees que acabaremos follando?

-Yo creo que nos amaremos por toda la eternidad.

Después a las risas se les acabó el aliento. Nadie en el parque vio nada extraño.

sábado, 16 de enero de 2010

La marmita olímpica

La humeante sopera descansó en el centro de la mesa, con el cucharón de plata metido en las entrañas, y rápidamente se llenaron los platos. ¡Soberbia sopa! Flotaban en su superficie las lunas de grasa, y entre las rebanaditas de pan impregnadas de suculento líquido, los menudillos de la gallina, las tiernas yemas de color de ámbar y los negruzcos hígados, que se deshacían al entrar en la boca. Todos comían con apetito, especialmente don Juan, que, a pesar de su sobriedad de avaro, era un tragón terrible al entrar en mesa ajena.
[...]
Rafael, en cuatro cucharadas, se tragó su ración, poniéndose al nivel de los demás cuando salió el cocido, dos fuentes magníficas, que exhalaban un vaho consolador, un tufillo alimenticio que se colaba hasta el fondo del estómago. En la una, las patatas amarillentas, los reventones garbanzos sacando fuera del estuche de piel su carne rojiza, la col, que se deshacía como manteca vegetal, los nabos blancos y tiernos, con su olorcillo amargo; y en la otra fuente las grandes tajadas de ternera, con su complicada filamenta y su brillante jugo; el tocino temblón como gelatina nacarada; la negra morcilla reventando, para asomar sus entrañas al través de la envoltura de tripa; y el escandaloso chorizo, demagogo del cocido, que todo lo pinta de rojo, comunicando al caldo el ardor de un discurso de club.


Adivinadlo. Tengo exámenes y estoy resfriada; con el tiempo que ha estado haciendo, son cocidos como éste, descrito magistralmente por Blasco Ibáñez en "Arroz y Tartana", los que visitan mis sueños más húmedos. Tengo hambre T.T

domingo, 10 de enero de 2010

Deprisa



Deprisa, todo andaba deprisa, avanzar, avanzar y no mirar la sangre a los pies. Oh, cielos.

-Te dije que te olvidaras.

-Tú no eres quién para decirme nada.

-Mierda.

Los hombres azules se derriten en la calle. Qué Mayo más gris, cuarenta años después, qué Mayo más lluvioso. ¿Recuerdas cómo sonaban nuestras ilusiones a los dieciséis años, y cómo sonaban después los nudillos en el hueco de nuestra mandíbula? Crack, inocente inocente. Por cierto, bonito bastón.

-¡Seda! ¡Metal! ¡Euforia!

El libro es para el maestro, la rosa para el amigo. Tú fuiste el único que nunca se acercó a abrazarme por encima de los exámenes a medio corregir: coge tu libro y aprende a callarte. Esta noche me beberé mis propias venas hasta que el mundo me pida besos con los contornos húmedos. Kiss kiss bang bang. ¡Ingrid! ¡Ingrid, aguanta, abrázame, cantemos esa canción tan agridulce! Esa canción que es mitad cerveza con azúcar moreno y mitad “ya-no-más”…

Lo que no es para una, no es para una, ¿me has besado, Empar, o estaba soñando? Anoche yo era un topo en un laberinto de azulejos, y mañana quizá un ave negra del paraíso, pero ¿hoy? Hoy nada, hoy no hay nada, hoy nada para ti. Abren el horno toda la noche, Ingrid, llenemos la resaca de la soledad con crema caliente de chocolate.

-No me llames pequeñaja nunca más. No me toques más. Me duele…

-¡Pues márchate y deja de burlarte de mí!

Silencio. Las dos. No me consueles, Toni, que tus palabras curan de verdad. Corre, siempre corre, corre como en aquel poema que te hizo llorar la última noche. Estúpida. Ingrata. Tendrías que haberte muerto. ¡Muerta! ¡Estás muerta, puta amargada, ahógate en tu jodida balsa verde!
[con ojos de fría plata]
Adiós, adiós… es como si a las olas les costara bajar a romper, así de absurdo. Adiós. Es que no puede ser, Carmen, es que no puede ser. Cógete un taxi y duerme la mona, duerme, duerme, duerme siempre, y sueña que no exististe, sueña que ya no hace daño, sueña que tu corazón ya no pesa.

-Porque a este paso me lo ataré al tobillo y saltaré al mar.

¡Y podré! Y ¿podré? Podre, podre y olvido. Cuando te desenchufen de la matriz no podrás siquiera mover los dedos, es la atrofia. Atrofia de valor, atrofia de fuerza. ¡Corre, Ingrid, corre, abrázame! Mi piel se está ulcerando y mi carne se está fundiendo
-Amorcito no te enfermes
con estas lágrimas tan ácidas. Quién me pusiera un bocado de freno para que lo mordiera hasta sangrar. Mi reino por una sobredosis que me permita descansar. Y un beso por un amigo en quien pueda confiar…

Yo, yo, yo. Mátame ya, así me callaré de una vez. Para siempre. Qué larga se hace la vida de un mortal. Si este es el precio a pagar por la paz, no pienso esperar. ¡Bang!

Error, error. Abrázame una sola vez, mamá, que tienes complejo de ángel. No me digas que es la edad. No me digas no sé qué del tiempo. No me digas nada. Me sangran los dedos en la masa de la tarta, me sangra el alma: entre manjarblanco y chocolate brillan las cerezas. ¿Has oído el siseo? Quémame con ellas.

-¡Galletas!

Más putas que las putas, ¿eh, Ingrid? Avanzar y avanzar…


No me encontraba nada bien pero era el mejor momento. Iba mareada y trastabillando por el borde el agujero, y acabé saltando al vacío. Y el vacío me devolvió al final a donde estaba antes. Pero todo era mejor.

viernes, 1 de enero de 2010

Recuperándose de la muerte



Yo soy inmortal,
no puedo morir.

Algún día mis piernas no correrán más
y se apagará mi voz
y mi aliento cesará para siempre
de ir y venir.
Pero soy inmortal,
aunque mi carne tiene fecha de expiración
y mis huesos son frágiles;
soy pasto de la corrupción,
pero no puedo morir.
Soy tan leve como el aire,
polvo al polvo, cenizas a las cenizas.
No soy nada,
y no quedará huella mía
el día en que mi corazón diga basta.
Sé que todo es vano:
una vez en la tiniebla,
nuestros hinchados egos
no serán más.

Pero soy inmortal.

Porque más allá de mis barreras
la vida sigue existiendo.
La reencarnación y la vida eterna
se quedan cortas
ante el rugido sordo
de la vida que jamás se extingue.
Más allá de las fronteras mezquinas del yo,
donde mi cuerpo ya no importa,
donde mis manos son menos que aire,
mi lengua y todo lo que dijo han muerto,
mi sexo y su crueldad se han disuelto en la nada
y mi consciencia finalmente ya no existe
sólo restan las esferas azules del infinito,
la vibración cósmica de los aros,
la música que dio pie a todo.
La materia oscura y el crujido de una energía
que ni se crea ni se destruye.

Y a pesar de que apenas existo,
Aquello que Vive
ha empujado con una rama diminuta
la gota de barro que por un latido
soy.

Todo cuanto soy morirá,
yo moriré.
Pero no puedo morir.
Soy inmortal.


By the way, felicidades por seguir vivos un año más. Me gustaría deshacerme en buenos deseos, pero aún me dura la cogorza de anoche y ando perjudicada. De modo que os deseo que sigáis puteando al mundo otro año más. Yeha ^^

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Tú, verdadero yo

No suelo escribir directamente sobre mi vida sin más, pero hoy quiero hablaros de mi mejor amigo.

Conozco a mi mejor amigo desde que tenía diez años y era una pituca limeña petulante y silenciosa. Yo acababa de llegar de otro país y él siempre había vivido en el mismo pueblo; era entonces un criajo gordo, insolente y ladilla. De inmediato nos caímos pésimo. Estuvo haciéndome la puñeta gratis todo aquel año, y yo me lo pasé persiguiéndole para cascarle, cosa que nunca llegué a hacer (sería gordo pero era rápido como un obús el muy cabrón). Yo le miraba con asco por ser tan maleducado y él me miraba con asco por ser tan arrogante. Un buen comienzo.

Sin embargo, al año siguiente, en sexto de primaria, me ayudó a salir de la Cueva del Hielo en el juego de Pokémon Plata (aún recuerdo con nostalgia mi Game Boy color verde manzana). Dejó de darme un poquito de asco y creo que él me toleró un poco más también. Después empezamos secundaria y no volví a tratar con él hasta cuarto curso, cuando coincidimos todos los rarunos en una sola clase (menos Joan, porque Joan es un borde y se aísla XD).

Aquel curso fue el mejor. Éramos un puñado de roleros, unos cuantos Warhammers, un par de otakus y cuatro artistas, no necesariamente en exclusiva ni necesariamente en ese orden. Fue entonces cuando nos empezamos a hacer amigos. Pero no fue hasta ese verano, cuando mi primer novio me abandonó y mi padre se marchó de casa, cuando nos conocimos; él estaba entre el grupo de tontos que vino a mi casa a sacarme a la rastra para animarme, a mí, que tenía las piernas llenas de cortes y vomitaba por las noches. Él me escuchaba, me consolaba y pasaba horas hablando conmigo. ¡Hasta se reía de mis chistes! Aquello era nuevo.

Desde entonces hemos sido inseparables. En realidad, toda esta historieta no importa en absoluto. Yo sólo quiero que sepáis de mi mejor amigo. De por qué lo es.

Mi mejor amigo me conoce perfectamente. No lo sabe todo de mí, a dios gracias, pero entiende cómo pienso y sabe cómo actuar cuando me levanto odiando al mundo y quiero morder escrotos y cortar cabezas (y viceversa). Porque, sabéis, mi mejor amigo es una de las personas más tolerantes y de mejor humor del mundo. Pocas cosas le estropean la digestión, y por muy mal que vaya todo siempre encuentra una razón para animarse y volver al tajo.

Mi mejor amigo es lo que se dice un culo de mal asiento. Siempre tiene que estar haciendo algo. Le chiflan las miniaturas, construir maquetas con cartón pluma, montar puzzles; le gustaría aprender a coser pero su abuela es un poco sexista y no le deja tocar las agujas. Mi mejor amigo es alegre, despreocupado e inocente, y a veces peca de ingenuo, parece un niño. Sin embargo, cuando la ocasión lo amerita se yergue y saca a relucir una serenidad y raciocinio que me hacen sentir envidia. Puede verle perfectamente con un niño al brazo, cariñoso y disciplinado a la vez. Estoy segura de que sería un buen padre.

A mi mejor amigo le encantan Saratoga, Mägo de Oz (antes de La ciudad de los Árboles, claro ¬¬), Rammstein, Haggard, Stravaganzza y Nightwish, como a mí, pero no entiende que a mí me encante Bauhaus. Siempre pone cara de desconcierto cuando pongo Bela Lugosi's Dead, pero nunca se ha metido conmigo por eso. Como ya he dicho, mi mejor amigo no es una persona que se meta con la gente por cosas tan superficiales.

Mi mejor amigo es toda una estrella con las chicas. No es el típico guaperas que las traiga de calle, ni tampoco un seductor manipulador y cínico a lo Mario Luna; sólo sabe cómo hablar al oído, y no es de los que pierden la fuerza de la lengua sólo hablando. Aunque a veces ha terminado una relación por propio pie, nunca ha dejado a una chica tirada sin más. Mi mejor amigo es responsable para todo, y además es un amigo leal hasta la muerte. No quieres putear a uno de sus amigos. Será lo último que hagas.

Mi mejor amigo es cinturón negro de taekwondo y tiene las piernas como el envés de un hacha, pero no te hará daño si no te lo buscas. No va presumiendo de su fuerza como otros practicantes de artes marciales, y nunca ha buscado pelea. Pero si me tocas las narices a mí o a algún colega, di adiós a las costillas. En el fondo de su imagen de chico campechano es un idealista que sueña con ser un héroe y vivir el amor romántico junto una heroína (no con una princesa, que son un coñazo).

Mi mejor amigo me conoce mejor que nadie y sé que puedo confiar en él plenamente. Siempre ha estado ahí para todo, en lo bueno y en lo malo, y nunca me ha exigido retribuciones ni me ha echado en cara lo que ha hecho por mí. Sé que incluso en el día peor él va a estar a mi lado con una sonrisa (y tal vez con unos Cup Noodles) y entonces me recordaré que no doy tanto asco y que el mundo tampoco es tan malo. Él hace que recuerde que la tragedia que suelo ver siempre en todas las cosas sólo existe porque hay una comedia en contraste, y que no es de blandengues tener esperanza y entusiasmo por la vida.

Mi mejor amigo es parte de lo que soy. Todo cuanto hago, deseo, lucho y escribo hoy en día tiene marca de sus manos, que siempre me han sostenido y han creído en mí hasta cuando no me lo merecía. Pocas personas en el mundo son tan importantes para mí.

Y por eso os hablo de él. No es justo que el mundo no sepa que existe una persona tan extraordinaria. No podemos cambiar el mundo si no nos cambiamos a nosotros mismos: él ya lo ha hecho, y al hacerlo me ha cambiado a mí. Así que el cambio mundial está en camino.

Y todo gracias a él.



He estado enamorada muchas veces.

Pero sólo he amado una.

martes, 8 de diciembre de 2009

Le p'tit Olympe






La universidad es un gran lugar donde uno se cultiva y enriquece espiritualmente. También es un sitio donde uno pierde el tiempo de formas la mar de creativas. He aquí un ejemplo, hecho por encargo de mi amigo Delf durante las soporíferas clases de Prehistoria. No sé si sentirme orgullosa o avergonzada...

PS: Si le dais click a las imágenes se amplían, ooooooohhhhh...



martes, 1 de diciembre de 2009

10th man down


¿Luchar?

No le llames luchar a lo que no lo es.

Apretar los dientes y clavarte las uñas para no llorar y enfrentar el miedo con la cabeza alta, eso es luchar.

Agarrar a alguien con toda tu fuerza y recibir sus golpes y su ira para evitar que se haga daño, eso es luchar.

Partirte el lomo trabajando para sacar adelante a alguien que te importa, eso es luchar.

Dar vueltas todos los días en la Plaza de Mayo exigiendo saber qué fue de los hijos que te robaron, eso es luchar.

Admitir tus derrotas, continuar andando, ser compasivo con los demás y contigo mismo sin venderte nunca, eso es luchar.


Dispararle en la cara a un civil no es luchar. Llenarle las tripas de plomo a otro soldado no es luchar. Detonar una bomba, blandir un arma, incendiar un poblado, eso no es luchar. Asesinar para no ser asesinado, eso no es luchar.

Es matar.