domingo, 30 de septiembre de 2012

War


Tiranos,
temednos,
mandáis a nuestros hijos a morir.
Cualquier guerra es suicida.
En las guerras
victrix indiscutible
es la Muerte.
No hay héroes;
vuestros héroes,
tiranos,
son nuestros hijos muertos
y jamás volverán.
Pues ¿qué es un héroe
salvo quien seca las lágrimas,
salvo quien ofrece el pecho
a la Muerte
en lugar de otro ser?
En lugar de una bandera, no.
La sangre de los caídos
es de petróleo y avaricia
y a nuestros niños muertos
no nos los devolverán
vuestras medallas.
Tiranos,
temednos,
mandáis a nuestros hijos a morir.
Una vida inocente
es preciosa.
La gloria de una nación,
polvo en el aire.
Se llevaron a tantos hijos
que desaparecieron en un grito
y su último aliento
fue para los padres huérfanos.
Debieron ser para los abrazos
y fueron para las balas.
¿Es que no podéis ver
que son niños?
Y les erigiréis piedras
heladas y obscenas,
pues no veis,
tiranos,
que fueron de pólvora
y debieron ser de beso.
Tiranos,
temednos,
mandáis a nuestros hijos a morir.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Fantasía, el viaje imaginado

"Bastian, ten a Auryn. Ahora debes ir a Mordor..." "Hija de la Luna, eso es de otro libro" "Demonios"

A estas alturas de la vida supongo que no es ninguna sorpresa que diga que soy una entusiasta lectora de literatura fantástica. O tal vez sí, al fin y al cabo he citado a varios autores clásicos en este blog, pero sólo he hablado de Harry Potter una vez. La fantasía, épica o de otro tipo, ha marcado tanto mi desarrollo como lectora desde que aprendí a leer como mi desempeño como escritora (cutrecillo, pero existente, como bien recordaréis) a lo largo de todos estos años. 

No es la única literatura que me gusta leer. Tengo dos libros favoritos: uno (más bien una saga) habla sobre el niño mago de las gafas redondas querido por todos y mencionado anteriormente, el otro es La Regenta de Leopoldo Alas "Clarín". Me encanta la novela del siglo XIX, varias de cuyas obras cumbre aún me faltan por leer (Germinal, here we go!); disfruto con su enorme capacidad de análisis y reflexión, su descripción exhaustiva de personajes y arquetipos que una acaba sintiendo como familiares y próximos, su capacidad de inmersión en la trama, su magnífico retrato de una realidad contemporánea al autor que, ya sea bajo la exhuberancia emotiva del Romanticismo o la metódica lente del Realismo, aparece verídica, cercana y viva, devolviendo imágenes de un pasado que contrastar, analizar y revivir. Muchas veces me he encontrado odiando a un personaje que sé bien parecido a mí (lo cual me irrita más, para qué negarlo ¬¬). O deseando haber podido contemplar y relatar los eventos que han marcado mi época con tanto rigor como pasión. O haber sido capaz de tramar intrincados juegos multidisciplinares de lógica para embrollo y deleite de los lectores, como hicieron los grandes.

También me gusta la fantasía, empero. Y aquí vienen las cuestiones que me tienen pensando desde hace días. Cuando se entrevista a un escritor, se espera que nombre entre sus influencias a los grandes autores, y tal vez a algún nuevo autor de buen gusto entre la crítica, como Haruki Murakami o Amélie Nothomb (no me entendáis mal, me encanta Nothomb, es una de las pocas autoras vivas con las que siempre acierto; con Murakami, por el contrario, nunca he terminado de conectar. Cosas de la vida). Si es un autor "de género" (pongamos que escribe novela negra) citará sin duda a Doyle, a Poe, tal vez a Mankell. Sin embargo, ¿qué autor, a no ser que se dedique específicamente al campo, enumera entre sus grandes influencias a Tolkien, por nombrar al que prácticamente inventó el género? En una tertulia acerca de literatura actual, ¿quién tiene narices de hablar de George R. R. Martin? (me encantaría ver las caras de los tertulianos, por otra parte. Troll-Belsan, ¡vuelve a tu túmulo!). Como dijo muy acertadamente la traductora española de Canción de Hielo y Fuego en la revista Qué Leer de este mes, antes del estallido de esta saga "ser uno de los autores más apreciados de la ciencia ficción y la fantasía equivalía a ser el enano más alto del bosque, pues los lectores de género son fervorosos y leales, pero escasos".

He aquí el quid de la cuestión. La fantasía (incluyo no sólo la narrativa al uso, si no también el cómic, la novela gráfica, el cine, los juegos de rol y otros géneros, pero me centraré sobre todo en la literatura), un género netamente moderno, por lo visto nació ya denostado. Casi todo el mundo conoce El Señor de los Anillos, pero entre los que lo han leído hay menos estudiosos e intelectuales que frikis a secas (oséase, aficionados a la fantasía y otras cosas), al menos en estos tiempos en que vivo y puedo evaluar. Tengo la sensación, que probablemente más de vosotros habréis tenido también, de que la fantasía es un género menor, y no por decisión propia; un género no muy apreciado entre crítica especializada ni entre el público en general, al menos no como literatura de calidad. La fantasía, en su vertiente narrativa, aparece de vez en cuando en las listas de best-sellers (cosa que no suele pasar con la literatura neorrealista y similares, que son las que ganan los certámenes genéricos todos los años), y suele ser encuadrada, ya por las editoriales, ya por la opinión pública, en el campo de la "literatura juvenil" (definición que me hace salir ronchas, pero que merecería una entrada aparte). La literatura fantástica, me parece, se percibe como un mero entretenimiento para mentes adolescentes, estén en cuerpos adolescentes o no.

"¿Que la fantasía es cosa de críos? ¡Cortadle la cabeza!" 

Hace poco, buceando por la siempre fenomenal Mookychick, di con el siguiente artículo (a practicar vuestro inglés, nenes!... qué coño, por lo menos dos de mis lectores estáis en las Islas hablando inglés todo el día. Leave me alone! T.T). Y di con la palabra clave de toda mi desazón: escapismo. Perdón, perdón, esto merece más énfasis: ESCAPISMO. Ale. No es la primera vez que encuentro este concepto asociado a la literatura, pero las veces en que lo he visto asociado a la fantasía son mayoría. Parece que incluso algunos de sus propios lectores, aquellos que intentan defenderla, perciben la narración fantástica como un escape del mundo real, una evasión, una HUIDA. No digo que esto esté mal de plano, claro; a veces uno se siente asqueado del mundo y de sus aspectos más superficiales y/o sórdidos, y se abandona con alivio entre las páginas cariñosas de un libro anhelando belleza, libertad, magia y fe, y con esa fe uno se separa del libro como de un amigo leal, con ánimos renovados para enfrentarse a ese mundo que no siempre le gusta. No voy a negar que yo también lo he hecho. Pa qué. Pero esto que acabo de describir no lo entiendo como escapismo, al  menos no como un fin en sí mismo: me largo de este sitio porque no me gusta y cierro la cremallera de mi burbuja, donde nada me molesta y puedo imaginarme que las cosas van mejor. No, no es eso en lo que creo que consiste.

La lectura, y en este caso la lectura de fantasía, no debería ser una huida, si no un viaje. Muchas de las grandes personalidades de la literatura han sido incansables viajeros. ¿Estaban huyendo de algo, acaso? Tal vez en algunas ocasiones sí, pero se me ocurre que lo que hacían casi siempre era BUSCAR algo. Conocimiento, belleza, iluminación, ideas, una manera distinta de hacer, de ver, de entender el mundo. Con ese bagaje regresaban a casa, en caso de que tuvieran un lugar donde colgar el sombrero. Así entiendo yo la fantasía. Cuando leo fantasía, no me siento como una niña que se esconde de monstruos invisibles con una linterna bajo la manta. Me siento como cabalgando los vientos hacia un horizonte nuevo que no sé qué me deparará, ansiando un mañana de lleno de sorpresas y esperanza, confiada en que todo es posible si sé luchar por ello. Me siento imbuida de valor y sedienta de aventuras, ansiosa por aprender cosas nuevas que ayer no sospechaba. Siento que mi corazón echa brotes nuevos: tantos idiomas, tantos países, tantas personas que pudieron ser y no fueron en este mundo, y que son y serán tan solo con abrir el libro. Ha sido así desde que, siendo muy pequeña, leí Escenarios Fantásticos de Joan Manuel Gisbert y La Historia Interminable de un Michael Ende que había muerto sólo un par de años antes, inconsciente de haberme legado un tesoro.

La fantasía debería ser un viaje fructífero, no una espita para aliviar presiones. Y me duele que se la arrumbe despectivamente en la caja de la "literatura juvenil", como si fuera una fase inevitable pero no deseable, como el acné o los cambios de humor, o peor, literatura para adultos un poco infantiles (creencia que habrán soportado todos aquellos que disfrutan con los cómics, el anime, los juegos de rol... básicamente todos los lectores de este blog. Esto viene de alguien de quien se han reído por querer ir al cine a ver Brave porque los dibujos animados son para críos). La fantasía, a pesar de no existir como género propiamente hasta hace muy poco, ha ido ligada a la historia de la literatura: la magia aparece en la Odisea, en el Amadís de Gaula, en la leyenda artúrica y en las obras de Shakespeare. Desde siempre, los autores han sentido la necesidad de hacer llegar su mensaje inventando aquello que no existe. Este canal debería ser respetado al igual que los otros.


"Morgana, yo soy tu hermano" "¡Noooooooooor!"

En lo que a mí respecta, la fantasía es "ir más allá", y nada se me atraganta más que los relatos acerca de personajes vulgares que viven unas cuitas áridamente normales de tal manera que al acabar el libro nada ha cambiado; se han limitado a quedarse más acá, revolcándose en su humanidad hasta desposeerla de todo cuanto tiene de milagroso, para acabar constatando una vez más que el mundo es mundo, la gente es gente, y la vida es vida. Me parece respetable que a mucha gente le agrade esta manera de escribir, pero a mí no me funciona; me parece de un ombliguismo atroz que quien escribe se pase trescientas páginas abundando en sus dudas sobre el sexo, el amor y las relaciones humanas, para luego concluir en que no sólo no hay respuestas, si no que las preguntas ni siquiera han sido sustituidas por otras, y los personajes siguen siendo exactamente la misma persona que eran al empezar. La literatura debería aportar enseñanzas, reflexiones, deseo de cambio, y también certeza en la posibilidad de lograrlo. Y nada mejor para ello, en lo que a mí respecta, que ponerse la cota de malla, cabalgar hacia tierras extrañas y luchar para destruir el Anillo Único, traer la paz a los Seis Ducados, descubrir tu Verdadera Voluntad, poner a tu pretendiente en el Trono de Hierro, proteger Ynis Afallach del mundo exterior y otras numerosas y maravillosas gestas. Las películas estadounidenses siempre nos dicen que todo es posible si crees en ello, y además que al final te casarás con el chico que pasa de tu culo. La narrativa de fantasía nos enseña que dentro de cada uno de nosotros vive un héroe (o villano), y que el mundo, y lo que es más importante, nuestro propio yo, puede cambiar (para bien, para mal, pero cambiar) si nos arriesgamos a luchar para conseguirlo. Ved si no a Neville Longbottom.


Para el que se haya sentido afectado, ruego disculpas por los chistes chusqueros con las fotos. No me pude resistir. Pasadlo bien y no os comáis los unos a los otros mientras no estoy; hasta el día doce me encontraréis en China, comiendo comida china (allí la llaman "comida", ¿lo podréis creer?).